Lorenzo Meyer
El Factor Sicológico.- Para ser justo --que no es el caso--, el título de este artículo debería ser “la reacción a los zapatismos”, pues no todas las reacciones negativas han sido de los reaccionarios históricos, pero como el resultado final es similar, la distinción no vale la pena. Es claro que tanto el zapatismo original --el que surgió en Morelos en el invierno de 1910-1911 y se mantuvo en pié de lucha hasta la muerte de Venustiano Carranza en 1920— como el que apareció en las cañadas de Chiapas el 1° de enero de 1994 y continúa hasta el día de hoy, han despertado reacciones en contra que están fuera de proporción, que son extremas, y que no se pueden explicar simplemente en función de la magnitud de los movimientos rebeldes mismos. Por tanto, la explicación también debe buscarse en las inseguridades sicológicas, fobias y visiones del mundo de quienes se sienten afectados o agredidos por movimientos que provienen de los grupos más relegados y desprotegidos de la sociedad.
Panteras Negras.- Un caso de escándalo y reacción desproporcionada similar al que hoy vivimos en México ante la protesta de los marginados y del que podemos sacar lecciones se dio en los Estados Unidos en los años sesenta del siglo pasado con los “Black Muslims”, “Black Panthers” o, en menor escala, con los “Brown Berets”, jóvenes negros o Chicanos de Chicago o California, pobres de los ghettos y barrios llenos de energía y orgullo rebelde (“black is beautiful”) que abiertamente se organizaron, uniformaron, portaron armas, se mofaron del orden existente y exigieron sus derechos no a la manera de Ghandi sino a la de Espartaco. Pagaron caro –carísimo-- su desafío a la cultura racista –la lista de sus muertos es larga--, pero visto en perspectiva, su radicalismo fue un violento pero necesario y positivo empujón al orden social para que siguiera adelante el proceso, que aún no acaba, de hacer de la norteamericana una sociedad menos injusta y conflictiva.
Los Elementos de Poder.- Pero volvamos a los zapatismos. Las condenas tan virulentas de sus adversarios –que incluyen un fuerte elemento de resentimiento por poner en duda añejas bases culturales y de estructura jerárquica— no corresponden al grado de amenaza real para el orden establecido. Para empezar sus recursos materiales en la lucha de poder siempre fueron pobres: pocos efectivos, armamento, recursos económicos, posición estratégica y otros similares. Sólo si se pasa del campo de los instrumentos de poder al de las formas, principios y demandas que motivaron el estallido de ambos movimientos, entonces se puede entender mejor la virulencia de las respuestas de sus adversarios. Y no porque los principios mismos fueran muy distintos del cuadro de valores que la sociedad mexicana de 1910 o del 2001 dijo o dice respetar, sino porque desenmascaran la incongruencia, las contradicciones e hipocresías de esa sociedad, en particular de sus clases dirigentes.
Los Elementos de Poder. Los efectivos de Emiliano Zapata que en mayo de 1911 derrotaron en Cuautla al 5° regimiento de caballería –“El Quinto de Oro”, un cuerpo de élite--, eran cuatro mil. En 1914, momento cumbre del movimiento campesino encabezado por el general Zapata, el Ejército Libertador del Sur, y según cálculos de Juan Sarabia tras una visita a su cuartel general, era una fuerza que no llegaba a los 15 mil hombres. Cuando en 1920 y tras el asesinato de Zapata, los restos del movimiento se unieron a las fuerzas de Obregón, apenas si sumaron 2,500 efectivos en campaña y 1,500 como reserva, (cifras tomadas de John Womack, Zapata and the Mexican Revolution, 1969, pp. 86, 202 y 357).
