Justificaciones Inaceptables.- El terrorismo lleva el viejo tema de la contradicción entre fines y medios a su extremo. En el mundo islámico hay quienes pueden tener razones muy legítimas para abrigar un resentimiento histórico contra las grandes potencias imperiales de Occidente, pero si la expresión de ese agravio son actos de terrorismo como los que llevaron a cabo un grupo de radicales musulmanes el 11 de diciembre en Estados Unidos, entonces la monstruosidad del medio –asesinato indiscriminado y masivo de civiles-- simplemente anula cualquier alegato sobre la validez ética de los fines. Asumiendo lo anterior como punto de partida, se puede proceder a examinar el otro lado de la moneda: no es difícil entender las razones políticas que llevaron al presidente norteamericano, George W. Bush, a presentar la acción armada contra los terroristas y sus apoyos en Afganistán como una lucha universal entre el bien y la libertad y el mal y el oscurantismo. Sin embargo, el registro histórico tampoco lo respalda del todo.
Una selección inmoral de los medios anula moralmente a los fines, y sin duda alguna ese ha sido el caso de las acciones terroristas de un grupo islámico contra objetivos norteamericanos. Por otro lado, aunque sí puede darse en la realidad un caso de lucha entre el bien y el mal en estado puro, éste no es frecuente y menos en el ámbito de la política. En asuntos de poder, las banderas de los contendientes no suelen ser de blanco o negro sino de diferentes tonos de gris.
La Reacción Mexicana.- Desde la óptica mexicana, sería absurdo aceptar de entrada y sin reservas la explicación norteamericana sobre los acontecimientos que están configurando el contexto internacional actual –la lucha entre Estados Unidos y sus aliados contra Al Qaeda y los Talibán en Afganistán y la conformación de una coalición antiterrorista que une a quienes fueron rivales durante la Guerra Fría— como resultado de un choque entre el bien y el mal. Y no es porque a los mexicanos nos falle el sentido de la ética como parecieran sugerir ciertos comentarios de la prensa internacional --al respecto, véase el ya muy citado artículo secundario de The Economist (septiembre 22-28, 2001) donde se reprocha al gobierno mexicano lo tibio de su apoyo público inicial a Estados Unidos a raíz de los atentados que le costaron la vida a más de cinco millares de personas en Nueva York y Washington el 11 de septiembre--, sino porque todo juicio y reacción mexicanas frente al uso de la fuerza por parte de Estados Unidos tiene un inevitable contenido histórico que lleva a cuestionar sus motivos y justificaciones.
Al iniciarse este siglo, la economía mexicana está ligada y determinada como nunca antes por la norteamericana que, a su vez, es el eje del sistema económico y político mundial. Y la lógica del Tratado de Libre Comercio de la América del Norte (TLCAN) suscrito en 1993, lleva a que esa relación se ahonde con el transcurso del tiempo. La reacción de nuestras élites políticas y económicas a lo acontecido en septiembre pueden explicarse casi por entero como resultado del TLCAN, pero la lógica económica no es el único elemento que determina la reacción del grueso de la sociedad mexicana frente a Estados Unidos. También influye la memoria histórica.
