Lorenzo Meyer
El Dilema.- Como ocurre con mucha frecuencia a individuos, grupos, instituciones y comunidades enteras, en la agenda política del gobierno que inicia su mandato el próximo 1° de diciembre se mezclan y se contraponen lo urgente con lo importante, lo práctico con lo ético. Sería muy de desear que el primer gobierno del nuevo régimen –del régimen democrático— sepa, pueda y quiera, discriminar entre esas categorías y ponga lo importante y los principios por sobre lo urgente y lo práctico. Evidentemente es fácil proponer esa línea de conducta en abstracto y extraordinariamente difícil llevarla a la práctica, pero si como ciudadanos no exigimos lo que parece imposible pero justo, entonces el pragmatismo, siempre presente, ganará inevitablemente la partida.
Entre lo Urgente y los Principios.- “Clase”, esa mezcla de honestidad, dignidad y buen gusto, es justamente lo que le ha faltado a la clase gobernante que dirigió los destinos políticos de México a lo largo de casi todo el siglo XX, y la falta se hace más evidente hoy, al final. En efecto, la vieja y desprestigiada elite política mexicana, fiel a sí misma, se retira del centro del escenario en medio de una feroz lucha intestina y del escándalo. En cualquier caso, el derrumbe del otrora poderoso partido de Estado en México –el PRI— deja al primer gobierno del nuevo régimen con un problema inmediato: ¿como negociar con una fuerza política que es la mayor en la Cámara de Diputados –cuenta con el 42.2% de los votos--, pero carece de un líder efectivo, agenda e idea de cual es su papel en un medio totalmente ajeno a su naturaleza: el democrático?.
En el desolado horizonte priísta, Roberto Madrazo, el gobernador saliente de Tabasco, se ofrece como el líder dispuesto a defender con todos los medios a su alcance –legales e ilegales, desde luego— los baluartes aún en poder de ese partido. Y tras la más reciente “batalla por Tabasco” –la sucia elección del 15 de octubre, que se condujo dentro del más puro estilo del PRI--, Madrazo va a intentar sostener contra viento y marea el dudoso triunfo de su valido –Manuel Andrade Díaz— y, a la vez, asaltar la dirección del PRI. Así, mientras se inicia la siguiente etapa de la disputa por Tabasco –que tendrá lugar en los tribunales--, él, Madrazo, ya esta en marcha para rehacer a su imagen y semejanza lo que queda del otrora poderoso PRI.
Es claro que si todo saliera como Roberto Madrazo pretende –lo que cada vez es más dudoso--, el antiguo partido de Estado tendría en el tabasqueño al líder que se merece, pues el gobernador que a pesar de lo escandaloso de su elección se impuso en 1995 sobre Zedillo y su secretario de Gobernación, encarna a la perfección la esencia histórica del PRI. Pero hay algo más, la mera observación de los acontecimientos ofrece elementos para suponer que quizá la nueva clase dirigente --esa que apenas se esta formando alrededor de la figura de Vicente Fox, del Partido Acción Nacional y de la élite empresarial--, llegó a conclusión que le conviene que Madrazo sobreviva y se convierta en el líder de una “oposición leal”, al menos en la etapa de despegue del nuevo régimen.
A estas alturas, es evidente que la decisión del PAN de sostener a su candidato en la última elección de Tabasco a pesar que se sabía que no tenía ni la más remota posibilidad de triunfar –las encuestas así lo mostraron--, fue un elemento decisivo para dividir el voto opositor y dar a Madrazo la oportunidad de sostener que su candidato triunfó sobre el del PRD, aunque sea por sólo un 1%. Y es que esa aparente victoria del PRI tabasqueño le puede servir al hijo de Carlos Madrazo como la plataforma mínima pero suficiente para salir de la Quinta Grijalva a buscar la presidencia del CEN del PRI. El PAN y el foxismo pudieron, pero no quisieron, echar todo su peso político y moral contra el madracismo en las elecciones de Tabasco y a favor del único candidato con posibilidades de triunfo, el del PRD, y así dar la puntilla a un personaje que es la quintaesencia de un pasado antidemocrático, de un presente tramposo y de un futuro incompatible con la modernidad y la legalidad política. Sin embargo, el foxismo y el PAN prefirieron optar por andar un camino opuesto al que no hace mucho recorrieron en Chiapas, donde fueron parte de un exitoso frente amplio antipriísta que finalmente abrió nuevos y muy prometedores caminos. En contraste, en Tabasco el PAN propició una división de la oposición que, hoy vemos, terminó por impedir la derrota contundente y el derrumbe definitivo del madracismo.
