Lorenzo Meyer
La Tarea es Consolidar.- Para los capitalinos el cambio político ha sido doble y contrastante: a nivel nacional, uno encabezado por la derecha moderada y democrática que se acoge a símbolos religiosos, a nivel local, uno dirigido por la izquierda moderada que se envuelve en el juarismo (que si bien es símbolo de laicismo y nacionalismo sólo forzadamente lo es de izquierdismo). Ambos son importantes en extremo y buen reflejo del pluralismo político que se ha instalado en México. En el caso del primero, el encabezado por Vicente Fox, la gran tarea es iniciar y conducir con éxito la consolidación de la democracia política; en el segundo lo que está en juego es, además de la consolidación democrática, el futuro de la izquierda. Y en una sociedad como la mexicana, donde la miseria y la opulencia han sido cualquier cosa, menos moderadas, si la izquierda democrática fracasara en proveer una alternativa, entonces se abriría el camino para un apabullante triunfo de la derecha, un empobrecimiento del pluralismo y, quizá, para una izquierda poco interesada en la vía electoral.
En el plano nacional, la transición política mexicana del autoritarismo a la democracia política acaba de concluir bien y con el reconocimiento del resto del mundo. En efecto, el 1° de diciembre empezó a operar en nuestro país un gobierno con un nuevo marco de reglas fundamentales: las propias de la democracia moderna. En la Ciudad de México, tuvo lugar el otro cambio de gobierno, donde lo significativo ya no fue la transformación sino lo opuesto: la continuidad.
La entrega que hizo Ernesto Zedillo de la banda presidencial a Vicente Fox simbolizó la culminación exitosa de un enorme, largo y penoso esfuerzo de una parte de la sociedad –de su sector políticamente más consciente, activo y moderno— por ganar para el conjunto de los mexicanos la honrosa categoría de ciudadanos. A nivel del Distrito Federal, lo significativo del inicio del gobierno de López Obrador, fue que a fin de cuentas y a pesar del brutal desgaste que significó para la mayor fuerza de izquierda --el Partido de la Revolución Democrática (PRD)-- el haber asumido hace tres años la responsabilidad de gobernar la compleja urbe mexicana cuando el entorno nacional aún seguía bajo el control de los restos del autoritarismo, la mayoría de los votantes capitalinos optaron por darle a la izquierda la oportunidad de seguir adelante con su proyecto y probar en condiciones mejores, si es capaz de convertirse en una opción de gobierno eficaz frente a PAN y PRI.
Los resultados del primer trienio perredista en la capital, el que fuera encabezado primero por Cuauhtémoc Cárdenas y luego por Rosario Robles, no son desdeñables pero no estuvieron a la altura de las promesas optimistas hechas al calor de la campaña electoral. Y si bien es posible explicar y justificar la pobreza de los resultados de esa primera administración elegida por la vía realmente democrática en el Distrito Federal, no será posible hacerlo por segunda vez. López Obrador está obligado, por tanto, a tener un éxito razonable en su gestión –primero los pobres, cero tolerancia a la corrupción, introducir la seguridad en la vida cotidiana, medianía republicana en las formas de vida de la clase gobernante, etcétera--, pues de la calidad de su gobierno va a depender, en buena medida, el futuro político de la izquierda –al menos de esa izquierda que se agrupa en el PRD— como fuerza capaz de generar alternativas de gobierno y administración en el nuevo contexto pluralista y democrático.
El Desgaste de Ayer.- El PRD de Cuauhtémoc Cárdenas resultó ser un estupendo ariete contra las murallas del presidencialismo autoritario en grado patológico que fue el salinismo. Cárdenas y su partido no transigieron ni negociaron su “democracia ya”, pero tuvieron que pagar el alto costo que significó chocar de frente, sin concesiones, contra el antiguo régimen. Cuauhtémoc Cárdenas pudo optar en las elecciones de 1997 por buscar un escaño en el Congreso y desde ese sitio relativamente protegido preparar su tercera campaña en pos de la presidencia. Sin embargo, el michoacano se decidió por una jugada mucho más ambiciosa y arriesgada: arrancar primero al presidente y al PRI el gobierno de la capital --y enfrentar al PAN en el proceso--, y desde esa posición tan visible, intentar el cambio de régimen por la izquierda. Al final, la empresa resultó muy superior a las fuerzas y capacidades del PRD y de su liderazgo.
