Política y miseria, ¿miseria de la política?

Lorenzo Meyer
La Pobreza ¿Condición Inevitable?.- El Evangelio de San Juan (XII, 8), dice que Judas Iscariote se escandalizado cuando María Magdalena --la pecadora arrepentida-- mostró su gratitud a Jesús, regalándole un ungüento de nardo de gran precio y que ella misma le untó en los pies. Judas objetó que lo gastado en el perfume --300 denarios-- no se hubiera empleado en aliviar las necesidades de los pobres, a lo que Jesús respondió: “a los pobres siempre los tienen con ustedes, pero a mi no me tendrán siempre”. Y en efecto, los pobres han estado siempre entre nosotros, ¿pero como resultado inevitable de factores más allá del control humano en cada época o como producto de la distribución del poder?.
Históricamente, los pobres --absolutos y relativos-- han sido la mayoría en casi cualquier parte y período. Sin embargo, ese ha dejado de ser el caso en las actuales sociedades postindustriales. En Estados Unidos, Inglaterra o España, por ejemplo, los pobres --sin importar como se les defina--, son hoy una minoría y si hubiera voluntad y acuerdo en esas sociedades, seguramente se podría eliminar en ellas la pobreza. En contraste, en las sociedades periféricas como la nuestra, donde habita el grueso de la humanidad, los pobres siguen siendo la mayoría, casi como en los tiempos de Jesús. Y aquí la pregunta es: ¿esa gran pobreza que nos envuelve es resultado inevitable de nuestra permanencia en el subdesarrollo o producto de las estructuras que dan forma a nuestra sociedades? A una pregunta tan central no es posible darle una respuesta clara; quizá la contestación es: por ambas razones.
La Pobreza Mexicana ,- La polarización extrema de la estructura novohispana que tanto llamó tanto la atención de Alexander von Humbolt hace dos siglos era, sin duda, un producto tanto de la naturaleza agraria de la sociedad mexicana como de su condición de colonia organizada para que un grupo pequeño de administradores, comerciantes y propietarios españoles y criollos, vivieran tanto de la explotación de la naturaleza como, sobre todo, de la inmensa mayoría de indios, mestizos y negros que sobrevivían como pobres de solemnidad. En este aspecto y en el mejor de los casos, el siglo XIX no fue más que una prolongación de la colonia y en el peor, una agudización de los contrastes y contradicciones sociales, resultado de la aplicación de los principios liberales con relación a las propiedades comunales indígenas.
La Revolución Mexicana pasó rápidamente de poner el acento en las fuentes de la legitimidad política --“sufragio efectivo”-- a ponerlo en la justicia social y comprometerse a una lucha frontal contra las causas de la pobreza mediante la redistribución de la tierra y la protección de los trabajadores frente al capital. En la postrevolución, la clase dirigente reafirmó la meta, pero propuso combatir la pobreza menos mediante expropiaciones, nacionalizaciones y huelgas y más creando instituciones educativas, de salud y de aprovisionamiento de alimentos básicos; antes de poner el acento en repartir, dijo, había que crear riqueza; lo contrario era demagogia: redistribución de la miseria.
La revolución y la postrevolución vinieron y se fueron sin resolver ni el problema político (la democracia formal) ni el problema social. Al inicio de los años ochenta y como producto de la crisis terminal de la economía centrada en la protección y la intervención directa del Estado, comenzó la nueva etapa histórica en que aún estamos inmersos. El rasgo central del período actual es el dominio global de los principios económicos y políticos del neoliberalismo, es decir, del mercado, en la asignación de los recursos productivos y en la distribución de sus beneficios.
La globalización parte del supuesto de que un mercado sin trabas es la manera más eficiente y moral de crear y distribuir la riqueza. Entre nosotros, este neoliberalismo lleva sólo tres lustros y sus defensores pueden argumentar que, por lo mismo, apenas hemos experimentado más sus aspectos negativos que positivos. Aceptemos sin conceder el argumento, pero como quiera que sea, el neoliberalismo mexicano ya tiene una historia y es precisamente un aspecto de esa historia --el combate a la pobreza-- el objeto de análisis cuantitativo y cualitativo de una obra que acaba de aparecer firmada por Julio Boltvinik y Enrique Hernández Laos: Pobreza y distribución del ingreso en México (Siglo XXI, 1999).
