¿Qué hacemos con los pobres?

Lorenzo Meyer
Caminar Mucho para Volver al Mismo Sitio.- Para los antiguos griegos el proceso histórico era un eterno retorno. Nada bueno o malo era para siempre, sino meras faces del ciclo del eterno retorno. A punto de iniciarse el siglo XXI pareciera que los griegos tenían razón, al menos en relación a la naturaleza de ideas y acciones políticas sobre la pobreza, pues tras mucho caminar casi estamos de vuelta al punto del que partimos en el siglo XIX.
Este artículo toma su título de una obra del mismo nombre de Julieta Campos, (Aguilar, 1995) que, a su vez, lo inspiró una carta que en 1875 enviara Ignacio Ramírez –El Nigromante--, uno de los liberales mexicanos con mayor consciencia social-- a Carlos de Olaguibel y Arista --representante de los artesanos de Pachuca-- para justificar su oposición a dar protección a la industria nacional. Ahí, y respecto de los pobres, el autor aseguró que “por humanidad” se podría ayudarles pero a condición de que esas ayudas “no ataquen el principio de no intervención de la autoridad en la producción y en el consumo”. Para Ramírez, si los pobres estaban “fuera de las leyes del libre cambio”, lo más que se podía hacer por ellos era darles la igualdad de derechos políticos propia de la democracia y esperar a que la apertura del mercado actuara en su favor. Desde su perspectiva, era insensato actuar contra “las leyes sociales” –el libre intercambio— sólo para favorecer el interés de los “simples operarios” desempleados por la competencia externa, pues se pondría en peligro la existencia misma de la patria, (citado por Campos, p. 117).
Siglo y cuarto después de que El Nigromante dijera lo que no se debía hacer por los pobres, el nuevo secretario de Hacienda, Francisco Gil Díaz –que a diferencia de Ramírez no se ha distinguido por su preocupación por la suerte de los menos afortunados--, volvió a repetir el argumento de marras en la respuesta que dio el 15 de diciembre al senador Demetrio Sodi, cuando éste demandó que se incluyera en el presupuesto un incremento a las pensiones de un millón 800 mil jubilados del Seguro Social –que si bien no todos son pobres, resulta que la mayoría son personas con ingresos muy raquíticos y que en su tiempo contribuyeron con trabajo y cuotas a crear recursos que hoy se les niegan--, y mayor gasto para el desarrollo rural. Gil Díaz se opuso porque, desde su perspectiva, ese gasto equivaldría a “jugar con las finanzas” y advirtió a los legisladores que si hacían lo que se proponían “hundirían al país“ (Reforma, 16 de diciembre). Los ciento veinticinco años que median entre Ramírez y Gil Díaz resultaron ser nada.
La Búsqueda de la Utopía.- El rechazo al estado de cosas existente en nombre de lo que pareciera deseable y justo, ha sido una constante a lo largo de los siglos, y la historia de las utopías es un indicador del grado de inconformidad y rechazo a lo existente en cada época. La insatisfacción frente a la pobreza se agudizó por el contraste entre la creciente igualdad política lograda tras el triunfo de la idea democrática moderna y la enorme desigualdad económica generada por la revolución industrial. Como reacción, las diferentes corrientes del socialismo propusieron soluciones que fueron rechazadas por irreales por las clases propietarias, pero que fueron defendidas como racionales y científicas por sus proponentes. Fueron propuestas muy distintas de las utopías que les precedieron, como el paraíso terrenal, la Edad de Oro, la Nueva Jerusalén, la isla del preste Juan o el país de Cockaigne (o Cockaygne) --una conmovedora fantasía campesina donde caían pollos rostizados del cielo, el individuo más virtuoso era aquel que dormía más y donde se castigaba a todo aquel que pretendiera trabajar-- o la utopía propiamente dicha, la creada por Tomás Moro en 1516.
