Lorenzo Meyer
El Tema.- Cuando el nuevo gobierno decidió pedir el apoyo del resto de la comunidad internacional para obtener un puesto en el corazón de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) –el Consejo de Seguridad— la idea contenía un elemento moderado de riesgo –México tendría que asumir una posición política en todos los asuntos relacionados con la preservación de la paz en el mundo— pero su atractivo era mayor: la nueva democracia mexicana entraría por la puerta grande a la diplomacia activa. La Guerra Fría había quedado ya muy atrás, en el horizonte internacional no se veía un conflicto polarizador equivalente y los asuntos de paz o guerra tenían carácter regional –los Balcanes o Palestina— y estaban bastante lejos. Pero como lo apuntara el canciller Jorge Castañeda en el título de uno de sus libros: Sorpresas te da la vida, (1994). Y ocurrió que justo cuando México ganó su lugar como miembro del Consejo de Seguridad, se abrió el inesperado y violento capítulo actual de la historia del sistema internacional y vamos a tener que envolverse en asuntos más complicados de lo que habían supuesto nuestros líderes.
De entrada, y por decisión del miembro más importante de la comunidad internacional, Estados Unidos --herido en su esencia de primera potencia mundial por los atentados que sufrió el 11 de septiembre en Nueva York y Washington—, el nuevo capítulo exige de todos los actores de la comunidad internacional una definición tajante: están con una Norteamérica en pie de guerra o están con su enemigo: el terrorismo islámico. Así pues, la diplomacia mexicana se sacó el tigre de la rifa y va a ser puesta a prueba por el período que dure su presencia en el Consejo. Para estar a la altura de las circunstancias, Tlatelolco tendrá que jugar el juego de los grandes sin antagonizar a la superpotencia pero sin herir las susceptibilidades de otros miembros de la comunidad internacional y, sobre todo, sin traicionar la propia historia de país agredido. Si Vicente Fox sale bien librado de la aventura, podrá invertir la ganancia en fuerza para negociar con Estados Unidos y, dentro del país, con la clase política. Pero si las cosas marchasen mal, como le ocurrió a Luis Echeverría y a su tercer mundismo frívolo cuando, sin darse cuenta se metió entre las patas de los caballos en el conflicto árabe-israelí (la equiparación del sionismo con el racismo), el resultado puede ser costoso para el gobierno y el país.
Las Razones de Fox.- Apenas concluida con éxito la impresionante hazaña de derrotar al PRI, Vicente Fox salió a recorrer el mundo orgullosamente montado sobre su “bono democrático”. Si por siete decenios la comunidad internacional había aceptado no sólo convivir sino legitimar una y otra vez al régimen autoritario priísta, después de las elecciones del 2 de julio del 2000 y desde la perspectiva foxista, esa misma comunidad está obligada a reconocer lo que siempre había sabido pero siempre había callado: que el viejo régimen mexicano había sido arbitrario, corrupto y antidemocrático y que, en consecuencia, ahora tiene la obligación moral de apoyar la consolidación de la democracia recién ganada.
La nueva legitimidad del sistema político mexicano ha abierto la puerta para intentar algo que los dirigentes del viejo régimen decidieron evitar para no dar pie a que el exterior se metiera con ellos: una política internacional realmente activa, abierta, generadora de legitimidad hacia adentro y oportunidades hacia afuera. Desde el inicio, el proyecto incluía intentar ganar, por tercera vez en nuestra historia, un sitio en el corazón de la más importante de las organizaciones políticas multinacionales: el Consejo de Seguridad de la ONU. Desde ahí, México podría ser interlocutor privilegiado de las cinco potencias que están ahí permanente representadas: Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Rusia y China.
La Naturaleza del Juego.- La ONU tomó forma al calor de la guerra de los aliados en contra del Eje, para que “nunca jamás” se volvieran a presentar circunstancias como las que desembocaron en esa sangrienta conflagración. Nació la ONU el 24 de octubre de 1945 como un organismo eminentemente político, con vocación universal pero realista. Precisamente por ello, su núcleo lo conformaron las grandes potencias vencedoras, que institucionalizaron su supremacía en un Consejo de Seguridad donde sólo ellas tienen presencia permanente y derecho de veto. La misión de ese órgano de los poderosos sería, en principio, la de abordar todos los asuntos que afectaran a “la paz y seguridad” del mundo. En consideración a los principios democráticos, los cinco grandes aceptaron la presencia en el Consejo de un pequeño grupo de países menores (seis en un inicio) designados periódicamente por la Asamblea General, esta última el foro donde todos tendrían lugar y con el mismo peso. Desde el inicio fue evidente que el Consejo sólo podría cumplir su misión si “los cinco grandes” mantenían su unidad, independientemente de cual fuera la actitud de los restantes, que siempre serían actores secundarios.
