Lorenzo Meyer
La Teoría Ultrarrealista.- En 1513, Nicolás Maquiavelo en El Príncipe –una obra que buscó tener como base la verita effettuale (la verdad efectiva)— llegó a esta conclusión: “...no hay otra cosa más difícil de manejar, ni cuyo acierto sea más dudoso, ni se haga con más peligro, que el obrar como jefe [de un Estado] para introducir nuevos estatutos”. Pues bien, eso es precisamente lo que tienen que hacer hoy Vicente Fox y los suyos en México: introducir nuevos estatutos o reglas del juego político. Se trata de hacer efectivos los cánones democráticos en una sociedad que nunca ha tenido una experiencia sustantiva de democracia política. Esa tarea, como lo señalara hace casi cinco siglos el florentino, va a ser no sólo difícil sino peligrosa. Y debemos de entenderlo así gobernantes y ciudadanos, pues hoy el gobernar ya no es sólo tarea de príncipes.
En los 179 años de historia de México como país independiente, hoy es la primera vez que, como resultado de una decisión libremente expresada en las urnas, un partido en el poder –en este caso el Partido Revolucionario Institucional (PRI)— se ve forzado a entregar pacíficamente el mando a uno de sus adversarios. Sin embargo, resulta que los electores que expresamente apoyaron a Vicente Fox y su proyecto fueron sólo el 46% del total y por eso el nuevo presidente no tendrá mayoría en el congreso ni contará con mayoría entre los gobernadores de los estados. Y si lo anterior no fuera ya suficiente problema, resulta que tampoco va a disponer de un presupuesto mínimamente adecuado para lograr las metas que planteó en su campaña electoral: crecimiento económico sustantivo, creación de empleo, auxilio a la micro y pequeña empresa, mejoría en las condiciones de vida de las mayorías sumidas en la pobreza, mayor esfuerzo educativo, transformación de los cuerpos policiacos, lucha sin cuartel contra el crimen organizado, disminución de la inseguridad, mejoría en la impartición de justicia, combate a fondo de la corrupción, etcétera. Además, el nuevo gobierno deberá enfrentar a la enorme red de intereses creados ilegales o ilegítimos que creó el PRI y que van a luchar a fondo para preservar sus privilegios y enfrentar a dos partidos de oposición, uno indefinido --el PRI-- y otro de izquierda, el Partido de la Revolución Democrática (PRD).
Los que dirigieron y se beneficiaron del régimen que esta a punto de terminar, pareciera que leyeron en exceso a Maquiavelo --uno de cuyos consejos asimilaron totalmente: el de aprender a “no ser buenos”-- y probablemente por ese empacho de maquiavelismo hicieron tanto daño. Sin embargo, no le vendría mal al jefe del primer gobierno del nuevo régimen, recapacitar sobre lo que dice el famoso teórico florentino; no adoptarlo como los priístas pero sí tener en cuenta para los tiempos difíciles su visión ultrarrealista de la política. En fin, un diálogo entre Maquiavelo y Fox no le hubiera salido sobrado al segundo.
El Primer Desafío: la Elite Desplazada.- La historia, según Maquiavelo, muestra que el arte de la política es menos difícil cuando el sistema que se va a gobernar es una mera continuación del pasado; cuando el nuevo gobernante simplemente ha recibido su cargo como herencia --una transferencia de rutina--, pues entonces las instituciones y costumbres, los intereses creados y las inercias, trabajan a favor del gobernante y de la estabilidad, al punto que incluso los mediocres pueden tener éxito, ya que las situaciones inesperadas son pocas y se dispone de reservas políticas para subsanar los errores cotidianos. En realidad eso fue justamente lo que sucedió muchas veces en el México de la pax priista. Durante once veces consecutivas --de 1934 a 1994-- un presidente salido del PRI le heredó el poder a otro presidente salido del PRI, y más de uno de ellos es recordado hoy más por su mediocridad, grisura o pobreza de espíritu, que por sus logros.
