Lorenzo Meyer
Los Signos de Identidad.- El PRI no fue el único afectado por los resultados de la votación del pasado 2 de julio, también empiezan a serlo algunos mexicanos de tiempos ya idos: los héroes que colocó o mantuvo en el Panteón nacional el régimen que dominó la vida política mexicana a lo largo de casi todo el siglo XX y que acaba de ser derrotado. Con el cambio de guardia en el Panteón se va a intentar marginar o desterrar a ciertos personajes de ese espacio simbólico donde se venera la memoria de quienes se consideran modelos de virtud cívica, pero, sobre todo, se va a facilitar el ingreso de otros que apenas ayer no eran objeto de tan alto honor pero que ahora pueden ser reivindicados por los vencedores del 2000. Sin embargo, en un sistema político plural nadie es vencedor o vencido absoluto y habrá también una pluralidad de héroes, como se puede comprobar al contrastar, por ejemplo, los discursos inaugurales de los ejecutivos del gobierno federal y del Distrito Federal.
El presidente Vicente Fox en su discurso hizo mención de los nombres de varios mexicanos cuyo esfuerzo democrático en el siglo dominado por el PRI los hace dignos, según él, de un reconocimiento explícito. La lista, de tan plural, resulta finalmente contradictoria y da una nota de ambigüedad a su mensaje. Fox reservó el primer lugar para Francisco I. Madero, personaje trágico, valiente, noble, aceptado por casi todos los mexicanos como el padre y el mártir de la democracia política moderna. Sin embargo, un párrafo después, el presidente seleccionó para ponerlos en un mismo bloque a José Vasconcelos, Manuel Gómez Morín, Vicente Lombardo Toledano, Valentín Campa, José Revueltas, Manuel Clouthier, Salvador Nava, Luis Donaldo Colosio, Heberto Castillo y a Carlos Castillo Peraza. Buscando el contraste, cuando le tocó a Andrés Manuel López Obrador ocupar el centro del escenario como nuevo jefe de gobierno del Distrito Federal, el tabasqueño aprovechó para presentar una lista alternativa de ejemplos cívicos. En el centro del Panteón político del nuevo jefe del gobierno capitalino, quedaron José María Morelos, Benito Juárez, Francisco I. Madero y Lázaro Cárdenas. En la elección de figuras tutelares de Vicente Fox y Andrés Manuel López Obrador sólo hay coincidencia en Francisco I. Madero pero sus diferencias sintetizan dos visiones de país y proyecto de futuro.
En cualquier país y época, los héroes y los antihéroes son parte central de la idea colectiva que toda comunidad tiene sobre si misma: sobre su origen, evolución y destino. En cualquiera país, la visión dominante sobre quienes son los hombres del pasado dignos de permanecer vivos en la memoria colectiva por representar la quintaesencia del espíritu nacional, resulta ser una imagen distorsionada y determinada por las razones políticas del momento. Es por ello que al héroe cívico se le despoja de ambigüedades y de la mayoría de sus debilidades y defectos –de su humanidad— y se le presenta como un ser excepcional, modelo para aquellos a los que se busca socializar con los valores y actitudes apropiados para servir al sistema de dominación vigente.
Desde la perspectiva de los líderes políticos, la conducta y acciones de un puñado de individuos fuera de lo común –por ejemplo, Miguel Hidalgo o Madero --, explican mucho de lo que hoy somos como país y determinan lo que deberíamos ser en el futuro. Se trata de modelos de conducta altruista para el ciudadano común y corriente. Con los antihéroes –los generales Antonio López de Santa Anna o Victoriano Huerta— el proceso es igual pero en sentido inverso: lo que se resalta son sus enormes defectos y debilidades, y sus acciones representan el patrón de conducta que se debe evitar. No se trata de una evaluación histórica sino política, y en buena medida falsa.