La unidad de las potencias forjada al calor de la lucha contra el Eje se quebró en cuanto faltó el enemigo común. Así, el 19 de enero de 1946 el Consejo de Seguridad recibió su primer caso –una queja de Irán contra la URSS por no retirar sus tropas e interferir en sus asuntos internos— y casi de inmediato los soviéticos echaron mano de su derecho de veto en ese órgano cuando abordó el tema de las tropas francesas en Siria y Líbano. Tres años después, el cambio revolucionario de régimen en China y la huida de lo que quedaba del Kuomintang a Taiwán, hizo que uno de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad perdiera su razón de ser, pues el asiento de China se quedó sin referente real. Casi de inmediato estalló el conflicto de Corea que desembocó en un peligroso choque directo de Estados Unidos con la China Popular; sólo la ausencia fortuita de la URSS del Consejo de Seguridad al discutirse el tema, le permitió a Estados Unidos sortear el veto y hacer de la ONU, incluido su Consejo, un elemento más de la lucha global contra el comunismo (quince países enviaron contingentes a Corea bajo la bandera de la organización mundial, pero la dirección real de la guerra fue norteamericana).
A partir del choque de los grandes poderes vencedores de Alemania y de la conformación de un sistema internacional bipolar este-oeste, la posibilidad de una tercera guerra mundial aumentó dramáticamente. Y sí finalmente eso no ocurrió, la razón no se encuentra en la ONU y su Consejo de Seguridad, sino en la capacidad de mutua destrucción nuclear de Estados Unidos y la URSS. En cualquier caso, la segunda mitad del siglo XX estuvo punteada por decenas de conflictos locales que siempre se resolvieron, por acción u omisión, en función de la lógica de la Guerra Fría y no de la carta de las Naciones Unidas: la invasión anglo-francesa de Egipto, la invasión soviética de Hungría y Checoslovaquia, la crisis del Congo, la toma de Goa por India, la crisis de los misiles en Cuba, la crisis de Chipre, la guerra de los seis días entre Israel y sus vecinos árabes, la invasión norteamericana de Panamá, etcétera. En conflictos tan brutales como los que se desarrollaron en Vietnam y Camboya, la ONU simplemente no tuvo ningún papel, pues las potencias no se lo permitieron. En contraste, en asuntos que no llegaron a tocar los intereses vitales de las superpotencias o donde fue posible algún tipo de acuerdo entre ellas, la presencia de los “cascos azules” de la organización mundial desempeñó un papel secundario pero positivo en la limitación de la violencia, aunque incluso en esas condiciones tuvo fracasos sonados, como fue el de las masacres en Ruanda o en las luchas étnicas que siguieron a la disolución de la antigua Yugoslavia, por mencionar sólo dos casos recientes.
La Política del Viejo Régimen.- Durante los más de cuarenta años que duró la Guerra Fría, la seguridad mexicana fue una variable dependiente de la política de seguridad norteamericana. En esas condiciones, la dirigencia mexicana simplemente no tuvo que pensar su política exterior en términos militares pues otros lo hicieron por ellos. Gracias a eso pudo limitar el papel político del ejército, dedicarse a los asuntos internos y cobijarse con el principio de no intervención y el “nacionalismo revolucionario” para justificar la falta de democracia y cerrar políticamente sus fronteras a cualquier escrutinio o juicio externo. Sólo por excepción los dirigentes se aventuraron en la arena internacional, y en buena medida lo hicieron con acciones simbólicas: votos en los organismos multilaterales, declaraciones oficiales, visitas de Estado, tratados inocuos u ofertas de mediación. La idea de México como “potencia media”, producto de la efímera bonanza petrolera (y la inagotable energía del embajador Porfirio Muñoz Ledo), hicieron que al inicio de los ochenta del siglo pasado México se arriesgara a ingresar por segunda vez al Consejo de Seguridad e incluso presidirlo, pero ese activismo fue mas la excepción que la regla y en todo caso no se inscribió en una política exterior de largo plazo y mayor aliento.
El Desafío.- Para la política exterior mexicana, el futuro inmediato está marcado por la necesidad de continuar con la inflexible lógica del Tratado de Libre Comercio de la América del Norte, pero también debe proponerse reactivar el mercado interno para crear un contrapeso a los duros vaivenes del mercado norteamericano. Por otro lado, debe de insistir y continuar ejerciendo presión para regularizar la presencia de los tres y pico millones de trabajadores indocumentados en Estados Unidos y para crear un marco jurídico que regule y dignifique el inevitable flujo migratorio entre las dos sociedades y economías.