En la época clásica del autoritarismo priísta, el cambio sexenal de presidente permitía una cierta circulación de las élites pero sin llegar a modificar los acuerdos fundamentales entre el gobierno y los actores políticos relevantes, que eran precisamente las directivas de las estructuras corporativas del PRI –líderes de sindicatos, organizaciones campesinas y de burócratas--, los grupos empresariales, las iglesias, las universidades, el ejército, el gobierno norteamericano, los medios de comunicación, el crimen organizado, etcétera. Un agudo observador de esa época, Daniel Cosío Villegas, definió a ese sistema presidencialista como una monarquía sexenal hereditaria por línea transversal.
En el año 2000, y tras decenios de esfuerzos de numerosos antecesores, Fox y la Alianza por el Cambio por un lado y Cuauhtémoc Cárdenas y la Alianza por México por el otro, no le dejaron más alternativa al presidente Ernesto Zedillo y al PRI que reconocer su derrota en las urnas, pues la alternativa hubiese sido la ingobernabilidad. La caída del PRI trastocó la arraigada rutina autoritaria, quebró las añejas inercias y reglas no escritas y llevó a que México experimentara no un cambio sexenal de gobierno más sino algo muy distinto: un cambio de régimen. Se dio así inicio a la magna tarea de hacer a un lado toda una forma de gobierno para empezar a construir otra. Y es aquí donde entra el análisis de Maquiavelo, pensado precisamente para entender las complejidades, los peligros y posibilidades que trae para el gobernante el hecho de arribar al poder por la vía de la destrucción de acuerdos establecidos, marginando a unos, encumbrando a otros y frustrando a muchos más, que esperaban un cambio diferente.
La política siempre tiene, cuando menos, una doble cara: la de la cooperación y la del conflicto, y las épocas históricas quedan marcadas por la preeminencia de una o de la otra. Es posible que en el México de inicios del siglo XXI el conflicto de intereses vuelva dominar como resultado inevitable del cambio que el dos de julio puso fin a 71 años de monopolio del poder por un solo partido.
En principio, el paso del autoritarismo a la democracia política debería significar un esfuerzo decidido por acabar con el sinnúmero de los arreglos corruptos que fueron esencia de lo viejo, pero eso va desatar las resistencias. En esas circunstancias, el arte del liderazgo político se va a centrar en el difícil juego del control del conflicto.
Maquiavelo advirtió que “Tiene el introductor [de un nuevo régimen] por enemigos activísimos a cuantos sacaron provecho de los nuevos estatutos”. Desde esta perspectiva, los primeros conflictos serán con los millares de cuadros priístas que ya no podrán volver a repartirse los puestos de la administración pública en una forma patrimonialista, como lo venían haciendo desde la presidencia de Carranza (1917-1920), y van a quedar fuera ¡van a heredar el viento!. Hace medio siglo, Cesar Garizurieta, un funcionario público, acuñó una frase que, de hecho, sería la divisa que siempre faltó en el escudo tricolor del PRI: “Vivir fuera del presupuesto es vivir en el error” (Garizurieta fue tan congruente con ese principio, que cuando perdió el favor de sus superiores, se suicidó). Así pues, esos priístas terriblemente resentidos por tener que “vivir en el error”, pueden ser los enemigos jurados del nuevo gobernante, pero no serán los únicos. Es muy probable que en un gobierno de derecha, como el que acaba de constituir Vicente Fox, los grandes empresarios mexicanos que fueron priístas (por ejemplo, los 25 a los que en 1993 el PRI les pidió y obtuvo una contribución de 625 millones de dólares para la campaña presidencial del año siguiente) pueden reconstruir rápidamente sus relaciones privilegiadas con el nuevo gobierno, pero ese no implica que ese será también el caso de todos los líderes caciquiles de las organizaciones de masas tradicionalmente ligadas y sometidos a la voluntad presidencial a cambio de beneficios para ellos y sus bases. Finalmente, los carteles del narcotráfico y todo el crimen organizado que tan buenas y mutuamente benéficas relaciones habían establecido con las administraciones priístas, pueden reaccionar negativamente si el foxismo insiste, en nombre del Estado de Derecho, en cambiar las reglas del juego. La reciente ejecución a plena luz del día en la Universidad Autónoma de Hidalgo del antiguo director del penal de máxima seguridad de Almoloya, el doctor Juan Pablo de Tavira, puede ser el anuncio de los tiempos por venir.
