Lorenzo Meyer
Coyuntura.- En política, afirmó Maquiavelo, la fortuna es determinante. Si Vicente Fox hubiera retrasado una semana su visita de Estado a Washington, hubiera sido una víctima más de la impresionante acción terrorista que tuvo lugar en Estados Unidos el 11 de septiembre. Cuando antes el presidente George W. Bush visitó al presiente Fox en su rancho de Guanajuato, la decisión del primero de ordenar un bombardeo a Irak, simplemente mató la atención que se suponía debía de haber tenido la reunión “ranchera”. Hoy, sólo han sido afectadas las reverberaciones de la visita de Fox a Washington.
El Capital Democrático como Punto de Partida- El meollo de la visita del presidente Vicente Fox al vecino del norte reside en el hecho que el mexicano logró mantener la iniciativa política que había ganado desde que visitó a ese país en calidad de presidente electo. Al presidente y a su canciller hay que darles el crédito por imaginar, armar y llevar a cabo una ofensiva diplomática alimentada y sostenida no en el apoyo de la clase política –apoyo que se le ha regateado—, tampoco en la fuerza de algún factor económico estratégico --como el petróleo cuando López Portillo se empeñó en una no muy exitosa política centroamericana—, ni en un sorpresivo golpe de timón --al estilo de Carlos Salinas cuando empezó a negociar en secreto lo que había negado en público: la integración económica de México con Estados Unidos--, sino sostenida casi exclusivamente en el “capital democrático” adquirido gracias al cambio en la naturaleza histórica del régimen.
El novedoso capital político que hoy tiene el presidente mexicano, producto del tránsito de México a la democracia, no es, desde luego, un logro exclusivo de él. Es resultado de la acción prolongada de la parte más viva, dinámica y moral de la sociedad mexicana, que logró desalojar pacíficamente al PRI de una fortaleza construida y reforzada a lo largo de todo el siglo XX –la presidencia autoritaria—, para luego dar un magnífico salto cualitativo en su proceso de desarrollo político al convertirse en una de las democracias más jóvenes del siglo XXI.
La Asimetría del Poder como un Obstáculo Relativo.- En principio, las relaciones entre las naciones son básicamente relaciones de poder y las simpatías que pueda despertar la legitimidad del líder de una nación débil en otra fuerte, son un elemento secundario. Por tanto, y pese a todo, al final, el desequilibrio de poder es la marca inevitable de la relación de un país como México --100 millones de habitantes, un ingreso per capita era de 3, 840 dólares en 1998, y un ejército de 179 mil efectivos con un armamento sólo adecuado para el control de problemas internos--, con un país como Estados Unidos --275 millones de habitantes, un ingreso per capita de 29,240 dólares y con fuerzas armadas de un millón cuatrocientos mil efectivos que, además, disponen del mayor arsenal convencional y atómico y tienen capacidad para intervenir en cualquier parte del planeta. Se pueden elegir otros indicadores –educación, ramas de la economía, etcétera— pero el resultado no variará y la asimetría se mantendrá más o menos igual.
Teniendo las consideraciones anteriores como trasfondo, surge la pregunta inevitable: ¿como puede México lograr que Estados Unidos tome en cuenta sus intereses y modifique en consecuencia algunas de sus políticas? Afortunadamente, la respuesta a tal cuestionamiento no está decidida de antemano por la mera correlación de fuerzas sino que, además, entran en juego otros factores. A ningún gobierno mexicano le resulta fácil influir en la formulación de la compleja política norteamericana, pero tampoco le es imposible si tiene legitimidad real, obra con inteligencia, prudencia, determinación...y buena fortuna.
En sus tratos con Estados Unidos México tiene a su favor una condición o circunstancia que frecuentemente caracteriza a países o grupos relativamente débiles y que puede permitirles disminuir en ciertas áreas y circunstancias la asimetría básica que enmarca su relación con la gran potencia: puede concentrar sus elementos de poder en un puñado de objetivos o en uno solo. En efecto, una superpotencia como Estados Unidos siempre tiene que atender una abanico muy amplio de intereses y problemas internacionales, lo que le obliga a dispersar recursos y atención. En contraste, países como México, tienen una agenda internacional menor y precisamente por eso, si se deciden, pueden concentrar su energía en únicamente un puñado de asuntos, y lograr en arenas específicas una relación mejor con la gran potencia de lo que permite suponer la mera comparación del conjunto de los elementos de poder de ambos actores. Por cierto, este mismo razonamiento puede explicar la orientación y conducta de un grupo terrorista respecto de una gran potencia.