El Distrito Federal que le arrebató al gobierno de Zedillo el PRD, resultó ser una manzana muy envenenada. La lista de problemas que debió enfrentar Cárdenas es impresionante: la inercia autoritaria, una deuda enorme, un recorte de recursos, una policía y una procuraduría de justicia corruptas hasta la médula, una criminalidad desatada, una burocracia no particularmente eficiente y dominada por líderes sindicales priístas y, encima de todo, un esfuerzo soterrado pero sistemático del gobierno federal y sus aliados –los intereses creados en general y la televisión, en particular-- por obstaculizar y sabotear al gobierno capitalino como parte de la lucha por la sucesión presidencial del 2000. Y como si lo anterior no fuera suficiente, dentro del PRD se mantuvo, y de manera muy pública y sistemática, la tradicional lucha interna.
Desde luego que Cuauhtémoc Cárdenas y los cuadros perredistas que buscaron el gobierno de la capital tenían la obligación de haber estudiado desde el inicio, y desde todos los ángulos, el campo minado en el que se iban a adentrar y actuar en consecuencia. Sin embargo, a juzgar por lo que ocurrió, no lo hicieron bien. El PRD no hizo un cálculo realista, sobrevaluó sus capacidad y subvaluó las de sus adversarios. Sí para Vicente Fox su paso por el gobierno de Guanajuato resultó ser un elemento positivo en su campaña presidencial, para Cuauhtémoc Cárdenas, su tránsito por el gobierno del Distrito Federal se convirtió en un flanco desprotegido ante el ataque de priístas y panistas y los intereses creados. Sólo la inteligencia y astucia política de Rosario Robles --la sucesora de Cárdenas al frente del gobierno capitalino--, y la experiencia como organizador de masas de Andrés Manuel López Obrador, su insospechada capacidad para derrotar en un debate público al PAN tradicional encarnado por el “Jefe Diego” y su innegable honradez (hay que aquilatar en todo su valor el magro monto de la declaración patrimonial del jefe de gobierno capitalino), le permitieron al PRD recibir esa “segunda oportunidad” en la capital, aunque con un apoyo electoral menor al de 1997 y mucho más condicionado a resultados tangibles inmediatos.
La Segunda Oportunidad.- A diferencia de lo que le sucedió a Cuauhtémoc Cárdenas y a su equipo entre 1997 y 1999, que se vieron obligados a invertir todo su esfuerzo en el simple establecimiento y defensa de una cabeza de playa, la segunda ola de perredistas llega hoy en mucho mejores condiciones a la conquista de la credibilidad en el gobierno capitalino. En efecto, López Obrador y los suyos cuentan con mejores armas y más experiencia para enfrentar a los viejos y arraigados enemigos del buen desempeño gubernamental –la pobreza, las demandas de servicios, el crimen organizado, la corrupción en la policía, el poder judicial y la burocracia, las mafias en los negocios de los bienes raíces, de los giros negros, del comercio ambulante, de los sindicatos de burócratas, el desastre ecológico, etcétera— y a sus adversarios partidistas: el PAN y el PRI.
En épocas de austeridad fiscal, el cambio efectivo en las áreas no económicas es el que puede mostrar los resultados más visibles y rápidos para todas las clases sociales –seguridad, procuración de justicia, eficacia administrativa, sensibilidad frente a las demandas y combate sin tregua a la corrupción—, por tanto es ese campo el que deberá ser dominado rápidamente por el nuevo gobierno para mostrar al electorado que no se equivocó en su preferencia. Por otro lado, un jefe de gobierno capitalino que va a seguir con el mismo modo austero de vida que cuando era ciudadano de a pié –por lo visto, López Obrador se propone desmentir aquí y ahora el famoso dictum priísta de que un político pobre es un pobre político— y que no pone barreras entre gobernante y gobernado, puede ser el estilo adecuado para enfrentar el no del todo distinto del presidente Fox. Por otro lado, la calidad del equipo de gobierno del Distrito Federal compite muy bien con el supuesto “gabinetazo” del foxismo. En el gabinete de López Obrador no hay empresarios exitosos ni gente del gran capital, pero en cambio están José Agustín Ortiz Pinchetti, que tiene todas las credenciales de demócrata, negociador y buen abogado; Bernardo Batiz, que ha mostrado una gran honestidad, fidelidad a sus valores políticos, conocimiento del derecho y buena voluntad; Carlos Ursúa, cuyo compromiso para el manejo eficaz de las finanzas está avalado por sus excelentes credenciales como economista, que no desmerecen ante las de los mejores de cualquier otro gabinete, y la lista puede seguir: Julieta Campos, los viejos y probados cardenistas Leonel Godoy y Cesar Buenrostro, etcétera, Finalmente, no es cosa menor que las mujeres están mejor representadas en el equipo del Distrito Federal que en cualquier otro. En resumen, en esta segunda oportunidad el PRD tiene, dentro de lo posible, unas condiciones muy razonables para mostrar que como responsable de un gobierno es tan bueno como antes lo fue en su oposición al priísmo. Sería imperdonable que las endémicas pugnas internas, la falta de unidad y las manzanas podridas que hay en cualquier partido, echaran por la borda las mejores posibilidades que tiene la izquierda electoral de salir de la marginalidad en que por si misma se metió en julio del 2000.
