Lorenzo Meyer
Memoria. - Eché de menos la presencia de don Adrián Lajous cuando ya no pude seguir tratándolo y cuando él ya no pudo seguir acompañándonos en estas páginas. Muchas veces no estuve de acuerdo con su posición, pero siempre fue un alivio el estilo directo y desenfado con el que enfrentaba --echando mano de su experiencia personal-- el drama o la comedia políticas de México. Y, desde luego, frente a las lagrimas presidenciales de aquel malhadado 1982, resaltará siempre la dignidad de su renuncia. Se ganó el recuerdo de muchos.
Problema de Fondo.- Si confianza es “la seguridad o esperanza firme acerca de la integridad, la capacidad o el carácter” propio o ajeno, entonces resulta que hay sociedades donde la confianza es parte central de su cultura y otras donde no. En efecto, hay comunidades donde la mayoría de sus miembros actúan en función de que presuponen integridad en los demás, sean estos los individuos cercanos --la familia o el círculo de amigos--, los que conforman las instituciones de trato frecuente o sistemático --la escuela, el sitio de trabajo o la iglesia-- o las estructuras más amplias y lejanas, como las cortes o el gobierno. En contraste, hay sociedades como la nuestra, donde la confianza en los demás es la excepción a la regla. En nuestro caso, la desconfianza no sólo caracteriza las relaciones internas sino que se extiende al ámbito internacional. México --sus gobiernos y su opinión pública-- ha mostrado una desconfianza histórica de los motivos y políticas de las grandes potencias, pero lo contrario también es cierto: que las sociedades y gobiernos con los que hemos mantenido el trato más importante, se han mostrado con frecuencia escépticos sobre las capacidades, valores y compromisos del gobierno mexicano.
La Confianza como Bien Social.- Si fuera necesario reducir a un solo y único elemento la razón por la cual la Europa del Norte sustituyó en el siglo XVI a la Europa latina como el centro de la creatividad y la modernidad, Alain Peyrefitte no duda en proponer que la confianza es ese elemento clave. Según el académico francés, al concluir la Edad Media la estructura fundamental de casi todas las relaciones económicas, políticas y culturales dentro de la Europa Latina, estaba basada en el supuesto de que lo que para uno era ganancia o ventaja, necesariamente era pérdida para otro. En contraste, en la Europa del norte se logró dar forma a un tipo de cultura donde fue posible la institucionalización de un tipo de relaciones sociales basado en un supuesto distinto: “si yo gano, tu también ganas”. Lo anterior significó que a la Europa donde estaba inserta España con sus colonias, se le puede caracterizar como una “sociedad de la suspicacia” y por ello se estancó en su incipiente desarrollo capitalista, en tanto que la otra Europa se transformó poco a poco en una “sociedad de la confianza”, donde fue posible alentar la innovación y crear instituciones económicas basadas en consideraciones, visiones y seguridades de largo plazo que, finalmente, le permitieron convertirse en el centro del sistema económico y político mundial (La sociedad de la confianza, Chile, Editorial Andrés Bello, 1996). Por su lado, Francis Fukuyama, el famoso y controvertido autor del concepto de “el fin de la historia”, desarrolló la misma idea pero desde una perspectiva menos histórica y más de cara al futuro del capitalismo global, (Confianza, Las virtudes sociales y la capacidad de generar prosperidad, Buenos Aires, Ed. Atlántida, 1996). En ambas visiones, la gran determinante del éxito o fracaso económico en las sociedades del siglo XXI será menos el monto de sus recursos materiales y más su nivel de confianza, es decir, del sentido de seguridad que cada uno tenga en relación a los otros --individuos e instituciones-- cumplan con lo estipulado en los códigos o lo previamente acordado.
La Confianza y el Exterior.- Hoy por hoy, el intercambio de México con la única gran potencia internacional, los Estados Unidos, equivale prácticamente a la totalidad de su relación con el exterior. Es verdad que en buena medida ese ha sido el caso desde la II Guerra Mundial, pero también lo es que esa concentración de los intereses externos mexicanos en Estados Unidos se ha acentuado a partir de la entrada en vigor en 1994 del Tratado de Libre Comercio de la América del Norte (TLCAN), al punto de estar integrando la economía mexicana a la norteamericana. Sin embargo, se trata de una integración peculiar, pues se da en un ambiente de desconfianza mutua y generalizada.
