Chiapas

Lorenzo Meyer
Un Problema Pospuesto.- Con una lógica política muy peculiar, y como si no hubieran sido suficientes las divisiones y choques que causó en la sociedad mexicana el enconado proceso electoral del 2000, el sector duro del PAN y la Iglesia Católica decidieron no dar tregua al conflicto interno y han colocado al intratable tema del aborto en el primer plano de la agenda política. Pues bien, para que nuestra política no sea sólo una cadena de desacuerdos, es necesario aprovechar la energía liberada por la recién adquirida legitimidad democrática del nuevo gobierno para cerrar la división creada el 1° de enero de 1994 por el violento estallido de la inconformidad indígena chiapaneca, resultado de la acumulación centenaria de injusticias.
Al calor de la campaña presidencial del 2000, el hoy presidente electo se comprometió a resolver en “15 minutos” lo que en seis años y medio no pudieron resolver ni Carlos Salinas ni Ernesto Zedillo: el problema creado por presencia del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en las montañas del sur mexicano. Es claro que Vicente Fox tiene la posibilidad de llegar a un acuerdo con los insurgentes e iniciar la solución de un problema de raíces tan antiguas como profundas, sobre todo si el próximo domingo las urnas desalojan también al PRI del palacio de gobierno en Tuxtla Gutiérrez. Sin embargo, se van a necesitar más de 15 minutos y, sobre todo, un enfoque distinto al de Zedillo, para dar solución de fondo a un agravio que, de tan antiguo, se transformó en rebelión armada.
Ese nuevo enfoque debe de caracterizarse por la sensibilidad y respeto ante la situación y demandas de ese 10% de la sociedad mexicana a la que se define como indígena. Hace seis años, Zedillo, como candidato del PRI, decidió usar en su favor la incertidumbre, el miedo e incluso el enojo que en un buen número de mexicanos provocó la rebelión de las cañadas de Chiapas. Uniendo la insurgencia indígena con el asesinato del candidato presidencial original del PRI, la campaña zedillista se centró en un implícito “más vale malo por conocido que bueno por conocer” para pedir al electorado que, por su propio bien, aceptara por décimo segunda vez consecutiva a un priísta en la presidencia. Por otro lado, y además de insistir en el voto “por la paz”, Zedillo aseguró a aquellos que simpatizaban con las demandas de los insurgentes, que tenía la intensión y firme propósito de resolver el problema del sur sin violencia, mediante la negociación y la paciencia. Aparentemente, la paciencia se le agotó en dos meses al nuevo presidente, pues apenas se iniciaba 1995, en febrero, cuando ordenó al ejército la captura del personaje con el que se suponía que su secretario de Gobernación y hombre de gran confianza, Esteban Moctezuma, estaba negociando: el subcomandante rebelde Marcos. El jefe insurgente logró escapar al cerco militar pero ahí murió la negociación directa Presidencia de la República-EZLN. Vinieron luego las negociaciones con intermediarios –COCOPA, CONAI, asesores, etcétera-- que culminaron en 1996 con los “Acuerdos de San Andrés” sobre cultura y autonomía indígenas. Sin embargo, más tardó la representación del gobierno federal en firmar el documento que el presidente en devolverlo con observaciones para introducirles modificaciones. Hasta ahí llegó la negociación EZLN-gobierno federal con intermediarios.
Sin negociaciones, la política federal hacia los rebeldes chiapanecos se concretó a las acciones, y las principales fueron las del ejército –el refuerzo de sus posiciones--, las de los grupos paramilitares y los nombramientos de gobernadores interinos. Y la verdad es que la calidad de estos últimos fue de mal en peor, hasta desembocar en Roberto Albores Guillén. Con hechos como los asesinatos de Acteal (1997) o hostigamiento sistemático contra las bases sociales del zapatismo como el que acaba de ocurrir en el predio Paraíso, en Yajalón –donde los paramilitares posaron para la prensa para que ya nadie pudeda dudar de su existencia--, la situación ha terminado por convertirse en un perfecto ejemplo de pantano político.
