Los "globalifóbicos" que olvido el presente

Lorenzo Meyer
Un Problema de Teoría y Práctica.- Desde el Foro Económico de Davos, en Suiza, el presidente Zedillo criticó a los enemigos del libre comercio y los llamó “globalfóbicos”. En realidad, “globafóbicos” no son únicamente aquellos ecologistas o sindicalistas que desean mantener o recrear barreras al comercio internacional como lo implicó el presidente, sino también muchos de los poderosos personajes del mundo industrializado con los que él se codea a pesar de que se oponen al libre flujo de un factor clave de la producción: el trabajo.
Dentro de la lógica de la teoría de la globalización, la plena libertad en el movimiento de bienes y capitales debe de completarse con la libertad de movimiento de los trabajadores. En la lógica neoliberal, la mano de obra, al igual que el capital y las mercancías debería desplazarse de las regiones con salarios bajos y falta de empleo a aquellas donde hay mayor demanda, sin importar las fronteras. Sin embargo eso no sucede, o no sucede como debiera. En el tema de la migración internacional, los líderes y las sociedades que hoy apoyan con pasión al neoliberalismo --¿“globalifílicos”?-- hacen de lado a Adam Smith y toman a Carl Schmitt para sostener que la heterogeneidad es contraria al interés nacional y que la homogeneidad nacional es o debería ser la base necesaria e insustituible del Estado-nación. Esa es la razón por la que el Tratado de Libre Comercio de la América del Norte (TLCAN) consagra la desaparición gradual de las fronteras en materia de bienes y capitales --los temas que interesan a Estados Unidos-- pero las refuerza en materia de migración.
Cuando el Rico Piensa en el Pobre.- El 25 de enero, y ante el Comité Bancario del Senado de los Estados Unidos, el famoso y poderoso jefe de la Reserva Federal de ese país, el señor Alan Greenspan --cuyas decisiones sobre la tasa de interés repercuten en el resto del planeta-- declaró que hoy la demanda de mano de obra en la economía norteamericana es tal, que se hace necesario un aumento en el número de trabajadores extranjeros que anualmente ingresan legalmente a los Estados Unidos. Lo que preocupa a Greenspan es que eso que puede llamarse el “ejército laboral de reserva”, --los desempleados-- en el país del norte, es ya muy pequeño pues la taza de desempleo es hoy la más baja de los últimos treinta años. En estas condiciones, sin los inmigrantes, la mano de obra disponible en Estados Unidos sería muy escasa y quienes necesitan contratar más empleados deberán competir elevando su oferta salarial, lo que puede ser un disparador de la inflación, la gran enemiga de la prosperidad norteamericana, esa que ha permitido el crecimiento ininterrumpido por 107 meses.
En Europa.- En la actualidad, la preocupación principal en la Unión Europea (UE) no es la inflación sino algo de más largo plazo y más serio. En efecto, en esa parte del mundo se necesitan entre cuatro y cinco personas activas para sostener a un jubilado. Sin embargo, hoy la población de la UE se está reproduciendo a un ritmo muy lento, inferior al que se necesita para evitar su descenso en el futuro. La proporción de viejos ha ido en aumento --la esperanza de vida en este siglo casi se ha doblado-- y la de jóvenes ha disminuido. En esas condiciones no es posible suponer que en el mediano plazo habrá la proporción entre población activa y jubilada que se requiere para mantener el equilibrio actual y el nivel de vida al que la población europea demanda. Según un estudio reciente, dentro de cincuenta años en la UE sólo habrá apenas dos y no cuatro personas activas por cada inactiva (véanse las cifras en un artículo de Sami Nair, El País, 27 de enero).
Dentro de cincuenta años, casi la mitad de la población de la Europa rica estará compuesta por personas en edad de jubilación. Para sostener a esa población, sería necesario una de dos cosas o su combinación: a) modificar los sistemas de trabajo de tal manera que el período activo del trabajador se alargue y mucho o b) el ingreso masivo de inmigrantes. Los cifras que se manejan con relación a esta segunda opción son: 44 millones de inmigrantes para Alemania en el siguiente medio siglo, 26 millones para Italia o 12 millones para España.