Dos Posibilidades.- La obra en cuestión es muy técnica y buena parte de la misma sólo puede ser plenamente comprendida y evaluada por especialistas. Los cuadros (102 en una obra de 354 páginas), las cifras y las fórmulas para darles sentido, abundan. El instrumento principal para adentrarse en las complejidades de la pobreza y sustentar las conclusiones --estas sí al alcance del lector promedio--, es el llamado MMIP o método de medición integrada de la pobreza, desarrollado por Boltvinik y que contiene un buen número de variables. Los datos cuantitativos que sirven de materia prima a los dos autores son, fundamentalmente, los que ha obtenido y sistematizado el Instituto de Nacional de Estadística, Geografía e lnformática (INEGI), es decir, un organismo oficial, pero lo que ya no es oficial y ha sido objeto de críticas de funcionarios, es el análisis y sus conclusiones.
El punto de partida de Boltvinik y Hernández Laos es la existencia de dos grandes escenarios en torno a la pobreza al final del siglo XX: el optimista y el pesimista. El optimista parte del supuesto que está en el interés de los gobiernos y de quienes manejan las grandes concentraciones de recursos en este mundo de la posguerra fría, el combatir la pobreza, y no por motivos éticos sino por frías razones económicas. En efecto, ahora que ni la tierra ni el capital son ya factores clave en la competencia global, las grandes corporaciones tienen la imperiosa necesidad de contar con una fuerza de trabajo cada vez mejor educada y especializada. A raíz del espectacular avance tecnológico y científico, lo básico son “las capacidades humanas movilizadas en la actividad económica”; lo importante ya no es mas la mano de obra sino el “cerebro de obra”. Y este cerebro simplemente no es compatible con la ignorancia y falta de preparación asociadas a la pobreza. Sin embargo, está el otro lado de la moneda: la visión pesimista; ésta sostiene que en la sociedad global de ahora y del futuro inmediato resulta compatible la convivencia entre un sector altamente educado, moderno y dinámico y otro, que incluso puede ser mayoritario, de pobreza permanente, estructural, al que le es imposible acceder a las formas de vida del primero. Por razones políticas que no económicas, a éste último sector --y para que no suceda lo que en Chiapas: un levantamiento indígena como producto de la marginación y la pobreza--, hay que ofrecerle los mínimos necesarios de bienestar y para eso hay que diseñar programas que, en última instancia, no buscan erradicar la pobreza sino paliarla y, finalmente, administrarla.
La experiencia mexicana permite sostener que es la tesis pesimista y no la optimista la que explica la lógica de programas como Pronasol y Progresa.
Los Datos.- Las cifras presentadas en Pobreza y distribución del ingreso en México demuestran que hubo “una rápida reducción de la proporción de población en pobreza en el período 1963-1968 (a una tasa media anual de -1.3%), una muy rápida baja entre 68 y 77 (-2.46%) anual y una aceleradísima disminución entre 77 y 81...-4.6% anual... Sin embargo, después de 1981 habría un brusco cambio de tendencia por el cual la pobreza no sólo habría dejado de disminuir sino que habría empezado a aumentar aceleradamente” (p.19). Para 1987 la pobreza crecía al 6.5% anual. Las estimaciones concluyen que la incidencia de la pobreza pasó de afectar al 58.5% de la población en 1984, al 64% en 1989 y al 66% en 1992.