La Experiencia en Carne Propia.- La guerra mexicano-americana del siglo XIX fue justificada por el presidente James K. Polk en 1846 como una justa reacción de Estados Unidos frente a una agresión mexicana. Polk era un expansionista y cuando llegó a la Casa Blanca en 1846 estaba ya decidido a extender el territorio de su país a costa del poco poblado y peor defendido norte del nuestro. A la anexión en 1845 de Texas como un estado más de la Unión Americana le siguió un fallido intento de negociación con México y, finalmente, la orden al general Zachary Taylor de cruzar el río Nueces y avanzar hasta el Bravo. Así, Estados Unidos no sólo pretendió hacer efectiva su soberanía sobre un territorio que México seguía considerando una “provincia rebelde” difícil de doblegar, sino que por sí y ante sí ocupó un territorio que las autoridades mexicanas consideraban que no correspondía a la Texas histórica. Como bien lo dijera entonces el senador por Delaware, John M. Clayton, la conducta de Polk fue la de un provocador y por eso él era el responsable del pequeño choque armado en abril de 1846 al norte de Matamoros que sirvió de pretexto a Polk para pedir a su congreso que considerara que existía ya un estado de guerra con México “como resultado de una acción de la República Mexicana”. Así pues, oficialmente y para Washington, el conflicto con su vecino del sur fue una lucha que el “agravio” mexicano le impuso a Estados Unidos y le obligó a usar las armas para defender “su territorio” y restaurar una paz rota por México y que, al final y por justicia, le costó la mitad de la enorme superficie heredada de España.
Sesenta y ocho años más tarde, en 1914, la toma de Veracruz por la armada norteamericana sirvió para acelerar la caída de la odiosa dictadura militar encabezada por Victoriano Huerta y apresurar el triunfo de la revolución constitucionalista. Sin embargo, las circunstancias que llevaron al presidente Woodrow Wilson –un enemigo implacable del dictador mexicano— a emplear la fuerza fueron burdamente manipuladas para volver a presentar a Estados Unidos como el agredido y a México como el agresor. En efecto, el 8 de abril de 1914, y mientras las tropas revolucionarias atacaban a las gubernamentales en Tampico, un pequeño grupo de marinos de un buque de guerra norteamericano “Dolphin” desembarcaron en plena zona de combate para adquirir combustible de un comerciante alemán. Un oficial huertista los detuvo por menos de una hora debido a que se habían presentado sin autorización “en un lugar sujeto a la autoridad militar”. La detención ocasionó que el vicealmirante Henry T. Mayo exigiera al gobierno mexicano un desagravio por haber violado “territorio norteamericano” –a dos de los tripulantes se les había sacado de la lancha en que habían llegado y que tenía la bandera norteamericana— y por haber conducido a los marinos por el centro de Tampico como prisioneros. El desagravio de tamaño “insulto público y notorio” a Estados Unidos debía ser un saludo de 21 cañonazos a la bandera norteamericana. El jefe de Estado Mayor, general Leonard Wood, y el secretario de Marina, Josephus Daniels, consideraron en privado que el incidente no justificaba la demanda ni menos una intervención (Berta Ulloa, La revolución intervenida, 1997, p.254). Sin embargo, y mientras se negociaba por la vía diplomática, el presidente norteamericano decidió actuar aunque no en el sitio del “insulto” ni sobre los que “insultaron” a la armada, sino en Veracruz, pues ahí iba a descargar armas para Huerta el buque alemán “Ypiranga”. Al final Huerta cayó (julio de 1914) y los norteamericanos entregaron el puerto a los carrancistas sin exigir ya el saludo mexicano a la bandera “insultada”. Acabado Huerta, Washington simplemente se olvidó del “affaire of honor” porque nunca fue la verdadera razón de sus acciones.
La Razón Profunda.- Estados Unidos nunca colonizó a una sociedad islámica como lo hicieron los europeos, pero desde que en junio de 1932 se descubrieron los grandes yacimientos petroleros de la Península Arábiga, el gobierno y las empresas norteamericanas –la Aramco, en concreto-- se interesaron enormemente en esa región y desde entonces se han visto envueltos sistemáticamente en sus asuntos.
Las dos fuerzas que moldearon a Arabia Saudita en el siglo XX y que siguen siendo las determinantes de su destino, son el petróleo y la religión. En efecto, es en ese enorme desierto donde se localizan los sitios sagrados del Islam --la Meca y Medina-- así como la cuarta parte de todas las reservas mundiales de petróleo. Estados Unidos, por su parte, consume justamente un cuarto de todo el petróleo que hoy sirve de fuente de energía al mundo, de ahí su interés por todo lo que sucede en la Arabia Saudita y el de los gobernantes sauditas por mantener el apoyo norteamericano. Sin embargo, es justamente en esa intersección entre petróleo, religión y política en el mundo árabe, donde está el origen de la crisis que estalló el 11 de septiembre en el sistema internacional.