La Importancia de Tomar la Iniciativa.- Vicente Fox no es, desde luego, el primer presidente que toma la iniciativa política frente a Estado Unidos al insistir que es necesario que el gobierno de ese país otorgue un status legal a alrededor de 3.5 millones de trabajadores mexicanos indocumentados que se encuentran en su territorio pero que ya han sido integrados en las zonas peor remuneradas pero indispensables de su enorme aparato productivo. El presidente Fox insistió con vehemencia ante su colega norteamericano y ante los congresistas que es necesario, por razones de justicia y consideraciones prácticas, encontrar la forma de reconocer e institucionalizar la presencia de esos mexicanos –“héroes”, les llamó-- cuyo trabajo es muy positivo tanto para la economía de Estados Unidos como para la de México.
La decisión del mandatario mexicano de presentar su propia agenda política a Washington y demandarle, de buen modo, desde luego, que le responda dentro del marco en que le planteó la iniciativa –en los términos mexicanos--, no es algo común en la relación mexicano-americana, aunque hay algunos antecedentes. En una situación crítica en extremo en 1859, el presidente Benito Juárez decidió no sólo aceptar la demanda de Washington de otorgarle derechos de paso a perpetuidad por varios puntos del territorio mexicano sino que le propuso algo inesperado: una alianza política que obligara a las apartes a acudir en ayuda de la otra si ésta lo demandaba; afortunadamente el tratado MacLane-Ocampo fue rechazado por los congresistas norteamericanos. Venustiano Carranza no se contentó con seguir una política defensiva ante el intervencionismo norteamericano, sino que pese a no tener siquiera el control del país, tomó la iniciativa y demandó ¡un boicot mundial contra los participantes en la I Guerra para obligarles a poner fin al conflicto!, obviamente no tuvo éxito. Lázaro Cárdenas hizo algo parecido cuando exigió a la comunidad internacional apoyar a la República Española, pero sí tuvo éxito cuando aprovechó la coyuntura internacional y asumió la iniciativa contra las empresas petroleras para alterar fundamentalmente las relaciones de poder entre el régimen y los grandes capitales externos. Desde luego que Carlos Salinas también recurrió a la ofensiva cuando decidió proponer a Estados Unidos la firma de un Tratado de Libre Comercio de la América del Norte (TLCAN) para inyectar dinamismo a una economía mexicana en crisis estructural y, de paso, ligar el destino de la iniciativa al de su proyecto político: modificar el régimen económico mexicano sin alterar el político. Fue esa, sin duda, una maniobra audaz e imaginativa que, afortunadamente, fracasó por lo que se refiere a la preservación del sistema político.
La iniciativa foxista en relación a los trabajadores mexicanos indocumentados en Estados Unidos tiene su raíz justamente en el proyecto de Salinas, pero en un sentido muy distinto. En efecto, Fox pretende modificar el marco creado por el TLCAN para introducir aquello que conscientemente se dejó fuera en 1993. Como se sabe, a lo largo de la negociación que culminó en la firma del acuerdo, Salinas buscó ligar la suerte económica de México a la de Estados Unidos apelando a la coincidencia de intereses de las cúpulas, es decir, de las élites políticas y económicas, pero sacrificando los intereses de la mano de obra y de los productores más débiles, como, por ejemplo, los maiceros, para de esta forma minimizar la resistencia de los congresistas norteamericanos a aceptar el tratado.
Un Neoliberalismo que no lo era Tanto.- La teoría en que se apoya la destrucción de las barreras comerciales sostiene que esa decisión maximiza los beneficios para todos pues el libro flujo de bienes obliga a cada región o grupo a especializarse en lo que hace bien y barato, pero extiende la misma lógica al libre movimiento de capitales –van a donde pueden maximizar su ganancia— y de mano de obra: los trabajadores deben desplazarse a las regiones y tipo de actividad donde puedan conseguir los mejores sueldos en función de sus habilidades. Esa es la teoría, sin embargo en la práctica el TLCAN sólo la aceptó parcialmente, porque si bien se propuso la libertad de comercio y de movimiento de capitales --aspectos donde Estados Unidos y Canadá tenían clara ventaja-- mantuvo el viejo orden de fronteras cerradas en lo relativo a la mano de obra.