Otros Desafíos: los Desilucionados y los Indiferentes.- Maquiavelo también señaló que mientras los que sacaron provecho de los viejas “estatutos” o reglas del juego serán los enemigos naturales del nuevo régimen, los aliados lógicos de tal régimen casi nunca lo serán con la misma intensidad que sus enemigos. Dice el florentino al respecto que: “los que pudieran sacar [provecho] de los nuevos [estatutos] no los defienden más que con tibieza”. Y la razón es “la poca confianza que los hombres tienen en la bondad de las nuevas cosas hasta que se haya hecho una sólida experiencia de ellas”.
En principio, el 2 de julio el grueso de los votantes mexicanos se volcó en favor de las diferentes opciones políticas distintas y opuestas al PRI. Esos votos antagónicos al viejo orden representaron el 61.8 % del total, por tanto se podría suponer que casi las dos terceras partes de los ciudadanos mexicanos podrían considerarse partidarios del nuevo orden. Sin embargo, una parte de los opositores del PRI también lo pueden ser de Fox: la izquierda que en conjunto tuvo un 18% del voto. Por tanto, sí las circunstancias lo propician, la oposición al gobierno foxista pudiera llegar a comprender a la mayoría ciudadana. Y s bien las encuestas hoy muestran un grado de aceptación del presidente electo superior al 70%, ese apoyo personal no tiene porque extenderse al gobierno, a un gabinete compuesto de panistas, filopanistas, empresarios de derecha extrema, priístas (algunos con un claro pasado salinista) más una mínima dosis de izquierda.
Sea como fuere, el apoyo al nuevo gobierno y régimen se va a ver sometio muy pronto a fuertes presiones y va a verse reducida tanto en extensión como en intensidad. En efecto, las expectativas de todos aquellos que consideran que merecían un lugar en el presupuesto y no lo encontraron se van a unir al resentimiento priísta. Sin embargo esa no es la peor amenaza para Fox y el foxismo, sino su imposibilidad material para hacer frente de manera efectiva a las demandas e intereses de los mexicanos menos afortunados, los que han esperado en vano que les hiciera justicia la independencia, el liberalismo o la revolución.
Las promesas del nuevo gobierno a los pobres han sido muchas pero muy vagas. Según las cifras muy conservadoras del INEGI y de CEPAL para 1999, los pobres en México son casi la mitad de la población (28% son pobres extremos y un 15% más son pobres intermedios, El Amanaque Mexicano, p. 199). Sus demandas difícilmente podrán ser atendidas por, al menos, dos grandes razones. La primera es que los recursos públicos no son suficientes. Hoy por hoy, más del 80% del presupuesto ya esta comprometido para el pago de la nómina y el pago de la enorme deuda externa (153 mil millones de dólares en 1997) e interna (únicamente el rescate bancario a cargo del Instituto para la Protección del Ahorro Bancario, implicaba en 1999 un monto de 50 mil millones de dólares; al que se debería añadir el pago anual de deuda interna, que fue de alrededor de cinco mil millones de dólares). La segunda es que las prioridades del modelo económico siguen siendo las que impone la realidad internacional, el mercado, y que coinciden poco o nada con los intereses de ese enorme grupo de mexicanos pobres.
Para salir adelante a pesar de los obstáculos, se requiere de inteligencia, voluntad y honestidad. El líder de esta primera etapa de la consolidación de la democracia mexicana tan penosamente ganada no debería ser simplemente un político astuto sino un personaje de calidad superior, de esos que sólo de tarde en tarde ha aparecido en la historia de cualquier país: uno que equilibre inteligencia, valor y ética: un estadísta. Y es ahí donde entra la fortuna, pues nadie, ni el propio Fox, puede saber hoy si él terminará por ser un simple político o un estadista.
