Lorenzo Meyer
Una Nueva Obra.- Los observadores externos de nuestra realidad no son mejores ni peores que los nativos, simplemente son distintos como resultado de la perspectiva que da la distancia. Sí su análisis combina la buena pluma con la inteligencia y la preparación, el resultado puede ser de enorme utilidad. El mejor ejemplo lo ofrece Alexis de Tocqueville (1805-1859); su sensibilidad aristocrática y europea nos ha legado el mejor ensayo sobre la democracia norteamericana de la primera mitad del siglo XIX. Toda proporción guardada, México también ha sido objeto de visiones externas muy fructíferas, desde la Historia verdadera de la conquista de Nueva España, (1632) de Bernal Díaz del Castillo, pasando por la de Alexander von Humboldt y su Ensayo político sobre el reino de la Nueva España, (1807-1811) hasta las de John Reed y su México insurgente, (1914) o Roger D. Hansen con La política del desarrollo mexicano (1971), por sólo citar a un puñado de clásicos a lo largo de varios siglos. Una de las últimas miradas sistemáticas de politólogos norteamericanos sobre México, que aún no esta publicada pero pronto lo será por la Universidad de California, es la de Daniel C. Levy y Kathleen Bruhn y en la que colaboró Emilio Zebadua –que proporciona la mirada mexicana--, titulada: “México: la lucha por un desarrollo democratizado” (Mexico: The Struggle for Democratized Development).
Definición,- La obra se centra en el México contemporáneo, actual, y desde el aquí y ahora intenta echar una mirada –optimista-- al futuro, al inmediato, pues el de largo plazo simplemente esta fuera del alcance de la ciencia social contemporánea. En cualquier caso, los autores parten de un supuesto que ya lo había señalado hace 35 años Pablo González Casanova en su La democracia en México, (1965) pero que sigue siendo válido: el establecimiento de la democracia política en México es un imperativo si se quiere lograr el desarrollo económico.
La definición de la naturaleza del sistema político mexicano anterior al 2 de julio del 2000, no es la de autoritario (preferida por muchos) sino que los autores eligieron una variante más generosa: el México que surgió de las elecciones federales de 1997 era ya una “semi-democracia”. Se trataba de un sistema que claramente estaba ya en tránsito del autoritarismo clásico y que lo caracterizó por tanto tiempo a la democracia plena que, con un poco de suerte, podía ser. Cuando esa suerte finalmente le sonrió a los mexicanos en la jornada del 2 de julio que puso fin a los 71 años ininterrumpidos de control por un mismo partido político, el PRI, México ganó sus galones de democracia. Pero no se trató de la democracia sin adjetivos que en 198 exigió Enrique Krauze sino de una con nuevo adjetivo. Los autores echaron mano de Mario Vargas Llosa –otro extranjero que ha mirado y juzgado a México— y aceptaron la caracterización que el gran escritor hispano-peruano hace hoy de la democracia mexicana que va a nacer: se trata de una “democracia difícil”. Y es difícil por los obstáculos que va atener que superar antes de que podamos hablar de una democracia consolidada en México.
Definiciones de democracia política hay muchas. La empleada por los autores no es original pero si es clara y útil, aunque no es compacta o elegante. La democracia política para Levy, Bruhn y Zevadúa es un sistema formado por tres componentes que se sobreponen: a) competencia abierta entre alternativas sustantivas de políticas públicas, presentadas de tal manera que reflejen las preferencias ciudadanas, b) participación de esos ciudadanos en la selección de los lideres políticos mediante elecciones justas, y c) un grado de libertad suficiente para garantizar de manera adecuada el respeto a los derechos ciudadanos y la integridad de la competencia y participación a las que se hizo referencia.
Las Razones de la Competencia Democrática.- Nadie puede refutar la afirmación de los autores en el sentido de que si bien la constitución de 1824 es ya un documento democrático, como también lo fiueron la de 1857 y, de nuevo, la de 1917 que sigue viegente hasta hoy, en la realidad la democracia es algo fundamentalmente nuevo en México porque nuestro país no tiene una historia política democrática.