La suspicacia mexicana respecto de los motivos de Estados Unidos es histórica y está alimentada por la enorme y creciente disparidad de poder y recursos entre ambos, el recuerdo de los conflictos pasados y los efectos de los actuales. Por otra parte, los recelos norteamericanos respecto de México también tiene un origen remoto y parten de un sentido de superioridad tanto material como moral frente a las civilizaciones del sur (no otra cosa es el “Destino Manifiesto”) nacido del choque de intereses y diferencia cultural entre la Inglaterra protestante y su reproducción en América, los Estados Unidos, y la España católica y sus antiguas colonias.
En Europa y en el último medio siglo, las viejas y profundas diferencias entre norte y sur han evolucionado en un sentido muy positivo, desafortunadamente ese no ha sido el caso en América. El TLCAN está llevando a una integración entre México y Estados Unidos en un ambiente muy diferente del que domina en la integración europea: uno donde falta la confianza y sobra la suspicacia.
Indicadores.- Fue la necesidad norteamericana de construir un mecanismo de control y de asegurar una estabilidad de largo plazo en su frontera sur, lo que llevó al gobierno de George Bush a aceptar la oferta que entonces le hizo el presidente Carlos Salinas para celebrar con México un tratado de libre comercio no muy distinto del que ya antes había suscrito Washington con su otro vecino, Canadá. En un principio, y gracias al estupendo manejo de las relaciones públicas internacionales del salinismo, las diferencias y viejas desconfianzas entre las autoridades de Washington y la Ciudad de México quedaron en un plano muy secundario, pero con el correr del tiempo han reaparecido y ganado terreno. Si bien los recelos no han llegado al punto de poner en peligro la viabilidad de la asociación, si han hecho que ésta se desarrolle en un ambiente tenso y donde está ausente el optimismo y confianza colectivas de cara al futuro.
La reciente visita de la secretaria de Estado norteamericana a México sirvió para que, oficialmente, se reafirmara el buen estado de las relaciones entre los dos países, pero si se aparta la vista de los comunicados oficiales y se le pone en los medios de comunicación --los que forman y reflejan la opinión pública-- la situación cambia. En sus ediciones del 9 y 10 de enero, The New York Times, en primera página, Tim Golden publicó dos largo artículos, ilustrados con profusión, donde el lector norteamericano e internacional encontró una descripción bastante detallada y un análisis del tristemente célebre cartel de narcotraficantes de Tijuana encabezado por los hermanos Arellano Félix. El título del primer artículo fue tan contundente como revelador del problema: “Una historia mexicana de narcotráfico y corrupción absoluta”. La tesis que constituye la estructura del reportaje es, por decirlo de algún modo, pesimista y un indicador de la desconfianza hacia el gobierno mexicano en los círculos donde se forma la opinión y se toman las decisiones norteamericanas frente a México. Para Golden, en Baja California la democracia política es una realidad desde 1989 cuando el PAN desplazó al PRI como responsable del gobierno. Sin embargo, y pese a lo anterior, la corrupción en las estructuras de gobierno encargadas de combatir al crimen organizado se mantiene prácticamente igual que antes y ese crimen sigue floreciendo en detrimento de los intereses colectivos de México y, desde luego, de los norteamericanos. Golden no lleva su argumento hasta sus últimas consecuencias, pero el lector puede hacerlo y el razonamiento puede llevarlo en una de dos direcciones o en ambas.
La primera sería que la impunidad de que goza el clan de los Arellano Félix tiene su origen menos en la corrupción de los policías y los jueces locales y mucho más en sus contrapartes federales --la Procuraduría, el ejército y el poder judicial federal--, en donde el viejo sistema articulado por el PRI sigue en pié. Si la democracia es una manera de enfrentar la corrupción, entonces lo que se necesita en México no es sólo que la alternancia exista al nivel local sino en donde aún no se da: al nivel nacional. Sin embargo, Washington sigue enviando a México señales que indican que prefiere lo viejo por conocido que lo nuevo por conocer y por ello mantiene su tradicional apoyo al PRI. Sólo así se puede entender, por ejemplo, la innecesaria felicitación del presidente Clinton al partido que ha gobernado a México por casi 71 años con motivo de su primera elección interna para elegir candidato a la presidencia y que diera el triunfo al personaje previsible, a Francisco Labastida.
La segunda dirección a la que se pueden llevar los argumentos del influyente diario neoyorquino es más pesimista: que en el caso de México ni la democracia política ni una asociación económica formal y sin precedente con Estados Unidos (país donde el FBI tiene a Ramón Arellano Félix como parte de la lista de los diez criminales más buscados) puede evitar que la sociedad que existe al sur del Bravo siga siendo fiel a si misma y se mantenga en un estado de corrupción absoluta.
