Entre la descentralización y la dispersión.

Lorenzo Meyer
El Problema.- Una de las características más importantes del orden priísta clásico, era la gran concentración del poder, es decir, la unidad de mando de la maquinaria que tomaba y ponía en práctica todas las decisiones políticas sustantivas e incluso muchas que no lo eran. Con la decadencia y caída de ese orden, la concentración de poder en la institución presidencial empezó a dar rápidamente paso a un proceso opuesto que, en principio, debe ser bienvenido por una sociedad deseosa de vivir en y la democracia. Sin embargo, existe la posibilidad de que un mal manejo del cambio lleve a que la descentralización deseable, se transforme en una indeseable dispersión del poder, lo que ya no es compatible con la democracia y sí con el desorden y la ingobernabilidad.
Definiciones y Enfoques.- La literatura política es enorme respecto a la ventajas y desventajas de la centralización y la descentralización del poder.
La democracia real, la que es efectivamente posible, ha sido definida por Robert Dahl, un científico político norteamericano, como un sistema poliárquico, es decir, uno que es altamente incluyente –el grueso de las clases y grupos están representados— y extensamente competitivo –la oposición es real, legítima y tomada en cuenta en la formulación y puesta en práctica de las políticas-- (Polyarchy. Participation and Opposition, 1971, pp. 7-8). En ese tipo de régimen –que es el propio de las sociedades complejas modernas--, hay, por tanto, una multitud de actores y de fuentes de poder e influencia; es un sistema que debe de tener un buen marco institucional para permitir la pluralidad sin que esta degenere en conflictos de clase incontrolables, violencia o parálisis.
En la poliarquía, la multiplicidad de centros de decisión tienen como correspondencia la multiplicidad de instancias legales y políticas donde aquellos que están inconformes pueden apelar y detener las acciones.
Veamos ahora un enfoque distinto. El alegato en favor de la concentración del poder. En su trabajo sobre la modernización política publicado en 1968 (El orden político en las sociedades cambiantes), Samuel P. Huntington sostiene que históricamente aquellas sociedades que debieron enfrentarse tardíamente a la modernización, como México, no estuvieron en posibilidad de darse el lujo de seguir los lentos pasos de las democracias originales –Inglaterra, Francia, Estados Unidos, etcétera— sino que, para avanzar rápidamente en su transformación debieron romper patrones de orden establecidos pero sin tener las instituciones que pudieran contener ordenadamente a los nuevos actores masivos. De ahí que las sociedades que más o menos tuvieron éxito en tan difícil proceso en el siglo XX, fueron las que recurrieron no a la poliarquía sino a la hegemonía, es decir, limitación del pluralismo y a la concentración del poder. Y esa concentración dio lugar a un orden autoritario pero la alternativa real no era la democracia sino la inestabilidad y el caos, lo que finalmente resultó en un enorme obstáculo para su desarrollo económico.
La posición de Huntington puede resumirse asi: para que se pueda limitar democráticamente a la autoridad, lo primero es que esta exista. En otras palabras, primero la concentración del poder por los varios medios disponibles, luego la democracia. Desde esta perspectiva, obviamente conservadora pero que acumula una buena dosis de datos históricos en su favor, la Revolución Mexicana fue un proceso exitoso de modernización, pues la vía revolucionaria es una de las principales rutas hacia la modernización, ya que en su esencia esta la creación de instituciones nuevas para encuadrar y controlar a las masas recién movilizadas. Sin embargo, las revoluciones no conducen a la democracia política sino todo lo contrario, a la concentración del poder en un líder y en un partido. Pues bien, desde este ángulo teórico, resulta que la victoria de la oposición en México en el 2000 puede ser interpretada como el momento en que la autoridad política efectiva creada a lo largo del siglo XX por la vía de un partido de Estado (el PRI) maduró al punto de hacer innecesario y disfuncional el instrumento inicial poder y en cambio permitir que el poder empezara a ser acotado, controlado. En términos de Dahl, México pasó de, como resultado de su modernización, de una hegemonía relativamente incluyente a una poliarquía. Pero ese paso conlleva riesgos.
La Gran Interrogante.- Hasta aquí, y si se hace caso omiso del enorme costo que tuvo esa transformación, todo pareciera ir más o menos encaminado en el sentido shakesperiano de: “todo esta bien si termina bien”. Sin embargo, toda poliarquía funciona bajo la sombra o la amenaza de la incoherencia, la ineficacia y la parálisis, pues la complejidad del pluralismo debe de resolverse sin la presencia de un centro articulador fuerte. La mayor poliarquía del mundo, los Estados Unidos, funcionan con una presidencia muy acotada por el congreso salvo, quizá, en momento de emergencia nacional. El congreso esta muy determinado por las relaciones de cada congresista con fuertes intereses económicos o sindicales. Además, la norteamericana es una sociedad de litigio permanente, donde todos y todo se lleva a las cortes y, finalmente, donde los poderes locales son muy fuertes y en no pocas ocasiones se ponen en abierta contradicción con los estatales y los nacionales. Sin embargo, instituciones originalmente inglesas que ya se han desarrollado como nacionales a lo largo de más de dos siglos, más un notable desarrollo económico, han permitido hasta hoy resolver con éxito las incoherencias del pluralismo norteamericano.
En contraste con la norteamericana, la recién estrenada poliarquía mexicana, tiene que empezar a desarrollarse no sólo en un entorno de subdesarrollo económico sino de estancamiento, donde el “milagro mexicano” de hace cuarenta años y que tanto ayudo al autoritarismo priísta en su época de oro, es sólo un débil recuerdo en un México donde hace veinte años que no hay nada digno de llamarse ya no digamos “milagro” sino simple crecimiento económico. Pero lo pero es, quizá, que el novedoso experimento democrático mexicano se tiene que llevar a cabo dentro de un marco institucional que fue creado y muy bien usado por el autoritarismo. La democracia mexicana aún tiene que dar forma a sus propias instituciones, sea mediante la promulgación de una nueva constitución –cosa poco probable, por ahora— o mediante la tan mencionada pero inexistente, reforma del Estado.
Las Ventajas de la Centralización.- La centralización administrativa tiene que ver con la jerarquía del poder. Y en el México priísta no había ninguna duda sobre cual poder era el más importante: el Ejecutivo, tanto a nivel federal como en el estatal. El presidencialismo sin límites permitía la unidad de decisión y de acción, aunque más en la teoría que en la práctica.
Toda toma de decisiones, salvo las que provienen de la votación, se hace en el contexto de una organización. Pero como en el México del PRI la votación no decidía nada, entonces todo el proceso de decisión se hacía en el contexto de la presidencia y su burocracia o en el del gobernador y la suya. El procedimiento tenía reglas formales, pero eran más importantes las informales, conocidas y observadas por todos los actores importantes.

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