El socialismo de la época industrial pretendió combinar racionalidad, progreso científico y ética, para acabar con la pobreza y la explotación del hombre por el hombre. Y si bien la comida no caería del cielo, sí era posible la superación permanente de ese mal mediante la sustitución del modo capitalista de producción por uno mucho más humano y racional, donde no sólo se modificaría profundamente la noción de propiedad, producción y mercado, sino la naturaleza misma del hombre. Con el tiempo, el capitalismo respondió con propuestas más “realistas” aunque no menos ambiciosas, como el “Estado de Bienestar” (en su mensaje del 16 de marzo de 1964 al congreso, el presidente norteamericano Lyndon B. Johnson, declaró confiado: “por primera vez en nuestra historia, es posible conquistar a la pobreza”). Ni socialismo ni capitalismo cumplieron sus promesas.
En el siglo XX, la búsqueda de la utopía condujo a los esfuerzos más espectaculares para desterrar definitivamente a la pobreza y ennoblecer la vida humana, pero el resultado final fue monstruoso: en vez de llegar a la tierra prometida se construyeron “distopias”, es decir, utopías que se transformaron en lo contrario: en los horrores del Gulag, la limpieza étnica y los hornos crematorios que costaron la vida a decenas de millones no sin antes someterlos a un proceso sistemático de degradación. Al final, el capitalismo prevaleció, y aunque ese viejo modo de producción que se renueva todo el tiempo ha logrado un bienestar material sin precedentes para algunas clases y naciones, a muchos otros los ha dejado en un estado de miseria y derrota estructurales –Africa es el caso extremo— y ni siquiera ha podido acabar con la pobreza dentro del país insignia: Estados Unidos.
México.- En nuestro país, la inevitable brutalidad del liberalismo original –el que defendía El Nigromante— se combinó con otros factores y en 1910 dio por resultado una revolución política que se transformó en social y muy violenta. Fue entonces cuando algunas comunidades campesinas aprovecharon las circunstancias excepcionales producidas por la desaparición temporal del Estado para tratar de alcanzar su utopía, y declararon que la tierra –la riqueza principal en su mundo— sería de quien la trabajara y que el poder político residía en la comunidad y desde ahí se ejercería. Pero cuando el sueño zapatismo apenas estaba empezando a plasmarse fue destruido con lujo de violencia y crueldad. Veinte años más tarde, el cardenismo intentó recuperar parcialmente ese proyecto, pero tampoco pudo sostenerlo.
Concluido el proceso revolucionario en 1940, y en relación a los pobres, los gobiernos mexicanos se propusieron metas muy modestas pero “realistas”. Se trató sólo de paliar la pobreza mientras, se dijo, se superaba el subdesarrollo por la vía de la industrialización. Fueron políticas públicas que, sin interferir con los procesos de un capitalismo subdesarrollado y dependiente de la ayuda gubernamental, buscaron que el grueso de los pobres no se volviera a encontrar en situaciones límite para que no intentara, de nuevo, la destrucción del sistema para resolver su problema. Pero hubo algo más, esa ayuda pública y limitada a los pobres se manipuló para controlar políticamente a los beneficiados. Es por ello que aún hoy el PRI sigue en el poder en el 80% de los municipios clasificados como los de mayor rezago social en el país (Enfoque, suplemento de Reforma, 17 de diciembre, p. 10).
La política postrevolucionaria entró en su fase terminal cuando el modelo económico que la sustentaba dejó de funcionar y la crisis del sector externo impidió continuarla. Sí en 1984 la pobreza extrema afectaba al 15% de la población mexicana, para 1999 la proporción era ya del orden del 28% (El Almanaque Mexicano, [2000], p.199). En México, como en el resto de América Latina, Africa al sur del Sahara, sur y centro de Asia y en el este de Europa, la pobreza en vez de disminuir aumentó.