Es claro y comprensible que para Fox sea urgente contar con un interlocutor viable en su negociación con la bancada de un PRI fragmentado y sin rumbo pero que, de todas formas, cuenta con 211 diputados en una Cámara donde el PAN dispone apenas de 206 posiciones (41.2% del total o 44.6% si logra sumar las fuerzas de su aliado, el Partido Verde), lo que deja al nuevo presidente sin mayoría absoluta y, sobre todo, calificada, tan necesarias para legislar con éxito. En esas condiciones, los responsables políticos del gobierno que va a nacer parecieran haber visto en Roberto Madrazo --cuya enorme cola dinosáurica no puede esconder y por lo mismo la pueden usar para controlarlo en momentos difíciles-- una de las soluciones posibles para disciplinar y negociar con el PRI, al menos en el corto plazo. De esta manera, lo urgente y práctico han hecho que por omisión más que por acción, la cúpula del nuevo régimen haya decidido propiciar el que se abriera un espacio y una oportunidad a un tipo de priísta y de priísmo que debería haber llegado ya a su cita con el destino, es decir, a la extinción.
Ante la crítica al “dejar hacer, dejar pasar” en Tabasco, el equipo de comunicación de Fox reaccionó con presteza y negó cualquier tipo de intensión de contribuir a “fabricar” un interlocutor apropiado dentro del PRI. Confiemos en que efectivamente ese sea el caso, pero también debe de quedar claro que cualquier intento del nuevo gobierno por comprometer los principios bajo los cuales fue electo, a si sea por mera omisión, no deberá pasar sin costos.
El Saldo de Cuentas con el Pasado.- De entrada y en contraste con la urgencia de encontrar a un interlocutor ad hoc con su principal oposición, el destapar las cloacas del antiguo régimen o abrir sus closets y descubrir los esqueletos ahí guardados, no son asuntos urgentes para el gobierno por venir. En realidad, ese gobierno pudiera caer en la tentación de posponer esos temas, y si bien en ese campo no le conviene “dejar hacer” sí parecería que le ahorraría problemas el “dejar pasar”, al menos eso se percibe en las declaraciones de Francisco Barrio –“no vamos a hacer una caería de brujas”--, el ex gobernador panista de Chihuhuahua y encargado en el equipo de transición de Fox de hacer frente al enorme tema de la violación de los derechos humanos y la corrupción institucionalizada.
De entrada, exigirle cuentas al pasado autoritario de México no es una tarea agradable y mucho menos fácil, pues los intereses que no desearían que se desenterrara nada del pasado, son muy poderosos y algunos de ellos se encuentran en los mismos círculos cercanos al nuevo poder, como es el caso de los empresariales. En esas circunstancias se va a requerir invertir en “la transparencia” una voluntad, energía y capital político que también podrían emplearse en resolver otros problemas del aquí y hoy. Sin embargo, si se cayera en esa tentación se estaría atentando contra la solidez de los cimientos de la calidad de la vida cívica del futuro, asunto no sólo importante sino crucial.
El triunfo en las urnas de la opción política encarnada por Vicente Fox el 2 de julio del 2000 se debió, entre otras razones, a que el singular político guanajuatense fue visto por una parte importante de la sociedad mexicana, como una alternativa ética viable. Se trató de esa parte hastiada de la corrupción endémica asociada, justamente, con el PRI y con la impunidad que imperó en el país en ese largo, larguísimo período, en que nadie que no fuera el propio presidente de la república podía pedir cuantas a los funcionarios públicos y donde nadie, absolutamente nadie, podía pedirle cuentas a un presidente siempre por encima de la ley.
Como candidato en campaña, un Vicente Fox iconoclasta logró despertar la imaginación de muchos mexicanos en función del cambio, y no del cambio económico o social –ese terreno lo dominó el PRD-- pero sí del político, administrativo y moral. Y parte de ese cambio es justamente la posibilidad de empezar a darle contenido al llamado “Estado de Derecho”, lo que implica, entre otras cosas, exigir cuentas a todos, incluidos aquellos que ejercieron el poder en el pasado reciente o distante si la memoria colectiva lo exige y las leyes vigentes lo permiten. No se trata de la “cacería de brujas” que tanto parece disgustarle al ex gobernador Francisco Barrio, ni simplemente tomar venganza por las múltiples humillaciones que un poder irresponsable infligió a los ciudadanos en el pasado, sino de rescatar la dignidad colectiva haciendo realidad lo que hasta hoy ha permanecido como letra muerta --principios y disposiciones en la constitución y los libros de derecho—sin relación con la vida real.