La estrategia zedillista de dejar correr un tiempo difícil sobre una serie de comunidades indígenas zapatistas –pobres en extremo, perfectamente cercadas y siempre hostigadas y amenazadas--, suponía que, al final, esas bases del zapatismo cambiaran sus lealtades políticas, abandonarían por contraproducente su relación con el EZLN, y a este se lo tragaría una selva cada vez más rala y depredada. Pero al final los indígenas del EZLN aguantaron más que el sexenio... y que el PRI.
Tiempo de Sanar Heridas.- Al cabo de seis años y medio, mucha agua ha corrido por los ríos y arroyos del húmedo sur mexicano, pero el problema chiapaneco persiste. Es hoy el tiempo adecuado para proponer y actuar en el campo tanto de la rebelión como del antiguo asunto de los pueblos indios. Es la hora justa y adecuada para intentar deshacer el nudo gordiano chiapaneco porque van a coincidir tanto en el ámbito nacional como local, un cambio de gobierno y de régimen. Sin embargo, llegar al final feliz no va a ser asunto fácil.
Las raíces y razones del neozapatismo son coloniales. Con la independencia se destruyeron los equilibrios que habían permitido a las comunidades indígenas sobrevivir como tales durante el dominio español. El liberalismo del siglo XIX quiso acabar con la idea y la realidad del indio en nombre de la modernización y de la nación; buscó, con mediano éxito, convertir a todos los mexicanos en ciudadanos e individuos atentos al mercado y no a la cultura comunitaria, tal y como el capitalismo demandaba. Las comunidades se resistieron, algunas tuvieron éxito, otras no. La Revolución Mexicana devolvió a esas comunidades parte de sus tierras por la vía del ejido, aunque persistió en el empeño de disolver su identidad indígena por medio del mestizaje y del nacionalismo. El neoliberalismo actual puso punto final a la siempre difícil convivencia entre comunidad, ejido y mercado –acabó con la reforma agraria-- y, en Chiapas, además, acabó con la ayuda al cultivo del café, y el Tratado de Libre Comercio puso en jaque a toda la economía agrícola de subsistencia. Las instituciones vigentes, formales e informales, ya no procesaron ni siquiera defectuosamente, las preferencias y demandas indígenas. La Iglesia Católica en su no muy extendida versión de “iglesia de los pobres” y los revolucionarios urbanos, ofrecieron alternativas.
Según datos del Consejo Nacional de Población para 1995, Chiapas ocupa el primer lugar del país en índices y grado de marginación (La situación demográfica de México, 1999, p.141). Detrás de esos índices están las razones, perversas, que una y otra vez le permitieron al partido de Estado ganar de calle todos los puestos de “elección popular” –hace apenas diez años los índices de voto priísta superaban con holgura el 90%-- e impedir cualquier alternativa por la vía del pluripartidismo. El EZLN pudo nacer y crecer debido, entre otras cosas, a que su dirigencia supo mezclar el arte de la clandestinidad revolucionaria con las preferencias de un entorno social donde el estado de cosas existente no ofrecía ya salida. La Marcha Xi’Nich (La Hormiga) de 1,200 Km de Palenque a la Ciudad de México en 1991 o la manifestación indígena que en 1992 derribó el monumento al conquistador Diego de Mazariegos en San Cristóbal de las Casas para señalar su idea sobre los 500 años transcurridos desde el descubrimiento europeo de América, fueron otros tantos indicadores de la proximidad de la tormenta, pero los responsables de la vía política institucional, “ni los vieron ni los oyeron”. Aún después de la aparición del EZLN, el procesamiento efectivo de las demandas de los sectores indígenas chiapanecos por los medios legales, democráticos y pacíficos, resultó muy difícil a pesar de que esa era la mejor alternativa para recuperar la paz perdida.