La enorme asimetría entre México y su vecino del norte hace inevitable que el tradicional elemento reactivo o defensivo de la política exterior mexicana, vuelva a ser el componente mayor del conjunto. Y ahora, además de los temas tradicionales, la defensa del interés nacional va a tener que incluir la negociación de los efectos en México de los cambios que va a implicar la nueva política de seguridad interna de Estados Unidos. Esa política va a incluir el aumento en la vigilancia en la frontera –en el congreso norteamericano hay quien exige que además de la Patrulla Fronteriza” se incluya al ejército en esa labor-- y la presión para que México ponga orden en su propio servicio de migración y a sus policías corruptas y tenga un control efectivo que impida que el flujo de extranjeros que ingresen a territorio mexicano, como turistas o como migrantes económicos indocumentados, sirva para esconder a posibles terroristas. El control de la fabricación y comercialización de sustancias que puedan ser empleadas en atentados también va a ser objeto de interés por parte de los norteamericanos, etcétera.
En el esfuerzo mundial por cegar las fuentes primarias del terrorismo, la alianza estratégica que las autoridades mexicanas dicen que hoy tiene México con Estados Unidos, no deberá impedir que nuestros diplomáticos apoyen y subrayen sistemáticamente las medidas constructivas y de largo plazo por encima de las punitivas. A los jóvenes musulmanes radicales que constituyen el grueso de los efectivos de las organizaciones terroristas que actúan contra objetivos norteamericanos (y europeos), los mueven la humillación y frustración generadas por los obstáculos al desarrollo de sus sociedades: la corrupción y autoritarismo de sus gobiernos –apoyados por las potencias--, la pobreza y la imposibilidad de superar el subdesarrollado. No hay duda que una vez acabada la etapa de la acción militar en Afganistán, Estados Unidos le va a pasar a la ONU la difícil tarea de reconstruir Afganistán e intentar hacer de esa sociedad paupérrima de tribus y clanes, un estado multiétnico viable. Ahí México deberá intervenir --apoyado en su propia historia, en la sensibilidad que le da el haber sido colonia, el haber enfrentado la agresión externa y el ser pobre— en favor de una reconstrucción que gire en función de los intereses nativos, no de las potencias. En ese y otros casos similares, la solidaridad económica, política y cultural de México debe de ser en primer lugar con aquellos que, como nosotros, una y otra vez se han encontrado del lado perdedor en los procesos históricos del desarrollo. Claro, lo anterior no significa necesariamente chocar con los poderosos, simplemente no perder el sentido de dignidad y de respeto por nosotros mismos. No debemos darle sorpresas a la historia de nuestra vida externa.
De entrada, y por decisión del miembro más importante de la comunidad internacional, Estados Unidos --herido en su esencia de primera potencia mundial por los atentados que sufrió el 11 de septiembre en Nueva York y Washington—, el nuevo capítulo exige de todos los actores de la comunidad internacional una definición tajante: están con una Norteamérica en pie de guerra o están con su enemigo: el terrorismo islámico. Así pues, la diplomacia mexicana se sacó el tigre de la rifa y va a ser puesta a prueba por el período que dure su presencia en el Consejo. Para estar a la altura de las circunstancias, Tlatelolco tendrá que jugar el juego de los grandes sin antagonizar a la superpotencia pero sin herir las susceptibilidades de otros miembros de la comunidad internacional y, sobre todo, sin traicionar la propia historia de país agredido. Si Vicente Fox sale bien librado de la aventura, podrá invertir la ganancia en fuerza para negociar con Estados Unidos y, dentro del país, con la clase política. Pero si las cosas marchasen mal, como le ocurrió a Luis Echeverría y a su tercer mundismo frívolo cuando, sin darse cuenta se metió entre las patas de los caballos en el conflicto árabe-israelí (la equiparación del sionismo con el racismo), el resultado puede ser costoso para el gobierno y el país.
Las Razones de Fox.- Apenas concluida con éxito la impresionante hazaña de derrotar al PRI, Vicente Fox salió a recorrer el mundo orgullosamente montado sobre su “bono democrático”. Si por siete decenios la comunidad internacional había aceptado no sólo convivir sino legitimar una y otra vez al régimen autoritario priísta, después de las elecciones del 2 de julio del 2000 y desde la perspectiva foxista, esa misma comunidad está obligada a reconocer lo que siempre había sabido pero siempre había callado: que el viejo régimen mexicano había sido arbitrario, corrupto y antidemocrático y que, en consecuencia, ahora tiene la obligación moral de apoyar la consolidación de la democracia recién ganada.
