Lorenzo Meyer
Juego Rápido.- Tras anunciar que la espera es inútil y humillante y que se van, los que se marchan logran que la contraparte asegure que ahora sí los presos serán puestos en libertad y que los puestos militares que les vigilan de tan cerca que han desplazado a sus pobladores, serán retirados. Hay movimiento: los que se van, avanzan; los que “están firmes”, son rebasados, pero lo que realmente importa, la solución del conflicto en Chiapas, sigue donde está.
Con el inesperado anunció hecho el lunes 19 por el subcomandante Marcos en el sentido que la delegación del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) había decidido dejar de intentar un diálogo directo con el Congreso y se propone regresar en cuatro días a la selva Lacandona, el zapatismo buscó cortar de tajo el proceso de desgaste al que lo estaban a sometiendo sus adversarios en la Ciudad de México. La jugada es arriesgada pero brillante. Aunque por sí misma no asegura el logro del objetivo explícito que buscan los rebeldes –la aprobación de la Ley Sobre Derechos y Cultura Indígena en los términos DE los acuerdos de San Andrés de 1996--, si destrabó el juego político, le dio de nuevo al EZLN la iniciativa y puso sobre su contraparte –el presidente— y sus adversarios duros – panistas y priístas en el Congreso-- la carga de probar que no son lo que Marcos afirma: insensibles, representantes del dinero, soberbios, autoritarios y racistas. El presidente respondió de inmediato al desafió, los congresistas no.
A estas alturas resulta claro que una vez pasado el momento de la movilización lograda por LA marcha de la delegación insurgente a través del sur y centro del país, el gobierno decidió hacer que el tiempo corriera en su favor dejando sin respuesta la petición del EZLN de un retiro militar de tres posiciones en la zona rebelde (retiro simbólico pues se mantienen dos y medio centenares de posiciones más) y la liberación de presos del fuero federal simpatizantes del zapatismo. Por su lado, el Congreso ofreció en papel sin membrete ni firma una audiencia a la delegación de los rebeldes con causa con diez senadores y diez diputados para oír sus argumentos a favor de la ley indígena. Varada en la Escuela Nacional de Antropología e Historia y con salidas esporádicas a los residuos de comunidades campesinas y centros universitarios dentro del Distrito Federal, la dirigencia del EZLN se desgastaba. Cotidianamente, una parte importante de los medios de comunicación se dedicó a buscar o crear y subrayar los indicadores que mostraban que el zapatismo perdía impulso y apoyo. La decisión del zapatismo busca darle vuelta a ese tablero. En principio, en la selva el tiempo va a correr menos a favor de la lógica de los poderes formales y más en favor de los ya acostumbrados a la resistencia. A los rebeldes se les puede mantener cercados, pero mientras cuenten con el apoyo de una parte significativa de la sociedad nacional e internacional un ataque para desalojarlos de sus precarias posiciones es improbable. En esas condiciones, un nuevo empantanamiento es lo más probable.
El EZLN ha sabido y podido quedarse mudo por meses, a la defensiva y a la expectativa, pero igual ha podido, cuando la coyuntura le es favorable, salir de su aparente letargo y accionar con gran rapidez y desarrollar unas jugadas políticas que le han ganado espacios en México y en el extranjero.
La rebelión de Las Cañadas que estalló en 1991 fue resultado de la atrofia y enorme corrupción de los canales de comunicación y procesamiento de demandas sociales establecidos por los gobiernos priístas en las zonas indígenas y campesinas pobres. Para no ver menguada la gran legitimidad y credibilidad interna y externa ganada el 2 de julio del 2000 por los vencedores del PRI, era imperativo que el nuevo régimen mostrara una nueva sensibilidad y atacara sin titubeos, de manera espectacular, la raíz de la rebeldía de los mexicanos históricamente más pobres y marginados: los indígenas. Sin embargo, para ello, tenía primero que resolver el problema creado por la rebelión del EZLN, el grupo indígena más radical en la defensa y promoción de sus derechos y que ya había establecido una red de apoyo con otros grupos sociales y políticos dentro y fuera de México. La firma de la paz con una guerrilla que no representa ya una amenaza militar pero que fue un problema de legitimidad de los últimos gobiernos priístas, sería un triunfo nacional e internacional personal para Vicente Fox y para el primer gobierno democrático mexicano. Desafortunadamente la batalla del presidente por la paz en Chiapas ha sido más difícil de lo que él supuso originalmente porque, entre otras cosas, varios de sus aliados de derecha en la guerra electoral contra el PRI en el 2000, no consideran que deban apoyarle en su empresa por desarmar al EZLN por la buena y buscan crear las condiciones para que se le desarme por la mala, se le destruya y se de una lección a la izquierda radical similar a la que se le dio en las urnas al PRI.