La Teoría Ultrarrealista.- En 1513, Nicolás Maquiavelo en El Príncipe –una obra que buscó tener como base la verita effettuale (la verdad efectiva)— llegó a esta conclusión: “...no hay otra cosa más difícil de manejar, ni cuyo acierto sea más dudoso, ni se haga con más peligro, que el obrar como jefe [de un Estado] para introducir nuevos estatutos”. Pues bien, eso es precisamente lo que tienen que hacer hoy Vicente Fox y los suyos en México: introducir nuevos estatutos o reglas del juego político. Se trata de hacer efectivos los cánones democráticos en una sociedad que nunca ha tenido una experiencia sustantiva de democracia política. Esa tarea, como lo señalara hace casi cinco siglos el florentino, va a ser no sólo difícil sino peligrosa. Y debemos de entenderlo así gobernantes y ciudadanos, pues hoy el gobernar ya no es sólo tarea de príncipes.
En los 179 años de historia de México como país independiente, hoy es la primera vez que, como resultado de una decisión libremente expresada en las urnas, un partido en el poder –en este caso el Partido Revolucionario Institucional (PRI)— se ve forzado a entregar pacíficamente el mando a uno de sus adversarios. Sin embargo, resulta que los electores que expresamente apoyaron a Vicente Fox y su proyecto fueron sólo el 46% del total y por eso el nuevo presidente no tendrá mayoría en el congreso ni contará con mayoría entre los gobernadores de los estados. Y si lo anterior no fuera ya suficiente problema, resulta que tampoco va a disponer de un presupuesto mínimamente adecuado para lograr las metas que planteó en su campaña electoral: crecimiento económico sustantivo, creación de empleo, auxilio a la micro y pequeña empresa, mejoría en las condiciones de vida de las mayorías sumidas en la pobreza, mayor esfuerzo educativo, transformación de los cuerpos policiacos, lucha sin cuartel contra el crimen organizado, disminución de la inseguridad, mejoría en la impartición de justicia, combate a fondo de la corrupción, etcétera. Además, el nuevo gobierno deberá enfrentar a la enorme red de intereses creados ilegales o ilegítimos que creó el PRI y que van a luchar a fondo para preservar sus privilegios y enfrentar a dos partidos de oposición, uno indefinido --el PRI-- y otro de izquierda, el Partido de la Revolución Democrática (PRD).
Los que dirigieron y se beneficiaron del régimen que esta a punto de terminar, pareciera que leyeron en exceso a Maquiavelo --uno de cuyos consejos asimilaron totalmente: el de aprender a “no ser buenos”-- y probablemente por ese empacho de maquiavelismo hicieron tanto daño. Sin embargo, no le vendría mal al jefe del primer gobierno del nuevo régimen, recapacitar sobre lo que dice el famoso teórico florentino; no adoptarlo como los priístas pero sí tener en cuenta para los tiempos difíciles su visión ultrarrealista de la política. En fin, un diálogo entre Maquiavelo y Fox no le hubiera salido sobrado al segundo.
El Primer Desafío: la Elite Desplazada.- La historia, según Maquiavelo, muestra que el arte de la política es menos difícil cuando el sistema que se va a gobernar es una mera continuación del pasado; cuando el nuevo gobernante simplemente ha recibido su cargo como herencia --una transferencia de rutina--, pues entonces las instituciones y costumbres, los intereses creados y las inercias, trabajan a favor del gobernante y de la estabilidad, al punto que incluso los mediocres pueden tener éxito, ya que las situaciones inesperadas son pocas y se dispone de reservas políticas para subsanar los errores cotidianos. En realidad eso fue justamente lo que sucedió muchas veces en el México de la pax priista. Durante once veces consecutivas --de 1934 a 1994-- un presidente salido del PRI le heredó el poder a otro presidente salido del PRI, y más de uno de ellos es recordado hoy más por su mediocridad, grisura o pobreza de espíritu, que por sus logros.