El zapatismo original nunca tuvo las posibilidades de armarse ya no digamos como el ejército federal que compraba su armamento y municiones en Europa o Estados Unidos, tampoco tuvo las oportunidades de sus rivales carrancistas o de sus muy dudosos aliados, los villistas, pues ambos pudieron vender a comerciantes norteamericanos los minerales, el ganado o el algodón decomisados a terratenientes o a empresas y adquirir de ellos armas y otros implementos. Cuando los carrancistas se hicieron con el control de los puertos del Golfo de México, obligaron a las empresas petroleras a pagarles impuesto de exportación por un combustible cuyo precio iba en aumento como resultado de la I Guerra Mundial. En contraste, el zapatismo estuvo siempre aislado en el centro del país, lejos de puertos y fronteras, y tuvo que aprovisionarse básicamente de material capturado o comprado en pequeña escala. La industria azucarera morelense, fuente de impuestos, quedó arruinada y unas pocas minas apenas alcanzaron a sufragar gastos muy elementales.
En términos relativos, los elementos de guerra del zapatismo actual son, si cabe, aún más pobres que los del zapatismo original. El ejército federal y la armada, a los que el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) les declaró la guerra en 1994, contaron el año pasado con un presupuesto de casi 28 mil millones de pesos y sus efectivos en 1999 eran 183,296 del ejército y la fuerza aérea y 53, 729 de la armada (cifras de 1999, Sergio Aguayo, El almanaque mexicano, 2000, pp. 133 y 141). De acuerdo con los datos de Carlos Tello Díaz en La rebelión de las cañadas (1995), que se documentó con la mejores fuentes sobre el tema, el subcomandante Marcos contaba en vísperas de los ataques del 1° de enero de 1994, con poco más de cinco mil milicianos, pero únicamente dos mil estaban armados –muchos con rifles .22-- y sólo alrededor de doscientos contaban con armas automáticas (pp. 29 y 183). En cualquier caso, las columnas que atacaron San Cristóbal, Altamirano, Las Margaritas y Ocosingo, en el mejor de los casos, sumaron 2,600 combatientes (pp. 13-20). Si en 1910 el Morelos de Zapata era un estado prospero gracias a las grandes y muy modernas haciendas azucareras, la zona de Las Cañadas en Chiapas no era el equivalente, sino todo lo contrario. Las fuentes de recursos de los neozapatistas son las propias de una de las regiones más pobres del país.
En suma, la atención que despertaron los dos zapatismos y en particular el temor y la furia que su presencia provocó entre las clases propietarias y dirigentes, pero igualmente en muchos sectores de clase media, no se debió a que esos movimientos representaran una gran amenaza en términos de poder, sino en otros, a los que podemos llamar ideológicos y morales.
Caracterización.- Militarmente hablando, el zapatismo fue el movimiento más débil de los tres que dieron forma a la Revolución Mexicana, siendo los otros dos el villismo y el carrancismo. Sin embargo, las caracterizaciones que se hicieron de ese movimiento en la prensa de la época, uno podría fácilmente llegar a la conclusión que era el más destructor, un cáncer monstruoso y un enemigo no sólo de los hacendados sino de la civilización misma. La prensa capitalina de la época calificó a Zapata como “el Atila del Sur”, como el líder de una turba armada, primitiva, movida sólo por la sed de sangre, la esperanza del saqueo y el deseo de venganza contra aquellos que tenían más cultura y propiedades. En su primera campaña contra los zapatistas en 1912, el general Juvencio Robles declaró que “Todo Morelos es zapatista” y como todos creían en las “falsas doctrinas del bandido Emiliano Zapata” pues serían tratados con toda la dureza de la ley. El general inició entonces lo que se puede calificar como una campaña de exterminio contra la población rural e indígena, basada en las modalidades de la guerra de los españoles contra los independentistas de Cuba, de los ingleses contra los Boers y de los americanos en Filipinas (Womack, pp. 138-139). Y la tónica del ejército federal fue seguida por y los carrancistas de Pablo González después.
El ministro español Bernardo de Cólogan y Cólogan habló por muchos al describir en 1913 al zapatismo como “[La] destructora agitación de estas incultas masas campesinas indígenas, en que ha reaparecido, con escasa atenuación a lo sumo, su ancestral idiosincrasia” Y esa idiosincrasia era su odio al blanco, su poco gusto por el trabajo, su falta de respeto a la propiedad y su propensión al robo.