La decisión presidencial de colocar el tema de Chiapas y los indígenas en los primeros lugares de su agenda política, permitió al EZLN usar a fondo los recursos políticos acumulados. Y mientras transcurrían los “cien días de Fox”, el zapatismo movilizó a comunidades indígenas fuera de Chiapas por la vía del Congreso Nacional Indígena –desde yaquis y huicholes hasta nahuas o amuzgos—, a un sector importante de la sociedad civil del sur y el centro del país y a activistas extranjeros. Con la exigencia de “las tres señales” para reiniciar el diálogo con el Comisionado para la Paz y al anunciar que el 25 de febrero la comandancia zapatista iniciaría su marcha a la Ciudad de México para encontrarse no con el presidente sino con el Congreso, el EZLN puso a la defensiva al gobierno y enfureció a la derecha, es decir, al PAN viejo, a los “duros” del PRI, a líderes empresariales, al alto clero y a una parte del sector académico y de la comunidad intelectual.
Ahora, ante la decisión de la dirigencia del EZLN de retirase nuevamente a la selva y volver a su resistencia, el jefe del ejecutivo –a punto de iniciar un viaje a Estados Unidos-- respondió con rapidez para devolver la pelota: en cuestión de horas anunció su disposición a liberar presos zapatistas y la conversión de las tres posiciones militares en disputa en “centros de desarrollo” presuntamente civiles, conminó al Congreso a cambiar de actitud y solicitó una entrevista directa con el subcomandante Marcos. En suma, el juego iniciado con el cambio de gobierno y régimen fue tomado por los rebeldes con tanta decisión como imaginación, y ha desembocado en un rápido intercambio, donde el presidente y el EZLN apenas reciben, reviran, y donde los jugadores más lentos quedan expuestos, en particular la derecha en el Congreso. Ahora bien, mientras el juego corre, la polarización en la opinión pública va en aumento, y entre más se prolongue el desencuentro entre rebeldes y gobierno, más se ahondan brechas ya notables en la vida política nacional.
¿Un Presidente sin Partido?.- En una atmósfera política tan cargada de valores y emociones como es la que envuelve la relación del EZLN con sus partidarios y adversarios, las reacciones de los actores políticos dicen tanto o más sobre ellos mismos que sobre los objetivos aparentes de su acción.
Un aspecto que ha dejado ver con claridad la evolución tan rápida de la situación creada por el discurso y la cercanía física de los zapatistas con los poderes de la federación, es la gran distancia que separa al presidente Vicente Fox de su partido formal: el PAN. En un artículo reciente (La Jornada, 18 de marzo), Nestor de Buen señaló que las reacciones de las dirigencias partidistas en relación al EZLN y sus demandas han hecho patente que la presidencia de Vicente Fox se enfrenta no a dos sino a tres partidos de oposición: el PRI, el PRD...y el PAN, pues las acciones y declaraciones de este último no ha facilitado sino disminuido las posibilidades de que el Ejecutivo logre llevar al EZLN a transformarse de movimiento armado en un actor más dentro del cuadro de la política “normal”. La afirmación de De Buen se puede complementar con otra: hoy por hoy Vicente Fox pareciera ser el primer presidente mexicano desde Porfirio Díaz que no tiene partido, lo que si bien por un lado le da gran libertad de acción –sus posiciones pueden ir de la derecha al centro e incluso a la izquierda--, por el otro le deja sin un instrumento indispensable en su labor legislativa en particular y de gobierno en general. Sin partido, Fox tiene que negociar sistemáticamente todo con todos y apelar directamente a la sociedad.
Tanto el presidente Fox como el liderazgo del PAN en el Congreso han calificado su ya inocultable distancia como un resultado natural y saludable de la independencia del Legislativo frente al Ejecutivo propia de los nuevos tiempos de la democracia. Sin embargo, y sin negar del todo validez a esa explicación, hay una alternativa: la que surge de las diferencias entre el panismo viejo (formado por lo que pasan la prueba de “pureza de sangre”) y el neopanismo.
