Lorenzo Meyer
El sentido de la Rebelión.- La rebelión es un fenómeno tan antiguo como la sociedad misma, pero la rebelión revolucionaria es algo más reciente, que tomó forma al concluir el siglo XVIII --el de la ilustración— y llegó a su apogeo y conclusión en el siglo XX --uno de los períodos más violentos de los que se tenga registro. Nuestro país estrenó su siglo XX con una gran revolución pero acaba de entrar al siguiente con varios grupos armados que vuelven a desafiar al gobierno y al régimen en nombre de valores y visiones de origen revolucionario: el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), el Ejército Popular Revolucionario (EPR), los derivados de éste y casi tres decenas más de pequeñas organizaciones que dicen estar armadas para impulsar un proyecto alternativo (El Financiero, 30 de enero, 2001). ¿Estos grupos y siglas son sólo residuos de un pasado superado y sin viabilidad o rescoldos que pueden volver a provocar el incendio a pesar de que el país ya modificó su régimen político por la vía pacífica el 2 de julio del año 2000?.
¿Antiguallas o Rescoldos?.- El pasado 17 de noviembre y en cinco localidades de las montañas del sureste chiapaneco, se celebró el décimo octavo aniversario de la formación del EZLN. El origen formal de esa organización guerrillera que ya no busca hacer la revolución sino impulsar la lucha de minorías y marginados por obtener condiciones de igualdad, data de 1983 y tuvo lugar en un campamento de la selva Lacandona con apenas media docena de participantes mestizos e indígenas. Su verdadero inicio es, desde luego, anterior, resultado de la conclusión a la que de tiempo atrás habían llegado en otras localidades otros grupos altamente politizados. Desde su perspectiva, el régimen que controlaba al Estado mexicano –ese que había nacido de la Revolución Mexicana pero que se había coagulado en una estructura antidemocrática, corrupta en alto grado y selectivamente represora,— hacía tiempo que había dejado de ser legítimo y, por lo tanto, se le debía enfrentar con sus propios medios, es decir, con ese recurso que es la terrible esencia de cualquier Estado: las armas, la violencia políticamente dirigida. El ambiente internacional de la época daba sustento a esa decisión, pues el sistema internacional aún mantenía la bipolaridad socialismo-capitalismo y en la zona contigua a Chiapas, la revolución había triunfado en Nicaragua y parecía tener posibilidades en otros países vecinos.
En la introducción a una compilación de trabajos clásicos sobre la rebelión –When Men Revolt and Why, Free Press, 1971— su editor, James Chowning Davies, señala que lo determinante en el inmemorial tema de la rebelión, no es la rebelión misma –el reto desde fuera a la estructura de poder--, sino algo anterior: las razones por las cuales un grupo de personas decide retirarle a sus gobernantes el derecho a seguir ejerciendo el monopolio de la violencia legítima, y se lanza a la arriesgada y difícil tarea de dar forma a otra violencia y a ofrecer a la sociedad una legitimidad alternativa. Así pues, la revolución se inicia como respuesta moral a una situación que se considera, por un lado injusta y susceptible de modificación, por otro.
En el origen, la idea revolucionaria anida en apenas un puñado de individuos –el caso del EZLN es típico-- que pocas veces pueden superar los obstáculos iniciales para proceder a la acción y que, tras nadar a contracorriente, en apenas unos pocos casos pueden hacer triunfar su legitimidad alternativa.
Las revoluciones han sido rebeliones animadas por una “utopía realista” –lo que buscan nunca ha existido, pero puede existir--, y que en el siglo XX se intentaron lo mismo en Europa que en Asía, América y Africa. Desafortunadamente el desarrollo de las revoluciones triunfantes desembocó con gran regularidad en una decepción –el caso mexicano—, en un fracaso redondo –las revoluciones anticoloniales de Africa, por ejemplo-- o en una monstruosidad –el Gulag soviético, la revolución cultural china o el exterminio masivo de la población de los Khemer Rojos en Camboya, por citar tres casos. Como sea, la chispa que desembocó en el intento de hacer realidad la utopía fue, básicamente, un sentido de injusticia profunda y de humillación colectiva innecesaria.