La Visión del Presidente.- La visión del foxismo sobre la naturaleza del proceso histórico-político de México aún está por ser elaborada, pero del discurso del 1° de diciembre se desprende que el propósito de invocar a tantas y tan disímbolas figuras, es subrayar el propósito del presidente de ser incluyente. Pero si el propósito político es claro, su base histórica no.
El conjunto de figuras que el presidente presentó en su oración cívica ante el Congreso es, por decirlo suavemente, contradictorio. Para empezar, está José Vasconcelos, maderista, impulsor de una peculiar revolución cultural cuando fue secretario de Educación y primer candidato de oposición al partido de Estado en su etapa de PNR; hasta ahí bien, pero no se puede evitar incluir su biografía posterior, cuando justificó a la extrema derecha antiliberal y antidemocrática que fue el nacionalsocialismo. Al lado de Vasconcelos, Fox puso a uno de los miembros más importantes del partido de Estado en su etapa de PRM: al intelectual y líder sindical Vicente Lombardo Toledano, cuyas simpatías estaban con el proyecto de cambio social impulsado por Lázaro Cárdenas, pero que más adelante y desde el pequeño Partido Popular Socialista, apoyó en 1964 a un candidato presidencial del PRI tan poco democrático como fue Gustavo Díaz Ordaz.
El Fox que leyó su discurso ante un gabinete con abundancia de personajes de derecha, pero que en algún momento de su campaña no dudo en definirse como un tanto a la izquierda, también incluyó en el Panteón de los demócratas a representantes de la izquierda, como al escritor José Revueltas –que ya a los catorce años conoció los rigores del las Islas Marías por motivos políticos--, que militó tanto en el Partido Comunista Mexicano (PCM), como en la Liga Leninista Espartaco y en otras organizaciones y partidos que buscaban el arribo a la democracia social no por la vía del voto sino de la revolución. Luego el presidente reconoció a Valentín Campa, militante del PCM y de otras organizaciones de izquierda revolucionaria pero que, al final, se incorporaría a la izquierda democrática como miembro del Partido de la Revolución Democrática (PRD), al igual que Heberto Castillo, que combinó la ingeniería con el activismo político al lado del general Cárdenas, en el Movimiento de Liberación Nacional, en el movimiento del 68, en el Partido Mexicano de los Trabajadores, etcétera, hasta terminar en el PRD.
Aunque el presidente Fox es miembro reciente del Partido Acción Nacional (PAN), fue natural que rindiera homenaje desde la democracia al fundador de ese partido, a Manuel Gómez Morín, que colocara a su lado a quien lo inició en la actividad política como panista, a Manuel Clouthier, y a un expresidente del PAN y uno de los intelectuales más connotados de ese partido: Carlos Castillo Peraza. Fue justo tener en la selecta lista al doctor Salvador Nava --el espíritu que animó al Movimiento Cívico Potosino--, aunque en la realidad el PAN no siempre apoyó su esfuerzo democrático.
Donde el espíritu ecuménico del nuevo presidente entró en el terreno muy difícil, fue cuando decidió incluir en el conjunto de quienes “[nos] enseñaron a creer en el triunfo de un México democrático” a un priísta. En el campo de la democracia social, que no de la política, Fox tenía varias posibilidades, pero cualquiera de ellas hubiera resultado muy problemática desde la perspectiva del la democracia política. Quizá por ello el presidente se decidió por Luis Donaldo Colosio. Sin embargo ¿cuáles son las credenciales democráticas de Colosio –presidente del PRI de Carlos Salinas entre 1988 y 1992-- para ponerlo en el misma campo de Vasconcelos, Gómez Morín, Salvador Nava, Valentín Campa o Heberto Castillo?. El trágico y aún obscuro final de Colosio –su asesinato en plena campaña presidencial-- puede convertir al sinaloense en símbolo de varias cosas, pero no de demócrata.
