EZLN y gobierno o sistema vs régimen.

Lorenzo Meyer
Dos Discursos Distintos.- Es frecuente que personajes colocados en puntos diferentes tengan o pretendan tener una visión diferente del mismo objeto o fenómeno. Eso es lo que ocurre hoy con el gobierno y el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) cuando se refieren a las realidades indígena, nacional o global; cada uno dice ver en ellas cosas que, de tan distintas, resultan antagónicas.
El gobierno y el EZLN --o el presidente Vicente Fox y el subcomandante Marcos, si se desea personificar--, están empeñados en una peculiar guerra por la paz. En efecto, las dos fuerzas –una desde el centro derecha y la otra desde la izquierda— buscan capitalizar el deseo de la sociedad mexicana por cerrar ya y de buena manera el capítulo que se inició con la violenta declaración de guerra del EZLN al gobierno el 1° de enero de 1994. La raíz de ese conflicto viene de muy atrás, pero en los últimos siete años ha cobrado vidas, alimentado agravios, recrudecido rencores, polarizado un poco más a la sociedad y mantiene anclada parte de la energía política del país en un debate que aún no da paso a un consenso y a acciones concretas que permitan empezar a superar el persistente “problema indígena” por medio de la justicia sustantiva y adelantar en la solución de muchos de los otros problemas que están en la agenda nacional.
En estos días el gobierno y EZLN se encuentran librando una abierta batalla por los símbolos. Y dentro de esa modalidad que provoca crispaciones pero que por el momento es incruenta, muy mediática e incluso festiva, las dos partes están decididas a llevar el máximo posible de agua a sus respectivos molinos, es decir, a ganar el apoyo de la opinión pública. Gobierno y EZLN han elegido cada cual el campo de lucha que les es más propicio y buscan arrastrar al contrincante hacia ese terreno.
El gobierno de Vicente Fox ha decidido hacerse fuerte en el campo de las reglas e instituciones formales del juego político, es decir, en eso que se suele llamar el régimen. En contraste, las demandas, el discurso y las acciones del EZLN buscan hacer que el gobierno Fox tenga que responderle menos en los términos de las reglas formales y más en el de las correlaciones de fuerza real entre clases y grupos de interés económico, es decir, en lo que se puede llamar el sistema. Son dos formas de ver y definir a México que no parten de las mismas premisas y por tanto no llegan a las mismas conclusiones.
Vicente Fox y el Régimen.- El régimen político está definido por las instituciones y reglas que regulan el acceso al y el ejercicio del poder, así como por los valores que legitiman ese proceso. A partir del 1° de diciembre del 2000, el régimen mexicano tiene la forma de algo nuevo, limpio y democrático. Y es precisamente en ese aspecto de novedad y legalidad donde reside la fuerza política y moral del gobierno actual. Ante México y ante el mundo, Vicente Fox se presenta, y con razón, como la cabeza de una nueva forma de gobernar, de una forma democrática que tiene el respaldo no sólo del 42.5 % de los ciudadanos que votaron por él (en contraposición del 36.1% que lo hizo por el candidato del viejo partido de Estado o del 16.6% que lo hizo por el candidato de la izquierda), sino que además cuenta con la legitimidad que emergió del hecho que la del 2000 fue la primera elección en México realmente competida, que se llevó a cabo en condiciones de relativa imparcialidad y equidad, cuyo resultado fue creíble y que contribuyó a reforzar una estabilidad cuyas bases se habían debilitado.
Con apoyo en un gran capital político y en un nuevo estilo de gobernar –un estilo mal visto tanto por la clase política desplazada del poder como por la izquierda, pero hasta ahora aceptado entre el grueso de la ciudadanía--, el presidente Fox decidió poner en los primeros lugares de su agenda justamente lo que el último presidente priísta había relegado al último: el conflicto de Chiapas, las reivindicaciones indígenas en general y, sobre todo, la firma de una paz formal entre los insurgentes con una gran legitimidad pero una minúscula fuerza armada y un gobierno que antes carecía de legitimidad pero que ahora la ha renovado y que mantiene sus efectivos cada vez más numerosos (más de 230 mil entre ejército, fuerza aérea y armada) y cada vez mejor armados.
