La izquierda.

¿Qué Es?.- Para hablar sobre la izquierda, conviene definir primero el concepto. El término se acuñó hace más de dos siglos, durante la Revolución Francesa (en la asamblea, los radicales se sentaban a la izquierda), pero su equivalente ha existido desde el inicio mismo de la actividad política. Izquierda es un término que identifica a todos aquellos que en diferentes épocas y circunstancias se han pronunciado o actuado a favor del cambio radical, con un argumento ético y en función explícita de los intereses de la mayoría. Visto desde esta perspectiva, de izquierda eran los aristocráticos hermanos Graco –Tiberio y Cayo, descendientes de Escipión el Africano—, que como tribunos en la Roma antes de Cristo se propusieron llevar a cabo una reforma agraria para mejorar la triste condición de las masas plebeyas; igualmente de izquierda fue el cura mestizo José María Morelos y Pavón, quien a principios del siglo XIX luchó no sólo por la independencia de la Nueva España, sino por una política de justicia social que disminuyera el abismo creado por tres siglos de colonialismo entre los muy numerosos pobres y los muy pocos ricos del reino. No es coincidencia que ellos y tantos otros que optaron por posiciones similares, hayan encontrado la muerte a manos de los defensores del status quo, es decir, de la derecha.
En el siglo XX --de octubre del año 17 hasta diciembre del 91-- y en cualquier parte del mundo, la izquierda se vio obligada a definirse en función de la Unión Soviética. Si al inicio del siglo diecinueve, los temas de la izquierda eran la lucha por la democracia y el liberalismo, al despuntar el siglo veinte, su sello distintivo era el socialismo. Con la revolución rusa de octubre encabezada por el partido de revolucionarios profesionales organizado y dirigido por Vladimir Ilich Lenin, apareció el “socialismo real” y el espectro político mundial tuvo que redefinirse. Es verdad que no todos los socialistas se alinearon con Moscú, pero todos sin excepción tuvieron que pronunciarse respecto de la URSS con tanto o más cuidado que con relación al supuesto enemigo histórico: el capitalismo y la burguesía.
Para caracterizar a la izquierda se puede recurrir a sus propios adversarios, como por ejemplo al sociólogo francés Raymond Aron. En plena “Guerra Fría” Aron sintetizó así sus características centrales: “La izquierda se formó en la oposición,[y] se definió por las ideas”. En relación a las ideas, el intelectual francés destacó tres: “[que] no son necesariamente contradictorias pero con frecuencia divergentes: libertad contra el arbitrio de los poderes y para la seguridad de las personas, organización a fin de sustituir por un orden racional el orden espontáneo de la tradición o la anarquía de las iniciativas individuales, igualdad contra los privilegios del nacimiento y la riqueza”, (El opio de los intelectuales, Buenos Aires, Siglo XX, 1957, pp. 28 y 42). En la práctica, ese triángulo básico de la izquierda se colapsó cuando la vocación libertaria chocó con la lógica de una férrea organización –la bolchevique— lo que, en la práctica, desembocó en el estalinismo.
En México.- Cada izquierda tiene una historia propia, y la de la mexicana en el siglo veinte estuvo marcada por la coincidencia en el tiempo de una revolución nacional con la soviética. En efecto, el Partido Comunista Mexicano (PCM) nació justo cuando el carrancismo había transformado ya la rebelión original contra el viejo régimen porfirista en una incipiente revolución social e iniciaba la construcción de un nuevo orden. Con el correr del tiempo, la revolución en México organizaría e incorporaría a las masas campesinas y proletarias a grandes estructuras corporativas y autoritarias --CTM, CNC, etcétera--, que a su vez serían piezas centrales de un sistema de partido de Estado. Ese partido –el PNR-PRM-PRI-- justamente por carecer de una ideología estructurada pero finalmente rígida y dogmática como la del PCM, tuvo una extraordinaria flexibilidad que le permitió estructurar un discurso de avanzada y apoderarse de casi todas las banderas de la izquierda, pero sin necesidad de seguir siempre una política de izquierda, en particular a partir de 1940.