La Visión del Jefe de Gobierno de la Capital.- Que Andrés Manuel López Obrador busca subrayar el contraste entre su gobierno y el del presidente Fox, ni quien lo dude. El esfuerzo por compararse en estilo y programa está en todo: si uno recibió en el momento de la asunción al mando un crucifijo, el otro recibió una imagen de Juárez, si uno dio a conocer su gabinete en etapas el otro lo hizo de golpe, si en el gabinete de uno dominan los hombres en el del otro las mujeres, si uno mantiene el sueldo de su antecesor el otro se lo baja, si uno decide un aumento del 12% en el gasto de publicidad del gobierno federal el otro anuncia su disminución para el de la ciudad, si uno sigue con nombramientos el otro arranca con una batería de bandos, etcétera. Inevitablemente, el contraste también se da en las figuras tutelares. Fox toma el bloque heterogéneo del siglo XX y López Obrador se centra en una figura del siglo XIX. Sin embargo, es ahí donde comparten el problema de la ambigüedad del símbolo.
El Jefe de Gobierno del Distrito Federal eligió a Benito Juárez como fuente de inspiración. Es claro que Juárez le atrae a López Obrador por la fuerza de su compromiso con la causa liberal republicana frente a la conservadora e imperial –Juárez persistió incluso cuando su causa parecía irremisiblemente perdida-- y también por ser el campeón de la separación entre Estado e iglesias. La frugalidad en la forma de vida de Juárez –la “justa medianía”-- resulta otro símbolo adecuado para un gobernante que ha declarado la guerra a una corrupción gubernamental endémica. Sin embargo, el Juárez histórico no está libre de lados obscuros.
Dejemos de lado el tristemente célebre tratado MacLane-Ocampo de diciembre de 1859 avalado por un Juárez que se encontraba en una situación militar desesperada y que a cambio del apoyo norteamericano aceptó ceder a perpetuidad zonas estratégicas del territorio nacional y enfoquémonos más en el aspecto de la política social juarista, ya que finalmente el tratado con Washington no entró en efecto en tanto que el ataque a las propiedades de las comunidades indígenas, de acuerdo a los lineamientos de la “Ley Lerdo” (1856) sí se llevó a cabo y con consecuencias que difícilmente pueden ser compartidas por un gobierno de izquierda y que tiene como lema “primero los pobres”.
Tras la restauración de la República en 1867, ya no había obstáculos serios a la legislación liberal que busca privatizar los bienes de las comunidades indígenas, y esa política se puso en práctica sin hacer caso de sus efectos negativos. Una de las reacciones a ese liberalismo que resquebrajó las bases económicas y morales de las comunidades indígenas, fue una serie de rebeliones donde corrió mucha sangre como, entre otras, la de los mayas cruzoob, los agraristas de Hidalgo y Chalco (esta última fue un antecedente claro del zapatismo de 1910 y dio lugar a un conmovedor “Manifiesto a todos los oprimidos y pobres de México y el universo” de 1868), los religionarios de Zinacantepec cerca de Toluca, los huicholes y coras de Jalisco y Nayarit, los yaquis y mayos de Sonora. La represión del gobierno juarista fue brutal y llevó a la muerte y fusilamiento de sus líderes y de centenares de sus seguidores, al desarraigo de comunidades enteras y a la incorporación forzada al ejército de un buen número de inconformes (Romana Falcón, Las naciones de una república. La cuestión indígena en las leyes y congreso mexicanos, 1999, pp. 117 y ss.).