En la época clásica del autoritarismo priísta, el cambio sexenal de presidente permitía una cierta circulación de las élites pero sin llegar a modificar los acuerdos fundamentales entre el gobierno y los actores políticos relevantes, que eran precisamente las directivas de las estructuras corporativas del PRI –líderes de sindicatos, organizaciones campesinas y de burócratas--, los grupos empresariales, las iglesias, las universidades, el ejército, el gobierno norteamericano, los medios de comunicación, el crimen organizado, etcétera. Un agudo observador de esa época, Daniel Cosío Villegas, definió a ese sistema presidencialista como una monarquía sexenal hereditaria por línea transversal.
En el año 2000, y tras decenios de esfuerzos de numerosos antecesores, Fox y la Alianza por el Cambio por un lado y Cuauhtémoc Cárdenas y la Alianza por México por el otro, no le dejaron más alternativa al presidente Ernesto Zedillo y al PRI que reconocer su derrota en las urnas, pues la alternativa hubiese sido la ingobernabilidad. La caída del PRI trastocó la arraigada rutina autoritaria, quebró las añejas inercias y reglas no escritas y llevó a que México experimentara no un cambio sexenal de gobierno más sino algo muy distinto: un cambio de régimen. Se dio así inicio a la magna tarea de hacer a un lado toda una forma de gobierno para empezar a construir otra. Y es aquí donde entra el análisis de Maquiavelo, pensado precisamente para entender las complejidades, los peligros y posibilidades que trae para el gobernante el hecho de arribar al poder por la vía de la destrucción de acuerdos establecidos, marginando a unos, encumbrando a otros y frustrando a muchos más, que esperaban un cambio diferente.
La política siempre tiene, cuando menos, una doble cara: la de la cooperación y la del conflicto, y las épocas históricas quedan marcadas por la preeminencia de una o de la otra. Es posible que en el México de inicios del siglo XXI el conflicto de intereses vuelva dominar como resultado inevitable del cambio que el dos de julio puso fin a 71 años de monopolio del poder por un solo partido.
En principio, el paso del autoritarismo a la democracia política debería significar un esfuerzo decidido por acabar con el sinnúmero de los arreglos corruptos que fueron esencia de lo viejo, pero eso va desatar las resistencias. En esas circunstancias, el arte del liderazgo político se va a centrar en el difícil juego del control del conflicto.
Maquiavelo advirtió que “Tiene el introductor [de un nuevo régimen] por enemigos activísimos a cuantos sacaron provecho de los nuevos estatutos”. Desde esta perspectiva, los primeros conflictos serán con los millares de cuadros priístas que ya no podrán volver a repartirse los puestos de la administración pública en una forma patrimonialista, como lo venían haciendo desde la presidencia de Carranza (1917-1920), y van a quedar fuera ¡van a heredar el viento!. Hace medio siglo, Cesar Garizurieta, un funcionario público, acuñó una frase que, de hecho, sería la divisa que siempre faltó en el escudo tricolor del PRI: “Vivir fuera del presupuesto es vivir en el error” (Garizurieta fue tan congruente con ese principio, que cuando perdió el favor de sus superiores, se suicidó). Así pues, esos priístas terriblemente resentidos por tener que “vivir en el error”, pueden ser los enemigos jurados del nuevo gobernante, pero no serán los únicos. Es muy probable que en un gobierno de derecha, como el que acaba de constituir Vicente Fox, los grandes empresarios mexicanos que fueron priístas (por ejemplo, los 25 a los que en 1993 el PRI les pidió y obtuvo una contribución de 625 millones de dólares para la campaña presidencial del año siguiente) pueden reconstruir rápidamente sus relaciones privilegiadas con el nuevo gobierno, pero ese no implica que ese será también el caso de todos los líderes caciquiles de las organizaciones de masas tradicionalmente ligadas y sometidos a la voluntad presidencial a cambio de beneficios para ellos y sus bases. Finalmente, los carteles del narcotráfico y todo el crimen organizado que tan buenas y mutuamente benéficas relaciones habían establecido con las administraciones priístas, pueden reaccionar negativamente si el foxismo insiste, en nombre del Estado de Derecho, en cambiar las reglas del juego. La reciente ejecución a plena luz del día en la Universidad Autónoma de Hidalgo del antiguo director del penal de máxima seguridad de Almoloya, el doctor Juan Pablo de Tavira, puede ser el anuncio de los tiempos por venir.