Hoy se están dando, y con rapidez, condiciones que permiten replantear toda la problemática chiapaneca. Las encuestas disponibles nos dicen que el grueso de los ciudadanos de ese estado está consciente de lo que esta en juego en las elecciones del próximo día 20 y todo apunta a que va a ganar la alianza opositora de ocho partidos que encabeza Pablo Salazar Mendiguchía, repitiendo a escala local lo que ya ocurrió en la nacional: la derrota de la fuerza política dominante en los últimos 71 años (véanse los datos publicados en El Universal, 31 de julio y Reforma, 14 de agosto). Es verdad que el PRI fue el partido que más votos recibió en las recientes elecciones presidenciales, pero es igualmente cierto que la suma de la votación por la oposición superó a la del PRI por casi cien mil sufragios. Hoy, lo que queda del priísmo chiapaneco, sabe que ya no marcha al compás de los tambores del “invencible” sino al lúgubre ritmo de la gran derrota del 2 de julio.
La salida de Roberto Albores –el último de media docena de gobernadores interinos-- y la derrota del esfuerzo del “priísmo profundo” encabezado por el tabasqueño Roberto Madrazo va a facilitar el proceso de negociación con las comunidades indígenas en rebeldía. Por otro lado, la materialización de la democracia electoral –experiencia inédita en Chiapas— modifica el contexto político en el que surgió y se desarrolló el EZLN, pues una elección observada y aceptablemente limpia en “las montañas del sureste”, significa que las armas ya no son la única alternativa para quien desea participar y hacerse oír por y dentro de la estructura formal de poder.
Un Nuevo Enfoque.- En Montevideo, el presidente electo, Vicente Fox, manifestó que estaba dispuesto, si la contraparte también lo estaba, a entablar “a la brevedad” un “diálogo directo” con la cúpula del EZLN.
Es comprensible el deseo de Fox de resolver rápido y de una vez por todas la anomalía que representa tener una parte del territorio, por pequeña que sea, sustraída a las leyes y a la autoridad del gobierno nacional. Sin embargo, dicen algunos de los que de esto saben, que para tener éxito, el “diálogo directo” no debe plantearse “a la brevedad”. Primero, el que tiene las ventajas del poder --el ejército, para empezar-- deberá de convencer con gestos y acciones, que el gobierno del nuevo régimen, no obstante estar identificado con el enemigo ideológico del EZLN, es decir, con la derecha, no desea repetir con los rebeldes lo ocurrido bajo los gobiernos del “antiguo régimen”: los de Salinas y Zedillo y sí, en cambio, desea negociar de buena fe. El silencio del subcomandante insurgentes Marcos, tan dado a enviar misivas en otras circunstancias, es en sí mismo un mensaje que deben entender los responsables del gobierno que viene: esta a la espera de esos gestos y acciones.
Vicente Fox esta próximo a asumir el mando de un gobierno al que los zapatistas chiapanecos ya no pueden acusar de ilegítimo, como sí lo pudieron hacer con los anteriores, pues ganó su derecho a gobernar jugando con las reglas de la democracia política. Sin embargo, la naturaleza del PAN y de la coalición foxista, es precisamente la propia de quienes han mostrado poca voluntad de comprender las razones, los planteamientos y el enorme sacrificio hecho por los insurgentes y sus bases sociales. La desconfianza zapatista es comprensible.
Los efectivos del EZLN son pocos, por tanto, el nuevo presidente puede y debe de ir desdibujando, y muy rápidamente, la solución militar del conflicto chiapaneco y subrayar la vía política. Si, como todo hace suponer, las riendas de la autoridad local quedan finalmente en manos de Pablo Salazar Mendiguchía, entonces él como nuevo gobernador y buen conocedor del proceso que llevó al actual callejón sin salida a su estado, será el canal idóneo para enviar señales concretas de que el nuevo régimen ha desistido de las emboscadas físicas y políticas del pasado y esta dispuesto a hacer de la negociación la salida inevitable para el EZLN y para las comunidades. Sólo entonces tendrá sentido un encuentro directo entre el nuevo presidente y los líderes de una insurgencia que, después de todo, siempre ha sostenido que si eligió las armas no fue por gusto sino porque las circunstancias le obligaron. Hay que tomarles la palabra a los inconformes y empezar a cambiar las circunstancias antes de llamarles a negociar.

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