La Lección.- Cuando a los héroes del discurso político de cualquier ideología se les confronta con la verdad histórica, rara vez, si es que alguna, pasan la prueba a la que implícitamente los someten aquellos que los usan como símbolos de su propia lucha partidaria. Así, de los personajes foxistas –algunos de ellos meros notables, no héroes— y del Juárez de Andrés Manuel López Obrador, sólo debemos rescatar algunos de sus rasgos pero no al hombre total, real. Se trata menos de hombres que alguna vez fueron carne y hueso y más de lo que en ciencia sociales se llaman “modelos ideales”, es decir, figuras sin correspondencia con la realidad, alegorías útiles para resumir proyectos o esquemas de valores. De ahí que los ciudadanos debemos de tomar a los próceres de los políticos como a los políticos mismos: con escepticismo. Y si realmente estamos interesados en la figura, entonces busquemos a sus historiadores y aceptemos entrar al mundo de lo imperfecto y contradictorio que es, finalmente, lo humano.
El presidente Vicente Fox en su discurso hizo mención de los nombres de varios mexicanos cuyo esfuerzo democrático en el siglo dominado por el PRI los hace dignos, según él, de un reconocimiento explícito. La lista, de tan plural, resulta finalmente contradictoria y da una nota de ambigüedad a su mensaje. Fox reservó el primer lugar para Francisco I. Madero, personaje trágico, valiente, noble, aceptado por casi todos los mexicanos como el padre y el mártir de la democracia política moderna. Sin embargo, un párrafo después, el presidente seleccionó para ponerlos en un mismo bloque a José Vasconcelos, Manuel Gómez Morín, Vicente Lombardo Toledano, Valentín Campa, José Revueltas, Manuel Clouthier, Salvador Nava, Luis Donaldo Colosio, Heberto Castillo y a Carlos Castillo Peraza. Buscando el contraste, cuando le tocó a Andrés Manuel López Obrador ocupar el centro del escenario como nuevo jefe de gobierno del Distrito Federal, el tabasqueño aprovechó para presentar una lista alternativa de ejemplos cívicos. En el centro del Panteón político del nuevo jefe del gobierno capitalino, quedaron José María Morelos, Benito Juárez, Francisco I. Madero y Lázaro Cárdenas. En la elección de figuras tutelares de Vicente Fox y Andrés Manuel López Obrador sólo hay coincidencia en Francisco I. Madero pero sus diferencias sintetizan dos visiones de país y proyecto de futuro.
En cualquier país y época, los héroes y los antihéroes son parte central de la idea colectiva que toda comunidad tiene sobre si misma: sobre su origen, evolución y destino. En cualquiera país, la visión dominante sobre quienes son los hombres del pasado dignos de permanecer vivos en la memoria colectiva por representar la quintaesencia del espíritu nacional, resulta ser una imagen distorsionada y determinada por las razones políticas del momento. Es por ello que al héroe cívico se le despoja de ambigüedades y de la mayoría de sus debilidades y defectos –de su humanidad— y se le presenta como un ser excepcional, modelo para aquellos a los que se busca socializar con los valores y actitudes apropiados para servir al sistema de dominación vigente.
Desde la perspectiva de los líderes políticos, la conducta y acciones de un puñado de individuos fuera de lo común –por ejemplo, Miguel Hidalgo o Madero --, explican mucho de lo que hoy somos como país y determinan lo que deberíamos ser en el futuro. Se trata de modelos de conducta altruista para el ciudadano común y corriente. Con los antihéroes –los generales Antonio López de Santa Anna o Victoriano Huerta— el proceso es igual pero en sentido inverso: lo que se resalta son sus enormes defectos y debilidades, y sus acciones representan el patrón de conducta que se debe evitar. No se trata de una evaluación histórica sino política, y en buena medida falsa.
La Visión del Presidente.- La visión del foxismo sobre la naturaleza del proceso histórico-político de México aún está por ser elaborada, pero del discurso del 1° de diciembre se desprende que el propósito de invocar a tantas y tan disímbolas figuras, es subrayar el propósito del presidente de ser incluyente. Pero si el propósito político es claro, su base histórica no.