A diferencia del resto de América Latina, en México el PC no se enfrentó a un régimen oligárquico ni a una dictadura personal o militar, sino a una estructura de poder antidemocrática que, junto con la represión sin límites, manejó muy bien un lenguaje progresista y una política de mediatización y cooptación sistemática de militantes de izquierda. Así, a lo largo de su historia, el PCM vio como un buen número de sus cuadros terminaron por pasarse con armas y bagaje ideológico a las filas del régimen, es decir, del enemigo, y la vida del PCM y del resto de las organizaciones de izquierda, puede resumirse como marginal.
Esa marginación relativa de la izquierda en el plano nacional se conjugó con una muy intensa vida interior. En efecto, para cada uno de los pequeños grupos en que siempre estuvo dividida esa corriente política, el peor enemigo no era la derecha sino el resto de la izquierda, con la que disentía en puntos de interpretación del dogma. La lucha intestina sin fin resultó una peculiaridad de quienes tenían muchas ideas, gran vocación por la teoría y la ortodoxia y pocas posibilidades de acción real.
Hasta los años ochenta, la izquierda mexicana no se interesó realmente por el proceso electoral. Desde su perspectiva, la democracia electoral era un fenómeno burgués e inapropiado para llevar a cabo la revolución, sobre todo en un país donde siempre los resultados estaban determinados de antemano. Sin embargo, el supuesto anterior debió modificarse como resultado de: a) el fin de la “Guerra Fría”, b) las crecientes dificultades de la Unión Soviética como encarnación del futuro, c) la pérdida de ímpetu de la revolución en América Latina, d) la cancelación sobre el campo de las posibilidades del movimiento guerrillero mexicano –reprimido sin cuartel en los años sesenta y setenta--, y e) el ímpetu de la ola democratizadora que barrió entonces a los autoritarismos del sur de Europa y de América Latina. Esos y otros proceso llevaron a que en su XX congreso, el PCM (1981) decidiera su disolución para resurgir, en conjunción con otras agrupaciones, como el Partido Socialista Unificado de México PSUM). Se inició así un proceso de transformación que llevó a la izquierda mexicana, como a la de otros países, a poner menos interés en la vía armada y revolucionaria y más en la electoral y gradualista.
Cárdenas y la Caída de un Muro.- El PCM y el PSUM no fueron nunca una fuerza electoral sustantiva, y el sistema les reconoció, a lo más, un 5% del total de las votaciones en que participaron. Y esa proporción no variaba mucho si se le añadían los votos de otros partidos, como el Mexicano de los Trabajadores.
A poco de echarse a andar por el novedosísimo camino electoral, la izquierda se topó con dos eventos decisivos y fuera de su control. Por un lado, la aparición de resquebrajaduras en la estructura autoritaria nativa –el presidencialismo priísta— y por otro, la caída del Muro de Berlín y el dramático desmoronamiento de su fuente histórica de inspiración: la URSS. La desaparición del “socialismo real” dejó un enorme vacío teórico y práctico para la izquierda, pues con ello perdieron sentido parcial o total, la idea de la inevitabilidad del triunfo del socialismo y conceptos tan centrales como el de revolución, dictadura del proletariado, superación de la estructura clasista, desaparición del Estado mismo, etcétera. Por otro lado, la división del PRI como resultado de la gran crisis económica de 1982 y de la toma por asalto de la presidencia por la tecnocracia, llevó a la aparición de una alternativa electoral encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas, que revivió el lenguaje nacionalista y populista de la etapa radical de la revolución mexicana. El Frente Democrático Nacional (FDN) en 1988 y el Partido de la Revolución Democrática (PRD) en 1989, abrieron a la izquierda la posibilidad de escapar de la marginación electoral y acumular la fuerza necesaria para resistir la brutal reacción de un sistema acostumbrado a pulverizar toda posibilidad de pluralismo democrático.