A partir de 1982 el neopanismo, libre de las rigideces y dogmas del viejo que vivió decenios en las márgenes del sistema y que desarrolló una cierta mentalidad de ghetto, supo y pudo capitalizar el descontento de la clase media y de sectores populares en contra del régimen. Ese neopanismo encarnó en Manuel Clouthier primero y en Vicente Fox después. En la crisis del autoritarismo priísta, el panismo viejo y el neopanismo se necesitaron mutuamente para aprovechar las circunstancias y colaboraron en una alianza de conveniencia, aunque no sin fricciones: imposible olvidar, por ejemplo, como a principio de los años noventa el panismo viejo abandonó a su suerte a Vicente Fox frente al fraude que le privó de la gubernatura de Guanajuato. La diferencia entre la derrota del PAN en 1994 y su victoria en el 2000 es también la diferencia entre el viejo y el nuevo panismo.
Juntos pero no revueltos. Fox ganó más con el apoyo de su propia organización “Amigos de Fox” que con el de la vieja maquinaria panista. Y una vez lograda la meta, los campos se han vuelto a deslindar. El viejo PAN ya ha construido su trinchera en el Congreso y desde ahí sigue su propia agenda, que no siempre coincide con la del presidente.
Lo que podría ser una solución negociada y satisfactoria tanto para el EZLN como para Fox, pareciera que es vista como un juego suma cero por el viejo PAN, es decir, un juego donde lo que gana uno lo pierde el otro. De cara al futuro, un EZLN que consiga lo que buscó por medio de una combinación de rebelión y negociación es un factor de fuerza y revitalización para la izquierda y, por tanto, un adversario de la derecha no sólo en materia de legislación indígena, sino en todos los temas que conforman el proyecto nacional mismo. También de cara al futuro, un Fox que sea capaz de resolver lo que Salinas y Zedillo no pudieron en Chiapas, disminuye las posibilidades de que finalmente, el viejo panismo se haga de mayor fuerza al debilitarse Fox a lo largo del mandato y de todo el poder al concluirlo.
Por lo que hace al PRI, un éxito del presidente en la negociación con el EZLN o en meter en cintura al cacique de Yucatán, son otros tantos pasos en el proceso de derrota del viejo partido autoritario. Para el PRD, en contraste, un éxito presidencial en estos campos sería un éxito compartido.
Independientemente de lo que suceda en esta coyuntura donde se puede materializar un acuerdo entre gobierno y rebeldes o perderse una oportunidad histórica, lo que queda claro es que el Congreso se mueve hoy de acuerdo a la ley del convoy: el conjunto va a la velocidad de la parte más lenta. Y de aquí a las elecciones de mediados de sexenio no hay muchas posibilidades de modificar la situación. Gobernar en la democracia mexicana va a ser un arte no sólo de lo posible sino también de lo muy difícil.
Con el inesperado anunció hecho el lunes 19 por el subcomandante Marcos en el sentido que la delegación del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) había decidido dejar de intentar un diálogo directo con el Congreso y se propone regresar en cuatro días a la selva Lacandona, el zapatismo buscó cortar de tajo el proceso de desgaste al que lo estaban a sometiendo sus adversarios en la Ciudad de México. La jugada es arriesgada pero brillante. Aunque por sí misma no asegura el logro del objetivo explícito que buscan los rebeldes –la aprobación de la Ley Sobre Derechos y Cultura Indígena en los términos DE los acuerdos de San Andrés de 1996--, si destrabó el juego político, le dio de nuevo al EZLN la iniciativa y puso sobre su contraparte –el presidente— y sus adversarios duros – panistas y priístas en el Congreso-- la carga de probar que no son lo que Marcos afirma: insensibles, representantes del dinero, soberbios, autoritarios y racistas. El presidente respondió de inmediato al desafió, los congresistas no.
A estas alturas resulta claro que una vez pasado el momento de la movilización lograda por LA marcha de la delegación insurgente a través del sur y centro del país, el gobierno decidió hacer que el tiempo corriera en su favor dejando sin respuesta la petición del EZLN de un retiro militar de tres posiciones en la zona rebelde (retiro simbólico pues se mantienen dos y medio centenares de posiciones más) y la liberación de presos del fuero federal simpatizantes del zapatismo. Por su lado, el Congreso ofreció en papel sin membrete ni firma una audiencia a la delegación de los rebeldes con causa con diez senadores y diez diputados para oír sus argumentos a favor de la ley indígena. Varada en la Escuela Nacional de Antropología e Historia y con salidas esporádicas a los residuos de comunidades campesinas y centros universitarios dentro del Distrito Federal, la dirigencia del EZLN se desgastaba. Cotidianamente, una parte importante de los medios de comunicación se dedicó a buscar o crear y subrayar los indicadores que mostraban que el zapatismo perdía impulso y apoyo. La decisión del zapatismo busca darle vuelta a ese tablero. En principio, en la selva el tiempo va a correr menos a favor de la lógica de los poderes formales y más en favor de los ya acostumbrados a la resistencia. A los rebeldes se les puede mantener cercados, pero mientras cuenten con el apoyo de una parte significativa de la sociedad nacional e internacional un ataque para desalojarlos de sus precarias posiciones es improbable. En esas condiciones, un nuevo empantanamiento es lo más probable.
