Lorenzo Meyer
Una Coyuntura donde no hay Salida Airosa.- Lo que parecía ser el principio de una política exterior cuidadosa, con elementos novedosos, e inteligentemente construida por el gobierno de Vicente Fox, amenaza con venirse abajo como efecto secundario de las grande explosiones que derrumbaron las Torres Gemelas de Nueva York, un ala del Pentágono en Washington, y cuyo verdadero objetivo fue cimbrar la estructura del sistema de relaciones políticas y de seguridad internacionales. Y lo peor es que la Cancillería no parece tener mucho espacio de maniobra para minimizar el daño porque en términos generales la sociedad mexicana mantiene sus reservas históricas frente a Estados Unidos y la clase política no puede o quizá no quiere, comprender dos cosas: en primer lugar, la magnitud y la rapidez del cambio que está teniendo lugar en el sistema de prioridades de la única gran potencia mundial –Estados Unidos— y, en segundo, lo extremadamente vulnerable que es la posición de un México cuya dirigencia decidió hace más de un decenio abdicar de su independencia económica para ligar la suerte del maltrecho aparato productivo mexicano al gran mercado estadounidense.
La Búsqueda de la Fórmula Imposible.- En un abrir y cerrar de ojos, la mañana del 11 de septiembre, una fuerza, a la vez subnacional e internacional y aún no plenamente identificada, en un ataque suicida extraordinariamente planeado y ejecutado, destruyó el simbólico World Trade Center de Nueva York y un ala del aún más simbólico cuartel general del ejército norteamericano –el Pentágono— en Washington, y causó la muerte de alrededor de seis mil personas indefensas, es decir, el equivalente a casi el 10% de las bajas norteamericanas sufridas a todo lo largo de los veinte años de su intervención en la guerra en Vietnam (1955-1975).
Para efectos de análisis de la posición internacional mexicana, se pueden dejar de lado las razones culturales, políticas, religiosas y psicológicas que explican la acción de los equipos suicidas que buscaron hacer el mayor daño posible de manera indiscriminada, lo mismo que la capacidad de violencia y de daño que son capaces de hacer en sociedades complejas grupos pequeños pero absolutamente unidimensionales en su visión del mundo. Siendo ambos temas muy importantes, no son elementos necesarios para entender la situación de México en la coyuntura internacional. Querámoslo o no, para nuestro país los factores determinantes hoy son: que el presidente norteamericano –personaje con quien el presidente Fox aparentemente había logrado establecer la mejor relación posible-- declaró una guerra sin cuartel contra los autores de los atentados y contra quienes les apoyen; que la sociedad norteamericana avala esa declaración; que la única gran potencia global llamó a todos los gobiernos del mundo a declarar y a actuar sin ambigüedad en una lucha definida como confrontación entre “el bien y el mal”, y que México tiene que definirse.
Se puede y debe discutir la definición que del contexto internacional hizo el presidente George Bush –¿Estados Unidos y sus aliados realmente encarnan el bien que pretenden?—, pero en la práctica y para el liderazgo mexicano, esa resulta una discusión académica, sin consecuencias, pues la posición norteamericana equivale a un hecho objetivo, que está obligado a confrontar y que tiene consecuencias muy serias. Para el gobierno del presidente Fox, como para los del resto de la comunidad internacional pero con mayor urgencia dada la vecindad y la intensidad de la relación mexicano-americana, no hay posibilidad de evitar tomar partido. Sin embargo, y aquí está el meollo del problema, la forma que asuma esa toma de partida será la esencia. Lo que la administración debe hacer, es encontrar y explicar los términos de su posición de tal manera que no antagonice a Estados Unidos pero sin que tampoco provoque una rupturag interna. Desafortunadamente el dar con la fórmula que satisfaga ambas condiciones es difícil y, quizá, imposible.