Otro ejemplo de lo mismo proviene directamente del Procurador General de la República, Jorge Madrazo. La justificación que el abogado de la nación dio el 20 de enero a los senadores que le cuestionaron por haber pedido al FBI (o haber accedido a su demanda para) que 65 de sus elementos participaran en una espectacular operación que tenía por objetivo descubrir los sitios donde se suponía que los narcotraficantes de Ciudad Juárez habían llevado a cabo entierros masivos de algunas de sus víctimas, fue notable por su franqueza: “tenemos que trabajar a la defensiva” porque no hay credibilidad ni confianza en las policías y jueces mexicanos encargados de combatir a los narcotraficantes. La desconfianza es tal, que la Procuraduría no se atrevió siquiera a informar con anticipación a la Secretaría de Relaciones Exteriores de la participación del FBI en el operativo por temor a que hubiera filtraciones de información (La Jornada, 21 de enero). Al mismo tiempo, las autoridades federales norteamericanas encargadas de vigilar las actividades bancarias de su país están investigando la participación de un importante representante de la clase política mexicana, miembro distinguido del PRI y de la élite económica de nuestro país, Carlos Hank González, en la adquisición de un banco texano por parte de su hijo, Carlos Hank Rhon. La prensa ha publicado que las autoridades norteamericanas desconfían de los orígenes del dinero de esos mexicanos --que, entre otras cosas, ha seguido la ya famosa ruta de las Islas Vírgenes y las Caimán-- y buscan obligar a Hank Rhon a deshacerse de sus acciones en un banco texano y “prohibirle permanentemente todo negocio con cualquier empresa bancaria estadounidense” (La Jornada, 21 de enero).
Finalmente, la cereza, por ahora, de este pastel de desconfianza norteamericana frente a México, o más exactamente, frente a su clase dirigente, bien puede ser “Murder at Watergate” (“Asesinato en Watergate”), una novela de aeropuerto de Margaret Truman, cuya trama gira alrededor de la entrada ilegal de dinero mexicano a las campañas políticas de Estados Unidos, donde alguien descubre información que liga a la dirigencia del PRI con los asesinatos de Luis Donaldo Colosio y José Francisco Ruiz Massieu y donde todo lo anterior lleva a asesinatos con la participación de aparatos del Estado Mexicano (Enfoque, 23 de enero).
En Suma.- Si la confianza fue y es parte esencial del éxito del capitalismo, el experimento que significa la integración económica de México a los Estados Unidos va a tener que prescindir de ella, pues las condiciones que generan la desconfianza en la relación mutua tienen raíces profundas y va a tomar tiempo el extirparlas. ¡Y resulta que el tiempo es otro elemento escaso en México!.
Problema de Fondo.- Si confianza es “la seguridad o esperanza firme acerca de la integridad, la capacidad o el carácter” propio o ajeno, entonces resulta que hay sociedades donde la confianza es parte central de su cultura y otras donde no. En efecto, hay comunidades donde la mayoría de sus miembros actúan en función de que presuponen integridad en los demás, sean estos los individuos cercanos --la familia o el círculo de amigos--, los que conforman las instituciones de trato frecuente o sistemático --la escuela, el sitio de trabajo o la iglesia-- o las estructuras más amplias y lejanas, como las cortes o el gobierno. En contraste, hay sociedades como la nuestra, donde la confianza en los demás es la excepción a la regla. En nuestro caso, la desconfianza no sólo caracteriza las relaciones internas sino que se extiende al ámbito internacional. México --sus gobiernos y su opinión pública-- ha mostrado una desconfianza histórica de los motivos y políticas de las grandes potencias, pero lo contrario también es cierto: que las sociedades y gobiernos con los que hemos mantenido el trato más importante, se han mostrado con frecuencia escépticos sobre las capacidades, valores y compromisos del gobierno mexicano.