Hoy por hoy ningún país europeo parece dispuesto a admitir población externa en cantidades masivas, pues consideran que un flujo de esas magnitudes pondría en peligro la identidad misma de la nación receptora, sobre todo porque los países de los que podría proceder el grueso de esos inmigrantes no serían culturalmente afines. Sin embargo, si quienes hoy defienden en Davos y en todos los otros centros donde se toman las grandes decisiones económicas los principios de la globalidad, entonces estas grandes corrientes migratorias que supone el estudio sobre Europa no sólo debiesen permitirse sino alentarse. El que finalmente no sea ese el caso, demuestra que los enemigos de la globalización no son sólo aquellos señalados por el presidente Zedillo (ecologistas y sindicalistas) sino también las propias élites de los grandes países industriales.
La Migración.- Los grandes desplazamientos de poblaciones a lo largo y ancho del planeta originadas en la búsqueda de condiciones más propicias para la reproducción de la vida se dan en muchas especies, sobre todo en la humana. A lo largo de 50 mil años nuestra especie se desplazó de su sitio de origen (probablemente Africa) al resto de los continentes. Desde el origen de la historia, la migración moldeó a las diferentes culturas. Esa migración pudo ser forzada directamente, como la que afectó a 20 millones de africanos que entre el siglo XVI al XIX fueron llevados a América como esclavos, o estimulada por las malas condiciones y catástrofes, como las hambrunas resultado de la ruina de las cosechas de papa en el siglo XIX y que forzaron a millones de irlandeses y alemanes a abandonar sus pueblos para trasladarse a América. Las guerras son otra causa de migración, como lo pudieron comprobar directamente los mexicanos que salieron del país durante el período revolucionario o los guatemaltecos que no hace mucho buscaron refugio en México para escapar de la brutalidad de su guerra civil.
Esclavitud, hambrunas, guerras y persecuciones, son factores importantes en el desplazamiento de población, pero no son necesarias condiciones extraordinarias para que ésta se produzca. En México, la simple persistencia de las condiciones ordinarias ha sido suficiente para dar lugar a “la larga marcha hacia el Norte”. La desafortunada consolidación de México como sociedad periférica y subdesarrollada, una notable explosión demográfica posterior a la II Guerra Mundial más la cercanía de la mayor economía del mundo, la norteamericana, ha llevado a varios millones de mexicanos en el siglo XX a buscar al norte del Río Bravo, con o sin los documentos requeridos, las oportunidades que en México no han existido.
La migración de mexicanos al norte se inició en el decenio de 1870, pero el flujo masivo es un fenómeno más reciente. Mientras la frontera norte no se comunicó con el centro del país ni se pobló, fue menos difícil para los inmigrantes europeos e incluso algunos asiáticos que para los mexicanos, ingresar a Estados Unidos. Sin embargo, con el ferrocarril, las carreteras y el avión más las redes familiares, la migración al norte se institucionalizó. Desde entonces, la marcha de los mexicanos al país del norte ha dependido más del estado de la economía norteamericana --de la existencia de empleos para mano de obra no calificada-- que de la voluntad de los gobiernos.
La Integración del Mercado Laboral.- De acuerdo con los resultados de un complejo estudio encomendado a una comisión binacional (Secretaría de Relaciones Exteriores, Estudio binacional de migración, 1997) y que llevó un buen tiempo y debió de superar diferencias entre los expertos, en 1996 había 11 millones de norteamericanos de ascendencia mexicana más entre 7 y 7.3 millones de personas nacidas en México residiendo en los Estados Unidos. El status de la mayoría de esos mexicanos era legal desde el inicio o se legalizó como resultado de modificaciones a la legislación (IRCA, 1986). Sin embargo, entre 2.3 y 2.4 millones de mexicanos se encontraban en Estados Unidos como trabajadores indocumentados, y es de suponer que la cifra actual es mayor.