Es evidente que con una historia política y administrativa como la mexicana, donde la actitud dominante desde hace siglos ha sido la del uso patrimonial del poder y la no observación de la ley cuando se refiere a la responsabilidad de los poderosos, el pretender castigar todos los abusos del poder –los cometidos lo mismo por presidentes y secretarios de Estado, por gobernadores que por burócratas altos y bajos-- llevaría años y requeriría el empleo de recursos legales, administrativos, económicos y políticos que simplemente están fuera del alcance del gobierno que viene. Sin embargo, hacer de lado ese pasado de abusos sistemáticos en nombre del sentido práctico y no enfrentar con voluntad de llegar hasta el fondo los casos más representativos de la violación de los derechos humanos y de la corrupción administrativa del régimen que esta por terminar, sería tomado como una señal de falta de valor y, sobre todo, de falta de autenticidad de los compromiso con los principios de justicia que Fox y su partido esgrimieron como banderas en su llamado a la sociedad para que les apoyara a hacerse del poder, no con el fin de disfrutarlo sino de cumplir un fin superior, el de la observancia puntual de la ley.
Desde una posición de principios, resulta que tan necesarios de investigación y castigo son los asesinatos masivos y públicos cometidos por agentes directos o indirectos del gobierno como fueron los del 2 de octubre del 68, el “jueves de corpus” del 71 o los más recientes de Aguas Blancas y Acteal, como los muchos asesinatos individuales que investiga desde hace años doña Rosario Ibarra de Piedra o los aún menos conocidos, sin contenido político, ejecutados como resultado del simple abuso de poder. Desde esta perspectiva, tan necesarias de investigación y castigo son las acusaciones por corrupción contra un funcionario de ventanilla, como las que pesan sobre expresidentes, exsecretarios o exgobernadores. Sin embargo, en la práctica, es imposible hacerle frente a toda esa enorme montaña histórica de injusticias. Lo adecuado es entonces proceder a la investigación selectiva, pero teniendo siempre como meta poner fin a la impunidad e iniciar la etapa de respeto a la ley.
La descomunal concentración de poder en la presidencia mexicana en la larga etapa autoritaria, hizo que en esa institución se centrara la máxima responsabilidad de la violación de los derechos humanos, de la corrupción sistemática de la vida pública y de la impunidad. Por tanto, es ahí, en las presidencias del pasado, donde tiene que desarrollar el grueso de su penosa pero necesaria labor, la llamada “Comisión de Transparencia” de Vicente Fox, cualquier alternativa resultaría inaceptable.
Entre lo Urgente y los Principios.- “Clase”, esa mezcla de honestidad, dignidad y buen gusto, es justamente lo que le ha faltado a la clase gobernante que dirigió los destinos políticos de México a lo largo de casi todo el siglo XX, y la falta se hace más evidente hoy, al final. En efecto, la vieja y desprestigiada elite política mexicana, fiel a sí misma, se retira del centro del escenario en medio de una feroz lucha intestina y del escándalo. En cualquier caso, el derrumbe del otrora poderoso partido de Estado en México –el PRI— deja al primer gobierno del nuevo régimen con un problema inmediato: ¿como negociar con una fuerza política que es la mayor en la Cámara de Diputados –cuenta con el 42.2% de los votos--, pero carece de un líder efectivo, agenda e idea de cual es su papel en un medio totalmente ajeno a su naturaleza: el democrático?.
En el desolado horizonte priísta, Roberto Madrazo, el gobernador saliente de Tabasco, se ofrece como el líder dispuesto a defender con todos los medios a su alcance –legales e ilegales, desde luego— los baluartes aún en poder de ese partido. Y tras la más reciente “batalla por Tabasco” –la sucia elección del 15 de octubre, que se condujo dentro del más puro estilo del PRI--, Madrazo va a intentar sostener contra viento y marea el dudoso triunfo de su valido –Manuel Andrade Díaz— y, a la vez, asaltar la dirección del PRI. Así, mientras se inicia la siguiente etapa de la disputa por Tabasco –que tendrá lugar en los tribunales--, él, Madrazo, ya esta en marcha para rehacer a su imagen y semejanza lo que queda del otrora poderoso PRI.