La Confianza como Bien Social.- Si fuera necesario reducir a un solo y único elemento la razón por la cual la Europa del Norte sustituyó en el siglo XVI a la Europa latina como el centro de la creatividad y la modernidad, Alain Peyrefitte no duda en proponer que la confianza es ese elemento clave. Según el académico francés, al concluir la Edad Media la estructura fundamental de casi todas las relaciones económicas, políticas y culturales dentro de la Europa Latina, estaba basada en el supuesto de que lo que para uno era ganancia o ventaja, necesariamente era pérdida para otro. En contraste, en la Europa del norte se logró dar forma a un tipo de cultura donde fue posible la institucionalización de un tipo de relaciones sociales basado en un supuesto distinto: “si yo gano, tu también ganas”. Lo anterior significó que a la Europa donde estaba inserta España con sus colonias, se le puede caracterizar como una “sociedad de la suspicacia” y por ello se estancó en su incipiente desarrollo capitalista, en tanto que la otra Europa se transformó poco a poco en una “sociedad de la confianza”, donde fue posible alentar la innovación y crear instituciones económicas basadas en consideraciones, visiones y seguridades de largo plazo que, finalmente, le permitieron convertirse en el centro del sistema económico y político mundial (La sociedad de la confianza, Chile, Editorial Andrés Bello, 1996). Por su lado, Francis Fukuyama, el famoso y controvertido autor del concepto de “el fin de la historia”, desarrolló la misma idea pero desde una perspectiva menos histórica y más de cara al futuro del capitalismo global, (Confianza, Las virtudes sociales y la capacidad de generar prosperidad, Buenos Aires, Ed. Atlántida, 1996). En ambas visiones, la gran determinante del éxito o fracaso económico en las sociedades del siglo XXI será menos el monto de sus recursos materiales y más su nivel de confianza, es decir, del sentido de seguridad que cada uno tenga en relación a los otros --individuos e instituciones-- cumplan con lo estipulado en los códigos o lo previamente acordado.
La Confianza y el Exterior.- Hoy por hoy, el intercambio de México con la única gran potencia internacional, los Estados Unidos, equivale prácticamente a la totalidad de su relación con el exterior. Es verdad que en buena medida ese ha sido el caso desde la II Guerra Mundial, pero también lo es que esa concentración de los intereses externos mexicanos en Estados Unidos se ha acentuado a partir de la entrada en vigor en 1994 del Tratado de Libre Comercio de la América del Norte (TLCAN), al punto de estar integrando la economía mexicana a la norteamericana. Sin embargo, se trata de una integración peculiar, pues se da en un ambiente de desconfianza mutua y generalizada.
La suspicacia mexicana respecto de los motivos de Estados Unidos es histórica y está alimentada por la enorme y creciente disparidad de poder y recursos entre ambos, el recuerdo de los conflictos pasados y los efectos de los actuales. Por otra parte, los recelos norteamericanos respecto de México también tiene un origen remoto y parten de un sentido de superioridad tanto material como moral frente a las civilizaciones del sur (no otra cosa es el “Destino Manifiesto”) nacido del choque de intereses y diferencia cultural entre la Inglaterra protestante y su reproducción en América, los Estados Unidos, y la España católica y sus antiguas colonias.
En Europa y en el último medio siglo, las viejas y profundas diferencias entre norte y sur han evolucionado en un sentido muy positivo, desafortunadamente ese no ha sido el caso en América. El TLCAN está llevando a una integración entre México y Estados Unidos en un ambiente muy diferente del que domina en la integración europea: uno donde falta la confianza y sobra la suspicacia.
Indicadores.- Fue la necesidad norteamericana de construir un mecanismo de control y de asegurar una estabilidad de largo plazo en su frontera sur, lo que llevó al gobierno de George Bush a aceptar la oferta que entonces le hizo el presidente Carlos Salinas para celebrar con México un tratado de libre comercio no muy distinto del que ya antes había suscrito Washington con su otro vecino, Canadá. En un principio, y gracias al estupendo manejo de las relaciones públicas internacionales del salinismo, las diferencias y viejas desconfianzas entre las autoridades de Washington y la Ciudad de México quedaron en un plano muy secundario, pero con el correr del tiempo han reaparecido y ganado terreno. Si bien los recelos no han llegado al punto de poner en peligro la viabilidad de la asociación, si han hecho que ésta se desarrolle en un ambiente tenso y donde está ausente el optimismo y confianza colectivas de cara al futuro.
La reciente visita de la secretaria de Estado norteamericana a México sirvió para que, oficialmente, se reafirmara el buen estado de las relaciones entre los dos países, pero si se aparta la vista de los comunicados oficiales y se le pone en los medios de comunicación --los que forman y reflejan la opinión pública-- la situación cambia. En sus ediciones del 9 y 10 de enero, The New York Times, en primera página, Tim Golden publicó dos largo artículos, ilustrados con profusión, donde el lector norteamericano e internacional encontró una descripción bastante detallada y un análisis del tristemente célebre cartel de narcotraficantes de Tijuana encabezado por los hermanos Arellano Félix. El título del primer artículo fue tan contundente como revelador del problema: “Una historia mexicana de narcotráfico y corrupción absoluta”. La tesis que constituye la estructura del reportaje es, por decirlo de algún modo, pesimista y un indicador de la desconfianza hacia el gobierno mexicano en los círculos donde se forma la opinión y se toman las decisiones norteamericanas frente a México. Para Golden, en Baja California la democracia política es una realidad desde 1989 cuando el PAN desplazó al PRI como responsable del gobierno. Sin embargo, y pese a lo anterior, la corrupción en las estructuras de gobierno encargadas de combatir al crimen organizado se mantiene prácticamente igual que antes y ese crimen sigue floreciendo en detrimento de los intereses colectivos de México y, desde luego, de los norteamericanos. Golden no lleva su argumento hasta sus últimas consecuencias, pero el lector puede hacerlo y el razonamiento puede llevarlo en una de dos direcciones o en ambas.