El Camino Electoral.- En 1988 y pese al fraude electoral, a la iniquidad de las condiciones de competencia, a la cooptación de algunos cuadros y a la represión de otros, la izquierda pudo despertar y sostener por un tiempo la imaginación y voluntad de un grupo sustantivo de mexicanos, que en realidad se identificó poco con el discurso del nacionalismo revolucionario del FDN-PRD, pero vio en esas agrupaciones y en Cuauhtémoc Cárdenas la posibilidad de cambio frente a una clase política priísta desgastada, desprestigiada e identificada con las crisis económicas recurrentes y la corrupción endémica.
La izquierda llevó más lejos que nunca antes el desafío electoral contra un PRI que no estaba preparado para una competencia real en las urnas, pero no tuvo el monopolio en ese campo. Desde inicios de los ochenta, una derecha democrática y muy activa, frustrada por la ineficacia e irresponsabilidad de la clase gobernante –populismo, nacionalización de la banca, devaluación, inflación, corrupción, inseguridad, etcétera--, decidió convertir al PAN de un partido meramente testimonial en una fuerza electoral efectiva. El nuevo PAN evitó el choque frontal con la presidencia de Carlos Salinas a la vez que se ofreció a todos los que temían a la izquierda –a los propios tecnócratas en el poder, a los empresarios, a la Iglesia católica, a los inversionistas extranjeros, a Washington, a la clase media y, finalmente, a parte de los propios sectores populares— como la alternativa de cambio “constructivo”, “responsable” y, sobre todo, no radical.
Con Manuel Clouthier primero pero sobre todo con Vicente Fox después, el discurso de la derecha democrática tocó las notas perfectas para hacerse atractiva a una sociedad que ya deseaba una alternativa al PRI pero que seguía siendo muy conservadora. En el 2000, el discurso de la izquierda –el mismo de 1988 y 1994-- ya sólo resultó atractivo para el “núcleo duro” --6 millones de electores— pero no para la mayoría, y por ello finalmente la derecha pudo ganar la guerra electoral aunque hubiera sido la izquierda la que había dado las grandes batallas en este campo.
¿Qué Hacer?.- Al derrumbarse el “socialismo real”, la izquierda mexicana, como la del resto del mundo, no sólo perdió su gran brújula ideológica y la seguridad en sí misma –la certidumbre de que el futuro le pertenecía, que la historia estaba escrita por y para ella— sino que también perdió la iniciativa en lo que era su fuerte: la generación de ideas para el cambio. Hoy, y por primera vez, le faltan esas ideas.
En efecto, la izquierda que se caracterizaba por tener respuesta teórica puntual para todo lo terrenal, hoy no encuentra los planteamientos para contrarrestar el éxito teórico de la doctrina neoliberal –la del mercado y la globalización— y el éxito práctico de Estados Unidos y el capitalismo salvaje.
Hoy subsisten y sobran las razones objetivas para justificar en México y en el resto del mundo la existencia de lo que falta: una izquierda fuerte, militante agresiva. De las tres ideas rectoras de la izquierda moderna expuestas por Aron, la libertad ha podido avanzar mucho entre nosotros como resultado de la caída del PRI y el despertar de la sociedad civil, pero aún queda un largo camino que recorrer antes de que esté afianzada y es ahí donde la izquierda puede actuar. Sin embargo, la necesidad de su acción se siente más en el campo de la igualdad. En efecto, según las últimas cifras disponibles (1998), el 70% de los hogares mexicanos reciben sólo el 31% del ingreso disponible. Aquí y hoy la lucha contra la desigualdad debería de ser la gran tarea de la izquierda mexicana en la nueva etapa histórica, pues desde 1982 la dinámica de la economía nacional y mundial marcha en sentido opuesto a la equidad y la justicia social y nada hace esperar que las cosas cambien en el futuro próximo.
Para desempeñar el papel que la circunstancia histórica demanda a la izquierda mexicana, ésta debe no sólo llevar a cabo una revolución en el campo de sus ideas rectoras sino enfrentarse con uno de sus problemas de siempre, el de la organización interna. La izquierda tiene y debe superar su vocación por el fratricidio y deshacerse de los últimos vestigios de su propensión a pensar que es la portadora de la única verdad, pues en esa actitud de superioridad moral se encuentra la semilla del autoritarismo que fracasó.

No hay comentarios: