Dudas sobre la visión mayoritaria de una minoría.

Lorenzo Meyer
Un Principio que Tiene Excepciones.- De acuerdo con los resultados de la encuesta anual del Grupo Reforma –encuesta telefónica hecha a un conjunto representativo de los mexicanos... con teléfono--, el peor hombre político del año 2000 fue Cuauhtémoc Cárdenas (26%); peor, según los encuestados, que Francisco Labastida, Oscar Espinosa, Roberto Madrazo, Manuel Camacho o Victor Cervera Pacheco. De acuerdo con esa misma fuente y para sorpresa de nadie, el mejor hombre político del año que concluyó resultó ser el presidente Vicente Fox (36%), pero seguido muy de cerca por el expresidente Ernesto Zedillo (35%), (Reforma, 1° de enero). Hay elementos para disentir de esa visión dominante entre los mexicanos de clase media, pero antes conviene examinar la naturaleza misma de la opinión mayoritaria en general.
La regla de la mayoría es uno de los fundamentos básicos de la democracia política. El supuesto de la racionalidad y virtud de esa opinión mayoritaria es uno muy fuerte y arraigado a partir del triunfo de la idea democrática moderna a fines del siglo XVIII. En su origen, esa teoría democrática sostuvo que la voluntad de la mayoría debía prevalecer sobre la de la minoría porque, en principio, la mayoría siempre termina por saber lo que quiere, porque lo quiere y, gracias a su “sentido común”, ese deseo resulta ser, en la práctica, lo mejor para el conjunto.
Al analizar la naturaleza de la “voluntad general”, Juan Jacobo Rousseau (1712-1778), uno de los grandes teóricos de la democracia, sostuvo que “el pueblo en su conjunto nunca es corrupto”, y que por esa razón su voluntad y su visión siempre estaban guiados por el principio de la búsqueda sincera del bien colectivo. Sin embargo, esa sabiduría y virtud colectivas eran únicamente atributos del todo, no del individuo aislado o de grupos menores al conjunto social –como es justamente el de la encuesta de marras, pues en México hay sólo 10.6 líneas telefónicas por cada cien habitantes--, que pueden estar equivocados, ya que pueden percibir la realidad desde una perspectiva parcial, egoísta y no necesariamente correcta. Es por ello que el teórico de la voluntad general, la soberanía popular y el contrato social, Rousseau, sólo le concedía el don de la infalibilidad política y de la virtud ética al pueblo en su conjunto y únicamente cuando deliberaba sin estar sometido a influencias partidarias, pues sólo entonces se neutralizaban mutuamente los extremos y las aberraciones y se podía percibir objetivamente en que consistía el “bien común” (El contrato social, 1762, libros II y IV).
La confianza de Rousseau en la incorruptibilidad, sabiduría y sentido común del pueblo fue puesta en tela de juicio muy pronto. Alexei de Tocqueville (1805-1859), por ejemplo, tras examinar como funcionaba en realidad la democracia norteamericana, no mostró mayor aprecio por la supuesta “sabiduría” de la mayoría – Tocqueville, el aristócrata, contraponía la calidad a la cantidad--, y en cambio alertó ante la posibilidad de que generara una tiranía de la mayoría “omnipotente” y se convirtiera en una nueva fuente de injusticias, (La democracia en América, 1835, Vol. I, 2ª parte, cap. 7). Un siglo más tarde, José Ortega y Gasset (1883-1955) se empeñó en demostrar que opinión mayoritaria y mediocridad y error eran sinónimos, y que la única visión del mundo con valor práctico y ético era la de las “minorías excelentes” (La rebelión de las masas, 1930). En contraposición a Rousseau, Ortega argumentó que la masa estaba naturalmente incapacitada para entender la naturaleza del mundo, y sí no podía hacerse cargo responsablemente de su propio destino, menos del de la sociedad toda. Y sí lo intentaba, la llevaría al desastre.
Hoy es claro que debemos situarnos en un punto intermedio. La regla de la mayoría y la democracia sigue siendo la mejor de las alternativas políticas posibles, pero también debe de tenerse en cuenta que la mayoría es falible, fácilmente influenciable y que es capaz de cometer errores terribles, y para muestra basta recordar la experiencia de la Alemania nacionalsocialista, donde la mayoría apoyó a un régimen y a un liderazgo particularmente destructivo y perverso. Así pues, la aceptación o rechazo por parte de la opinión mayoritaria de un personaje político y de su proyecto en una época determinada no es necesariamente justa ni significa su consagración o condena históricas. En concreto, el juicio actual de la clase media mexicana sobre la naturaleza de la trayectoria política de Cuauhtémoc Cárdenas o de Ernesto Zedillo no puede ni debe de ser considerado como la última palabra sobre el particular. El valor de las encuestas de opinión de un sector de la sociedad es sólo un elemento entre los varios que contribuyen a dar forma a un juicio histórico.