El Combate a la Pobreza en la Epoca del Capitalismo Sin Opción.- Quizá para evitar un nuevo retorno a la búsqueda violenta de la utopía al estilo del siglo que acaba, el neoliberalismo ilustrado está proponiendo sustituir la simpleza del laissez-faire por un método de ataque a la pobreza que sea compatible con la economía global de mercado, es decir, lograr lo que el liberalismo del siglo XIX no pudo.
El Banco Mundial (BM) acaba de publicar World Development Report 2000/2001. Attaking Poverty (Oxford University Press), que contiene una serie de recomendaciones para llevar a cabo una lucha contra la pobreza a nivel del sistema mundial pero sin interferir con la libertad de comercio ni revertir la tendencia a la privatización. Para el BM “la existencia de pobreza en medio de la abundancia, es el desafío más grande que enfrenta el mundo”, Y, para resolver la paradoja, el BM propone auxiliar a las masas de pobres pero sin tocar el corazón de un sistema que permitió que el personal ejecutivo en Estados Unidos que en 1980 tenía un ingreso promedio equivalente en 42 veces al de un obrero, aumentase a 419 veces esa proporción en sólo ocho años (The New York Times, 22 de septiembre, 1999).
El diagnóstico del BM sobre la pobreza actual parte del hecho que casi la mitad de la población mundial es pobre en extremo, pues 2, 800 millones de seres humanos tienen que subsistir con un ingreso diario de dos dólares o menos. Si en los países ricos sólo el 5% de los niños sufren desnutrición, en los pobres el mal afecta al 50%. La diferencia de ingreso per capita entre las 20 naciones más desarrolladas respecto de las 20 menos desarrolladas es de 37 veces, 100% más que hace cuarenta años. El problema es claro: el actual sistema económico mundial no está resolviendo el problema de la pobreza.
El BM propone para el siglo venidero una estrategia que no es realmente nueva pero que tiene la ventaja de contar con el aval de la ortodoxia dominante. En primer lugar, el organismo demanda “promover las oportunidades” para los pobres, y ésto significa microcréditos, disminución de barreras para la economía informal, electrificación, carreteras, comunicaciones, creación de empleo, apertura de nuevos mercados, hospitales, escuelas y acciones similares. En segundo lugar, el BM plantea un mayor “acceso al poder político” (empowerment) de los pobres para que la maquinaria del Estado se mueva en la dirección que ellos requieren; la democratización es palanca indispensable para que las demandas de los menos afortunados sean procesadas y para que ellos puedan vigilar la buena marcha de esas acciones, disminuir la corrupción en la distribución de recursos destinados a ellos y exigir cuentas. Finalmente y en tercer lugar, el BM busca “ensanchar el área de seguridad” de los pobres; se trata de que el Estado actúe rápido cuando desastres naturales o vaivenes del mercado les afecten directamente, les ayude a reconstruir su patrimonio, a mantener su salud y cree programas de empleo en épocas de depresión. El BM subraya que el Estado debe poner especial atención en auxiliar a los sectores más desprotegidos y pobres de entre los pobres, como son los niños, las personas de la tercera edad, las mujeres y las minorías. Desde luego, la puesta en marcha de los tres aspectos del programa global depende de las circunstancias de cada país.
México y el mundo entran al siglo XXI ya sin ninguna utopía, apenas con un neoliberalismo que intenta ser realista y “compasivo” --un término que gusta a los republicanos de Estados Unidos. La virtud relativa del programa del BM es admitir lo insustituible de la acción directa del Estado para paliar, que no resolver, el problema de los pobres, pues acepta que la vieja “mano invisible” del mercado no es una que pueda proveer el impulso inicial para sacarlos del pozo de impotencia en que se encuentran desde tiempo inmemorial. Evidentemente lo que el organismo que tan bien ha representado los intereses de los triunfadores en la gran competencia global no es la única propuesta para enfrentar la pobreza, pero sí es la única que puede encontrar respuesta en los grandes centros de poder. Hasta no toparnos con algo mejor, demandemos que lo propuesto por el BM se lleve a cabo como programa mínimo a favor de esa mitad menos afortunada de la humanidad.

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