Otros Desafíos: los Desilucionados y los Indiferentes.- Maquiavelo también señaló que mientras los que sacaron provecho de los viejas “estatutos” o reglas del juego serán los enemigos naturales del nuevo régimen, los aliados lógicos de tal régimen casi nunca lo serán con la misma intensidad que sus enemigos. Dice el florentino al respecto que: “los que pudieran sacar [provecho] de los nuevos [estatutos] no los defienden más que con tibieza”. Y la razón es “la poca confianza que los hombres tienen en la bondad de las nuevas cosas hasta que se haya hecho una sólida experiencia de ellas”.
En principio, el 2 de julio el grueso de los votantes mexicanos se volcó en favor de las diferentes opciones políticas distintas y opuestas al PRI. Esos votos antagónicos al viejo orden representaron el 61.8 % del total, por tanto se podría suponer que casi las dos terceras partes de los ciudadanos mexicanos podrían considerarse partidarios del nuevo orden. Sin embargo, una parte de los opositores del PRI también lo pueden ser de Fox: la izquierda que en conjunto tuvo un 18% del voto. Por tanto, sí las circunstancias lo propician, la oposición al gobierno foxista pudiera llegar a comprender a la mayoría ciudadana. Y s bien las encuestas hoy muestran un grado de aceptación del presidente electo superior al 70%, ese apoyo personal no tiene porque extenderse al gobierno, a un gabinete compuesto de panistas, filopanistas, empresarios de derecha extrema, priístas (algunos con un claro pasado salinista) más una mínima dosis de izquierda.
Sea como fuere, el apoyo al nuevo gobierno y régimen se va a ver sometio muy pronto a fuertes presiones y va a verse reducida tanto en extensión como en intensidad. En efecto, las expectativas de todos aquellos que consideran que merecían un lugar en el presupuesto y no lo encontraron se van a unir al resentimiento priísta. Sin embargo esa no es la peor amenaza para Fox y el foxismo, sino su imposibilidad material para hacer frente de manera efectiva a las demandas e intereses de los mexicanos menos afortunados, los que han esperado en vano que les hiciera justicia la independencia, el liberalismo o la revolución.
Las promesas del nuevo gobierno a los pobres han sido muchas pero muy vagas. Según las cifras muy conservadoras del INEGI y de CEPAL para 1999, los pobres en México son casi la mitad de la población (28% son pobres extremos y un 15% más son pobres intermedios, El Amanaque Mexicano, p. 199). Sus demandas difícilmente podrán ser atendidas por, al menos, dos grandes razones. La primera es que los recursos públicos no son suficientes. Hoy por hoy, más del 80% del presupuesto ya esta comprometido para el pago de la nómina y el pago de la enorme deuda externa (153 mil millones de dólares en 1997) e interna (únicamente el rescate bancario a cargo del Instituto para la Protección del Ahorro Bancario, implicaba en 1999 un monto de 50 mil millones de dólares; al que se debería añadir el pago anual de deuda interna, que fue de alrededor de cinco mil millones de dólares). La segunda es que las prioridades del modelo económico siguen siendo las que impone la realidad internacional, el mercado, y que coinciden poco o nada con los intereses de ese enorme grupo de mexicanos pobres.
Para salir adelante a pesar de los obstáculos, se requiere de inteligencia, voluntad y honestidad. El líder de esta primera etapa de la consolidación de la democracia mexicana tan penosamente ganada no debería ser simplemente un político astuto sino un personaje de calidad superior, de esos que sólo de tarde en tarde ha aparecido en la historia de cualquier país: uno que equilibre inteligencia, valor y ética: un estadísta. Y es ahí donde entra la fortuna, pues nadie, ni el propio Fox, puede saber hoy si él terminará por ser un simple político o un estadista.
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