Por el Bien de Todos.- Para el nuevo jefe de gobierno era claro desde hace tiempo que los líderes de organizaciones populares como él, no resultaban ser los candidatos ideales para puestos de elección popular, ya que en este último papel se necesitan a personajes menos identificados con el activismo social para que resulten atractivos frente a ese numeroso grupo de ciudadanos moderados y electores de centro e indecisos. Pues bien, pese a que López Obrador proviene de esa parte que define a la acción política como el organizar y movilizar a las masas, el hoy jefe de gobierno se decidió a recorrer de punta a rabo el, para él, peligroso camino electoral. Y aunque no sin dificultades y contratiempos logró, por un lado, sortear todos los obstáculos y ganar la confianza de suficientes ciudadanos moderados como para poder tener la mayoría en las urnas y, por el otro, no perder en el proceso la confianza y relación con sus bases sociales tradicionales.
En el sexenio que se acaba de iniciar, López Obrador y los suyos deberán de ganar la batalla por la gobernabilidad de la casi ingobernable Ciudad de México –hacer retornar a la “ciudad de la esperanza”. Más difícil aún, deben ganar la confianza de los escépticos para un proyecto de izquierda en los tiempos de la derecha, es decir, en los tiempos de la propuesta de la eficiencia del mercado en la asignación de los recursos y del manejo de la administración pública con criterios de la empresa privada, de la ideología del Estado pequeño, de la privatización y la globalización, en los tiempos de una propuesta arropada internacionalmente por la gran potencia triunfadora de la Guerra Fría y localmente por las grandes corporaciones así como por una muy activa Iglesia Católica.
López Obrador ya no va a tener como punto de referencia y contraste al PRI corrupto representado en el plano local por un prófugo, el ex regente Oscar Espinoza Villareal, y en el nacional por el salinismo o el zedillismo, sino a un PAN exitoso y a un foxismo que ha sabido, hasta hoy, encarnar mejor que nadie el deseo de cambio de una parte sustantiva de la sociedad mexicana (¡del 80%! según las encuestas). En suma, lo que ya está en juego en el Distrito Federal es la viabilidad de una izquierda democrática en un país que la necesita para balancear los posibles excesos de una derecha en ascenso. Parafraseando un lema de campaña de López Obrador: por el bien de todos, incluida esa derecha, es necesario que en México la izquierda tenga éxito para que la democracia sea viable.
En el plano nacional, la transición política mexicana del autoritarismo a la democracia política acaba de concluir bien y con el reconocimiento del resto del mundo. En efecto, el 1° de diciembre empezó a operar en nuestro país un gobierno con un nuevo marco de reglas fundamentales: las propias de la democracia moderna. En la Ciudad de México, tuvo lugar el otro cambio de gobierno, donde lo significativo ya no fue la transformación sino lo opuesto: la continuidad.
La entrega que hizo Ernesto Zedillo de la banda presidencial a Vicente Fox simbolizó la culminación exitosa de un enorme, largo y penoso esfuerzo de una parte de la sociedad –de su sector políticamente más consciente, activo y moderno— por ganar para el conjunto de los mexicanos la honrosa categoría de ciudadanos. A nivel del Distrito Federal, lo significativo del inicio del gobierno de López Obrador, fue que a fin de cuentas y a pesar del brutal desgaste que significó para la mayor fuerza de izquierda --el Partido de la Revolución Democrática (PRD)-- el haber asumido hace tres años la responsabilidad de gobernar la compleja urbe mexicana cuando el entorno nacional aún seguía bajo el control de los restos del autoritarismo, la mayoría de los votantes capitalinos optaron por darle a la izquierda la oportunidad de seguir adelante con su proyecto y probar en condiciones mejores, si es capaz de convertirse en una opción de gobierno eficaz frente a PAN y PRI.