El conjunto de figuras que el presidente presentó en su oración cívica ante el Congreso es, por decirlo suavemente, contradictorio. Para empezar, está José Vasconcelos, maderista, impulsor de una peculiar revolución cultural cuando fue secretario de Educación y primer candidato de oposición al partido de Estado en su etapa de PNR; hasta ahí bien, pero no se puede evitar incluir su biografía posterior, cuando justificó a la extrema derecha antiliberal y antidemocrática que fue el nacionalsocialismo. Al lado de Vasconcelos, Fox puso a uno de los miembros más importantes del partido de Estado en su etapa de PRM: al intelectual y líder sindical Vicente Lombardo Toledano, cuyas simpatías estaban con el proyecto de cambio social impulsado por Lázaro Cárdenas, pero que más adelante y desde el pequeño Partido Popular Socialista, apoyó en 1964 a un candidato presidencial del PRI tan poco democrático como fue Gustavo Díaz Ordaz.
El Fox que leyó su discurso ante un gabinete con abundancia de personajes de derecha, pero que en algún momento de su campaña no dudo en definirse como un tanto a la izquierda, también incluyó en el Panteón de los demócratas a representantes de la izquierda, como al escritor José Revueltas –que ya a los catorce años conoció los rigores del las Islas Marías por motivos políticos--, que militó tanto en el Partido Comunista Mexicano (PCM), como en la Liga Leninista Espartaco y en otras organizaciones y partidos que buscaban el arribo a la democracia social no por la vía del voto sino de la revolución. Luego el presidente reconoció a Valentín Campa, militante del PCM y de otras organizaciones de izquierda revolucionaria pero que, al final, se incorporaría a la izquierda democrática como miembro del Partido de la Revolución Democrática (PRD), al igual que Heberto Castillo, que combinó la ingeniería con el activismo político al lado del general Cárdenas, en el Movimiento de Liberación Nacional, en el movimiento del 68, en el Partido Mexicano de los Trabajadores, etcétera, hasta terminar en el PRD.
Aunque el presidente Fox es miembro reciente del Partido Acción Nacional (PAN), fue natural que rindiera homenaje desde la democracia al fundador de ese partido, a Manuel Gómez Morín, que colocara a su lado a quien lo inició en la actividad política como panista, a Manuel Clouthier, y a un expresidente del PAN y uno de los intelectuales más connotados de ese partido: Carlos Castillo Peraza. Fue justo tener en la selecta lista al doctor Salvador Nava --el espíritu que animó al Movimiento Cívico Potosino--, aunque en la realidad el PAN no siempre apoyó su esfuerzo democrático.
Donde el espíritu ecuménico del nuevo presidente entró en el terreno muy difícil, fue cuando decidió incluir en el conjunto de quienes “[nos] enseñaron a creer en el triunfo de un México democrático” a un priísta. En el campo de la democracia social, que no de la política, Fox tenía varias posibilidades, pero cualquiera de ellas hubiera resultado muy problemática desde la perspectiva del la democracia política. Quizá por ello el presidente se decidió por Luis Donaldo Colosio. Sin embargo ¿cuáles son las credenciales democráticas de Colosio –presidente del PRI de Carlos Salinas entre 1988 y 1992-- para ponerlo en el misma campo de Vasconcelos, Gómez Morín, Salvador Nava, Valentín Campa o Heberto Castillo?. El trágico y aún obscuro final de Colosio –su asesinato en plena campaña presidencial-- puede convertir al sinaloense en símbolo de varias cosas, pero no de demócrata.
La Visión del Jefe de Gobierno de la Capital.- Que Andrés Manuel López Obrador busca subrayar el contraste entre su gobierno y el del presidente Fox, ni quien lo dude. El esfuerzo por compararse en estilo y programa está en todo: si uno recibió en el momento de la asunción al mando un crucifijo, el otro recibió una imagen de Juárez, si uno dio a conocer su gabinete en etapas el otro lo hizo de golpe, si en el gabinete de uno dominan los hombres en el del otro las mujeres, si uno mantiene el sueldo de su antecesor el otro se lo baja, si uno decide un aumento del 12% en el gasto de publicidad del gobierno federal el otro anuncia su disminución para el de la ciudad, si uno sigue con nombramientos el otro arranca con una batería de bandos, etcétera. Inevitablemente, el contraste también se da en las figuras tutelares. Fox toma el bloque heterogéneo del siglo XX y López Obrador se centra en una figura del siglo XIX. Sin embargo, es ahí donde comparten el problema de la ambigüedad del símbolo.