Es claro que si todo saliera como Roberto Madrazo pretende –lo que cada vez es más dudoso--, el antiguo partido de Estado tendría en el tabasqueño al líder que se merece, pues el gobernador que a pesar de lo escandaloso de su elección se impuso en 1995 sobre Zedillo y su secretario de Gobernación, encarna a la perfección la esencia histórica del PRI. Pero hay algo más, la mera observación de los acontecimientos ofrece elementos para suponer que quizá la nueva clase dirigente --esa que apenas se esta formando alrededor de la figura de Vicente Fox, del Partido Acción Nacional y de la élite empresarial--, llegó a conclusión que le conviene que Madrazo sobreviva y se convierta en el líder de una “oposición leal”, al menos en la etapa de despegue del nuevo régimen.
A estas alturas, es evidente que la decisión del PAN de sostener a su candidato en la última elección de Tabasco a pesar que se sabía que no tenía ni la más remota posibilidad de triunfar –las encuestas así lo mostraron--, fue un elemento decisivo para dividir el voto opositor y dar a Madrazo la oportunidad de sostener que su candidato triunfó sobre el del PRD, aunque sea por sólo un 1%. Y es que esa aparente victoria del PRI tabasqueño le puede servir al hijo de Carlos Madrazo como la plataforma mínima pero suficiente para salir de la Quinta Grijalva a buscar la presidencia del CEN del PRI. El PAN y el foxismo pudieron, pero no quisieron, echar todo su peso político y moral contra el madracismo en las elecciones de Tabasco y a favor del único candidato con posibilidades de triunfo, el del PRD, y así dar la puntilla a un personaje que es la quintaesencia de un pasado antidemocrático, de un presente tramposo y de un futuro incompatible con la modernidad y la legalidad política. Sin embargo, el foxismo y el PAN prefirieron optar por andar un camino opuesto al que no hace mucho recorrieron en Chiapas, donde fueron parte de un exitoso frente amplio antipriísta que finalmente abrió nuevos y muy prometedores caminos. En contraste, en Tabasco el PAN propició una división de la oposición que, hoy vemos, terminó por impedir la derrota contundente y el derrumbe definitivo del madracismo.
Es claro y comprensible que para Fox sea urgente contar con un interlocutor viable en su negociación con la bancada de un PRI fragmentado y sin rumbo pero que, de todas formas, cuenta con 211 diputados en una Cámara donde el PAN dispone apenas de 206 posiciones (41.2% del total o 44.6% si logra sumar las fuerzas de su aliado, el Partido Verde), lo que deja al nuevo presidente sin mayoría absoluta y, sobre todo, calificada, tan necesarias para legislar con éxito. En esas condiciones, los responsables políticos del gobierno que va a nacer parecieran haber visto en Roberto Madrazo --cuya enorme cola dinosáurica no puede esconder y por lo mismo la pueden usar para controlarlo en momentos difíciles-- una de las soluciones posibles para disciplinar y negociar con el PRI, al menos en el corto plazo. De esta manera, lo urgente y práctico han hecho que por omisión más que por acción, la cúpula del nuevo régimen haya decidido propiciar el que se abriera un espacio y una oportunidad a un tipo de priísta y de priísmo que debería haber llegado ya a su cita con el destino, es decir, a la extinción.
Ante la crítica al “dejar hacer, dejar pasar” en Tabasco, el equipo de comunicación de Fox reaccionó con presteza y negó cualquier tipo de intensión de contribuir a “fabricar” un interlocutor apropiado dentro del PRI. Confiemos en que efectivamente ese sea el caso, pero también debe de quedar claro que cualquier intento del nuevo gobierno por comprometer los principios bajo los cuales fue electo, a si sea por mera omisión, no deberá pasar sin costos.
El Saldo de Cuentas con el Pasado.- De entrada y en contraste con la urgencia de encontrar a un interlocutor ad hoc con su principal oposición, el destapar las cloacas del antiguo régimen o abrir sus closets y descubrir los esqueletos ahí guardados, no son asuntos urgentes para el gobierno por venir. En realidad, ese gobierno pudiera caer en la tentación de posponer esos temas, y si bien en ese campo no le conviene “dejar hacer” sí parecería que le ahorraría problemas el “dejar pasar”, al menos eso se percibe en las declaraciones de Francisco Barrio –“no vamos a hacer una caería de brujas”--, el ex gobernador panista de Chihuhuahua y encargado en el equipo de transición de Fox de hacer frente al enorme tema de la violación de los derechos humanos y la corrupción institucionalizada.