El EZLN ha sabido y podido quedarse mudo por meses, a la defensiva y a la expectativa, pero igual ha podido, cuando la coyuntura le es favorable, salir de su aparente letargo y accionar con gran rapidez y desarrollar unas jugadas políticas que le han ganado espacios en México y en el extranjero.
La rebelión de Las Cañadas que estalló en 1991 fue resultado de la atrofia y enorme corrupción de los canales de comunicación y procesamiento de demandas sociales establecidos por los gobiernos priístas en las zonas indígenas y campesinas pobres. Para no ver menguada la gran legitimidad y credibilidad interna y externa ganada el 2 de julio del 2000 por los vencedores del PRI, era imperativo que el nuevo régimen mostrara una nueva sensibilidad y atacara sin titubeos, de manera espectacular, la raíz de la rebeldía de los mexicanos históricamente más pobres y marginados: los indígenas. Sin embargo, para ello, tenía primero que resolver el problema creado por la rebelión del EZLN, el grupo indígena más radical en la defensa y promoción de sus derechos y que ya había establecido una red de apoyo con otros grupos sociales y políticos dentro y fuera de México. La firma de la paz con una guerrilla que no representa ya una amenaza militar pero que fue un problema de legitimidad de los últimos gobiernos priístas, sería un triunfo nacional e internacional personal para Vicente Fox y para el primer gobierno democrático mexicano. Desafortunadamente la batalla del presidente por la paz en Chiapas ha sido más difícil de lo que él supuso originalmente porque, entre otras cosas, varios de sus aliados de derecha en la guerra electoral contra el PRI en el 2000, no consideran que deban apoyarle en su empresa por desarmar al EZLN por la buena y buscan crear las condiciones para que se le desarme por la mala, se le destruya y se de una lección a la izquierda radical similar a la que se le dio en las urnas al PRI.
La decisión presidencial de colocar el tema de Chiapas y los indígenas en los primeros lugares de su agenda política, permitió al EZLN usar a fondo los recursos políticos acumulados. Y mientras transcurrían los “cien días de Fox”, el zapatismo movilizó a comunidades indígenas fuera de Chiapas por la vía del Congreso Nacional Indígena –desde yaquis y huicholes hasta nahuas o amuzgos—, a un sector importante de la sociedad civil del sur y el centro del país y a activistas extranjeros. Con la exigencia de “las tres señales” para reiniciar el diálogo con el Comisionado para la Paz y al anunciar que el 25 de febrero la comandancia zapatista iniciaría su marcha a la Ciudad de México para encontrarse no con el presidente sino con el Congreso, el EZLN puso a la defensiva al gobierno y enfureció a la derecha, es decir, al PAN viejo, a los “duros” del PRI, a líderes empresariales, al alto clero y a una parte del sector académico y de la comunidad intelectual.
Ahora, ante la decisión de la dirigencia del EZLN de retirase nuevamente a la selva y volver a su resistencia, el jefe del ejecutivo –a punto de iniciar un viaje a Estados Unidos-- respondió con rapidez para devolver la pelota: en cuestión de horas anunció su disposición a liberar presos zapatistas y la conversión de las tres posiciones militares en disputa en “centros de desarrollo” presuntamente civiles, conminó al Congreso a cambiar de actitud y solicitó una entrevista directa con el subcomandante Marcos. En suma, el juego iniciado con el cambio de gobierno y régimen fue tomado por los rebeldes con tanta decisión como imaginación, y ha desembocado en un rápido intercambio, donde el presidente y el EZLN apenas reciben, reviran, y donde los jugadores más lentos quedan expuestos, en particular la derecha en el Congreso. Ahora bien, mientras el juego corre, la polarización en la opinión pública va en aumento, y entre más se prolongue el desencuentro entre rebeldes y gobierno, más se ahondan brechas ya notables en la vida política nacional.
¿Un Presidente sin Partido?.- En una atmósfera política tan cargada de valores y emociones como es la que envuelve la relación del EZLN con sus partidarios y adversarios, las reacciones de los actores políticos dicen tanto o más sobre ellos mismos que sobre los objetivos aparentes de su acción.