El Jefe de Gobierno del Distrito Federal eligió a Benito Juárez como fuente de inspiración. Es claro que Juárez le atrae a López Obrador por la fuerza de su compromiso con la causa liberal republicana frente a la conservadora e imperial –Juárez persistió incluso cuando su causa parecía irremisiblemente perdida-- y también por ser el campeón de la separación entre Estado e iglesias. La frugalidad en la forma de vida de Juárez –la “justa medianía”-- resulta otro símbolo adecuado para un gobernante que ha declarado la guerra a una corrupción gubernamental endémica. Sin embargo, el Juárez histórico no está libre de lados obscuros.
Dejemos de lado el tristemente célebre tratado MacLane-Ocampo de diciembre de 1859 avalado por un Juárez que se encontraba en una situación militar desesperada y que a cambio del apoyo norteamericano aceptó ceder a perpetuidad zonas estratégicas del territorio nacional y enfoquémonos más en el aspecto de la política social juarista, ya que finalmente el tratado con Washington no entró en efecto en tanto que el ataque a las propiedades de las comunidades indígenas, de acuerdo a los lineamientos de la “Ley Lerdo” (1856) sí se llevó a cabo y con consecuencias que difícilmente pueden ser compartidas por un gobierno de izquierda y que tiene como lema “primero los pobres”.
Tras la restauración de la República en 1867, ya no había obstáculos serios a la legislación liberal que busca privatizar los bienes de las comunidades indígenas, y esa política se puso en práctica sin hacer caso de sus efectos negativos. Una de las reacciones a ese liberalismo que resquebrajó las bases económicas y morales de las comunidades indígenas, fue una serie de rebeliones donde corrió mucha sangre como, entre otras, la de los mayas cruzoob, los agraristas de Hidalgo y Chalco (esta última fue un antecedente claro del zapatismo de 1910 y dio lugar a un conmovedor “Manifiesto a todos los oprimidos y pobres de México y el universo” de 1868), los religionarios de Zinacantepec cerca de Toluca, los huicholes y coras de Jalisco y Nayarit, los yaquis y mayos de Sonora. La represión del gobierno juarista fue brutal y llevó a la muerte y fusilamiento de sus líderes y de centenares de sus seguidores, al desarraigo de comunidades enteras y a la incorporación forzada al ejército de un buen número de inconformes (Romana Falcón, Las naciones de una república. La cuestión indígena en las leyes y congreso mexicanos, 1999, pp. 117 y ss.).
La Lección.- Cuando a los héroes del discurso político de cualquier ideología se les confronta con la verdad histórica, rara vez, si es que alguna, pasan la prueba a la que implícitamente los someten aquellos que los usan como símbolos de su propia lucha partidaria. Así, de los personajes foxistas –algunos de ellos meros notables, no héroes— y del Juárez de Andrés Manuel López Obrador, sólo debemos rescatar algunos de sus rasgos pero no al hombre total, real. Se trata menos de hombres que alguna vez fueron carne y hueso y más de lo que en ciencia sociales se llaman “modelos ideales”, es decir, figuras sin correspondencia con la realidad, alegorías útiles para resumir proyectos o esquemas de valores. De ahí que los ciudadanos debemos de tomar a los próceres de los políticos como a los políticos mismos: con escepticismo. Y si realmente estamos interesados en la figura, entonces busquemos a sus historiadores y aceptemos entrar al mundo de lo imperfecto y contradictorio que es, finalmente, lo humano.
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