La integración por las buenas o las malas de los mercados de trabajo de Estados Unidos y México arroja otras cifras interesantes, como, por ejemplo, las sumas de dinero que los mexicanos en Estados Unidos remiten al país, equivalentes al 5% de las exportaciones totales, o el que en ciertas comunidades mexicanas concentradas en cien municipios esas remesas son fuente indispensable de ingresos para las familias de los que se marcharon. Las historias individuales de muchos de esos mexicanos forzados a buscar trabajo fuera de su país, en un medio que no sólo les es ajeno sino hostil, y que en muchos casos deben vivir fuera de la ley y de los servicios sociales, muestran que su incorporación al mercado labora norteamericano es cualquier cosa, menos fácil. Quien haya vivido en Estados Unidos y tenido un mínimo de interés por conocer esa parte de México que de manera temporal o permanente vive y trabaja allá, tiene que confrontar relatos que muestran que el precio por lograr un sitio dentro de los sótanos del “sueño americano” puede ser tan alto como cruzar la frontera por zonas desérticas sin agua ni alimento, vivir apiñado en cuartos lúgubres, curar sus males físicos sin médico, pasar años sin volver y sin poder ver a la esposa y a los hijos que se quedaron en México, tener que vivir esquivando a la policía y sufriendo una humillación sistemática por no dominar el idioma y, sobre todo, por tener el color no adecuado de piel, etcétera.
Sólo una vez, durante la Segunda Guerra Mundial, la necesidad norteamericana de mano de obra externa no calificada fue tan apremiante, que el gobierno de ese país firmó un acuerdo que daba garantías de buen trato a los trabajadores mexicanos (1942), pero pasada la emergencia, Washington perdió el entusiasmo por el acuerdo y en 1964 ya no se le renovó. Cuando al inicio de los años noventa los “globalifílicos” mexicanos negociaron el TLCAN con Estados Unidos, ni siquiera consideraron la posibilidad de pedir facilidades para los mexicanos que por sí y ante sí se integraban al mercado de trabajo norteamericano. Los reglamentos que regulan el intercambio de productos son complicados y puntuales en extremo, pero la “globalización” del factor trabajo --la migración-- se quedó como problema a ser resuelto por cada quién de manera individual: contratar al “pollero”, escapar a la “patrulla Fronteriza”, encontrar al familiar o al amigo que le dé cobijo y lo conecte con su posible patrón, etcétera
No se les Quiere, pero se les Necesita.- Dentro de lo difícil que es la globalización para los países pobres, lo ideal sería contar con el marco legal y político que permitiera a algunos de sus ciudadanos desempeñar trabajos que la población de los países centrales no quiere o puede ocupar, pero no es el caso.
La globalización que tuvo lugar en el siglo XIX y hasta la Primera Guerra Mundial, se caracterizó no sólo por su libertad de comercio y de capitales sino también por grandes movimientos de población. En contraste, la actual busca superar a la primera en materia de comercio e inversión pero no de migración. Los países ricos no quieren a masas de trabajadores extranjeros dentro de sus fronteras. Sin embargo, los imperativos del modelo económico global no pueden ser enteramente ignorados. Dentro de poco, en la rica California, los norteamericanos de origen anglosajón, van a dejar de ser la mayoría absoluta y en cincuenta años ese va a ser el caso de los Estados Unidos en su conjunto.
El norte desarrollado no quiere tener dentro al sur subdesarrollado, pero resulta que lo necesita ahí, al menos a una parte. Es necesario seguir muy de cerca la evolución de este aspecto de la globalidad no deseado por las sociedades ricas. Para México, con una parte importante de su mano de obra en Estados Unidos –quizá el 10%--, es un asunto vital.

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