Un aspecto que ha dejado ver con claridad la evolución tan rápida de la situación creada por el discurso y la cercanía física de los zapatistas con los poderes de la federación, es la gran distancia que separa al presidente Vicente Fox de su partido formal: el PAN. En un artículo reciente (La Jornada, 18 de marzo), Nestor de Buen señaló que las reacciones de las dirigencias partidistas en relación al EZLN y sus demandas han hecho patente que la presidencia de Vicente Fox se enfrenta no a dos sino a tres partidos de oposición: el PRI, el PRD...y el PAN, pues las acciones y declaraciones de este último no ha facilitado sino disminuido las posibilidades de que el Ejecutivo logre llevar al EZLN a transformarse de movimiento armado en un actor más dentro del cuadro de la política “normal”. La afirmación de De Buen se puede complementar con otra: hoy por hoy Vicente Fox pareciera ser el primer presidente mexicano desde Porfirio Díaz que no tiene partido, lo que si bien por un lado le da gran libertad de acción –sus posiciones pueden ir de la derecha al centro e incluso a la izquierda--, por el otro le deja sin un instrumento indispensable en su labor legislativa en particular y de gobierno en general. Sin partido, Fox tiene que negociar sistemáticamente todo con todos y apelar directamente a la sociedad.
Tanto el presidente Fox como el liderazgo del PAN en el Congreso han calificado su ya inocultable distancia como un resultado natural y saludable de la independencia del Legislativo frente al Ejecutivo propia de los nuevos tiempos de la democracia. Sin embargo, y sin negar del todo validez a esa explicación, hay una alternativa: la que surge de las diferencias entre el panismo viejo (formado por lo que pasan la prueba de “pureza de sangre”) y el neopanismo.
A partir de 1982 el neopanismo, libre de las rigideces y dogmas del viejo que vivió decenios en las márgenes del sistema y que desarrolló una cierta mentalidad de ghetto, supo y pudo capitalizar el descontento de la clase media y de sectores populares en contra del régimen. Ese neopanismo encarnó en Manuel Clouthier primero y en Vicente Fox después. En la crisis del autoritarismo priísta, el panismo viejo y el neopanismo se necesitaron mutuamente para aprovechar las circunstancias y colaboraron en una alianza de conveniencia, aunque no sin fricciones: imposible olvidar, por ejemplo, como a principio de los años noventa el panismo viejo abandonó a su suerte a Vicente Fox frente al fraude que le privó de la gubernatura de Guanajuato. La diferencia entre la derrota del PAN en 1994 y su victoria en el 2000 es también la diferencia entre el viejo y el nuevo panismo.
Juntos pero no revueltos. Fox ganó más con el apoyo de su propia organización “Amigos de Fox” que con el de la vieja maquinaria panista. Y una vez lograda la meta, los campos se han vuelto a deslindar. El viejo PAN ya ha construido su trinchera en el Congreso y desde ahí sigue su propia agenda, que no siempre coincide con la del presidente.
Lo que podría ser una solución negociada y satisfactoria tanto para el EZLN como para Fox, pareciera que es vista como un juego suma cero por el viejo PAN, es decir, un juego donde lo que gana uno lo pierde el otro. De cara al futuro, un EZLN que consiga lo que buscó por medio de una combinación de rebelión y negociación es un factor de fuerza y revitalización para la izquierda y, por tanto, un adversario de la derecha no sólo en materia de legislación indígena, sino en todos los temas que conforman el proyecto nacional mismo. También de cara al futuro, un Fox que sea capaz de resolver lo que Salinas y Zedillo no pudieron en Chiapas, disminuye las posibilidades de que finalmente, el viejo panismo se haga de mayor fuerza al debilitarse Fox a lo largo del mandato y de todo el poder al concluirlo.
Por lo que hace al PRI, un éxito del presidente en la negociación con el EZLN o en meter en cintura al cacique de Yucatán, son otros tantos pasos en el proceso de derrota del viejo partido autoritario. Para el PRD, en contraste, un éxito presidencial en estos campos sería un éxito compartido.
Independientemente de lo que suceda en esta coyuntura donde se puede materializar un acuerdo entre gobierno y rebeldes o perderse una oportunidad histórica, lo que queda claro es que el Congreso se mueve hoy de acuerdo a la ley del convoy: el conjunto va a la velocidad de la parte más lenta. Y de aquí a las elecciones de mediados de sexenio no hay muchas posibilidades de modificar la situación. Gobernar en la democracia mexicana va a ser un arte no sólo de lo posible sino también de lo muy difícil.
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