Los resultados del primer trienio perredista en la capital, el que fuera encabezado primero por Cuauhtémoc Cárdenas y luego por Rosario Robles, no son desdeñables pero no estuvieron a la altura de las promesas optimistas hechas al calor de la campaña electoral. Y si bien es posible explicar y justificar la pobreza de los resultados de esa primera administración elegida por la vía realmente democrática en el Distrito Federal, no será posible hacerlo por segunda vez. López Obrador está obligado, por tanto, a tener un éxito razonable en su gestión –primero los pobres, cero tolerancia a la corrupción, introducir la seguridad en la vida cotidiana, medianía republicana en las formas de vida de la clase gobernante, etcétera--, pues de la calidad de su gobierno va a depender, en buena medida, el futuro político de la izquierda –al menos de esa izquierda que se agrupa en el PRD— como fuerza capaz de generar alternativas de gobierno y administración en el nuevo contexto pluralista y democrático.
El Desgaste de Ayer.- El PRD de Cuauhtémoc Cárdenas resultó ser un estupendo ariete contra las murallas del presidencialismo autoritario en grado patológico que fue el salinismo. Cárdenas y su partido no transigieron ni negociaron su “democracia ya”, pero tuvieron que pagar el alto costo que significó chocar de frente, sin concesiones, contra el antiguo régimen. Cuauhtémoc Cárdenas pudo optar en las elecciones de 1997 por buscar un escaño en el Congreso y desde ese sitio relativamente protegido preparar su tercera campaña en pos de la presidencia. Sin embargo, el michoacano se decidió por una jugada mucho más ambiciosa y arriesgada: arrancar primero al presidente y al PRI el gobierno de la capital --y enfrentar al PAN en el proceso--, y desde esa posición tan visible, intentar el cambio de régimen por la izquierda. Al final, la empresa resultó muy superior a las fuerzas y capacidades del PRD y de su liderazgo.
El Distrito Federal que le arrebató al gobierno de Zedillo el PRD, resultó ser una manzana muy envenenada. La lista de problemas que debió enfrentar Cárdenas es impresionante: la inercia autoritaria, una deuda enorme, un recorte de recursos, una policía y una procuraduría de justicia corruptas hasta la médula, una criminalidad desatada, una burocracia no particularmente eficiente y dominada por líderes sindicales priístas y, encima de todo, un esfuerzo soterrado pero sistemático del gobierno federal y sus aliados –los intereses creados en general y la televisión, en particular-- por obstaculizar y sabotear al gobierno capitalino como parte de la lucha por la sucesión presidencial del 2000. Y como si lo anterior no fuera suficiente, dentro del PRD se mantuvo, y de manera muy pública y sistemática, la tradicional lucha interna.
Desde luego que Cuauhtémoc Cárdenas y los cuadros perredistas que buscaron el gobierno de la capital tenían la obligación de haber estudiado desde el inicio, y desde todos los ángulos, el campo minado en el que se iban a adentrar y actuar en consecuencia. Sin embargo, a juzgar por lo que ocurrió, no lo hicieron bien. El PRD no hizo un cálculo realista, sobrevaluó sus capacidad y subvaluó las de sus adversarios. Sí para Vicente Fox su paso por el gobierno de Guanajuato resultó ser un elemento positivo en su campaña presidencial, para Cuauhtémoc Cárdenas, su tránsito por el gobierno del Distrito Federal se convirtió en un flanco desprotegido ante el ataque de priístas y panistas y los intereses creados. Sólo la inteligencia y astucia política de Rosario Robles --la sucesora de Cárdenas al frente del gobierno capitalino--, y la experiencia como organizador de masas de Andrés Manuel López Obrador, su insospechada capacidad para derrotar en un debate público al PAN tradicional encarnado por el “Jefe Diego” y su innegable honradez (hay que aquilatar en todo su valor el magro monto de la declaración patrimonial del jefe de gobierno capitalino), le permitieron al PRD recibir esa “segunda oportunidad” en la capital, aunque con un apoyo electoral menor al de 1997 y mucho más condicionado a resultados tangibles inmediatos.
La Segunda Oportunidad.- A diferencia de lo que le sucedió a Cuauhtémoc Cárdenas y a su equipo entre 1997 y 1999, que se vieron obligados a invertir todo su esfuerzo en el simple establecimiento y defensa de una cabeza de playa, la segunda ola de perredistas llega hoy en mucho mejores condiciones a la conquista de la credibilidad en el gobierno capitalino. En efecto, López Obrador y los suyos cuentan con mejores armas y más experiencia para enfrentar a los viejos y arraigados enemigos del buen desempeño gubernamental –la pobreza, las demandas de servicios, el crimen organizado, la corrupción en la policía, el poder judicial y la burocracia, las mafias en los negocios de los bienes raíces, de los giros negros, del comercio ambulante, de los sindicatos de burócratas, el desastre ecológico, etcétera— y a sus adversarios partidistas: el PAN y el PRI.