De la caracterización que se ha hecho en la actualidad del neozapatismo, no necesito ahondar mucho, el lector no tiene más que ir a las columnas de opinión de la gran mayoría de los diarios, a los comentarios de radio y televisión, a las declaraciones de líderes empresariales, de líderes panistas –en realidad el presidente Fox contrasta, por su moderación, frente a los líderes de su partido--, y las de los legisladores “duros” del PRI. Tomo y resumo algunas de ellas: el derecho a la rebelión –reconocido por lo menos desde la época de los tratadistas medievales-- se justificó en los héroes del siglo XIX e inicios del XX, pero no ahora que hay instituciones para procesar las demandas de cualquier sector social; el EZLN no representa al grueso de los indígenas y si a las reminiscencias autoritarias de la izquierda, el uso de pasamontañas y el no dar la cara es cosa de cobardes, payasos, terroristas, demagogos o de líderes mesiánicos; la desaparición del régimen priísta y autoritario en el 2000 hace tan obsoleto como absurdo la preservación de los símbolos militares del EZLN y su pretensión de que es un ejército; aquellos que recibieron a los comandantes del EZLN en el zócalo se comportaron como una multitud morbosa y que acusa “pérdida de valores”; la política fuera de las instituciones es una ofensa a todos los mexicanos y un peligro enorme de cara al futuro; la autonomía indígena y la propiedad comunal atacan los valores del individualismo democrático conseguido con tanto sacrificio a partir de la independencia, pero también representan la conservación del atraso, del dominio caciquil de las comunidades, de la discriminación contra las mujeres y de los que piensan diferente; la territorialidad que pretenden las comunidades indígenas es un ataque a la integridad de la nación; el retiro militar de siete de las 259 posiciones en Chiapas que exige el EZLN es abrir una puerta al narcotráfico; las acciones del EZLN no son autónomas, sino que son un instrumento de intereses políticos que buscan desestabilizar al país; la marcha zapatista de marzo en una presión ilegítima sobre el poder legislativo; los apoyos de extranjeros al EZLN es una injerencia indebida en nuestros asuntos internos y viola la soberanía; los extranjeros que apoyan al EZLN son “turistas revolucionarios” que vienen a México porque se aburren en Europa; hacer política fuera y al margen de los partidos desestabiliza la democracia. Y la lista de acusaciones y descalificaciones puede seguir hasta duplicarse o triplicarse.
Lesa Majestad.- En la base de la irritación que producen los dos zapatismos esta no solo la naturaleza de sus demandas –restitución de las tierras tomadas a las comunidades por las haciendas en 1910 y reconocimiento a la autonomía indígena ahora— sino las formas. Emiliano Zapata y los indígenas que se levantaron contra Porfirio Díaz, le dejaron en claro y desde el inicio a Madero y luego a sus sucesores, que no estaban dispuestos a esperar a ver si las instituciones legales –siempre proclives a dar satisfacción a las clases altas-- procesaban sus demandas y les restituían el derecho a tierras que eran suyas de siglos atrás. Sus derechos a la propiedad comunal y a la autonomía los ejercerían ya, pues los habían reganado y en justicia nadie podía volver a negárselos. Zapata manifestó de palabra y obra que a él no le interesaba el poder sino el bienestar de su comunidad y que cuando lograra su demanda se retiraría a donde había venido: a la tierra y a su cultivo. En tanto no lograra tan simple pero fundamental derecho, ningún arreglo, persona, institución o régimen lo desviaría de su meta. Tanto para las clases dirigentes del viejo régimen –Díaz o Huerta-- como para las del nuevo –Madero o Carranza--, las demandas hechas desde abajo y de manera tan directa por Zapata, resultaron intolerables, lesa majestad, y todos las combatieron con igual saña.