La aceptación parcial de la teoría económica liberal por los signatarios del TLCAN no significó que la realidad también la aceptara. Y no obstante haber quedado fuera del marco regulatorio de la integración económica norteamericana, los trabajadores mexicanos insistieron –insisten-- en buscar mejores oportunidades al norte de su país, aunque para ello tengan que pagar un precio tan injustamente alto que resulta inhumano. Ese precio incluye, entre otros, pagar su traslado, los peligros del cruce –que en el desierto de Arizona son altísimos--, la humillación de ser perseguidos, la desintegración familiar, la falta de seguridad en el trabajo, de prestaciones sociales, la discriminación, etcétera. Cuando el canciller Jorge Castañeda se encontraba en la oposición, cuestionó precisamente la decisión de Salinas y los suyos de pagar el costo de la integración económica de México a Estados Unidos con el abandono a su suerte de millones de trabajadores indocumentados mexicanos; ahora es su responsabilidad modificar esa situación.
La posición del gobierno mexicano actual es insistir en la necesidad de reformar el marco legal de la relación mexicano americana para incluir al factor ignorado: el trabajo. En favor de su posición, el gobierno de Fox argumenta razones morales y prácticas. Es injusto someter a los migrantes mexicanos en Estados Unidos a las condiciones de inseguridad, explotación y humillación en que viven y trabajan actualmente, cuando su presencia en ese país le ha producido beneficios tangibles a la gran economía norteamericana, pues ha permitido la competitividad de varios sectores donde la mano de obra es la diferencia entre el éxito o el fracaso, como es el caso varias ramas agrícolas, y ha dotando de servicios baratos a millones de norteamericanos que se desempeñan en áreas de muy alta productividad: mientras un norteamericano trabaja en empresas “punto com” en el Silicon Valley de California, los mexicanos le hacen la limpieza de su casa y oficina, preparan sus alimentos, cuidan su jardín, atienden a su familiar jubilado, construyen o reparan su vivienda, etcétera. También hay argumentos eminentemente prácticos en esta posición: si no se acuerdan las reglas para permitir la presencia de la mano de obra mexicana en Estados Unidos, ésta va a continuar, pero en condiciones incompatibles con el mantenimiento del Estado de Derecho y con una auténtica comunidad económica de la América del Norte.
¡Hoy, Hoy, Hoy!.- Mayúscula fue la sorpresa del presidente norteamericano y de los funcionarios de su administración cuando el 5 de septiembre el jefe del gobierno mexicano demandó en la Casa Blanca resolver la situación legal de los mexicanos mediante un acuerdo que debería de firmarse este mismo año. Desde luego que Fox no cuenta con los instrumentos de poder para llevar no sólo a la Casa Blanca sino al Congreso a aceptar su demanda y pasar la legislación correspondiente, pero en política internacional el imponer la agenda ya es una ventaja en la negociación. Y la posición mexicana se fortalecería si los actores políticos internos respaldan sin regateos al gobierno en ese tema, lo que, desafortunadamente, hoy no es evidente.
El Capital Democrático como Punto de Partida- El meollo de la visita del presidente Vicente Fox al vecino del norte reside en el hecho que el mexicano logró mantener la iniciativa política que había ganado desde que visitó a ese país en calidad de presidente electo. Al presidente y a su canciller hay que darles el crédito por imaginar, armar y llevar a cabo una ofensiva diplomática alimentada y sostenida no en el apoyo de la clase política –apoyo que se le ha regateado—, tampoco en la fuerza de algún factor económico estratégico --como el petróleo cuando López Portillo se empeñó en una no muy exitosa política centroamericana—, ni en un sorpresivo golpe de timón --al estilo de Carlos Salinas cuando empezó a negociar en secreto lo que había negado en público: la integración económica de México con Estados Unidos--, sino sostenida casi exclusivamente en el “capital democrático” adquirido gracias al cambio en la naturaleza histórica del régimen.
El novedoso capital político que hoy tiene el presidente mexicano, producto del tránsito de México a la democracia, no es, desde luego, un logro exclusivo de él. Es resultado de la acción prolongada de la parte más viva, dinámica y moral de la sociedad mexicana, que logró desalojar pacíficamente al PRI de una fortaleza construida y reforzada a lo largo de todo el siglo XX –la presidencia autoritaria—, para luego dar un magnífico salto cualitativo en su proceso de desarrollo político al convertirse en una de las democracias más jóvenes del siglo XXI.
La Asimetría del Poder como un Obstáculo Relativo.- En principio, las relaciones entre las naciones son básicamente relaciones de poder y las simpatías que pueda despertar la legitimidad del líder de una nación débil en otra fuerte, son un elemento secundario. Por tanto, y pese a todo, al final, el desequilibrio de poder es la marca inevitable de la relación de un país como México --100 millones de habitantes, un ingreso per capita era de 3, 840 dólares en 1998, y un ejército de 179 mil efectivos con un armamento sólo adecuado para el control de problemas internos--, con un país como Estados Unidos --275 millones de habitantes, un ingreso per capita de 29,240 dólares y con fuerzas armadas de un millón cuatrocientos mil efectivos que, además, disponen del mayor arsenal convencional y atómico y tienen capacidad para intervenir en cualquier parte del planeta. Se pueden elegir otros indicadores –educación, ramas de la economía, etcétera— pero el resultado no variará y la asimetría se mantendrá más o menos igual.
