La hora de la verdad.

Lorenzo Meyer
El Marco.- Se afirma que una y otra vez “las próximas elecciones serán históricas”. De acuerdo, lo serán, como históricas también fueron las que iniciaron el principio del fin del Porfiriato (1910), las que llenaron de energía y esperanza a la ciudadanía y le dieron un triunfo grande al pequeño Francisco I. Madero (1911), las que enfrentaron a un intelectual revolucionario, a José Vasconcelos y a sus estudiantes, con el recién nacido pero duro y bien armado PNR (1929), aquellas donde el cardenismo ya menguante chocó con el conservadurismo en ascenso personificado por el general de mil batallas y rostros, Juan Andrew Almazán (1940), también las que llevaron a lo que quedaba del cardenismo y al general Miguel Henríquez Guzmán a desafiar al alemanismo y a su candidato (1952) y, finalmente, las elecciones donde el nuevo cardenismo –el de Cuauhtémoc Cárdenas— sólo pudo ser detenido mediante una aparatosa “caída del sistema” (1988). ¡Demasiadas “elecciones históricas” y “derrotas históricas” para un país que aún no conoce la democracia política!.
Como sea, por al menos tres razones las elecciones que vienen, las del 2000, se añadirán, sin duda, a la lista de las contiendas electorales históricas del último siglo. La primera, porque como las elecciones enumeradas, las que vienen están llenas de contenido: hoy el elector tiene, efectivamente, de donde escoger, pues se trata de una feroz competencia tripartita; los líderes son contrastantes y sus programas, en lo que cabe, son distintos. La segunda, porque al fin México posee un aparato institucional –el Instituto Federal Electoral (IFE)-- que ofrece una aceptable certeza de que el resultado oficial reflejará el que arrojen las urnas. La tercera es que todo indica que ya quedó atrás, o casi, el tiempo cuando, en nombre de la “democracia” pero en realidad por razones de su seguridad nacional, la gran potencia dentro de cuya esfera de influencia nos encontramos, intervenía con apoyos y vetos en el drama político mexicano. Sin embargo, no todo esta bien, aún no llegamos a la plena “normalidad democrática”. En la fase final de la actual campaña electoral –la primera que tuvo dos debates públicos entre candidatos— se volvió a proyectar la sombra de la tradición antidemocrática con la compra y coacción del voto, más el retorno de elementos de falta de equidad en la cobertura de los medios masivos de información –noticieros de radio y televisión--, que si bien inicialmente hicieron un claro esfuerzo por estrenar la imparcialidad, al final les ganó su vocación y tradición y terminaron favoreciendo abiertamente al viejo partido de Estado.
La Fuerza de la Costumbre.- Los indicadores nos dicen que hay una minoría sustantiva de mexicanos que de nueva cuenta van a dar su apoyo al régimen político que nació en 1916 y al partido al que ese régimen engendró en 1929. A muchos nos cuesta trabajo entender la naturaleza de algunos de los resortes que mueven al ciudadano a aceptar y sostener la continuación de una forma de autoritarismo cuya razón de ser y vitalidad ya son historia y una de las consecuencias más obvias de su supervivencia es el atraso político, la corrupción y la impunidad imperantes en todos los ámbitos de lo público.
Aclaremos, no es difícil de entender la conducta de aquellos que son priístas porque simplemente no tienen alternativa. Un número importante de votos por el PRI provienen de personas y grupos socialmente indefensos, que no sólo no han vivido la democracia política sino que no la pueden imaginar y, sobre todo, que consideran que simplemente no se pueden dar el lujo de intentarla, pues suponen que tal conducta les llevaría a perder los beneficios –muy magros, por cierto—de los pocos programas asistenciales de combate a la pobreza que aún quedan. Tampoco es difícil entender a quienes cambian el simple cruce del cículo con los colores nacionales por un bien tangible –cemento, varilla o la regularización de la propiedad de un terreno--. Es también fácil suponer los motivos de los priístas que se encuentran en el extremo opuesto del espectro social y cuya posición privilegiada como funcionarios u hombres de empresa, depende directamente de su relación con la estructura de poder vigente. No, el verdadero reto es entender a los priístas que están en el medio del arco descrito, a los que libres de las ataduras de la pobreza extrema y sin depender objetivamente del partido de Estado, subjetivamente hacen depender su forma de vida del hecho de que siga siendo lo que siempre ha sido.
Desde los tiempos coloniales una parte importante de la sociedad mexicana le teme al cambio. El espíritu conservador en nuestro país tiene una larga historia y raíz. Quizá por ello el motor de las grandes transformaciones políticas entre nosotros ha sido obra de una auténtica minoría, que ha tenido que ir a contrapelo de las tendencias dominantes y con frecuencia ha debido recurrir a la fuerza para introducir el cambio político y social.
En cualquier caso, las cifras nos dicen hoy que la base social del PRI se encuentra en un México que ya es más del pasado que presente y que de ninguna man era esta ligado al futuro. En efecto, la zona dominantemente priísta de México son los campesinos, las personas de mayor edad y las menor educación formal. Francisco Labastida puede ser una persona básicamente honorable y lleno de buena voluntad, pero en última instancia eso poco importa, pues en su caso lo sustantivo es la historia del régimen en su conjunto lo que hereda y lo marca. Labastida es prisionero de un pasado autoritario y de una red de intereses y complicidades que poco o nada tienen que ofrecer al México del siglo XXI.
La Oposición Conservadora Como Opción.- Hoy, las encuestas nos dicen con toda claridad que un grupo numeroso de mexicanos, la mayoría absoluta, ya se decidió y esta dispuesta a apoyar con su voto y en muchos casos con su presencia en las plazas, con trabajo voluntario, a las oposiciones, es decir, a la alternancia de partidos en el poder y lo que ello significa hoy entre nosotros: el cambio de régimen.
Hoy encabeza una de las dos grandes corrientes opositoras Vicente Fox, nacido hace 57 años en San Francisco del Rincón, Guanajuato e hijo de extranjera, como lo recordó hace poco Francisco Labastida, pero tan mexicano como él. Hasta hace trece años, Fox se había dedicado por entero a una carrera en la actividad privada, no muy distinta pero sí más exitosa que muchas otras típicas de la clase media empresarial, católica y conservadora a la que pertenece. En 1987, el guanajuatense se dejó arrastrar por las fuerzas desatadas por la crisis económica y política que estalló al final del gobierno de José López Portillo y en unión de otro empresario con mayor tradición en el mundo de los negocios agropecuarios, Manuel Clouthier, hizo su entrada a la política por la puerta de la oposición panista.
Fox no pertenece, ni de lejos, al panismo tradicional, entre otras cosas porque él no sólo quiere ser la permanente “oposición leal” que ha sido el PAN, sino que le inyectó a ese partido el “hambre de poder” (frase suya) que busca hacer realidad lo que hasta hoy en ese partido de 60 años sólo ha sido teoría: derrotar al PRI en las urnas y asumir directamente la conducción del país. Por su origen y partido al que se adhirió, pero también por su energía y discurso directo y agresivo, el México agraviado pero conservador, ha visto en Vicente Fox y el foxismo –que es algo distinto del panismo— el mejor vehículo para hacer realidad un deseo antiguo: sacar al PRI del poder y ensayar una política nueva, una que corresponde a la visión de la .

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