¿Es Greenspan mexicano?

Lorenzo Meyer
La Confusión como Normalidad.- Disponer de grandes reservas de petróleo, debería ser para cualquier país una gran ventaja en la dura competencia de la globalidad. Sin embargo, basta fijarse en los países exportadores de petróleo del tercer mundo y con alta densidad demográfica --México, Venezuela, Nigeria, Irán o Indonesia, por ejemplo-- para encontrarse con un ramillete de historias de horror y fracasos económicos, dispendio y corrupción en gran escala, endeudamientos gigantes y presiones externas recurrentes.
A primera vista, Alan Greenspan, el veterano y poderoso presidente del Banco de la Reserva Federal de los Estados Unidos --uno de los mejores exponentes del pensamiento económico conservador--, pareciera ser un improbable aliado de los intereses mexicanos en materia de relaciones con Estados Unidos. Sin embargo y desde la perspectiva mexicana, el curtido banquero de banqueros ha adoptado en los últimos tiempos posiciones más avanzadas que las asumidas por los propios funcionarios del gobierno de México.
El mes pasado, Greenspan defendió la tesis de permitir un mayor flujo de trabajadores extranjeros a su país --justamente lo que desearían miles de mexicanos que ponen sus esperanzas en encontrar trabajo “del otro lado”-- y el 17 de febrero se pronunció en contra de usar la reserva petrolera estratégica norteamericana para interferir con el juego del mercado y obligar a una baja en el precio mundial del combustible. Como se sabe, en un año el precio del crudo ha pasado de 11 a 30 dólares por barril. En contraste con Greenspan, en México, Luis Téllez, el secretario de Energía y responsable de la política petrolera, se ha declarado partidario de lograr una baja en el precio del petróleo --una de nuestras principales exportaciones y que el año pasado alcanzó los 9,920 millones de dólares, es decir, el 7.2% del total-- y le parece bien que en vez de 30 nos den sólo 25 dólares por barril (Reforma, 16 de febrero) pues se supone que eso mantendría saludable a la economía de nuestro principal socio comercial, Estados Unidos --al que enviamos el 88.2% de nuestras exportaciones y del que recibimos el 76.4% de nuestras importaciones-- e indirectamente a la nuestra.
Con todo y petróleo, en 1999 el intercambio de México con el exterior tuvo un déficit de 5 360 millones de dólares, y si los números rojos no fueron mayores --como en 1998--, ello se debió justamente al aumento en los precios del petróleo. En suma, mientras el banquero norteamericano más influyente pareciera hablar como mexicano, en México los funcionarios hablan como si fueran norteamericanos. Sea como fuere, el hecho concreto es que el gobierno del presidente Clinton está ejerciendo presión para que México y otros países --Arabia Saudita, Kuwait, Irán y Venezuela-- pongan fin al acuerdo al que llegaron en 1997 para disminuir la oferta de crudo y hacer subir un precio que entonces estaba por el suelo debido a la baja en la demanda causada por la crisis asiática.
La Presión.- La posición del señor Greenspan refleja su independencia institucional --el Banco de la Reserva Federal es autónomo-- y que él no es objeto de las tensiones a las que está sometido el presidente de Estados Unidos en un año electoral. La exigencia de que Washington haga algo en materia de petróleo proviene lo mismo del Congreso, que de la Nueva Inglaterra --irritada por tener que pagar dos dólares por galón de combustible para calefacción-- o de los camioneros que con protestas y paros demandan lo que consideran casi un derecho natural: gasolina barata.
Cuando el mercado redistribuye la riqueza mundial en favor de las economías centrales, el hecho es aceptado como natural y sano. Sin embargo, cuando lo hace en favor de algunos países periféricos y en escala muy menor, entonces aparece la urgencia de intervenir para que el factor determinante no sea “la mano invisible” sino la muy visible de la gran potencia. De sobra está decir que nunca se ha sabido que en las épocas de precios bajos del crudo, y que tanto han afectado a México, Washington haya desplegado algún esfuerzo para hacer subir los precios en nombre de la salud económica de los países productores.
La visita a nuestro país de William Richardson, el secretario de Energía norteamericano, como parte de un tour por seis países productores de petróleo, busca hacer que el socio más débil del Tratado de Libre Comercio de la América del Norte (TLC) --México— acepte la propuesta de aumentar su oferta de crudo para que una relativa abundancia lleve a una baja en su precio mundial y Estados Unidos siga disfrutando del período de crecimiento más prolongado de su historia moderna y sin inflación.
Para que la opinión pública mexicana y su gobierno aceptaran con legitimidad la petición norteamericana de renunciar voluntariamente a un aumento en su renta petrolera, habría que demostrar con cifras que la inflación norteamericana atribuida al petróleo (calculada hoy en ocho décimas de uno por ciento) dañaría más al interés nacional mexicano que los beneficios que recibe por la exportación neta de alrededor de un millón y medio de barriles de crudo al día a precios altos y extraer menos combustible de unas reservas que van a la baja ( de las reservas probadas de más de 70 mil millones de barriles hemos pasado a 58.7 mil millones en 1998). Finalmente, conviene dejar en claro que los actuales precios del petróleo están aún lejos de aquellos de los inicios de los ochenta, cuando, en términos reales, el barril costaba más del doble de lo que hoy (Julio Boltvinik, La Jornada, 18 de febrero).
