Nosotros y "el otro"

Lorenzo Meyer
Temas Grandes.- Nacionalismo, cultura y “el otro” en Alemania y México fue el tema de un seminario binacional reciente. Definir al nacionalismo es todo un reto, pero lo es aún más a la cultura –raíz del nacionalismo--. Frente a ese par de conceptos, la noción de “el otro” aparece ya como algo relativamente simple.
Para los alemanes, el tema de la cultura ha sido una obsesión y el de su nacionalismo –nacido de una reacción contra el universalismo de la Ilustración— terminó por ser un asunto de consecuencias trágicas. México también tiene una historia que contar en torno a ambas ideas, pero a diferencia de Alemania sus consecuencias --positivas o negativas— han sido un asunto más bien interno.
Cultura y Nacionalismo.- Como todos los conceptos centrales de las ciencia sociales, cultura y nacionalismo son importantes en extremo pero muy difíciles de asir. Edward Tylor, un influyente antropólogo inglés del siglo XIX, definió cultura como civilización: “ese todo, complejo, que incluye el conocimiento, las creencias, el arte, la moral, las leyes, las costumbres y todas las demás capacidades y hábitos que adquiere el hombre como miembro de la sociedad”. Desde esa perspectiva, cultura es igual al todo social. En la actualidad, el proceso de globalización es homogeneización –existe ya una civilización global— pero las culturas nacionales persisten.
Tras examinar centenares de definiciones, dos antropólogos norteamericanos, Alfred Kroeber y Clyde Kluckhohn concluyeron que por cultura deberían de entenderse los patrones de conducta, explícitos e implícitos, transmitidos por la vía de los símbolos. Desde esta perspectiva, el corazón de una cultura, mexicana o cualquier otra, son las grandes ideas y los valores que les acompañan, formados a lo largo de un proceso histórico que, por definición, es único e irrepetible, (Culture: A Critical Review of Concepts and Definitions, 1952).
El nacionalismo es otro concepto difícil. Hugh Seton-Watson, un famoso especialista europeo, en Nations and States, (1977), admitió que, tras años de brega, le había resultado imposible llegar a una definición científica del término. Benedict Anderson, un profesor de la universidad de Cornell, tras reconocer al nacionalismo como un “artefacto cultural” de la Europa de fines del siglo XVIII, resultado de “una destilación espontánea del entrecruzamiento de fuerzas históricas individualmente distintas”, concluyó que el fenómeno terminó por ser algo que pudo ser segmentado, trasplantado a otros ambientes y combinado de maneras muy originales. Con esta perspectiva, Anderson definió a la nación como: “una comunidad política imaginada que, por principio, es limitada y soberana”. Es imaginada porque los cien millones de mexicanos no podemos conocernos todos pero estamos dispuesto a aceptarnos como comunidad todos. Y los miembros de este tipo de comunidades las valúan de tal modo que incluso están dispuestos a llegar al sacrificio de la vida por defenderla, (Imagined Communities, 1991, pp.6-7). Ese es el sentimiento nacionalista. La formación de la comunidad nacional es producto de un acto de voluntad que, a su vez, es resultado de un proceso histórico. Se trata, y ésto hay que subrayarlo, de una unión imaginada pero no inventada o arbitraria, pues tiene bases culturales y materiales objetivas.
La Cultura Mexicana.- La base cultural de la población que Europa encontró en lo que hoy es México en el siglo XVI, tenía una raíz milenaria y una característica peculiar: había evolucionado de manera autónoma. Sus bases materiales –notablemente la cultura del maíz— y religiosas, su organización urbana, su estructura política y todo lo demás, se desarrollaron sin haber entrado nunca en contacto con otras culturas, como sí fue el caso de los europeos, los asiáticos y los africanos. En términos de Guillermo Bonfil, la mesoamericana fue una de las pocas culturas complejas enteramente originales (México profundo. Una civilización negada, 1988).