De entrada, exigirle cuentas al pasado autoritario de México no es una tarea agradable y mucho menos fácil, pues los intereses que no desearían que se desenterrara nada del pasado, son muy poderosos y algunos de ellos se encuentran en los mismos círculos cercanos al nuevo poder, como es el caso de los empresariales. En esas circunstancias se va a requerir invertir en “la transparencia” una voluntad, energía y capital político que también podrían emplearse en resolver otros problemas del aquí y hoy. Sin embargo, si se cayera en esa tentación se estaría atentando contra la solidez de los cimientos de la calidad de la vida cívica del futuro, asunto no sólo importante sino crucial.
El triunfo en las urnas de la opción política encarnada por Vicente Fox el 2 de julio del 2000 se debió, entre otras razones, a que el singular político guanajuatense fue visto por una parte importante de la sociedad mexicana, como una alternativa ética viable. Se trató de esa parte hastiada de la corrupción endémica asociada, justamente, con el PRI y con la impunidad que imperó en el país en ese largo, larguísimo período, en que nadie que no fuera el propio presidente de la república podía pedir cuantas a los funcionarios públicos y donde nadie, absolutamente nadie, podía pedirle cuentas a un presidente siempre por encima de la ley.
Como candidato en campaña, un Vicente Fox iconoclasta logró despertar la imaginación de muchos mexicanos en función del cambio, y no del cambio económico o social –ese terreno lo dominó el PRD-- pero sí del político, administrativo y moral. Y parte de ese cambio es justamente la posibilidad de empezar a darle contenido al llamado “Estado de Derecho”, lo que implica, entre otras cosas, exigir cuentas a todos, incluidos aquellos que ejercieron el poder en el pasado reciente o distante si la memoria colectiva lo exige y las leyes vigentes lo permiten. No se trata de la “cacería de brujas” que tanto parece disgustarle al ex gobernador Francisco Barrio, ni simplemente tomar venganza por las múltiples humillaciones que un poder irresponsable infligió a los ciudadanos en el pasado, sino de rescatar la dignidad colectiva haciendo realidad lo que hasta hoy ha permanecido como letra muerta --principios y disposiciones en la constitución y los libros de derecho—sin relación con la vida real.
Es evidente que con una historia política y administrativa como la mexicana, donde la actitud dominante desde hace siglos ha sido la del uso patrimonial del poder y la no observación de la ley cuando se refiere a la responsabilidad de los poderosos, el pretender castigar todos los abusos del poder –los cometidos lo mismo por presidentes y secretarios de Estado, por gobernadores que por burócratas altos y bajos-- llevaría años y requeriría el empleo de recursos legales, administrativos, económicos y políticos que simplemente están fuera del alcance del gobierno que viene. Sin embargo, hacer de lado ese pasado de abusos sistemáticos en nombre del sentido práctico y no enfrentar con voluntad de llegar hasta el fondo los casos más representativos de la violación de los derechos humanos y de la corrupción administrativa del régimen que esta por terminar, sería tomado como una señal de falta de valor y, sobre todo, de falta de autenticidad de los compromiso con los principios de justicia que Fox y su partido esgrimieron como banderas en su llamado a la sociedad para que les apoyara a hacerse del poder, no con el fin de disfrutarlo sino de cumplir un fin superior, el de la observancia puntual de la ley.
Desde una posición de principios, resulta que tan necesarios de investigación y castigo son los asesinatos masivos y públicos cometidos por agentes directos o indirectos del gobierno como fueron los del 2 de octubre del 68, el “jueves de corpus” del 71 o los más recientes de Aguas Blancas y Acteal, como los muchos asesinatos individuales que investiga desde hace años doña Rosario Ibarra de Piedra o los aún menos conocidos, sin contenido político, ejecutados como resultado del simple abuso de poder. Desde esta perspectiva, tan necesarias de investigación y castigo son las acusaciones por corrupción contra un funcionario de ventanilla, como las que pesan sobre expresidentes, exsecretarios o exgobernadores. Sin embargo, en la práctica, es imposible hacerle frente a toda esa enorme montaña histórica de injusticias. Lo adecuado es entonces proceder a la investigación selectiva, pero teniendo siempre como meta poner fin a la impunidad e iniciar la etapa de respeto a la ley.
La descomunal concentración de poder en la presidencia mexicana en la larga etapa autoritaria, hizo que en esa institución se centrara la máxima responsabilidad de la violación de los derechos humanos, de la corrupción sistemática de la vida pública y de la impunidad. Por tanto, es ahí, en las presidencias del pasado, donde tiene que desarrollar el grueso de su penosa pero necesaria labor, la llamada “Comisión de Transparencia” de Vicente Fox, cualquier alternativa resultaría inaceptable.
No hay comentarios:
Publicar un comentario