El EZLN hoy presenta una demanda que justifica no sólo en términos de la realidad histórica mexicana, sino de valores de carácter universal. Por eso no ve en el cambio de régimen del 2 de julio del 2000 el hecho fundamental que otros sí vemos, pues para los neozapatistas, que tampoco pretenden el poder, la justicia aún esta por llegar. Sólo después de destruirlo, la clase política y la sociedad mexicanas reconocieron y legitimaron al zapatismo original ¿se ira a repetir hoy el terrible ciclo con el EZLN?
Panteras Negras.- Un caso de escándalo y reacción desproporcionada similar al que hoy vivimos en México ante la protesta de los marginados y del que podemos sacar lecciones se dio en los Estados Unidos en los años sesenta del siglo pasado con los “Black Muslims”, “Black Panthers” o, en menor escala, con los “Brown Berets”, jóvenes negros o Chicanos de Chicago o California, pobres de los ghettos y barrios llenos de energía y orgullo rebelde (“black is beautiful”) que abiertamente se organizaron, uniformaron, portaron armas, se mofaron del orden existente y exigieron sus derechos no a la manera de Ghandi sino a la de Espartaco. Pagaron caro –carísimo-- su desafío a la cultura racista –la lista de sus muertos es larga--, pero visto en perspectiva, su radicalismo fue un violento pero necesario y positivo empujón al orden social para que siguiera adelante el proceso, que aún no acaba, de hacer de la norteamericana una sociedad menos injusta y conflictiva.
Los Elementos de Poder.- Pero volvamos a los zapatismos. Las condenas tan virulentas de sus adversarios –que incluyen un fuerte elemento de resentimiento por poner en duda añejas bases culturales y de estructura jerárquica— no corresponden al grado de amenaza real para el orden establecido. Para empezar sus recursos materiales en la lucha de poder siempre fueron pobres: pocos efectivos, armamento, recursos económicos, posición estratégica y otros similares. Sólo si se pasa del campo de los instrumentos de poder al de las formas, principios y demandas que motivaron el estallido de ambos movimientos, entonces se puede entender mejor la virulencia de las respuestas de sus adversarios. Y no porque los principios mismos fueran muy distintos del cuadro de valores que la sociedad mexicana de 1910 o del 2001 dijo o dice respetar, sino porque desenmascaran la incongruencia, las contradicciones e hipocresías de esa sociedad, en particular de sus clases dirigentes.
Los Elementos de Poder. Los efectivos de Emiliano Zapata que en mayo de 1911 derrotaron en Cuautla al 5° regimiento de caballería –“El Quinto de Oro”, un cuerpo de élite--, eran cuatro mil. En 1914, momento cumbre del movimiento campesino encabezado por el general Zapata, el Ejército Libertador del Sur, y según cálculos de Juan Sarabia tras una visita a su cuartel general, era una fuerza que no llegaba a los 15 mil hombres. Cuando en 1920 y tras el asesinato de Zapata, los restos del movimiento se unieron a las fuerzas de Obregón, apenas si sumaron 2,500 efectivos en campaña y 1,500 como reserva, (cifras tomadas de John Womack, Zapata and the Mexican Revolution, 1969, pp. 86, 202 y 357).
El zapatismo original nunca tuvo las posibilidades de armarse ya no digamos como el ejército federal que compraba su armamento y municiones en Europa o Estados Unidos, tampoco tuvo las oportunidades de sus rivales carrancistas o de sus muy dudosos aliados, los villistas, pues ambos pudieron vender a comerciantes norteamericanos los minerales, el ganado o el algodón decomisados a terratenientes o a empresas y adquirir de ellos armas y otros implementos. Cuando los carrancistas se hicieron con el control de los puertos del Golfo de México, obligaron a las empresas petroleras a pagarles impuesto de exportación por un combustible cuyo precio iba en aumento como resultado de la I Guerra Mundial. En contraste, el zapatismo estuvo siempre aislado en el centro del país, lejos de puertos y fronteras, y tuvo que aprovisionarse básicamente de material capturado o comprado en pequeña escala. La industria azucarera morelense, fuente de impuestos, quedó arruinada y unas pocas minas apenas alcanzaron a sufragar gastos muy elementales.