Los Puntos de Referencia.- En vísperas del 11 de septiembre, cuando Vicente Fox hizo su visita de Estado a Washington y todo parecía estar bajo control, la parte norteamericana definió la relación con México como la “más importante que Estados Unidos tenía en el mundo”. El éxito del gobierno mexicano parecía innegable y rotundo, y la declaración del jefe del gobierno norteamericano debió incomodar a más de uno, especialmente porque los británicos se habían considerado por largo tiempo como los dueños de la única relación “especial” realmente fundamental para Estados Unidos. Pues bien, al ocurrir los atentados de Nueva York y Washington, el primer ministro británico Anthony Blair tomó la iniciativa y prácticamente no perdió ni un minuto para proclamar su apoyo incondicional a la posición norteamericana y cruzar el Atlántico para estar todo el tiempo al lado del presidente Bush y mostrar que en realidad es con Inglaterra con quien Estados Unidos tiene la relación más importante, por sólida. Jacques Chirac, el presidente de una Francia tradicionalmente menos pronorteamericana que Inglaterra, no dudó en proclamar de manera contundente la solidaridad de su país con Estados Unidos y a poco el resto de Europa Occidental decidió activar a la Organización del Tratado del Atlántico Norte y declarar su participación militar al lado norteamericano bajo la consideración de que los atentados en Estados Unidos habían sido un ataque al conjunto de la alianza. Canadá, el otro vecino de Estados Unidos, siguió el mismo camino. Bueno, ni siquiera los antiguos rivales de Estados Unidos –Rusia y China— pudieron o quisieron sustraerse del llamado norteamericano y se hicieron presentes en la coalición encabezada por George Bush contra un terrorismo presumiblemente de origen islámico, y la lista puede seguir. En suma, en unos cuantos días surgió casi una competencia por ver que gobiernos podían y querían estar más cerca de las posiciones adoptadas por Estados Unidos en contra de sus enemigos, todo lo cual creo un obvio marco de referencia para la actuación de México pues es contra del activismo de los europeos y canadienses que se va juzgar en Washington la actitud mexicana, que no por ser casi simbólica, va a dejar de tener consecuencias objetivas, materiales. Que además de legítimas razones morales y políticas hay también elementos de oportunismo y agendas escondidas en la solidaridad internacional con Estados Unidos, ni duda, pero resulta que el oportunismo es también un elemento fundamental de la política.
La Difícil Posición Mexicana.- El mismo día 11 de septiembre el presidente Fox se puso en contacto con el presidente Bush y le manifestó su pesar y solidaridad ante lo que acababa ocurrido. Sin embargo, por contraste, los gestos han sido juzgados insuficientes. Así, por ejemplo, en su último número, la revista británica, The Economist, (septiembre 22-28, 2001) publica un artículo sobre México que además de revelar algo de la famosa “perfidia británica”, se pregunta si México –y aquí incluye al gobierno y a la sociedad-- sólo es amigable con Estados Unidos en los tiempos buenos pero no en las “horas negras”. La revista combina la dependencia económica mexicana con la continuidad del sentimiento antiamericano en la sociedad mexicana: no ha habido, como en otros países, ninguna ceremonia oficial de homenaje a las víctimas de los atentados y señal de repudio a los autores. Si el artículo sólo representara la opinión de una revista británica que defiende el monopolio de la relación especial anglo-americana no tendría mayor importancia, pero tradicionalmente The Economist refleja, en mucho, opiniones similares a las que prevalecen en los círculos dominantes de Estados Unidos. Y así lo confirma Reforma (25 de septiembre) al citar directamente a norteamericanos que se “extrañan” de la poca voluntad mexicana de mostrar apoyo a la nueva lucha norteamericana.
La Contradictoria Situación Mexicana.- El canciller Jorge Castañeda --de largo tiempo atrás sensible a los vientos que corren en Estados Unidos, Europa y América Latina--, es la cabeza más visible dentro de la administración del presidente Fox de aquellos que proponen adecuar la política exterior mexicana a la enorme realidad que le legaron tanto el fin de la Guerra Fría –Estados Unidos como única superpotencia-- como la decisión del antiguo régimen priísta en su fase terminal –la salinista-- de optar por salvarse con el auxilio norteamericano. En efecto, la negociación del Tratado de Libre Comercio de la América del Norte (TLCAN), apoyada incondicionalmente por el PRI, aceptada por el PAN y muy bien recibida por el grueso del gran capital mexicano, ligó de manera sin precedentes --y sin alternativas--, a la economía mexicana con la norteamericana pero disminuyó aún más su ya de por si limitada independencia frente al poderoso vecino del norte.
Es una realidad que México no puede modificar la que ha llevado al canciller a considerar la posibilidad de adoptar una posición que se puede calificar de “realista”: apoyar al estilo europeo la posición norteamericana para tener la oportunidad de salvar la agenda que se le presentó a Washington la semana anterior al atentado: mejores condiciones para el comercio, resolver el problema de los indocumentados mexicanos y mejorar la relación laboral en general, para disminuir las fricciones motivadas por el narcotráfico, etcétera.