Una Larga Cadena.- En buena medida, la historia de las relaciones entre México y los Estados Unidos puede contarse e interpretarse como una sucesión de presiones y reacciones. En el inicio y por mucho tiempo, la presión norteamericana que desembocó en una guerra, buscó que México le cediera territorio en el norte y en el Istmo de Tehuantepec. También tuvo como objetivo que México le ofreciera ventajas comerciales y pagara reparaciones por daños sufridos en tierras mexicanas por algunos de sus ciudadanos. Más tarde buscaron que México acabara con la zona de libre comercio que había establecido en los estados fronterizos, que dejara cruzar la frontera a sus tropas, acabara con los abigeos y pagara las reclamaciones. Luego la presión tuvo como meta controlar los efectos negativos de la Revolución Mexicana sobre los intereses de Estados Unidos, disminuir la influencia europea, que no se llevara a cabo una reforma agraria a costa de propiedades norteamericanas, que no se afectaran los derechos de propiedad de los petroleros norteamericanos y, durante la II Guerra Mundial, que se permitiera el establecimiento de bases militares. En épocas más recientes, los apremios fueron primero para que México mandara trabajadores y luego para que ya no los mandara, para que se sumara al bloqueo contra Cuba o para que no insistiera en proponer o llevar a cabo en Centroamérica políticas distintas a las de Washington, para que combatiera la producción y embarque de narcóticos al norte o para que se cuidara el medio ambiente en la región fronteriza. En fin, que la cadena de las presiones norteamericanas es muy larga, y mientras la asimetría entre los dos países se mantenga --y todo indica que va para largo— la presión del norte hacia el sur va a seguir siendo un elemento característico de la relación México-Estados Unidos.
La Negra Crónica del Petróleo.- La explotación del petróleo en la zona del Golfo de México se inició al principiar el siglo XX como una continuación inevitable de la explotación de los depósitos al norte de la frontera. La gran demanda de petróleo provocada por la I Guerra Mundial --y que llevó a un aumento extraordinario de la producción de crudo mexicano-- coincidió con el esfuerzo nacionalista de la Revolución por revertir los términos en que Porfirio Díaz había entregado el recurso natural no renovable a las empresas norteamericanas y británicas. Esos términos daban la propiedad absoluta de los depósitos petroleros al dueño de la superficie y le gravaban con muy pocos impuestos, y fueron el resultado de la idea del gobierno porfirista de que México tenía poco petróleo y había que ofrecerlo en términos atractivos al capital externo para que éste lo extrajera y lo usara para alimentar a los ferrocarriles y al alumbrado público.
Desde el pequeño impuesto a la producción petrolera que impuso Madero en 1912 hasta la expropiación y nacionalización de las empresas productoras en 1938, la historia de las relaciones petroleras de México con Estados Unidos e Inglaterra es una de constante conflicto con las empresas, sus gobiernos y la opinión pública de esos países. Las presiones externas, que además de notas diplomáticas y propaganda, incluyeron la intervención directa en asuntos internos y por momentos llegaron a colocar a México al borde de un conflicto armado con Estados Unidos, forzaron a Venustiano Carranza, a Alvaro Obregón y a Plutarco Elías Calles a dar marcha atrás en sus proyectos legislativos sobre hidrocarburos y, en el caso de Obregón, a firmar los Convenios de Bucareli en 1923 que buscaban expresamente anular la reforma petrolera en los términos de la Constitución de 1917.
La política petrolera del cardenismo fue el momento más brillante del nacionalismo revolucionario mexicano. La expropiación de 1938 tuvo éxito por, al menos, tres razones: la determinación del presidente Cárdenas, el apoyo que la sociedad mexicana dio a la acción de su gobierno en contra de unas empresas extranjeras que de tiempo atrás se habían ganado la antipatía popular, y la moderación que mostró el gobierno norteamericano presidido por Franklin D. Roosevelt para reclamar la compensación; para Washington, la unidad del continente frente al avance del nazismo y sus aliados era una prioridad sobre la defensa de intereses petroleros que, en su mayor parte, eran ya angloholandeses.
Tras la nacionalización, las presiones petroleras continuaron sobre los gobiernos de Lázaro Cárdenas, Manuel Avila Camacho y Miguel Alemán. Su meta era lograr el retorno de los expropiados, pero finalmente en Estados Unidos e Inglaterra se aceptó como un hecho irreversible el monopolio estatal sobre los hidrocarburos en un México cuya importancia relativa como país petrolero había disminuido mucho. En la práctica, para los años cuarenta el petróleo mexicano era realmente un asunto interno, pues PEMEX casi producía sólo para el mercado nacional. Los apremios externos en este campo cesaron.
La situación descrita volvió a cambiar cuando a fines de los años setenta el descubrimiento de nuevos yacimientos en el sur mexicano y un aumento en los precios mundiales de los hidrocarburos, llevaron a que el gobierno decidiera colocar al país, de nuevo, como un exportador importante de su principal recurso natural no renovable. La pésima política petrolera que se siguió entonces aunada a la mala fortuna y a viejas debilidades económicas, llevaron a un endeudamiento sin precedente histórico y a la apertura de un nuevo flanco de vulnerabilidad para México. El petróleo mexicano --que supuestamente y a partir de 1938 debería administrarse con cautela y en función de las necesidades internas de energía-- está hoy de nuevo a merced del mercado internacional, y lo mismo sirve para aumentar la reserva estratégica de Estados Unidos que de garantía sobre los préstamos de emergencia contratados para hacer frente al “error de diciembre”.
Actualmente nos encontramos con una situación absurda: si el precio de petróleo baja, hay que extraer más para compensar la disminución en la entrada de las vitales divisas extranjeras, pero si sube, entonces hay que extraer más para que el precio baje y evitar que la economía de nuestro poderoso vecino del norte se vea afectada. En cualquiera de los dos casos una buena parte de un recurso estratégico no renovable se destina a surtir demandas y servir a intereses del exterior.
La globalización ha hecho correr con muy mala suerte a una de las mejores herencias del cardenismo. Y lo peor, las presiones externas sobre el petróleo mexicano pueden aumentar.

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