La primera sería que la impunidad de que goza el clan de los Arellano Félix tiene su origen menos en la corrupción de los policías y los jueces locales y mucho más en sus contrapartes federales --la Procuraduría, el ejército y el poder judicial federal--, en donde el viejo sistema articulado por el PRI sigue en pié. Si la democracia es una manera de enfrentar la corrupción, entonces lo que se necesita en México no es sólo que la alternancia exista al nivel local sino en donde aún no se da: al nivel nacional. Sin embargo, Washington sigue enviando a México señales que indican que prefiere lo viejo por conocido que lo nuevo por conocer y por ello mantiene su tradicional apoyo al PRI. Sólo así se puede entender, por ejemplo, la innecesaria felicitación del presidente Clinton al partido que ha gobernado a México por casi 71 años con motivo de su primera elección interna para elegir candidato a la presidencia y que diera el triunfo al personaje previsible, a Francisco Labastida.
La segunda dirección a la que se pueden llevar los argumentos del influyente diario neoyorquino es más pesimista: que en el caso de México ni la democracia política ni una asociación económica formal y sin precedente con Estados Unidos (país donde el FBI tiene a Ramón Arellano Félix como parte de la lista de los diez criminales más buscados) puede evitar que la sociedad que existe al sur del Bravo siga siendo fiel a si misma y se mantenga en un estado de corrupción absoluta.
Otro ejemplo de lo mismo proviene directamente del Procurador General de la República, Jorge Madrazo. La justificación que el abogado de la nación dio el 20 de enero a los senadores que le cuestionaron por haber pedido al FBI (o haber accedido a su demanda para) que 65 de sus elementos participaran en una espectacular operación que tenía por objetivo descubrir los sitios donde se suponía que los narcotraficantes de Ciudad Juárez habían llevado a cabo entierros masivos de algunas de sus víctimas, fue notable por su franqueza: “tenemos que trabajar a la defensiva” porque no hay credibilidad ni confianza en las policías y jueces mexicanos encargados de combatir a los narcotraficantes. La desconfianza es tal, que la Procuraduría no se atrevió siquiera a informar con anticipación a la Secretaría de Relaciones Exteriores de la participación del FBI en el operativo por temor a que hubiera filtraciones de información (La Jornada, 21 de enero). Al mismo tiempo, las autoridades federales norteamericanas encargadas de vigilar las actividades bancarias de su país están investigando la participación de un importante representante de la clase política mexicana, miembro distinguido del PRI y de la élite económica de nuestro país, Carlos Hank González, en la adquisición de un banco texano por parte de su hijo, Carlos Hank Rhon. La prensa ha publicado que las autoridades norteamericanas desconfían de los orígenes del dinero de esos mexicanos --que, entre otras cosas, ha seguido la ya famosa ruta de las Islas Vírgenes y las Caimán-- y buscan obligar a Hank Rhon a deshacerse de sus acciones en un banco texano y “prohibirle permanentemente todo negocio con cualquier empresa bancaria estadounidense” (La Jornada, 21 de enero).
Finalmente, la cereza, por ahora, de este pastel de desconfianza norteamericana frente a México, o más exactamente, frente a su clase dirigente, bien puede ser “Murder at Watergate” (“Asesinato en Watergate”), una novela de aeropuerto de Margaret Truman, cuya trama gira alrededor de la entrada ilegal de dinero mexicano a las campañas políticas de Estados Unidos, donde alguien descubre información que liga a la dirigencia del PRI con los asesinatos de Luis Donaldo Colosio y José Francisco Ruiz Massieu y donde todo lo anterior lleva a asesinatos con la participación de aparatos del Estado Mexicano (Enfoque, 23 de enero).
En Suma.- Si la confianza fue y es parte esencial del éxito del capitalismo, el experimento que significa la integración económica de México a los Estados Unidos va a tener que prescindir de ella, pues las condiciones que generan la desconfianza en la relación mutua tienen raíces profundas y va a tomar tiempo el extirparlas. ¡Y resulta que el tiempo es otro elemento escaso en México!.
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