En contraste y en contra de la posición anterior, está una parte importante de la clase política y, sobre todo, el enorme peso que tiene en la sociedad mexicana la ambivalencia frente a los Estados Unidos. Por lo que hace a la clase política, el supuesto nacionalismo del PRI no resiste la prueba, pues fue ese partido el que buscó su salvación en el TLCAN; la consistencia sólo está del lado del PRD. Por lo que hace a la sociedad civil, por un lado existe en México, como en una buena parte del resto del mundo, un claro proceso de “americanización” y de adopción de valores y formas de vida de origen norteamericano. Por el otro, hay un antiguo, muy extendido y no gratuito resentimiento y desconfianza frente a Estados Unidos.
Cualquiera que sea su situación actual, el nacionalismo mexicano tiene una raíz histórica y, sobre todo, un papel muy importante en la conformación del estado nacional moderno. Ese nacionalismo, muy fomentado por la educación formal, adquirió su forma y consistencia actuales teniendo a Estados Unidos como su punto de referencia, como la amenaza externa dominante. Fue el nacionalismo, entre otras cosas, lo que llevó al gobierno de Carranza a declarar la neutralidad mexicana durante la I Guerra Mundial, y lo que hizo tan difícil que la sociedad mexicana aceptara la alianza con Estados Unidos durante la II Guerra Mundial, a pesar de los obvios beneficios que México logró como resultado de esa decisión.
Lo Imposible de la Coyuntura.- La velocidad a la que están corriendo los acontecimientos es muy grande y el canciller mexicano pareciera querer moverse a esa velocidad para evitar que otros ocupen el lugar que ya había conseguido para México en la agenda norteamericana, pero la clase política en su conjunto se niega a seguirle, y a una parte de la sociedad mexicana el peso enorme de la historia simplemente no le permite modificar sus percepciones al punto de considerar como propia la lucha contra acciones tan brutales como las que tuvieron lugar en Estados Unidos el 11 de septiembre.
Es en circunstancias como las actuales cuando se acentúa la importancia del papel presidencial. Vicente Fox tiene la posibilidad de mantener el rumbo seguido hasta el momento: pagar el precio de perder el terreno que había ganado en Washington a cambio de no dar a sus enemigos internos –que son muchos, incluso dentro de su partido— la oportunidad de envolverse en el manto del nacionalismo y acusarle de entreguista. Por otro lado, también tiene la posibilidad de apoyar a su canciller, hacer una exposición clara de motivos y poner a México de manera decidida del lado de una lucha que ya no es sólo norteamericana sino de quienes no pueden aceptar ataques indiscriminados contra civiles indefensos en nombre de valores religiosos o políticos –cosa que los propios norteamericanos han hecho en el pasado— o de cualquier otra índole. En todo caso, en su papel de conductor de la política exterior, el presidente debe asumir los costos que las circunstancias exigen, pero no sin antes darnos la explicación de fondo que aún está faltando. Justamente por ello y para ello demandó y recibió el voto de ese histórico 2 de julio del 2000.
La Búsqueda de la Fórmula Imposible.- En un abrir y cerrar de ojos, la mañana del 11 de septiembre, una fuerza, a la vez subnacional e internacional y aún no plenamente identificada, en un ataque suicida extraordinariamente planeado y ejecutado, destruyó el simbólico World Trade Center de Nueva York y un ala del aún más simbólico cuartel general del ejército norteamericano –el Pentágono— en Washington, y causó la muerte de alrededor de seis mil personas indefensas, es decir, el equivalente a casi el 10% de las bajas norteamericanas sufridas a todo lo largo de los veinte años de su intervención en la guerra en Vietnam (1955-1975).
Para efectos de análisis de la posición internacional mexicana, se pueden dejar de lado las razones culturales, políticas, religiosas y psicológicas que explican la acción de los equipos suicidas que buscaron hacer el mayor daño posible de manera indiscriminada, lo mismo que la capacidad de violencia y de daño que son capaces de hacer en sociedades complejas grupos pequeños pero absolutamente unidimensionales en su visión del mundo. Siendo ambos temas muy importantes, no son elementos necesarios para entender la situación de México en la coyuntura internacional. Querámoslo o no, para nuestro país los factores determinantes hoy son: que el presidente norteamericano –personaje con quien el presidente Fox aparentemente había logrado establecer la mejor relación posible-- declaró una guerra sin cuartel contra los autores de los atentados y contra quienes les apoyen; que la sociedad norteamericana avala esa declaración; que la única gran potencia global llamó a todos los gobiernos del mundo a declarar y a actuar sin ambigüedad en una lucha definida como confrontación entre “el bien y el mal”, y que México tiene que definirse.