A diferencia del país vecino del norte, los Estados Unidos, en el caso de México ni los pasados prehispánico, colonial, del siglo XIX ni el siglo que acaba de terminar y que estuvo a la siempre a la sombra de la Revolución de 1910, resultaron una preparación para la democracia. Todo lo contrario, ese amplio espacio de tiempo fue una reafirmación de características antidemocráticas. Y si bien la realidad formal hizo rápidamente al México independiente una democracia, la realidad efectiva no fue más que una serie de variantes del autoritarismo. México entra, por tanto, al nuevo capítulo de su vida política, sin las instituciones o las prácticas adecuadas para la democracia, pero no hay alternativa, para ser una nación viable en el siglo XXI, México tiene que lanzarse al mar de la democracia y aprender a nadar sobre la marcha. Como bien lo señalan los autores, la mexicana va a ser una democracia difícil.
Levy, Bruhn y Zevadúa argumentan, y argumentan bién, que la competencia política que desembocó en los resultados del 2 de julio –el acta de defunción del antiguo régimen,
Definición,- La obra se centra en el México contemporáneo, actual, y desde el aquí y ahora intenta echar una mirada –optimista-- al futuro, al inmediato, pues el de largo plazo simplemente esta fuera del alcance de la ciencia social contemporánea. En cualquier caso, los autores parten de un supuesto que ya lo había señalado hace 35 años Pablo González Casanova en su La democracia en México, (1965) pero que sigue siendo válido: el establecimiento de la democracia política en México es un imperativo si se quiere lograr el desarrollo económico.
La definición de la naturaleza del sistema político mexicano anterior al 2 de julio del 2000, no es la de autoritario (preferida por muchos) sino que los autores eligieron una variante más generosa: el México que surgió de las elecciones federales de 1997 era ya una “semi-democracia”. Se trataba de un sistema que claramente estaba ya en tránsito del autoritarismo clásico y que lo caracterizó por tanto tiempo a la democracia plena que, con un poco de suerte, podía ser. Cuando esa suerte finalmente le sonrió a los mexicanos en la jornada del 2 de julio que puso fin a los 71 años ininterrumpidos de control por un mismo partido político, el PRI, México ganó sus galones de democracia. Pero no se trató de la democracia sin adjetivos que en 198 exigió Enrique Krauze sino de una con nuevo adjetivo. Los autores echaron mano de Mario Vargas Llosa –otro extranjero que ha mirado y juzgado a México— y aceptaron la caracterización que el gran escritor hispano-peruano hace hoy de la democracia mexicana que va a nacer: se trata de una “democracia difícil”. Y es difícil por los obstáculos que va atener que superar antes de que podamos hablar de una democracia consolidada en México.
Definiciones de democracia política hay muchas. La empleada por los autores no es original pero si es clara y útil, aunque no es compacta o elegante. La democracia política para Levy, Bruhn y Zevadúa es un sistema formado por tres componentes que se sobreponen: a) competencia abierta entre alternativas sustantivas de políticas públicas, presentadas de tal manera que reflejen las preferencias ciudadanas, b) participación de esos ciudadanos en la selección de los lideres políticos mediante elecciones justas, y c) un grado de libertad suficiente para garantizar de manera adecuada el respeto a los derechos ciudadanos y la integridad de la competencia y participación a las que se hizo referencia.
Las Razones de la Competencia Democrática.- Nadie puede refutar la afirmación de los autores en el sentido de que si bien la constitución de 1824 es ya un documento democrático, como también lo fiueron la de 1857 y, de nuevo, la de 1917 que sigue viegente hasta hoy, en la realidad la democracia es algo fundamentalmente nuevo en México porque nuestro país no tiene una historia política democrática.
A diferencia del país vecino del norte, los Estados Unidos, en el caso de México ni los pasados prehispánico, colonial, del siglo XIX ni el siglo que acaba de terminar y que estuvo a la siempre a la sombra de la Revolución de 1910, resultaron una preparación para la democracia. Todo lo contrario, ese amplio espacio de tiempo fue una reafirmación de características antidemocráticas. Y si bien la realidad formal hizo rápidamente al México independiente una democracia, la realidad efectiva no fue más que una serie de variantes del autoritarismo. México entra, por tanto, al nuevo capítulo de su vida política, sin las instituciones o las prácticas adecuadas para la democracia, pero no hay alternativa, para ser una nación viable en el siglo XXI, México tiene que lanzarse al mar de la democracia y aprender a nadar sobre la marcha. Como bien lo señalan los autores, la mexicana va a ser una democracia difícil.
Levy, Bruhn y Zevadúa argumentan, y argumentan bién, que la competencia política que desembocó en los resultados del 2 de julio –el acta de defunción del antiguo régimen,
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