Esas ideas y valores centrales originales y compartidos por las numerosas comunidades que habitaban en lo que hoy es México fueron trastocados profundamente por la conquista europea. En lo político, la cultura mexicana de los tres siglos posteriores a 1521, se caracterizó por su naturaleza brutalmente colonial, donde la mayoría de la población era indígena o mestiza y sujeta a los principios y valores impuestos por Europa. Esa mayoría debió comportarse como si fuera naturalmente inferior a sus conquistadores y a sus descendientes y por ello “el otro“ fue un elemento esencial de su estructura social y cultural. Entre sí, las miles de comunidades indígenas, que hablaban lenguas diferentes, se mantuvieron profunda y sistemáticamente desunidas al punto que cada una veía en la otra a un “otro”, extraño y rival. Desde luego, para europeos y criollos “el otro” resultaron ser justamente los indígenas en su conjunto y, con el paso de los siglos, también los mestizos. La sociedad novohispana era, pues, una sociedad de múltiples “otros”, divididos por una geografía feroz, propicia a la incomunicación, conflictos seculares entre pueblos vecinos, diversidad de idiomas y obligaciones y derechos diferentes (los de la “República de Indios” eran distintos a los de la “República de Españoles”). La ausencia de contactos con europeos no españoles hizo que éstos últimos casi no entraran en la visión del grueso de los habitantes de la Nueva España. Y los africanos que llegaron entonces como esclavos a México, fueron otros muy “otros”.
El Nacionalismo.- En Los orígenes del nacionalismo mexicano, (1973), David Brading, un profesor de Cambridge, señala que los primeros elementos del sentimiento nacionalista surgieron tan temprano como el final del siglo XVI entre una minoría criolla. Sin embargo, fue hasta el siglo XVIII cuando realmente empezó a tomar forma una división ideológica entre criollos y españoles. En su exilio italiano, los jesuitas mexicanos expulsados del reino en 1767 –casi cuatrocientos, parte de la crema de la élite colonial mexicana— dieron rienda suelta a su resentimiento contra los españoles que les habían echado de su tierra, pero también contra los europeos que definieron entonces a América como una geografía y a una sociedad de segunda, inferior. Ese patriotismo criollo reivindicó las glorias de la civilización indígena, aunque sólo de la civilización ya muerta, no la del indígena vivo contemporáneo, pobre, explotado y sin perspectivas.
México, como una gran comunidad imaginada superior e integradora de las pequeñas comunidades indígenas, las castas y los gremios coloniales, empezó a crearse en el siglo XVIII en base a un puñado de elementos culturales: la lengua, (aunque el grueso de la masa indígena aún no lo hablaba), la religión católica y el guadalupanismo en particular, que para entonces era un culto intenso que ya unía en torno a una virgen india a los grupos étnicos, desde luego, pero también a mestizos y criollos. Esos pocos elementos culturales fueron amalgamados y convertidos en una potente arma política por el puñado de líderes criollos que en 1810, y aprovechando la invasión napoleónica de España, llamaron a la rebelión contra la autoridad colonial e invitaron a la mayoría indígena y mestiza a matar “gachupines”, es decir, a pasar a cuchillo al grupo peninsular que controlaba la vida política y económica de la colonia. Ese, el “gachupín”, fue definido publica, repentina y dramáticamente, como “el otro”: un enemigo. De manera natural e inevitable, la división creada por los insurgentes entre la minoría “gachupina” y sus aliados por un lado y la mayoría indígena y mestiza y los pocos criollos independentistas por el otro, desembocó en la demanda de independencia, en una guerra a muerte y en la voluntad de una minoría de dar vida, dentro de los límites geográficos de la vieja Nueva España, a una nueva “comunidad imaginada”, a una nueva nación, a México. Para 1821 ese proyecto se empezó a convertir en realidad.
La Gran Dificultad.- El desafío que representó para las élites políticas, culturales y económicas mexicanas de inicios del siglo XIX –criollos y mestizos-- despertar la imaginación nacionalista del grueso de los habitantes de la antigua Nueva España, fue enorme y, por momentos, casi imposible.