La nueva legitimidad del sistema político mexicano ha abierto la puerta para intentar algo que los dirigentes del viejo régimen decidieron evitar para no dar pie a que el exterior se metiera con ellos: una política internacional realmente activa, abierta, generadora de legitimidad hacia adentro y oportunidades hacia afuera. Desde el inicio, el proyecto incluía intentar ganar, por tercera vez en nuestra historia, un sitio en el corazón de la más importante de las organizaciones políticas multinacionales: el Consejo de Seguridad de la ONU. Desde ahí, México podría ser interlocutor privilegiado de las cinco potencias que están ahí permanente representadas: Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Rusia y China.
La Naturaleza del Juego.- La ONU tomó forma al calor de la guerra de los aliados en contra del Eje, para que “nunca jamás” se volvieran a presentar circunstancias como las que desembocaron en esa sangrienta conflagración. Nació la ONU el 24 de octubre de 1945 como un organismo eminentemente político, con vocación universal pero realista. Precisamente por ello, su núcleo lo conformaron las grandes potencias vencedoras, que institucionalizaron su supremacía en un Consejo de Seguridad donde sólo ellas tienen presencia permanente y derecho de veto. La misión de ese órgano de los poderosos sería, en principio, la de abordar todos los asuntos que afectaran a “la paz y seguridad” del mundo. En consideración a los principios democráticos, los cinco grandes aceptaron la presencia en el Consejo de un pequeño grupo de países menores (seis en un inicio) designados periódicamente por la Asamblea General, esta última el foro donde todos tendrían lugar y con el mismo peso. Desde el inicio fue evidente que el Consejo sólo podría cumplir su misión si “los cinco grandes” mantenían su unidad, independientemente de cual fuera la actitud de los restantes, que siempre serían actores secundarios.
La unidad de las potencias forjada al calor de la lucha contra el Eje se quebró en cuanto faltó el enemigo común. Así, el 19 de enero de 1946 el Consejo de Seguridad recibió su primer caso –una queja de Irán contra la URSS por no retirar sus tropas e interferir en sus asuntos internos— y casi de inmediato los soviéticos echaron mano de su derecho de veto en ese órgano cuando abordó el tema de las tropas francesas en Siria y Líbano. Tres años después, el cambio revolucionario de régimen en China y la huida de lo que quedaba del Kuomintang a Taiwán, hizo que uno de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad perdiera su razón de ser, pues el asiento de China se quedó sin referente real. Casi de inmediato estalló el conflicto de Corea que desembocó en un peligroso choque directo de Estados Unidos con la China Popular; sólo la ausencia fortuita de la URSS del Consejo de Seguridad al discutirse el tema, le permitió a Estados Unidos sortear el veto y hacer de la ONU, incluido su Consejo, un elemento más de la lucha global contra el comunismo (quince países enviaron contingentes a Corea bajo la bandera de la organización mundial, pero la dirección real de la guerra fue norteamericana).
A partir del choque de los grandes poderes vencedores de Alemania y de la conformación de un sistema internacional bipolar este-oeste, la posibilidad de una tercera guerra mundial aumentó dramáticamente. Y sí finalmente eso no ocurrió, la razón no se encuentra en la ONU y su Consejo de Seguridad, sino en la capacidad de mutua destrucción nuclear de Estados Unidos y la URSS. En cualquier caso, la segunda mitad del siglo XX estuvo punteada por decenas de conflictos locales que siempre se resolvieron, por acción u omisión, en función de la lógica de la Guerra Fría y no de la carta de las Naciones Unidas: la invasión anglo-francesa de Egipto, la invasión soviética de Hungría y Checoslovaquia, la crisis del Congo, la toma de Goa por India, la crisis de los misiles en Cuba, la crisis de Chipre, la guerra de los seis días entre Israel y sus vecinos árabes, la invasión norteamericana de Panamá, etcétera. En conflictos tan brutales como los que se desarrollaron en Vietnam y Camboya, la ONU simplemente no tuvo ningún papel, pues las potencias no se lo permitieron. En contraste, en asuntos que no llegaron a tocar los intereses vitales de las superpotencias o donde fue posible algún tipo de acuerdo entre ellas, la presencia de los “cascos azules” de la organización mundial desempeñó un papel secundario pero positivo en la limitación de la violencia, aunque incluso en esas condiciones tuvo fracasos sonados, como fue el de las masacres en Ruanda o en las luchas étnicas que siguieron a la disolución de la antigua Yugoslavia, por mencionar sólo dos casos recientes.