La casa reinante y la oligarquía saudita en general, inmensamente rica gracias a la renta petrolera, está cada vez más distanciada de su sociedad y del resto del mundo árabe e islámico, donde su única legitimidad es la que proviene de su papel como protectora de la fe islámica y de los sitios sagrados. La alianza saudita con Estados Unidos es un seguro de los gobernantes contra sus enemigos internos y externos, y su funcionamiento quedó bien demostrado con la derrota de Iraq y Saddam Hussein, el invasor de Kuwait, a manos del ejército norteamericano en la Guerra del Golfo (enero-febrero de 1991). Sin embargo, la continúa acción norteamericana –bombardeos y embargo— contra un país islámico –Iraq-- al que poco antes Washington había apoyado en su cruenta guerra contra el régimen de los clérigos de Irán (1980-1989) y, sobre todo, la presencia de tropas norteamericanas en la Península Arábiga, resultaron ser un acelerador del descontento de los fundamentalistas árabes e islámicos. Algunos de estos fundamentalistas, al llevar a cabo acciones terroristas contra intereses norteamericanos en el extranjero primero y en los propios Estados Unidos después, buscan crear una situación imposible para los gobernantes sauditas: si éstos apoyan a Estados Unidos contra los musulmanes radicales, pierden su legitimidad religiosa, pero si el gobierno saudí toma distancia de Washington en los momentos de recomposición de todo el tablero internacional, entonces pierden su seguro histórico contra el embate de sus enemigos externos e internos.
El Mal es Movible.- No deja de ser irónico que en la actual definición norteamericana, la personificación del mal sea justamente un oligarca saudita, Osama bin Laden, a quien no hace mucho Estados Unidos auxilió por considerarlo un “luchador de la libertad” en el Afganistán de los años ochenta del siglo pasado, donde los mujahidin que hoy son blanco de los bombarderos de Estados Unidos, combatían con gran éxito a aquellos que entonces encarnaban el mal según Washington: los soviéticos. Resulta igualmente irónico que un personaje siniestro y brutal como Saddam Hussein, durante un buen tiempo recibiera apoyo norteamericano en la lucha contra el régimen de clérigos de Irán, al que pretendía destruir para impedir que expandiera su visión político-religiosa a Iraq y de paso despojarlo de la región petrolera de Juzistán. Y las ironías pueden seguir, los ayatolas de Irán ganaron y consolidaron su poder porque supieron convertir al antiamericanismo en una gran fuerza política, y eso fue posible por el resentimiento que despertó el apoyo que por un buen tiempo Estados Unidos dio al Sha de Irán, Muhammad Reza Pahlevi, quien, a su vez, había legitimado un golpe patrocinado en 1953 por el gobierno norteamericano de Dwight Eisenhower contra su primer ministro, Muhammad Mossadegh, que se había atrevido a nacionalizar el petróleo de la Anglo-Iranian Oil Co. Por un tiempo el Sha y los intereses petroleros norteamericanos y británicos prosperaron juntos, pero justamente por ello fue que en la base de la sociedad iraní se desarrolló el sentimiento antiamericano que terminó por fortalecer a un fundamentalismo que ahora Washington se busca desactivar en Afganistán y en otras partes. Y la cadena de acontecimientos que han desembocado en el brutal y complicado conflicto actual entre radicales islámicos y Estados Unidos puede seguir, siempre con el petróleo como parte de sus eslabones.