En términos relativos, los elementos de guerra del zapatismo actual son, si cabe, aún más pobres que los del zapatismo original. El ejército federal y la armada, a los que el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) les declaró la guerra en 1994, contaron el año pasado con un presupuesto de casi 28 mil millones de pesos y sus efectivos en 1999 eran 183,296 del ejército y la fuerza aérea y 53, 729 de la armada (cifras de 1999, Sergio Aguayo, El almanaque mexicano, 2000, pp. 133 y 141). De acuerdo con los datos de Carlos Tello Díaz en La rebelión de las cañadas (1995), que se documentó con la mejores fuentes sobre el tema, el subcomandante Marcos contaba en vísperas de los ataques del 1° de enero de 1994, con poco más de cinco mil milicianos, pero únicamente dos mil estaban armados –muchos con rifles .22-- y sólo alrededor de doscientos contaban con armas automáticas (pp. 29 y 183). En cualquier caso, las columnas que atacaron San Cristóbal, Altamirano, Las Margaritas y Ocosingo, en el mejor de los casos, sumaron 2,600 combatientes (pp. 13-20). Si en 1910 el Morelos de Zapata era un estado prospero gracias a las grandes y muy modernas haciendas azucareras, la zona de Las Cañadas en Chiapas no era el equivalente, sino todo lo contrario. Las fuentes de recursos de los neozapatistas son las propias de una de las regiones más pobres del país.
En suma, la atención que despertaron los dos zapatismos y en particular el temor y la furia que su presencia provocó entre las clases propietarias y dirigentes, pero igualmente en muchos sectores de clase media, no se debió a que esos movimientos representaran una gran amenaza en términos de poder, sino en otros, a los que podemos llamar ideológicos y morales.
Caracterización.- Militarmente hablando, el zapatismo fue el movimiento más débil de los tres que dieron forma a la Revolución Mexicana, siendo los otros dos el villismo y el carrancismo. Sin embargo, las caracterizaciones que se hicieron de ese movimiento en la prensa de la época, uno podría fácilmente llegar a la conclusión que era el más destructor, un cáncer monstruoso y un enemigo no sólo de los hacendados sino de la civilización misma. La prensa capitalina de la época calificó a Zapata como “el Atila del Sur”, como el líder de una turba armada, primitiva, movida sólo por la sed de sangre, la esperanza del saqueo y el deseo de venganza contra aquellos que tenían más cultura y propiedades. En su primera campaña contra los zapatistas en 1912, el general Juvencio Robles declaró que “Todo Morelos es zapatista” y como todos creían en las “falsas doctrinas del bandido Emiliano Zapata” pues serían tratados con toda la dureza de la ley. El general inició entonces lo que se puede calificar como una campaña de exterminio contra la población rural e indígena, basada en las modalidades de la guerra de los españoles contra los independentistas de Cuba, de los ingleses contra los Boers y de los americanos en Filipinas (Womack, pp. 138-139). Y la tónica del ejército federal fue seguida por y los carrancistas de Pablo González después.
El ministro español Bernardo de Cólogan y Cólogan habló por muchos al describir en 1913 al zapatismo como “[La] destructora agitación de estas incultas masas campesinas indígenas, en que ha reaparecido, con escasa atenuación a lo sumo, su ancestral idiosincrasia” Y esa idiosincrasia era su odio al blanco, su poco gusto por el trabajo, su falta de respeto a la propiedad y su propensión al robo.