El obstáculo principal para dar forma a una comunidad mexicana se encontró en las profundas divisiones sociales y raciales creadas en los trescientos años de vida colonial. Sin embargo, un factor que ayudó a superar en el plano de la imaginación esas divisiones objetivas y mayúsculas, fue la idea de “el otro”, del enemigo. La negativa de Fernando VII de reconocer la independencia mexicana y la amenaza de una reconquista española, llevó a decretar pronto la expulsión de los españoles. En la nueva comunidad no cabían los antiguos amos porque oficialmente ya eran el enemigo interno, un “otro” que ponía en peligro la seguridad de la comunidad nacional, como lo demostraron la no rendición de San Juan De Ulúa, la mal organizada conspiración del fraile dieguino Joaquín Arenas (1827) o la fracasada expedición del brigadier Isidro Barradas a Tampico (1829). Más tarde, la desastrosa guerra de 1846-1848 contra la invasión norteamericana y la invasión francesa de 1862 a 1867, ampliaron la categoría de “el otro” a los imperialistas europeas y norteamericanos. Desafortunadamente, “el otro” también incluyó entonces a otro enemigo interno: a las comunidades indígenas rebeldes.
Con la independencia se abolieron los tributos y las diferencias con base en las características raciales. Oficialmente dejó de haber “indios” y “castas” y todos fueron declarados miembros en pleno derecho de la gran y nueva comunidad mexicana. Sin embargo, en la práctica, al desaparecer la relativa protección que en el pasado habían dado a los indios la Corona y la Iglesia Católica y proseguir el proceso de modernización capitalista, las comunidades indígenas se encontraron entre la pared del mercado y la espada del gobierno nacional. Esa situación llevó a que ciertos grupos étnicos, en particular los mayas en el sur y los yaquis en el norte, se unieran y dieran lugar a incipientes naciones indígenas –dominaban un territorio, tenían lengua propia, una variante del catolicismo como religión, autoridades y un ejército-- y encontraron en el resto de los mexicanos a su “otro” al que se propusieron expulsar de su región. La lucha decimonónica del gobierno federal contra mayas, yaquis y otras etnias fue la guerra de una nación mayor en formación contra dos naciones menores, también en formación, y que finalmente fueron derrotadas. En el imaginario de los mexicanos “modernos” esos indios rebeldes y otros más –como los apaches— fueron “el otro” y le trataron con ferocidad sin igual. Sin embargo, ese conflicto brutal, importante en la formación de la cultura mestiza, no sirvió, como fue el caso del antiimperialismo, para fortalecer el incipiente sentimiento nacionalista mexicano pero sí su racismo.
Durante la etapa de la Revolución Mexicana y la construcción de un nuevo régimen (1910-1940), la amenaza y las acciones imperialistas de Estados Unidos y de Europa volvieron a activar al enemigo externo, “al otro” extranjero, como la gran amenaza a la viabilidad de la comunidad mexicana. La memoria de esos años contribuyó a reafirmar y extender el sentimiento nacionalista moderno, un sentimiento luego fomentado, aprovechado y corrompido por un sistema autoritario, que lo usó para justificar su monopolio del poder presentando a la oposición de derecha e izquierda como un nuevo enemigo interno al servicio de las dos grandes potencias imperiales del mundo bipolar: Estados Unidos y la URSS.
La Ultima Etapa.- Hoy, al iniciarse el siglo XXI, la comunidad mexicana enfrenta, por lo menos, un doble desafío. Por un lado, la nueva política económica, al centrarse en el Acuerdo de Libre Comercio de la América del Norte, ha hecho de la integración subordinada a una comunidad mayor –el antiguo “otro”--, el eje de toda la política nacional. En esas condiciones y de cara al futuro ¿cuál es el sentido de México como “comunidad imaginada” si ya no es soberana?. Y no sólo eso, sino que al estallar en 1994 la rebelión indígena de Chiapas, los mexicanos no indígenas –hoy la mayoría-- volvieron a descubrir que los indígenas reclamaban que nunca habían dejado de ser un “otro” y que la mexicana no era la comunidad sólida que habían imaginado. El nacionalismo y “el otro”, son dos temas viejos, de siglos, que siguen siendo en México problemas sin resolver.

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