El sentido de injusticia que ha justificado toda acción revolucionaria ha variado según época y lugar, pero en todo caso la afrenta profunda es la desigualdad. Y no cualquier desigualdad, sino aquella que se considera que es posible evitar por ser producto del abuso del poder de los pocos en detrimento del bienestar y la dignidad de la mayoría. Ese es el origen de la decisión del grupo que en 1983 tomó al jefe agrarista sureño de principios del siglo XX, Emiliano Zapata, como símbolo de su determinación de revivir en Chiapas la reacción armada contra un viejo sentido del agravio entre las capas marginales –en ese caso concreto, comunidades rurales, indígenas y pobres— y a partir de ahí extenderlo a un México donde la gran distancia entre los que más y menos tienen volvía a ensancharse a raíz de la crisis económica de 1982 y del cambio de modelo a que dio lugar.
El Eslabón más Débil. Para 1983, hacía ya tiempo que en Harvard un teórico de las rebeliones, Crane Brinton (The Anatomy of Revolution, Vintage Books, 1965), había dejado en claro que los estallidos de rebelión motivados por un sentido de injusticia agudo no tienden a darse entre los más pobres y de vivir más tradicional, sino entre quienes, aunque del lado perdedor en la distribución social de las cargas y las recompensas, están en un proceso positivo de cambio, tal y como ocurrió con las comunidades de colonización reciente en la selva chiapaneca.
Los antecedentes guerrilleros del movimiento chiapaneco fueron los de otros grupos que buscaban ser el foco insurgente que incendiara la pradera social mexicana: el de Ciudad Madera que operó en Chihuahua entre 1964 y 1965 encabezada por el profesor Arturo Gámiz, los de Guerrero surgidas de la Asociación Cívica Guerrerense y comandados por los también profesores Genaro Vázquez y Lucio Cabañas, y los urbanas que surgieron como respuesta a la represión estudiantil del 68 y del 71: FUZ, MAR, CAP, CACH, FRAP, etcétera. En unos casos más que en otros, todos fueron pensadas dentro de un corte más o menos marxista aunque con variantes (maoísta, guevarista, etcétera). Al final fracasaron, pero no sin haber recogido parte de la experiencia y vocación de quienes les antecedieron y haber contribuido a empujar al cambio político. En el extremo de esta cadena están ahora el EZLN por un lado y el EPR y el resto por el otro. De estas últimas, algunas son apenas siglas sin contenido pero no todas: el EPR sí tiene organización y disposición al enfrentamiento.
El EZLN.- De los movimientos armados actuales en México, el EZLN es, por un lado, el más conocido y, por otro, el que más se aparta de la tradición disponible. Entre su nacimiento y su aparición pública, tuvieron lugar eventos importantes. Para empezar, el fracaso de la Unión Soviética y la desaparición del referente revolucionario internacional más importante. En el entorno inmediato, la Revolución Cubana se transformó de punto de observación hacia el futuro en un mero esfuerzo de supervivencia. En 1990 el sandinismo en Nicaragua, bajo una fuerte presión norteamericana, perdió el poder y el futuro. Para enero de 1992 hacía tiempo que había fracasado la “ofensiva final” de la guerrilla salvadoreña y firmó con el gobierno un acuerdo para poner fin a los 12 años de guerra civil; la paz salvadoreña no resultó como se suponía, pero fue la conclusión de la vía guerrillera en ese país. Finalmente, y justamente en 1994, en Guatemala el gobierno y las guerrillas decidieron iniciar negociaciones para poner fin a una brutal guerra civil que ya llevaba 32 años. En suma, en América Latina, sólo en Colombia la vía armada continuaba siendo considerada viable por las FARC y ELN, aunque también en ese caso un retorcido proceso de paz mantenía la posibilidad de que la negociación y no la revolución fuera el resultado del esfuerzo guerrillero, pero su relación con el narcotráfico y los secuestros hacía cada vez más difuso su contenido utópico.
La base indígena del EZLN no había sido una característica propia de los movimientos armados mexicanos de la segunda mitad del siglo XX. Sin embargo, ese elemento combinado con el fin de la Guerra Fría, el avance de organizaciones defensoras de los derechos humanos y de las propias acciones de las minorías indígenas dentro y fuera de México por el reconocimiento de sus derechos, crearon unas condiciones relativamente novedosas para la insurgencia. Fue la inteligencia y la ductilidad ideológica del liderazgo del EZLN, lo que le permitió explotar al máximo la legitimidad creciente de las reivindicaciones indígenas. En 1992, al celebrarse los quinientos años del inicio de la conquista europea de América, Rigoberta Menchú, la líder indígena guatemalteca, había recibido el Premio Nobel. Los neozapatistas empalmaran su poca fuerza militar con un fuerte y muy articulado discurso en contra de la desigualdad, sin referencias marxistas directas y sí subrayando el elemento histórico con el étnico y ético: quinientos años de maltrato dado por los gobiernos y las clases dominantes a las comunidades y cultura indígenas, particularmente en Chiapas. Todo lo anterior se mezcló con un gran esfuerzo de comunicación apoyado por la Internet, para mandar el mensaje y recibir apoyo lo mismo a la sociedad mexicana que a todos los potenciales simpatizantes en el extranjero, especialmente en Estados Unidos y la Europa Occidental.