De la caracterización que se ha hecho en la actualidad del neozapatismo, no necesito ahondar mucho, el lector no tiene más que ir a las columnas de opinión de la gran mayoría de los diarios, a los comentarios de radio y televisión, a las declaraciones de líderes empresariales, de líderes panistas –en realidad el presidente Fox contrasta, por su moderación, frente a los líderes de su partido--, y las de los legisladores “duros” del PRI. Tomo y resumo algunas de ellas: el derecho a la rebelión –reconocido por lo menos desde la época de los tratadistas medievales-- se justificó en los héroes del siglo XIX e inicios del XX, pero no ahora que hay instituciones para procesar las demandas de cualquier sector social; el EZLN no representa al grueso de los indígenas y si a las reminiscencias autoritarias de la izquierda, el uso de pasamontañas y el no dar la cara es cosa de cobardes, payasos, terroristas, demagogos o de líderes mesiánicos; la desaparición del régimen priísta y autoritario en el 2000 hace tan obsoleto como absurdo la preservación de los símbolos militares del EZLN y su pretensión de que es un ejército; aquellos que recibieron a los comandantes del EZLN en el zócalo se comportaron como una multitud morbosa y que acusa “pérdida de valores”; la política fuera de las instituciones es una ofensa a todos los mexicanos y un peligro enorme de cara al futuro; la autonomía indígena y la propiedad comunal atacan los valores del individualismo democrático conseguido con tanto sacrificio a partir de la independencia, pero también representan la conservación del atraso, del dominio caciquil de las comunidades, de la discriminación contra las mujeres y de los que piensan diferente; la territorialidad que pretenden las comunidades indígenas es un ataque a la integridad de la nación; el retiro militar de siete de las 259 posiciones en Chiapas que exige el EZLN es abrir una puerta al narcotráfico; las acciones del EZLN no son autónomas, sino que son un instrumento de intereses políticos que buscan desestabilizar al país; la marcha zapatista de marzo en una presión ilegítima sobre el poder legislativo; los apoyos de extranjeros al EZLN es una injerencia indebida en nuestros asuntos internos y viola la soberanía; los extranjeros que apoyan al EZLN son “turistas revolucionarios” que vienen a México porque se aburren en Europa; hacer política fuera y al margen de los partidos desestabiliza la democracia. Y la lista de acusaciones y descalificaciones puede seguir hasta duplicarse o triplicarse.
Lesa Majestad.- En la base de la irritación que producen los dos zapatismos esta no solo la naturaleza de sus demandas –restitución de las tierras tomadas a las comunidades por las haciendas en 1910 y reconocimiento a la autonomía indígena ahora— sino las formas. Emiliano Zapata y los indígenas que se levantaron contra Porfirio Díaz, le dejaron en claro y desde el inicio a Madero y luego a sus sucesores, que no estaban dispuestos a esperar a ver si las instituciones legales –siempre proclives a dar satisfacción a las clases altas-- procesaban sus demandas y les restituían el derecho a tierras que eran suyas de siglos atrás. Sus derechos a la propiedad comunal y a la autonomía los ejercerían ya, pues los habían reganado y en justicia nadie podía volver a negárselos. Zapata manifestó de palabra y obra que a él no le interesaba el poder sino el bienestar de su comunidad y que cuando lograra su demanda se retiraría a donde había venido: a la tierra y a su cultivo. En tanto no lograra tan simple pero fundamental derecho, ningún arreglo, persona, institución o régimen lo desviaría de su meta. Tanto para las clases dirigentes del viejo régimen –Díaz o Huerta-- como para las del nuevo –Madero o Carranza--, las demandas hechas desde abajo y de manera tan directa por Zapata, resultaron intolerables, lesa majestad, y todos las combatieron con igual saña.
El EZLN hoy presenta una demanda que justifica no sólo en términos de la realidad histórica mexicana, sino de valores de carácter universal. Por eso no ve en el cambio de régimen del 2 de julio del 2000 el hecho fundamental que otros sí vemos, pues para los neozapatistas, que tampoco pretenden el poder, la justicia aún esta por llegar. Sólo después de destruirlo, la clase política y la sociedad mexicanas reconocieron y legitimaron al zapatismo original ¿se ira a repetir hoy el terrible ciclo con el EZLN?
No hay comentarios:
Publicar un comentario