En Suma.- Ningún agravio justifica los actos del pasado septiembre en Nueva York y Washington, y es comprensible que los gobiernos quieran poner un alto drástico al terrorismo, un elemento particularmente desestabilizador del sistema internacional. Sin embargo, para entender la ferocidad y brutalidad de ciertos grupos de radicales islámicos y, sobre todo, para resolver el problema de fondo, debe asumirse una perspectiva realista. México debe actuar con los ojos bien abiertos y en el marco de su propia historia. Debe comprometerse, pero consciente de que lo hace en un drama donde el choque no es entre el bien y el mal sino entre un mal menor –la conocida imposición de los intereses de las grandes potencias sobre el resto— y uno extremo: el terrorismo masivo e indiscriminado.
Una selección inmoral de los medios anula moralmente a los fines, y sin duda alguna ese ha sido el caso de las acciones terroristas de un grupo islámico contra objetivos norteamericanos. Por otro lado, aunque sí puede darse en la realidad un caso de lucha entre el bien y el mal en estado puro, éste no es frecuente y menos en el ámbito de la política. En asuntos de poder, las banderas de los contendientes no suelen ser de blanco o negro sino de diferentes tonos de gris.
La Reacción Mexicana.- Desde la óptica mexicana, sería absurdo aceptar de entrada y sin reservas la explicación norteamericana sobre los acontecimientos que están configurando el contexto internacional actual –la lucha entre Estados Unidos y sus aliados contra Al Qaeda y los Talibán en Afganistán y la conformación de una coalición antiterrorista que une a quienes fueron rivales durante la Guerra Fría— como resultado de un choque entre el bien y el mal. Y no es porque a los mexicanos nos falle el sentido de la ética como parecieran sugerir ciertos comentarios de la prensa internacional --al respecto, véase el ya muy citado artículo secundario de The Economist (septiembre 22-28, 2001) donde se reprocha al gobierno mexicano lo tibio de su apoyo público inicial a Estados Unidos a raíz de los atentados que le costaron la vida a más de cinco millares de personas en Nueva York y Washington el 11 de septiembre--, sino porque todo juicio y reacción mexicanas frente al uso de la fuerza por parte de Estados Unidos tiene un inevitable contenido histórico que lleva a cuestionar sus motivos y justificaciones.
Al iniciarse este siglo, la economía mexicana está ligada y determinada como nunca antes por la norteamericana que, a su vez, es el eje del sistema económico y político mundial. Y la lógica del Tratado de Libre Comercio de la América del Norte (TLCAN) suscrito en 1993, lleva a que esa relación se ahonde con el transcurso del tiempo. La reacción de nuestras élites políticas y económicas a lo acontecido en septiembre pueden explicarse casi por entero como resultado del TLCAN, pero la lógica económica no es el único elemento que determina la reacción del grueso de la sociedad mexicana frente a Estados Unidos. También influye la memoria histórica.
La Experiencia en Carne Propia.- La guerra mexicano-americana del siglo XIX fue justificada por el presidente James K. Polk en 1846 como una justa reacción de Estados Unidos frente a una agresión mexicana. Polk era un expansionista y cuando llegó a la Casa Blanca en 1846 estaba ya decidido a extender el territorio de su país a costa del poco poblado y peor defendido norte del nuestro. A la anexión en 1845 de Texas como un estado más de la Unión Americana le siguió un fallido intento de negociación con México y, finalmente, la orden al general Zachary Taylor de cruzar el río Nueces y avanzar hasta el Bravo. Así, Estados Unidos no sólo pretendió hacer efectiva su soberanía sobre un territorio que México seguía considerando una “provincia rebelde” difícil de doblegar, sino que por sí y ante sí ocupó un territorio que las autoridades mexicanas consideraban que no correspondía a la Texas histórica. Como bien lo dijera entonces el senador por Delaware, John M. Clayton, la conducta de Polk fue la de un provocador y por eso él era el responsable del pequeño choque armado en abril de 1846 al norte de Matamoros que sirvió de pretexto a Polk para pedir a su congreso que considerara que existía ya un estado de guerra con México “como resultado de una acción de la República Mexicana”. Así pues, oficialmente y para Washington, el conflicto con su vecino del sur fue una lucha que el “agravio” mexicano le impuso a Estados Unidos y le obligó a usar las armas para defender “su territorio” y restaurar una paz rota por México y que, al final y por justicia, le costó la mitad de la enorme superficie heredada de España.