Lo sorprendente de lo sucedido a partir de enero de 1994 no fue al rebelión misma del EZLN, su toma momentánea de San Cristóbal de las Casas y de otras poblaciones de los Altos de Chiapas, sino la disposición del gobierno de Carlos Salinas primero y de Ernesto Zedillo y Vicente Fox después, a no intentar resolver el problema por la vía de la fuerza a pesar de que el Estado mexicano tenía y tiene la capacidad de hacerlo. El EZLN siempre tuvo pocos efectivos, geográficamente aislados, con armamento pobre y recursos materiales extremadamente limitados pues sus bases sociales son justamente los pobres extremos. En esas condiciones no es extraño que el neozapatismo haya aceptado negociar tras apenas diez días de combate, lo extraño es que tres jefes del Estado mexicano hayan buscado enfrentar el problema por la vía de la negociación sin fin. Claro que esa decisión se comprende al enfocar el tema desde la óptica de la legitimidad, pues ninguno y menos el primero electo de manera democrática –el de Fox—, pudo negar que el agravio original de los rebeldes es cierto y su reclamo justo.
El viejo problema del autoritarismo presidencial mexicano pareciera en vías de solución con la caída del PRI, pero no así el de la falta de igualdad de oportunidades. Esta igualdad se ve negada por la desigualdad histórica, por la lógica de una economía de mercado que lleva veinte años sin producir crecimiento significativo, por un gasto gubernamental víctima de la pobreza del erario –el ingreso fiscal español, por citar un ejemplo, representa un tercio del PIB pero en México es apenas un tercio de ese tercio—, de la corrupción y de una filosofía neoliberal que en la práctica da más al que más tiene y menos al que menos tiene. En suma, hoy la revolución en México y en el mundo como vía para formar al “hombre nuevo” a la sociedad justa, pareciera estar agotada. Sin embargo, la rebelión como medio para obligar a los poderes formales y de facto a disminuir la desigualdad extrema no ha desaparecido y en México una minoría la mantiene vigente y niega la legitimidad y el monopolio de la violencia al Estado. De la efectividad de la política gubernamental y de las acciones del resto de los actores sociales para hacer frente al viejo pero vigente reclamo del que los movimientos insurgentes se dicen portadores, depende que el rescoldo revolucionario se apague y se vuelva historia pasada o que sirva para reiniciar el incendio a pesar de que esta vez sus metas ya no sean reinventar al hombre ni hacer realidad la utopía.
¿Antiguallas o Rescoldos?.- El pasado 17 de noviembre y en cinco localidades de las montañas del sureste chiapaneco, se celebró el décimo octavo aniversario de la formación del EZLN. El origen formal de esa organización guerrillera que ya no busca hacer la revolución sino impulsar la lucha de minorías y marginados por obtener condiciones de igualdad, data de 1983 y tuvo lugar en un campamento de la selva Lacandona con apenas media docena de participantes mestizos e indígenas. Su verdadero inicio es, desde luego, anterior, resultado de la conclusión a la que de tiempo atrás habían llegado en otras localidades otros grupos altamente politizados. Desde su perspectiva, el régimen que controlaba al Estado mexicano –ese que había nacido de la Revolución Mexicana pero que se había coagulado en una estructura antidemocrática, corrupta en alto grado y selectivamente represora,— hacía tiempo que había dejado de ser legítimo y, por lo tanto, se le debía enfrentar con sus propios medios, es decir, con ese recurso que es la terrible esencia de cualquier Estado: las armas, la violencia políticamente dirigida. El ambiente internacional de la época daba sustento a esa decisión, pues el sistema internacional aún mantenía la bipolaridad socialismo-capitalismo y en la zona contigua a Chiapas, la revolución había triunfado en Nicaragua y parecía tener posibilidades en otros países vecinos.
En la introducción a una compilación de trabajos clásicos sobre la rebelión –When Men Revolt and Why, Free Press, 1971— su editor, James Chowning Davies, señala que lo determinante en el inmemorial tema de la rebelión, no es la rebelión misma –el reto desde fuera a la estructura de poder--, sino algo anterior: las razones por las cuales un grupo de personas decide retirarle a sus gobernantes el derecho a seguir ejerciendo el monopolio de la violencia legítima, y se lanza a la arriesgada y difícil tarea de dar forma a otra violencia y a ofrecer a la sociedad una legitimidad alternativa. Así pues, la revolución se inicia como respuesta moral a una situación que se considera, por un lado injusta y susceptible de modificación, por otro.