Se puede y debe discutir la definición que del contexto internacional hizo el presidente George Bush –¿Estados Unidos y sus aliados realmente encarnan el bien que pretenden?—, pero en la práctica y para el liderazgo mexicano, esa resulta una discusión académica, sin consecuencias, pues la posición norteamericana equivale a un hecho objetivo, que está obligado a confrontar y que tiene consecuencias muy serias. Para el gobierno del presidente Fox, como para los del resto de la comunidad internacional pero con mayor urgencia dada la vecindad y la intensidad de la relación mexicano-americana, no hay posibilidad de evitar tomar partido. Sin embargo, y aquí está el meollo del problema, la forma que asuma esa toma de partida será la esencia. Lo que la administración debe hacer, es encontrar y explicar los términos de su posición de tal manera que no antagonice a Estados Unidos pero sin que tampoco provoque una rupturag interna. Desafortunadamente el dar con la fórmula que satisfaga ambas condiciones es difícil y, quizá, imposible.
Los Puntos de Referencia.- En vísperas del 11 de septiembre, cuando Vicente Fox hizo su visita de Estado a Washington y todo parecía estar bajo control, la parte norteamericana definió la relación con México como la “más importante que Estados Unidos tenía en el mundo”. El éxito del gobierno mexicano parecía innegable y rotundo, y la declaración del jefe del gobierno norteamericano debió incomodar a más de uno, especialmente porque los británicos se habían considerado por largo tiempo como los dueños de la única relación “especial” realmente fundamental para Estados Unidos. Pues bien, al ocurrir los atentados de Nueva York y Washington, el primer ministro británico Anthony Blair tomó la iniciativa y prácticamente no perdió ni un minuto para proclamar su apoyo incondicional a la posición norteamericana y cruzar el Atlántico para estar todo el tiempo al lado del presidente Bush y mostrar que en realidad es con Inglaterra con quien Estados Unidos tiene la relación más importante, por sólida. Jacques Chirac, el presidente de una Francia tradicionalmente menos pronorteamericana que Inglaterra, no dudó en proclamar de manera contundente la solidaridad de su país con Estados Unidos y a poco el resto de Europa Occidental decidió activar a la Organización del Tratado del Atlántico Norte y declarar su participación militar al lado norteamericano bajo la consideración de que los atentados en Estados Unidos habían sido un ataque al conjunto de la alianza. Canadá, el otro vecino de Estados Unidos, siguió el mismo camino. Bueno, ni siquiera los antiguos rivales de Estados Unidos –Rusia y China— pudieron o quisieron sustraerse del llamado norteamericano y se hicieron presentes en la coalición encabezada por George Bush contra un terrorismo presumiblemente de origen islámico, y la lista puede seguir. En suma, en unos cuantos días surgió casi una competencia por ver que gobiernos podían y querían estar más cerca de las posiciones adoptadas por Estados Unidos en contra de sus enemigos, todo lo cual creo un obvio marco de referencia para la actuación de México pues es contra del activismo de los europeos y canadienses que se va juzgar en Washington la actitud mexicana, que no por ser casi simbólica, va a dejar de tener consecuencias objetivas, materiales. Que además de legítimas razones morales y políticas hay también elementos de oportunismo y agendas escondidas en la solidaridad internacional con Estados Unidos, ni duda, pero resulta que el oportunismo es también un elemento fundamental de la política.
La Difícil Posición Mexicana.- El mismo día 11 de septiembre el presidente Fox se puso en contacto con el presidente Bush y le manifestó su pesar y solidaridad ante lo que acababa ocurrido. Sin embargo, por contraste, los gestos han sido juzgados insuficientes. Así, por ejemplo, en su último número, la revista británica, The Economist, (septiembre 22-28, 2001) publica un artículo sobre México que además de revelar algo de la famosa “perfidia británica”, se pregunta si México –y aquí incluye al gobierno y a la sociedad-- sólo es amigable con Estados Unidos en los tiempos buenos pero no en las “horas negras”. La revista combina la dependencia económica mexicana con la continuidad del sentimiento antiamericano en la sociedad mexicana: no ha habido, como en otros países, ninguna ceremonia oficial de homenaje a las víctimas de los atentados y señal de repudio a los autores. Si el artículo sólo representara la opinión de una revista británica que defiende el monopolio de la relación especial anglo-americana no tendría mayor importancia, pero tradicionalmente The Economist refleja, en mucho, opiniones similares a las que prevalecen en los círculos dominantes de Estados Unidos. Y así lo confirma Reforma (25 de septiembre) al citar directamente a norteamericanos que se “extrañan” de la poca voluntad mexicana de mostrar apoyo a la nueva lucha norteamericana.