Desde su posición como jefe efectivamente legítimo del Poder Ejecutivo y comandante supremo de las fuerzas armadas, Fox ha enviado al Congreso la iniciativa de ley sobre derechos y cultura indígena elaborado por la Cocopa en noviembre de 1996, ha dado pasos para liberar a una parte de los indígenas que el EZLN considera suyos, y ha ordenado el retiro de cuatro de las más de 250 posiciones que del ejército federal mantiene en Chiapas, aunque no lo ha hecho en otras tres también demandadas por el EZLN. Y ante la inesperada decisión de 24 jefes del EZLN de viajar a la Ciudad de México para discutir directamente con representantes del Poder Legislativo el proyecto de ley que atañe a los derechos y cultura indígenas, el presidente si bien no apoyo el que la Cruz Roja Internacional escoltara a los rebeldes en su viaje como ellos lo habían pedido, si les proporcionó garantías y apoyo en la marcha, una escolta de la Policía Federal Preventiva y no puso obstáculos al ingreso de centenares de extranjeros que se han convertido en escudo protector internacional del subcomandante Marcos y sus colegas.
En declaraciones como la hecha en el Foro Económico Mundial que se celebró en Cancún el 27 de febrero, el presidente Fox no tuvo empacho en reconocer que gracias a las acciones de aquellos que en 1994 el gobierno priísta calificó como “transgresores de la Ley”, “fue posible crear una nueva conciencia sobre los derechos de los pueblos indígenas...[y] ahora, en México, todos sabemos que [los indígenas] nunca más deberán ser excluidos ni discriminados” (La Jornada, 28 de febrero). El discurso presidencial se ha acercado tanto al del zapatismo que por momentos parece ser idéntico, lo que ha irritado a muchos de los aliados naturales de derecha del presidente pues, como lo reveló en Europa el canciller Jorge Castañeda, la buena disposición de Fox frente al zapatismo se hizo en contra de los deseos y consejos de “muchísima gente de las élites mexicanas” que pedían al presidente que mantuviera inalterable la línea política trazada por Ernesto Zedillo y que consistía en mantener metido bajo la alfombra el problema del EZLN, (Reforma, 28 de febrero). El 2 de marzo, desde Oaxaca y con un bastón de mando que le habían entregado ese mismo día en la Universidad Autónoma Benito Juárez, el presidente dijo en cadena nacional: “Juntos, Gobierno y EZLN tenemos un compromiso frente a los 100 millones de mexicanos y mexicanas que demandan un país en paz” (Reforma, 3 de marzo). Y los ejemplos se pueden multiplicar pues casi cada día el presidente reitera en los foros a los que va, los mismos puntos de vista.
La estrategia de Vicente Fox es clara. Al identificar su posición formal con relación a los derechos indígenas con la de los rebeldes zapatistas, está buscando movilizar a la opinión pública para que le respalde en su exigencia para que el EZLN haga hoy lo que parecía estar dispuesto a hacer en 1996 pero que el gobierno de Zedillo, con su característica limitación de miras, desdeñó: la firma de un acuerdo formal que en algún momento lleve a la paz, a la entrega de las armas, es decir, en una solución a la centroamericana pero sin mayor derramamiento de sangre. Fox busca, en fin, crear las condiciones para que el EZLN no le quede otra salida que transformarse de una organización insurgente en una fuerza política que no necesariamente sea un partido pero si un actor institucional. En caso de una negativa, correría el riesgo de ser calificado de intransigente ante la sociedad mexicana y ante el mundo, y pagar el costo político que ello implica.