Sesenta y ocho años más tarde, en 1914, la toma de Veracruz por la armada norteamericana sirvió para acelerar la caída de la odiosa dictadura militar encabezada por Victoriano Huerta y apresurar el triunfo de la revolución constitucionalista. Sin embargo, las circunstancias que llevaron al presidente Woodrow Wilson –un enemigo implacable del dictador mexicano— a emplear la fuerza fueron burdamente manipuladas para volver a presentar a Estados Unidos como el agredido y a México como el agresor. En efecto, el 8 de abril de 1914, y mientras las tropas revolucionarias atacaban a las gubernamentales en Tampico, un pequeño grupo de marinos de un buque de guerra norteamericano “Dolphin” desembarcaron en plena zona de combate para adquirir combustible de un comerciante alemán. Un oficial huertista los detuvo por menos de una hora debido a que se habían presentado sin autorización “en un lugar sujeto a la autoridad militar”. La detención ocasionó que el vicealmirante Henry T. Mayo exigiera al gobierno mexicano un desagravio por haber violado “territorio norteamericano” –a dos de los tripulantes se les había sacado de la lancha en que habían llegado y que tenía la bandera norteamericana— y por haber conducido a los marinos por el centro de Tampico como prisioneros. El desagravio de tamaño “insulto público y notorio” a Estados Unidos debía ser un saludo de 21 cañonazos a la bandera norteamericana. El jefe de Estado Mayor, general Leonard Wood, y el secretario de Marina, Josephus Daniels, consideraron en privado que el incidente no justificaba la demanda ni menos una intervención (Berta Ulloa, La revolución intervenida, 1997, p.254). Sin embargo, y mientras se negociaba por la vía diplomática, el presidente norteamericano decidió actuar aunque no en el sitio del “insulto” ni sobre los que “insultaron” a la armada, sino en Veracruz, pues ahí iba a descargar armas para Huerta el buque alemán “Ypiranga”. Al final Huerta cayó (julio de 1914) y los norteamericanos entregaron el puerto a los carrancistas sin exigir ya el saludo mexicano a la bandera “insultada”. Acabado Huerta, Washington simplemente se olvidó del “affaire of honor” porque nunca fue la verdadera razón de sus acciones.
La Razón Profunda.- Estados Unidos nunca colonizó a una sociedad islámica como lo hicieron los europeos, pero desde que en junio de 1932 se descubrieron los grandes yacimientos petroleros de la Península Arábiga, el gobierno y las empresas norteamericanas –la Aramco, en concreto-- se interesaron enormemente en esa región y desde entonces se han visto envueltos sistemáticamente en sus asuntos.
Las dos fuerzas que moldearon a Arabia Saudita en el siglo XX y que siguen siendo las determinantes de su destino, son el petróleo y la religión. En efecto, es en ese enorme desierto donde se localizan los sitios sagrados del Islam --la Meca y Medina-- así como la cuarta parte de todas las reservas mundiales de petróleo. Estados Unidos, por su parte, consume justamente un cuarto de todo el petróleo que hoy sirve de fuente de energía al mundo, de ahí su interés por todo lo que sucede en la Arabia Saudita y el de los gobernantes sauditas por mantener el apoyo norteamericano. Sin embargo, es justamente en esa intersección entre petróleo, religión y política en el mundo árabe, donde está el origen de la crisis que estalló el 11 de septiembre en el sistema internacional.
La casa reinante y la oligarquía saudita en general, inmensamente rica gracias a la renta petrolera, está cada vez más distanciada de su sociedad y del resto del mundo árabe e islámico, donde su única legitimidad es la que proviene de su papel como protectora de la fe islámica y de los sitios sagrados. La alianza saudita con Estados Unidos es un seguro de los gobernantes contra sus enemigos internos y externos, y su funcionamiento quedó bien demostrado con la derrota de Iraq y Saddam Hussein, el invasor de Kuwait, a manos del ejército norteamericano en la Guerra del Golfo (enero-febrero de 1991). Sin embargo, la continúa acción norteamericana –bombardeos y embargo— contra un país islámico –Iraq-- al que poco antes Washington había apoyado en su cruenta guerra contra el régimen de los clérigos de Irán (1980-1989) y, sobre todo, la presencia de tropas norteamericanas en la Península Arábiga, resultaron ser un acelerador del descontento de los fundamentalistas árabes e islámicos. Algunos de estos fundamentalistas, al llevar a cabo acciones terroristas contra intereses norteamericanos en el extranjero primero y en los propios Estados Unidos después, buscan crear una situación imposible para los gobernantes sauditas: si éstos apoyan a Estados Unidos contra los musulmanes radicales, pierden su legitimidad religiosa, pero si el gobierno saudí toma distancia de Washington en los momentos de recomposición de todo el tablero internacional, entonces pierden su seguro histórico contra el embate de sus enemigos externos e internos.
El Mal es Movible.- No deja de ser irónico que en la actual definición norteamericana, la personificación del mal sea justamente un oligarca saudita, Osama bin Laden, a quien no hace mucho Estados Unidos auxilió por considerarlo un “luchador de la libertad” en el Afganistán de los años ochenta del siglo pasado, donde los mujahidin que hoy son blanco de los bombarderos de Estados Unidos, combatían con gran éxito a aquellos que entonces encarnaban el mal según Washington: los soviéticos. Resulta igualmente irónico que un personaje siniestro y brutal como Saddam Hussein, durante un buen tiempo recibiera apoyo norteamericano en la lucha contra el régimen de clérigos de Irán, al que pretendía destruir para impedir que expandiera su visión político-religiosa a Iraq y de paso despojarlo de la región petrolera de Juzistán. Y las ironías pueden seguir, los ayatolas de Irán ganaron y consolidaron su poder porque supieron convertir al antiamericanismo en una gran fuerza política, y eso fue posible por el resentimiento que despertó el apoyo que por un buen tiempo Estados Unidos dio al Sha de Irán, Muhammad Reza Pahlevi, quien, a su vez, había legitimado un golpe patrocinado en 1953 por el gobierno norteamericano de Dwight Eisenhower contra su primer ministro, Muhammad Mossadegh, que se había atrevido a nacionalizar el petróleo de la Anglo-Iranian Oil Co. Por un tiempo el Sha y los intereses petroleros norteamericanos y británicos prosperaron juntos, pero justamente por ello fue que en la base de la sociedad iraní se desarrolló el sentimiento antiamericano que terminó por fortalecer a un fundamentalismo que ahora Washington se busca desactivar en Afganistán y en otras partes. Y la cadena de acontecimientos que han desembocado en el brutal y complicado conflicto actual entre radicales islámicos y Estados Unidos puede seguir, siempre con el petróleo como parte de sus eslabones.
En Suma.- Ningún agravio justifica los actos del pasado septiembre en Nueva York y Washington, y es comprensible que los gobiernos quieran poner un alto drástico al terrorismo, un elemento particularmente desestabilizador del sistema internacional. Sin embargo, para entender la ferocidad y brutalidad de ciertos grupos de radicales islámicos y, sobre todo, para resolver el problema de fondo, debe asumirse una perspectiva realista. México debe actuar con los ojos bien abiertos y en el marco de su propia historia. Debe comprometerse, pero consciente de que lo hace en un drama donde el choque no es entre el bien y el mal sino entre un mal menor –la conocida imposición de los intereses de las grandes potencias sobre el resto— y uno extremo: el terrorismo masivo e indiscriminado.
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