La Contradictoria Situación Mexicana.- El canciller Jorge Castañeda --de largo tiempo atrás sensible a los vientos que corren en Estados Unidos, Europa y América Latina--, es la cabeza más visible dentro de la administración del presidente Fox de aquellos que proponen adecuar la política exterior mexicana a la enorme realidad que le legaron tanto el fin de la Guerra Fría –Estados Unidos como única superpotencia-- como la decisión del antiguo régimen priísta en su fase terminal –la salinista-- de optar por salvarse con el auxilio norteamericano. En efecto, la negociación del Tratado de Libre Comercio de la América del Norte (TLCAN), apoyada incondicionalmente por el PRI, aceptada por el PAN y muy bien recibida por el grueso del gran capital mexicano, ligó de manera sin precedentes --y sin alternativas--, a la economía mexicana con la norteamericana pero disminuyó aún más su ya de por si limitada independencia frente al poderoso vecino del norte.
Es una realidad que México no puede modificar la que ha llevado al canciller a considerar la posibilidad de adoptar una posición que se puede calificar de “realista”: apoyar al estilo europeo la posición norteamericana para tener la oportunidad de salvar la agenda que se le presentó a Washington la semana anterior al atentado: mejores condiciones para el comercio, resolver el problema de los indocumentados mexicanos y mejorar la relación laboral en general, para disminuir las fricciones motivadas por el narcotráfico, etcétera.
En contraste y en contra de la posición anterior, está una parte importante de la clase política y, sobre todo, el enorme peso que tiene en la sociedad mexicana la ambivalencia frente a los Estados Unidos. Por lo que hace a la clase política, el supuesto nacionalismo del PRI no resiste la prueba, pues fue ese partido el que buscó su salvación en el TLCAN; la consistencia sólo está del lado del PRD. Por lo que hace a la sociedad civil, por un lado existe en México, como en una buena parte del resto del mundo, un claro proceso de “americanización” y de adopción de valores y formas de vida de origen norteamericano. Por el otro, hay un antiguo, muy extendido y no gratuito resentimiento y desconfianza frente a Estados Unidos.
Cualquiera que sea su situación actual, el nacionalismo mexicano tiene una raíz histórica y, sobre todo, un papel muy importante en la conformación del estado nacional moderno. Ese nacionalismo, muy fomentado por la educación formal, adquirió su forma y consistencia actuales teniendo a Estados Unidos como su punto de referencia, como la amenaza externa dominante. Fue el nacionalismo, entre otras cosas, lo que llevó al gobierno de Carranza a declarar la neutralidad mexicana durante la I Guerra Mundial, y lo que hizo tan difícil que la sociedad mexicana aceptara la alianza con Estados Unidos durante la II Guerra Mundial, a pesar de los obvios beneficios que México logró como resultado de esa decisión.
Lo Imposible de la Coyuntura.- La velocidad a la que están corriendo los acontecimientos es muy grande y el canciller mexicano pareciera querer moverse a esa velocidad para evitar que otros ocupen el lugar que ya había conseguido para México en la agenda norteamericana, pero la clase política en su conjunto se niega a seguirle, y a una parte de la sociedad mexicana el peso enorme de la historia simplemente no le permite modificar sus percepciones al punto de considerar como propia la lucha contra acciones tan brutales como las que tuvieron lugar en Estados Unidos el 11 de septiembre.
Es en circunstancias como las actuales cuando se acentúa la importancia del papel presidencial. Vicente Fox tiene la posibilidad de mantener el rumbo seguido hasta el momento: pagar el precio de perder el terreno que había ganado en Washington a cambio de no dar a sus enemigos internos –que son muchos, incluso dentro de su partido— la oportunidad de envolverse en el manto del nacionalismo y acusarle de entreguista. Por otro lado, también tiene la posibilidad de apoyar a su canciller, hacer una exposición clara de motivos y poner a México de manera decidida del lado de una lucha que ya no es sólo norteamericana sino de quienes no pueden aceptar ataques indiscriminados contra civiles indefensos en nombre de valores religiosos o políticos –cosa que los propios norteamericanos han hecho en el pasado— o de cualquier otra índole. En todo caso, en su papel de conductor de la política exterior, el presidente debe asumir los costos que las circunstancias exigen, pero no sin antes darnos la explicación de fondo que aún está faltando. Justamente por ello y para ello demandó y recibió el voto de ese histórico 2 de julio del 2000.
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