En el origen, la idea revolucionaria anida en apenas un puñado de individuos –el caso del EZLN es típico-- que pocas veces pueden superar los obstáculos iniciales para proceder a la acción y que, tras nadar a contracorriente, en apenas unos pocos casos pueden hacer triunfar su legitimidad alternativa.
Las revoluciones han sido rebeliones animadas por una “utopía realista” –lo que buscan nunca ha existido, pero puede existir--, y que en el siglo XX se intentaron lo mismo en Europa que en Asía, América y Africa. Desafortunadamente el desarrollo de las revoluciones triunfantes desembocó con gran regularidad en una decepción –el caso mexicano—, en un fracaso redondo –las revoluciones anticoloniales de Africa, por ejemplo-- o en una monstruosidad –el Gulag soviético, la revolución cultural china o el exterminio masivo de la población de los Khemer Rojos en Camboya, por citar tres casos. Como sea, la chispa que desembocó en el intento de hacer realidad la utopía fue, básicamente, un sentido de injusticia profunda y de humillación colectiva innecesaria.
El sentido de injusticia que ha justificado toda acción revolucionaria ha variado según época y lugar, pero en todo caso la afrenta profunda es la desigualdad. Y no cualquier desigualdad, sino aquella que se considera que es posible evitar por ser producto del abuso del poder de los pocos en detrimento del bienestar y la dignidad de la mayoría. Ese es el origen de la decisión del grupo que en 1983 tomó al jefe agrarista sureño de principios del siglo XX, Emiliano Zapata, como símbolo de su determinación de revivir en Chiapas la reacción armada contra un viejo sentido del agravio entre las capas marginales –en ese caso concreto, comunidades rurales, indígenas y pobres— y a partir de ahí extenderlo a un México donde la gran distancia entre los que más y menos tienen volvía a ensancharse a raíz de la crisis económica de 1982 y del cambio de modelo a que dio lugar.
El Eslabón más Débil. Para 1983, hacía ya tiempo que en Harvard un teórico de las rebeliones, Crane Brinton (The Anatomy of Revolution, Vintage Books, 1965), había dejado en claro que los estallidos de rebelión motivados por un sentido de injusticia agudo no tienden a darse entre los más pobres y de vivir más tradicional, sino entre quienes, aunque del lado perdedor en la distribución social de las cargas y las recompensas, están en un proceso positivo de cambio, tal y como ocurrió con las comunidades de colonización reciente en la selva chiapaneca.
Los antecedentes guerrilleros del movimiento chiapaneco fueron los de otros grupos que buscaban ser el foco insurgente que incendiara la pradera social mexicana: el de Ciudad Madera que operó en Chihuahua entre 1964 y 1965 encabezada por el profesor Arturo Gámiz, los de Guerrero surgidas de la Asociación Cívica Guerrerense y comandados por los también profesores Genaro Vázquez y Lucio Cabañas, y los urbanas que surgieron como respuesta a la represión estudiantil del 68 y del 71: FUZ, MAR, CAP, CACH, FRAP, etcétera. En unos casos más que en otros, todos fueron pensadas dentro de un corte más o menos marxista aunque con variantes (maoísta, guevarista, etcétera). Al final fracasaron, pero no sin haber recogido parte de la experiencia y vocación de quienes les antecedieron y haber contribuido a empujar al cambio político. En el extremo de esta cadena están ahora el EZLN por un lado y el EPR y el resto por el otro. De estas últimas, algunas son apenas siglas sin contenido pero no todas: el EPR sí tiene organización y disposición al enfrentamiento.