En épocas de austeridad fiscal, el cambio efectivo en las áreas no económicas es el que puede mostrar los resultados más visibles y rápidos para todas las clases sociales –seguridad, procuración de justicia, eficacia administrativa, sensibilidad frente a las demandas y combate sin tregua a la corrupción—, por tanto es ese campo el que deberá ser dominado rápidamente por el nuevo gobierno para mostrar al electorado que no se equivocó en su preferencia. Por otro lado, un jefe de gobierno capitalino que va a seguir con el mismo modo austero de vida que cuando era ciudadano de a pié –por lo visto, López Obrador se propone desmentir aquí y ahora el famoso dictum priísta de que un político pobre es un pobre político— y que no pone barreras entre gobernante y gobernado, puede ser el estilo adecuado para enfrentar el no del todo distinto del presidente Fox. Por otro lado, la calidad del equipo de gobierno del Distrito Federal compite muy bien con el supuesto “gabinetazo” del foxismo. En el gabinete de López Obrador no hay empresarios exitosos ni gente del gran capital, pero en cambio están José Agustín Ortiz Pinchetti, que tiene todas las credenciales de demócrata, negociador y buen abogado; Bernardo Batiz, que ha mostrado una gran honestidad, fidelidad a sus valores políticos, conocimiento del derecho y buena voluntad; Carlos Ursúa, cuyo compromiso para el manejo eficaz de las finanzas está avalado por sus excelentes credenciales como economista, que no desmerecen ante las de los mejores de cualquier otro gabinete, y la lista puede seguir: Julieta Campos, los viejos y probados cardenistas Leonel Godoy y Cesar Buenrostro, etcétera, Finalmente, no es cosa menor que las mujeres están mejor representadas en el equipo del Distrito Federal que en cualquier otro. En resumen, en esta segunda oportunidad el PRD tiene, dentro de lo posible, unas condiciones muy razonables para mostrar que como responsable de un gobierno es tan bueno como antes lo fue en su oposición al priísmo. Sería imperdonable que las endémicas pugnas internas, la falta de unidad y las manzanas podridas que hay en cualquier partido, echaran por la borda las mejores posibilidades que tiene la izquierda electoral de salir de la marginalidad en que por si misma se metió en julio del 2000.
Por el Bien de Todos.- Para el nuevo jefe de gobierno era claro desde hace tiempo que los líderes de organizaciones populares como él, no resultaban ser los candidatos ideales para puestos de elección popular, ya que en este último papel se necesitan a personajes menos identificados con el activismo social para que resulten atractivos frente a ese numeroso grupo de ciudadanos moderados y electores de centro e indecisos. Pues bien, pese a que López Obrador proviene de esa parte que define a la acción política como el organizar y movilizar a las masas, el hoy jefe de gobierno se decidió a recorrer de punta a rabo el, para él, peligroso camino electoral. Y aunque no sin dificultades y contratiempos logró, por un lado, sortear todos los obstáculos y ganar la confianza de suficientes ciudadanos moderados como para poder tener la mayoría en las urnas y, por el otro, no perder en el proceso la confianza y relación con sus bases sociales tradicionales.
En el sexenio que se acaba de iniciar, López Obrador y los suyos deberán de ganar la batalla por la gobernabilidad de la casi ingobernable Ciudad de México –hacer retornar a la “ciudad de la esperanza”. Más difícil aún, deben ganar la confianza de los escépticos para un proyecto de izquierda en los tiempos de la derecha, es decir, en los tiempos de la propuesta de la eficiencia del mercado en la asignación de los recursos y del manejo de la administración pública con criterios de la empresa privada, de la ideología del Estado pequeño, de la privatización y la globalización, en los tiempos de una propuesta arropada internacionalmente por la gran potencia triunfadora de la Guerra Fría y localmente por las grandes corporaciones así como por una muy activa Iglesia Católica.
López Obrador ya no va a tener como punto de referencia y contraste al PRI corrupto representado en el plano local por un prófugo, el ex regente Oscar Espinoza Villareal, y en el nacional por el salinismo o el zedillismo, sino a un PAN exitoso y a un foxismo que ha sabido, hasta hoy, encarnar mejor que nadie el deseo de cambio de una parte sustantiva de la sociedad mexicana (¡del 80%! según las encuestas). En suma, lo que ya está en juego en el Distrito Federal es la viabilidad de una izquierda democrática en un país que la necesita para balancear los posibles excesos de una derecha en ascenso. Parafraseando un lema de campaña de López Obrador: por el bien de todos, incluida esa derecha, es necesario que en México la izquierda tenga éxito para que la democracia sea viable.
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