La explicación en torno al aumento de la pobreza mexicana se encuentra en la conjunción de dos hechos. Por un lado, la crisis económica que se inició en 1982 y que apenas ahora se está remontando y, por el otro, la agudización de la inequidad en la distribución del ingreso. En efecto, si en 1963 el 10% de los hogares concentraban la mitad del ingreso disponible, para 1984 la participación de ese 10% más rico había disminuido en beneficio de otros sectores, sobre todo medios, y llegaba al 38%. Pero justo entonces dio principio el cambio negativo; en 1989 ese 10% que se encuentra en el tope de la pirámide social se quedó con el 39% del ingreso total disponible en los hogares y, según cifras posteriores que no están ya en el libro pero que también provienen del INEGI, en 1994 ese sector alto se quedó con el 41.2% del ingreso disponible, y aunque en 1996 vio disminuir su proporción, la baja fue muy pequeña: de apenas 2.1 %. El otro lado de la moneda la representa el México mayoritario. De acuerdo con los cálculos presentados en esta obra, en 1989, el 70.6% de la población mexicana (55.9 millones de personas) era pobre y únicamente el 29.4% podía considerarse como no pobre, es decir, a la altura de las sociedades postindustriales. Del total de pobres, el 41.7% era indigente y 21.7% muy pobre y sólo el 36.7% podían considerarse como pobres moderados (p.192). En estas cifras queda resumido el drama y el reto social de México para el siglo XXI. Difícilmente el panorama podía ser peor, pero en realidad lo es si se considera la división urbano-rural y regional. El México rural es donde la pobreza se muestra con mayor brutalidad --el grado de pobreza rural es casi el doble del urbano (pp.236-237)-- y, regionalmente, las zonas más castigadas del país, y para sorpresa de nadie, son las sociedades campesinas de 17 estados: Tabasco, Guanajuato, Chihuahua, Tamaulipas, Zacatecas, Querétaro, Durango, Coahuila, Veracruz, Puebla, San Luis Potosí, Oaxaca, Campeche, Yucatán, Quintana Roo, Guerrero y, hasta el final, Chiapas (p. 196). De acuerdo con las conclusiones de esta obra, en 1989 el 29.4% de los mexicanos se encontraban viviendo en una situación insostenible desde el punto de vista nutricional (p.212).
Al examinar la distribución regional de la pobreza mexicana no se puede menos que concluir que la desigualdad al interior del país no es muy distinta de la desigualdad mundial. Por formas de vida, al final del siglo XX, México no es un país relativamente homogéneo sino que sigue siendo una amalgama de varios países o civilizaciones, con implicaciones para el futuro muy desagradables.
En el desafortunado decenio de los años ochenta, y que es el objeto de análisis de Boltvinik y Hernández Laos, los asalariados mexicanos perdieron 15 puntos porcentuales en su participación dentro del ingreso nacional. Entre 1981 y 1991 el ingreso percapita de la población trabajadora mexicana disminuyó un 37% (p.26). Si en 1984 los sueldos y salarios representaban el 40.8% de los ingresos en los hogares mexicanos, para 1989 la proporción era de apenas 29%. En contraste y en el mismo período, los ingresos empresariales y las rentas de la propiedad aumentaron del 53.6% al 65.1% (p.183). La contradicción entre los intereses del trabajo y del capital es tan nítida hoy como lo era cuando surgió el socialismo.
La conclusión general del examen de las cifras es clara, simple e importante pero lleva a una recomendación muy difícil de poner en práctica: para combatir la pobreza en nuestros país hay que luchar, y muy duro, en tres frentes: 1) la recuperación de las remuneraciones reales, 2) la creación de fuentes de trabajo y 3) la creación de programas sociales efectivos.
Examinando de cerca los programas sociales realmente existentes para combatir la pobreza en el neoliberalismo, Pronasol y Progresa, resulta evidente que al último le faltan recursos y que en ambos, al lado del objetivo manifiesto, aparece otro no manifiesto pero muy real: el electoral. En efecto, en algún momento del sexenio pasado se llegó a considerar al Pronasol como punto de partida para la construcción del partido político del salinismo, y hoy la relación entre zonas rurales donde esta muy presente Progresa y los triunfos del PRI o del grupo labastidista en las elecciones internas de ese partido, son perfectamente coincidentes (Milenio Semanal, enero 17). En fin, todo indica que, como se señala en los Evangelios, entre nosotros las políticas de supuesto combate a la pobreza mueren y renacen cada sexenio pero los pobres van a permanecer.

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