El presidente hace su exigencia de paz al EZLN en nombre de un gobierno y de un régimen que son distintos del PRI y que, por tanto, no cargan con la culpa del histórico cúmulo de abusos, corrupción, crímenes y traiciones en contra de los indígenas en particular y de la sociedad mexicana en general, que caracterizó al partido monopolizador del poder por 71 años. Fox, justamente porque es un actor político nuevo, exige el borrón y la cuenta nueva en lo referente a la rebelión armada a cambio de apoyar la autonomía indígena.
El EZLN Contra el Sistema.- En contraste con la autodefinición del presidente Fox, el subcomandante Marcos dice no ver ninguna diferencia sustantiva entre el nuevo gobierno y nuevo régimen y los del pasado porque ambos siguen siendo parte funcional de un sistema de poder que, en lo sustantivo, no ha cambiado. Esta perspectiva parte y se sostiene en hechos imposibles de refutar como, por ejemplo, el que los grandes empresarios que rodearon, apoyaron y se beneficiaron de la cercanía con Carlos Salinas, son los mismos que hoy rodean, apoyan y están tan cerca de Vicente Fox, (éste, por ejemplo, ya les dio un sitio privilegiado dentro de la estructura formal de la empresa paraestatal más importante de México: PEMEX).
La noción de sistema sociopolítico pone el acento en la forma en que se relacionan e interactúan los principales factores de poder real –sobre todo económicos— con las estructuras del Estado para determinar la distribución de cargas y beneficios dentro de la sociedad en su conjunto. Aquí el acento está en las clases, sus luchas y en quien se beneficia o pierde en la distribución del poder.
El EZLN busca, en primer lugar, hacer de las comunidades indígenas un actor político y legal reconocido en la constitución y proveerlo así de instrumentos de poder en su negociación con los otros actores inevitables: burocracia, empresas y propietarios, partidos, etc. Es en la defensa de los derechos históricos de los indígenas donde el EZLN encontró su mejor pero no única fuente de legitimidad. En la posguerra fría, y con el enorme empuje internacional en favor de los derechos humanos, es muy difícil para un gobierno acabar a sangre y fuego con quien reclama un derecho históricamente negado a una minoría étnica. Sin embargo, partiendo de esta base tan propia de México, el discurso se dispara hacia otros sitios, pues una y otra vez, el EZLN busca el respaldo de esos otros mexicanos que comparten con los indígenas una serie de características negativas: pobreza, marginalidad, explotación y falta de oportunidades en una economía globalizada.
A partir de la defensa muy específica de los pueblos indios –su autonomía— el EZLN demanda la transformación del proyecto nacional mismo. De exponer la crítica condición del 10% más desprotegido de la población mexicana el zapatismo pasa a la crítica del arreglo que ha dejado a casi la mitad de la población como parte del universo de la pobreza y el EZLN pone en duda la legitimidad del nuevo régimen usando un símil histórico: el cambio democrático que encabezó en 1910 Francisco I. Madero –el héroe preferido de Fox— no significó nada para los zapatistas originales porque los dejó en la misma condición en que estaban bajo la dictadura porfirista (Reforma, 8 de marzo). En síntesis, desde esta perspectiva el cambio de régimen político es un hecho secundario porque deja intactas las relaciones de poder que determinan la calidad de la vida cotidiana de las mayorías.
El Desafío.- En el caso de México hoy es imposible hacer compatibles la visión de quien describe a México desde la perspectiva del régimen político con la de quien lo hace desde la perspectiva de la estructura de los intereses reales. La primera desemboca en el optimismo que personifica el presidente Fox, la segunda en la dureza del discurso del subcomandante Marcos que tanto irrita a la derecha pero que tan efectivamente moviliza a quienes –indígenas o no-- resienten la irritante y creciente desigualdad que caracteriza a México. Lo deseable, pero muy difícil de lograr, es una síntesis de las dos visiones, pero eso es justamente lo que hay que intentar para hacer de México un auténtico conjunto nacional, es decir, unido no sólo por la geografía, la historia y el marco jurídico sino por la solidaridad efectiva.

No hay comentarios: