El Ingeneiro Cárdenas.

Lorenzo Meyer
Inaceptable.- “Voy a fijar la tumba del Cuauhtémoc chiquillo, aquí en Jiquilpan”. De esa manera, a la que le sobró en arrogancia lo que le faltó elegancia, el candidato presidencial del PAN --Vicente Fox-- resumió el objetivo de su reciente gira a Michoacán. Independientemente de las razones electorales del líder panista, la figura del candidato del PRD a la presidencia de la República puede ser definida de varias formas, pero no de “chiquilla”.
La retórica de los candidatos, sobre todo del que considera que tiene ya la posibilidad de desbancar al oponente pero por poco margen –el caso del PAN— tiene como objetivo la búsqueda de votos a como de lugar, sin dar ni pedir cuartel. Es discutible que la arrogancia sea el mejor camino para atraer al votante “no duro” y al indeciso, pero ese es un asunto del PAN. Finalmente, está por verse sí efectivamente el rival histórico del cardenismo puede arrancar las raíces de esa corriente en su propia tierra, pero en todo caso, al ciudadano se le plantea una cuestión: ¿es tan irrelevante la contribución hecha a lo largo de más de doce años por el ingeniero Cárdenas y el cardenismo al esfuerzo por movilizar a la sociedad mexicana para poner fin al monopolio partidista del poder más largo del siglo XX?.
Hay razones para argumentar que existe una relación causal directa entre la decisión y el esfuerzo desarrollado desde 1987 por quienes dieron forma al Frente Democrático Nacional primero y al Partido de la Revolución Democrática después --Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo-- y el que hoy exista la posibilidad de que un candidato opositor puedan lograr una victoria en las urnas sin que el fraude o la violencia le arrebate el triunfo. Es verdad que las encuestas ponen hoy al ingeniero Cárdenas en un tercer lugar respecto al resto de los candidatos a la presidencia, pero ese hecho no debería impedir reconocer la nada “chica” y sí muy grande --en realidad decisiva-- contribución de Cuauhtémoc Cárdenas y su partido para que los mexicanos estemos en posibilidades de superar el autoritarismo que ha marcado una buena parte de, por no decir toda, nuestra historia.
El Principio.- La lenta transformación del sistema político que la Revolución heredó a México se inició al final de los años cincuenta con la huelga ferrocarrilera, los movimientos navista de San Luis Potosí y de la Asociación Cívica Guerrerense y concluyó su primera etapa con el movimiento estudiantil del 68 y el 71. El régimen no quiso o pudo procesar esas demandas de democratización por los canales institucionales y las reprimió con distintos grados de violencia; sus secuelas fueron la “guerra sucia” de los años setenta. La demanda por el cambio democrático volvió a recibir un nuevo aire con la “insurgencia electoral” del PAN en Chihuahua en 1983. Ese esfuerzo cívico fue una reacción a la crisis económica del 82 y a sus efectos en las formas de vida cotidiana en la zona fronteriza. El nuevo empeño por hacer de las urnas el ariete para forzar las duras puertas del autoritarismo dominante, volvió a ser parado en seco, pero esta vez ya no por la violencia desnuda como en el pasado sino por la vía del fraude electoral del 86. La “fatiga” que siguió a la derrota detuvo temporalmente el avance panista (véase a Alberto Aziz Nassif, Chihuahua: historia de una alternativa, La Jornada, 1994).
Nadie puede cuestionar ni minimizar la contribución de Manuel Clouthier por revigorizar la insurgencia electoral del norte y llevarla al plano nacional, pero finalmente quien logró la proeza no fue el PAN sino Cuauhtémoc Cárdenas. Lo hizo tras romper abiertamente con la presidencia y con el PRI –la estructura de poder en la que nació y se desarrolló— y llevar a cabo en condiciones muy desventajosas una lucha formidable por dar forma a una alternativa desde el centro izquierda (véase a Luis Javier Garrido, La ruptura, Grijalbo, 1993).
La movilización electoral que el neocardenismo logró entre 1987 y 1989, cimbró hasta sus cimientos a la vieja estructura autoritaria de poder y la agrietó de manera permanente. Al final de cuentas el régimen se mantuvo porque el choque se dio en condiciones de desigualdad abrumadoras. Baste como indicador de la disparidad un dato que el IFE nos acaba de recordar: el tiempo que se dio a las candidaturas presidenciales en el 88 en los medios de propaganda política más importantes, la radio y la televisión, fue de 83.1% para el PRI, 3.1% para el PAN de Clouthier y ¡sólo el 1.6% para el FDN de Cárdenas! (Reforma, 3 de marzo). Pese a todo, a Cárdenas se le debieron reconocer entonces una proporción de votos nunca registrados para un opositor: el 31.06% y a Clouthier el 16.81%.
La crisis del PRI llevó a Salinas a buscar un acercamiento con el PAN para detener la amenaza que, para ambos, representaba el neocardenismo. El golpeteo incesante de todo el aparato de Estado contra el cardenismo, lo desgasto y debilitó, aunque no lo acabó. Y justo porque el cardenismo se mantuvo a lo largo de los noventa, el PAN tuvo la posibilidad de recobrar el terreno perdido desde el que hoy aspira a ganar la presidencia.
La Política de Mercado y la Otra.- Un austríaco, tratando de explicar y restar importancia a los resultados electorales que favorecieron al derechista Joerg Haider, resumió bien la naturaleza de muchas campañas electorales actuales: “el populismo no es otra cosa que el ‘marketing’ moderno” (The New York Times, 3 de marzo). En efecto, el grueso de quienes hoy aspiran al poder por la vía del voto, primero determinan que es lo que cada cual desea escuchar, y luego elaboran una perorata a la medida del cliente; al cambiar el auditorio cambian el discurso. Es claro que esta forma de hacer política tiene un costo: las propuestas son contradictorias e incongruentes, pero todo indica que, pese a ello, el populismo del “marketing” es efectivo para ganar simpatías y muy posiblemente votos. En caso de llegar al poder, la línea de acción que seguirá el candidato que opera según esas reglas es una incógnita, posiblemente ni siquiera él sabrá como resolver los compromisos contradictorios cuando llegue el momento de la responsabilidad.
Los Objetivos y los Estilos.- Hay que partir de un hecho tan simple como contundente y desagradable: según Maquiavelo, en la lucha por el poder lo que cuenta no es la intensión, la congruencia o incluso la honestidad, sino el resultado. Ahora bien, ocurre que no hay uno sino varios tipos de resultados, según los objetivos y los dos principales candidatos opositores, son ejemplos de esa variedad.
En una elección el objetivo obvio es lograr la mayoría, pero esa no es siempre la única ni siquiera la meta más importante. Según las encuestas, hoy Vicente Fox va acercándose en las preferencias al candidato del viejo partido de Estado, Francisco Labastida. La fuerza electoral del panista se debe a una combinación de factores que también se han dado en otras latitudes: una personalidad atractiva, poco acartonada, agresiva pero jovial, flexible, un tanto irreverente con el poder y muy dispuesta al mimetismo con su auditorio. Siguiendo casi al pie de la letra los cánones del “marketing” político, el guanajuatense busca casi a toda costa, despertar la simpatía de su auditorio y hablarle con su propio lenguaje: serio y estudiado en algunas circunstancias y coloquial y desparpajado en otras.
Un par de ejemplos recientes ilustran el estilo de Vicente Fox. En una entrevista con un diario muy leído por el público de izquierda, a contrapelo de la historia de su partido, el panista no tuvo empacho en definirse “un poco” como hombre de “centro izquierda” porque esa era “la demanda de la ciudadanía” (La Jornada, 28 de febrero). Sin embargo, unos cuantos días más tarde, en el marco la Convención Nacional Bancaria --una especie de Davos mexicano, donde anualmente se reúnen los grandes del dinero con los grandes de la política--, el candidato del PAN, se dirigió a los banqueros como “colegas”, les presentó un discurso exactamente como el que deseaban, cuyo punto nodal fue prometer seguridad y apoyo en caso de ser él quien triunfara en julio, y remató su presentación con un: “¡Muchas gracias, a nombre del pueblo de México, por mantenerse en pie pese al error de diciembre!” (Milenio, 5 de marzo). Así, el candidato panista le cargó todo el peso del desastre bancario al gobierno y para nada mencionó la irresponsabilidad y los manejos ilegítimos e ilegales de los créditos por parte de ciertos banqueros, y que hoy se confunden dentro del IPAB con las deudas impagables de muchos deudores no dolosos a los que arruinó la crisis del 94-95. El aplauso de los banqueros a Fox fue entusiasta y genuino.