Teniendo las consideraciones anteriores como trasfondo, surge la pregunta inevitable: ¿como puede México lograr que Estados Unidos tome en cuenta sus intereses y modifique en consecuencia algunas de sus políticas? Afortunadamente, la respuesta a tal cuestionamiento no está decidida de antemano por la mera correlación de fuerzas sino que, además, entran en juego otros factores. A ningún gobierno mexicano le resulta fácil influir en la formulación de la compleja política norteamericana, pero tampoco le es imposible si tiene legitimidad real, obra con inteligencia, prudencia, determinación...y buena fortuna.
En sus tratos con Estados Unidos México tiene a su favor una condición o circunstancia que frecuentemente caracteriza a países o grupos relativamente débiles y que puede permitirles disminuir en ciertas áreas y circunstancias la asimetría básica que enmarca su relación con la gran potencia: puede concentrar sus elementos de poder en un puñado de objetivos o en uno solo. En efecto, una superpotencia como Estados Unidos siempre tiene que atender una abanico muy amplio de intereses y problemas internacionales, lo que le obliga a dispersar recursos y atención. En contraste, países como México, tienen una agenda internacional menor y precisamente por eso, si se deciden, pueden concentrar su energía en únicamente un puñado de asuntos, y lograr en arenas específicas una relación mejor con la gran potencia de lo que permite suponer la mera comparación del conjunto de los elementos de poder de ambos actores. Por cierto, este mismo razonamiento puede explicar la orientación y conducta de un grupo terrorista respecto de una gran potencia.
La Importancia de Tomar la Iniciativa.- Vicente Fox no es, desde luego, el primer presidente que toma la iniciativa política frente a Estado Unidos al insistir que es necesario que el gobierno de ese país otorgue un status legal a alrededor de 3.5 millones de trabajadores mexicanos indocumentados que se encuentran en su territorio pero que ya han sido integrados en las zonas peor remuneradas pero indispensables de su enorme aparato productivo. El presidente Fox insistió con vehemencia ante su colega norteamericano y ante los congresistas que es necesario, por razones de justicia y consideraciones prácticas, encontrar la forma de reconocer e institucionalizar la presencia de esos mexicanos –“héroes”, les llamó-- cuyo trabajo es muy positivo tanto para la economía de Estados Unidos como para la de México.
La decisión del mandatario mexicano de presentar su propia agenda política a Washington y demandarle, de buen modo, desde luego, que le responda dentro del marco en que le planteó la iniciativa –en los términos mexicanos--, no es algo común en la relación mexicano-americana, aunque hay algunos antecedentes. En una situación crítica en extremo en 1859, el presidente Benito Juárez decidió no sólo aceptar la demanda de Washington de otorgarle derechos de paso a perpetuidad por varios puntos del territorio mexicano sino que le propuso algo inesperado: una alianza política que obligara a las apartes a acudir en ayuda de la otra si ésta lo demandaba; afortunadamente el tratado MacLane-Ocampo fue rechazado por los congresistas norteamericanos. Venustiano Carranza no se contentó con seguir una política defensiva ante el intervencionismo norteamericano, sino que pese a no tener siquiera el control del país, tomó la iniciativa y demandó ¡un boicot mundial contra los participantes en la I Guerra para obligarles a poner fin al conflicto!, obviamente no tuvo éxito. Lázaro Cárdenas hizo algo parecido cuando exigió a la comunidad internacional apoyar a la República Española, pero sí tuvo éxito cuando aprovechó la coyuntura internacional y asumió la iniciativa contra las empresas petroleras para alterar fundamentalmente las relaciones de poder entre el régimen y los grandes capitales externos. Desde luego que Carlos Salinas también recurrió a la ofensiva cuando decidió proponer a Estados Unidos la firma de un Tratado de Libre Comercio de la América del Norte (TLCAN) para inyectar dinamismo a una economía mexicana en crisis estructural y, de paso, ligar el destino de la iniciativa al de su proyecto político: modificar el régimen económico mexicano sin alterar el político. Fue esa, sin duda, una maniobra audaz e imaginativa que, afortunadamente, fracasó por lo que se refiere a la preservación del sistema político.