La Política del Viejo Régimen.- Durante los más de cuarenta años que duró la Guerra Fría, la seguridad mexicana fue una variable dependiente de la política de seguridad norteamericana. En esas condiciones, la dirigencia mexicana simplemente no tuvo que pensar su política exterior en términos militares pues otros lo hicieron por ellos. Gracias a eso pudo limitar el papel político del ejército, dedicarse a los asuntos internos y cobijarse con el principio de no intervención y el “nacionalismo revolucionario” para justificar la falta de democracia y cerrar políticamente sus fronteras a cualquier escrutinio o juicio externo. Sólo por excepción los dirigentes se aventuraron en la arena internacional, y en buena medida lo hicieron con acciones simbólicas: votos en los organismos multilaterales, declaraciones oficiales, visitas de Estado, tratados inocuos u ofertas de mediación. La idea de México como “potencia media”, producto de la efímera bonanza petrolera (y la inagotable energía del embajador Porfirio Muñoz Ledo), hicieron que al inicio de los ochenta del siglo pasado México se arriesgara a ingresar por segunda vez al Consejo de Seguridad e incluso presidirlo, pero ese activismo fue mas la excepción que la regla y en todo caso no se inscribió en una política exterior de largo plazo y mayor aliento.
El Desafío.- Para la política exterior mexicana, el futuro inmediato está marcado por la necesidad de continuar con la inflexible lógica del Tratado de Libre Comercio de la América del Norte, pero también debe proponerse reactivar el mercado interno para crear un contrapeso a los duros vaivenes del mercado norteamericano. Por otro lado, debe de insistir y continuar ejerciendo presión para regularizar la presencia de los tres y pico millones de trabajadores indocumentados en Estados Unidos y para crear un marco jurídico que regule y dignifique el inevitable flujo migratorio entre las dos sociedades y economías.
La enorme asimetría entre México y su vecino del norte hace inevitable que el tradicional elemento reactivo o defensivo de la política exterior mexicana, vuelva a ser el componente mayor del conjunto. Y ahora, además de los temas tradicionales, la defensa del interés nacional va a tener que incluir la negociación de los efectos en México de los cambios que va a implicar la nueva política de seguridad interna de Estados Unidos. Esa política va a incluir el aumento en la vigilancia en la frontera –en el congreso norteamericano hay quien exige que además de la Patrulla Fronteriza” se incluya al ejército en esa labor-- y la presión para que México ponga orden en su propio servicio de migración y a sus policías corruptas y tenga un control efectivo que impida que el flujo de extranjeros que ingresen a territorio mexicano, como turistas o como migrantes económicos indocumentados, sirva para esconder a posibles terroristas. El control de la fabricación y comercialización de sustancias que puedan ser empleadas en atentados también va a ser objeto de interés por parte de los norteamericanos, etcétera.
En el esfuerzo mundial por cegar las fuentes primarias del terrorismo, la alianza estratégica que las autoridades mexicanas dicen que hoy tiene México con Estados Unidos, no deberá impedir que nuestros diplomáticos apoyen y subrayen sistemáticamente las medidas constructivas y de largo plazo por encima de las punitivas. A los jóvenes musulmanes radicales que constituyen el grueso de los efectivos de las organizaciones terroristas que actúan contra objetivos norteamericanos (y europeos), los mueven la humillación y frustración generadas por los obstáculos al desarrollo de sus sociedades: la corrupción y autoritarismo de sus gobiernos –apoyados por las potencias--, la pobreza y la imposibilidad de superar el subdesarrollado. No hay duda que una vez acabada la etapa de la acción militar en Afganistán, Estados Unidos le va a pasar a la ONU la difícil tarea de reconstruir Afganistán e intentar hacer de esa sociedad paupérrima de tribus y clanes, un estado multiétnico viable. Ahí México deberá intervenir --apoyado en su propia historia, en la sensibilidad que le da el haber sido colonia, el haber enfrentado la agresión externa y el ser pobre— en favor de una reconstrucción que gire en función de los intereses nativos, no de las potencias. En ese y otros casos similares, la solidaridad económica, política y cultural de México debe de ser en primer lugar con aquellos que, como nosotros, una y otra vez se han encontrado del lado perdedor en los procesos históricos del desarrollo. Claro, lo anterior no significa necesariamente chocar con los poderosos, simplemente no perder el sentido de dignidad y de respeto por nosotros mismos. No debemos darle sorpresas a la historia de nuestra vida externa.
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