El EZLN.- De los movimientos armados actuales en México, el EZLN es, por un lado, el más conocido y, por otro, el que más se aparta de la tradición disponible. Entre su nacimiento y su aparición pública, tuvieron lugar eventos importantes. Para empezar, el fracaso de la Unión Soviética y la desaparición del referente revolucionario internacional más importante. En el entorno inmediato, la Revolución Cubana se transformó de punto de observación hacia el futuro en un mero esfuerzo de supervivencia. En 1990 el sandinismo en Nicaragua, bajo una fuerte presión norteamericana, perdió el poder y el futuro. Para enero de 1992 hacía tiempo que había fracasado la “ofensiva final” de la guerrilla salvadoreña y firmó con el gobierno un acuerdo para poner fin a los 12 años de guerra civil; la paz salvadoreña no resultó como se suponía, pero fue la conclusión de la vía guerrillera en ese país. Finalmente, y justamente en 1994, en Guatemala el gobierno y las guerrillas decidieron iniciar negociaciones para poner fin a una brutal guerra civil que ya llevaba 32 años. En suma, en América Latina, sólo en Colombia la vía armada continuaba siendo considerada viable por las FARC y ELN, aunque también en ese caso un retorcido proceso de paz mantenía la posibilidad de que la negociación y no la revolución fuera el resultado del esfuerzo guerrillero, pero su relación con el narcotráfico y los secuestros hacía cada vez más difuso su contenido utópico.
La base indígena del EZLN no había sido una característica propia de los movimientos armados mexicanos de la segunda mitad del siglo XX. Sin embargo, ese elemento combinado con el fin de la Guerra Fría, el avance de organizaciones defensoras de los derechos humanos y de las propias acciones de las minorías indígenas dentro y fuera de México por el reconocimiento de sus derechos, crearon unas condiciones relativamente novedosas para la insurgencia. Fue la inteligencia y la ductilidad ideológica del liderazgo del EZLN, lo que le permitió explotar al máximo la legitimidad creciente de las reivindicaciones indígenas. En 1992, al celebrarse los quinientos años del inicio de la conquista europea de América, Rigoberta Menchú, la líder indígena guatemalteca, había recibido el Premio Nobel. Los neozapatistas empalmaran su poca fuerza militar con un fuerte y muy articulado discurso en contra de la desigualdad, sin referencias marxistas directas y sí subrayando el elemento histórico con el étnico y ético: quinientos años de maltrato dado por los gobiernos y las clases dominantes a las comunidades y cultura indígenas, particularmente en Chiapas. Todo lo anterior se mezcló con un gran esfuerzo de comunicación apoyado por la Internet, para mandar el mensaje y recibir apoyo lo mismo a la sociedad mexicana que a todos los potenciales simpatizantes en el extranjero, especialmente en Estados Unidos y la Europa Occidental.
Lo sorprendente de lo sucedido a partir de enero de 1994 no fue al rebelión misma del EZLN, su toma momentánea de San Cristóbal de las Casas y de otras poblaciones de los Altos de Chiapas, sino la disposición del gobierno de Carlos Salinas primero y de Ernesto Zedillo y Vicente Fox después, a no intentar resolver el problema por la vía de la fuerza a pesar de que el Estado mexicano tenía y tiene la capacidad de hacerlo. El EZLN siempre tuvo pocos efectivos, geográficamente aislados, con armamento pobre y recursos materiales extremadamente limitados pues sus bases sociales son justamente los pobres extremos. En esas condiciones no es extraño que el neozapatismo haya aceptado negociar tras apenas diez días de combate, lo extraño es que tres jefes del Estado mexicano hayan buscado enfrentar el problema por la vía de la negociación sin fin. Claro que esa decisión se comprende al enfocar el tema desde la óptica de la legitimidad, pues ninguno y menos el primero electo de manera democrática –el de Fox—, pudo negar que el agravio original de los rebeldes es cierto y su reclamo justo.
El viejo problema del autoritarismo presidencial mexicano pareciera en vías de solución con la caída del PRI, pero no así el de la falta de igualdad de oportunidades. Esta igualdad se ve negada por la desigualdad histórica, por la lógica de una economía de mercado que lleva veinte años sin producir crecimiento significativo, por un gasto gubernamental víctima de la pobreza del erario –el ingreso fiscal español, por citar un ejemplo, representa un tercio del PIB pero en México es apenas un tercio de ese tercio—, de la corrupción y de una filosofía neoliberal que en la práctica da más al que más tiene y menos al que menos tiene. En suma, hoy la revolución en México y en el mundo como vía para formar al “hombre nuevo” a la sociedad justa, pareciera estar agotada. Sin embargo, la rebelión como medio para obligar a los poderes formales y de facto a disminuir la desigualdad extrema no ha desaparecido y en México una minoría la mantiene vigente y niega la legitimidad y el monopolio de la violencia al Estado. De la efectividad de la política gubernamental y de las acciones del resto de los actores sociales para hacer frente al viejo pero vigente reclamo del que los movimientos insurgentes se dicen portadores, depende que el rescoldo revolucionario se apague y se vuelva historia pasada o que sirva para reiniciar el incendio a pesar de que esta vez sus metas ya no sean reinventar al hombre ni hacer realidad la utopía.
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