La iniciativa foxista en relación a los trabajadores mexicanos indocumentados en Estados Unidos tiene su raíz justamente en el proyecto de Salinas, pero en un sentido muy distinto. En efecto, Fox pretende modificar el marco creado por el TLCAN para introducir aquello que conscientemente se dejó fuera en 1993. Como se sabe, a lo largo de la negociación que culminó en la firma del acuerdo, Salinas buscó ligar la suerte económica de México a la de Estados Unidos apelando a la coincidencia de intereses de las cúpulas, es decir, de las élites políticas y económicas, pero sacrificando los intereses de la mano de obra y de los productores más débiles, como, por ejemplo, los maiceros, para de esta forma minimizar la resistencia de los congresistas norteamericanos a aceptar el tratado.
Un Neoliberalismo que no lo era Tanto.- La teoría en que se apoya la destrucción de las barreras comerciales sostiene que esa decisión maximiza los beneficios para todos pues el libro flujo de bienes obliga a cada región o grupo a especializarse en lo que hace bien y barato, pero extiende la misma lógica al libre movimiento de capitales –van a donde pueden maximizar su ganancia— y de mano de obra: los trabajadores deben desplazarse a las regiones y tipo de actividad donde puedan conseguir los mejores sueldos en función de sus habilidades. Esa es la teoría, sin embargo en la práctica el TLCAN sólo la aceptó parcialmente, porque si bien se propuso la libertad de comercio y de movimiento de capitales --aspectos donde Estados Unidos y Canadá tenían clara ventaja-- mantuvo el viejo orden de fronteras cerradas en lo relativo a la mano de obra.
La aceptación parcial de la teoría económica liberal por los signatarios del TLCAN no significó que la realidad también la aceptara. Y no obstante haber quedado fuera del marco regulatorio de la integración económica norteamericana, los trabajadores mexicanos insistieron –insisten-- en buscar mejores oportunidades al norte de su país, aunque para ello tengan que pagar un precio tan injustamente alto que resulta inhumano. Ese precio incluye, entre otros, pagar su traslado, los peligros del cruce –que en el desierto de Arizona son altísimos--, la humillación de ser perseguidos, la desintegración familiar, la falta de seguridad en el trabajo, de prestaciones sociales, la discriminación, etcétera. Cuando el canciller Jorge Castañeda se encontraba en la oposición, cuestionó precisamente la decisión de Salinas y los suyos de pagar el costo de la integración económica de México a Estados Unidos con el abandono a su suerte de millones de trabajadores indocumentados mexicanos; ahora es su responsabilidad modificar esa situación.
La posición del gobierno mexicano actual es insistir en la necesidad de reformar el marco legal de la relación mexicano americana para incluir al factor ignorado: el trabajo. En favor de su posición, el gobierno de Fox argumenta razones morales y prácticas. Es injusto someter a los migrantes mexicanos en Estados Unidos a las condiciones de inseguridad, explotación y humillación en que viven y trabajan actualmente, cuando su presencia en ese país le ha producido beneficios tangibles a la gran economía norteamericana, pues ha permitido la competitividad de varios sectores donde la mano de obra es la diferencia entre el éxito o el fracaso, como es el caso varias ramas agrícolas, y ha dotando de servicios baratos a millones de norteamericanos que se desempeñan en áreas de muy alta productividad: mientras un norteamericano trabaja en empresas “punto com” en el Silicon Valley de California, los mexicanos le hacen la limpieza de su casa y oficina, preparan sus alimentos, cuidan su jardín, atienden a su familiar jubilado, construyen o reparan su vivienda, etcétera. También hay argumentos eminentemente prácticos en esta posición: si no se acuerdan las reglas para permitir la presencia de la mano de obra mexicana en Estados Unidos, ésta va a continuar, pero en condiciones incompatibles con el mantenimiento del Estado de Derecho y con una auténtica comunidad económica de la América del Norte.
¡Hoy, Hoy, Hoy!.- Mayúscula fue la sorpresa del presidente norteamericano y de los funcionarios de su administración cuando el 5 de septiembre el jefe del gobierno mexicano demandó en la Casa Blanca resolver la situación legal de los mexicanos mediante un acuerdo que debería de firmarse este mismo año. Desde luego que Fox no cuenta con los instrumentos de poder para llevar no sólo a la Casa Blanca sino al Congreso a aceptar su demanda y pasar la legislación correspondiente, pero en política internacional el imponer la agenda ya es una ventaja en la negociación. Y la posición mexicana se fortalecería si los actores políticos internos respaldan sin regateos al gobierno en ese tema, lo que, desafortunadamente, hoy no es evidente.
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