Cuauhtémoc Cárdenas, acusado por muchos de populista, en la realidad no se ha comportado como se supone que lo hacen los populistas: siguiendo las reglas del “marketing”, buscando el mimetismo con su auditorio y diciéndole lo que quiere oír y sólo lo que quiere oír. Cuando Cárdenas fue jefe de gobierno de la Ciudad de México, los logros de su administración --que fueron mucho menos de los que prometió, pero algo más de los que sus adversarios le reconocen-- fueron poco publicitados y él se mantuvo extrañamente renuente a asistir a la plaza pública y asumir el papel del populista en vísperas de buscar la presidencia.
Ya candidato presidencial por tercera vez y en la reunión con los banqueros a la que se ha hecho referencia, el ingeniero Cárdenas llegó puntual, pero fue recibido tarde y tras leer su discurso simplemente se retiró para cumplir con una agenda que ya tenía comprometida con otros que no eran banqueros. Su discurso no gustó, en lo absoluto, al selecto e importante auditorio, pero nadie puede negar que fue congruente con la posición de su partido y con los intereses de los sectores sociales que busca representar, y que son los propios de la izquierda. Sin intentar mimetismos ante los banqueros, Cárdenas pidió la sustitución, por incapaces, de “los administradores de la crisis bancaria”, criticó la “relación perversa” entre la alta burocracia gubernamental y una parte de la comunidad bancaria, se refirió al Fobaproa y a la enorme carga que eso representa para el erario --es decir, mentó la soga en casa del ahorcado-- y al ocultamiento de información sobre malos manejos de los créditos en la crisis del 94-95. Sin embargo, por otro lado, también formuló propuestas para que la banca tenga un entorno de estabilidad económica, seguridad jurídica y, finalmente, haga lo que se supone que toda banca debe hacer pero la nuestra no ha hecho: otorgar crédito a quienes lo necesitan.
Todo hace suponer que hoy el objetivo fundamental de Cárdenas y el cardenismo no es lograr a toda costa el triunfo electoral en julio sino algo de más largo plazo. Su estilo y contenido de campaña hacen suponer que el cardenismo intenta ganar el mayor terreno posible en la próxima elección pero, sobre todo, su meta es asegurar la consolidación y permanencia de una opción de izquierda de cara al futuro. En un México tan desequilibrado socialmente como el actual, con una democracia incipiente y sin tradición, resulta irresponsable dejar el escenario político al juego de dos versiones de la derecha: la democrática y relativamente honesta, que es el PAN y la no democrática y cargada de corrupción, que es el PRI.
Ante la dificultad de ganar una mayoría relativa del electorado --la absoluta es difícil que alguien la logre-- y haber rechazado la alianza para un frente común con el PAN, la tarea histórica del cardenismo pareciera ser ahora la de asegurar un “voto duro” lo más amplio posible, y hacer de él un núcleo irreductible y punto de referencia de la izquierda en el inicio del siglo XXI, especialmente en la Ciudad de México y el congreso. En realidad, a casi todos nos conviene que así sea, incluso a la derecha. Sin una izquierda con presencia efectiva y dispuesta a jugar el juego institucional, aumenta considerablemente la posibilidad de que los marginados de la globalización y del proceso político --que en el futuro inmediato serán muchos-- elijan el camino de la confrontación, del choque directo con las instituciones, en una palabra, de la vía política no democrática. No es seguro que Cárdenas logre su objetivo, pero en cualquier caso es ambicioso y nada “chiquillo”.

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