Una Valoración Alternativa.- Cualquier consideración sobre el tres veces candidato presidencial de la izquierda mexicana –1988, 1994 y 2000-- tiene que reconocer que pese a la legendaria persistencia de Cárdenas y a su infatigable recorrido por toda la geografía mexicana agitando las banderas de la justicia social y del nacionalismo, su eficacia como generador de votos y vértice donde confluyeran la voluntad y la imaginación de un amplio abanico de ciudadanos, disminuyó muy rápido. En 1988 y pese al fraude de fueron objeto, se le reconocieron a Cárdenas y al FDN el 31% del voto, pero en 1994, con una elección sin otro gran fraude pero muy inequitativa, el total disminuyó a la mitad (16.6 %) y en ese punto se mantuvo seis años más tarde. En contraste, el PAN, que en 88 sólo pudo lograr el 16.8%, saltó al 26% en el 94 y a 42.5% (Alianza por el Cambio) en el 2000. La cultura electoral mexicana evolucionó rápidamente en los doce últimos años del siglo XX, pero no así el discurso, formas y métodos cardenistas.
El salinismo en el 94 y el foxismo en el 2000, fueron esfuerzos por analizar con inteligencia y sentido de la oportunidad los flancos débiles de sus respectivos adversarios y en cada caso, ayudados por la mercadotecnia, modificaron y adecuaron sus tácticas y estrategias a las circunstancias. En contraste, el cardenismo se mantuvo fiel a su inicio, peleando siempre su batalla original, la del 88, aunque ya fuera el 94 o el 2000. Cárdenas y los suyos tuvieron siempre fijos su vista y espíritu en el “México profundo” --que efectivamente no cambió casi nada en el período--, pero dejaron que se les escapara el otro México, ese al que se puede llamar “moderno” o fluido. El discurso y propaganda de Zedillo en el 94 y de Fox seis años después, se amoldaron como el guante a la mano para reflejar y aprovechar los temores y aspiraciones de los públicos que potencialmente les eran propicios. En contraste, Cárdenas se negó a dar los golpes de timón que los cambiantes vientos requerían y pagó el costo de la consistencia e inflexibilidad.
Ganada a pulso al PRI y al PAN en 1997 la jefatura de gobierno de la complicada pero tradicionalmente insatisfecha capital de la República, el cardenismo no supo o no quiso usar su nueva posición con la agilidad, imaginación, energía y sentido de la oportunidad que le permitieran proyectarse como una fuerza capaz de entender y responder a las demandas de la heterogeneidad nacional. En esas circunstancias, la feroz campaña anticardenista de la televisión, magnificó todos los errores reales o imaginarios del primer gobierno electo del Distrito Federal y logró diluir el notable contraste entre el último regente del PRI --el hoy fugitivo Oscar Espinosa--, y la austeridad, autenticidad y honestidad de Cárdenas.
Todos los elementos anteriores y muchos más, pueden aducirse como explicación de la derrota electoral de Cuauhtémoc Cárdenas en el 2000, pero es injusto juzgarlo sólo desde ese ángulo, y más mezquino que injusto es calificarlo como el “peor hombre político del año”, pues justamente la democracia que hoy estrena México y que puso a Fox en la presidencia le debe mucho a la enorme e insustituible voluntad de Cuauhtémoc Cárdenas de enfrentarse sin concesiones al que fuera el autoritarismo más antiguo del planeta y herirlo de muerte. Es válido preguntarse si la oposición de derecha hubiera podido lograr el reconocimiento de su victoria el pasado 2 de julio si previamente el cardenismo y por doce años no hubiera llevado a cabo y a gran costo una sistemática labor de desgaste del régimen de partido de Estado. El fraude del 88 para detener la insurgencia electoral cardenista terminó por obligar al régimen priísta a abrirle espacios a la oposición panista para cerrárselos a la cardenista. Fue el cardenismo y su intransigente resistencia a la negociación en las sombras un factor decisivo para obligar al gobierno a soltar el control de la autoridad electoral (IFE), lo que permitió empezar a contar bien los votos como única forma de evitar los costosos conflictos postelectorales. Fue la constante y machacona insistencia de Cárdenas y del PRD en denunciar lo sesgado del modelo económico neoliberal, lo que obligó al resto de los actores políticos a subrayar la necesidad de montar una lucha contra la pobreza o la corrupción, y aunque hasta el momento esos problemas distan mucho de estar en vías de solución, ya no se les puede esconder bajo la alfombra como en el pasado.
Finalmente Cuauhtémoc Cárdenas no logró encabezar el arribo de México a la tierra prometida, a la democracia, pero sin la oposición cardenista a rajatabla, Salinas y los suyos bien hubieran podido llevar adelante su proyecto de permanecer en el poder hasta el 2012. Es falta de visión y generosidad de una parte sustantiva de la clase media mexicana aplaudir el tránsito a la democracia y calificar a Cuauhtémoc Cárdenas de la forma en que lo hicieron en la encuesta de Reforma.
Zedillo.- Intentar colocar a Ernesto Zedillo casi a la misma altura que Vicente Fox como el mejor hombre político del año, es mostrar una complacencia excesiva hacia un personaje que, en esencia, lo único que hizo fue transformar en virtud lo que las circunstancias le empujaron a hacer.
Es verdad y debe de reconocerse que Ernesto Zedillo hubiera podido poner mayores obstáculos y resistencias a la transición mexicana a la democracia, tal y como lo hizo primero Carlos Salinas o lo están haciendo hoy, en menor escala, Roberto Madrazo en Tabasco o Victor Cervera Pacheco en Yucatán. Zedillo no tuvo nunca como proyecto de vida llegar a la presidencia y, por tanto, pudo y decidió mantenerse alejado de conductas patológicas como las de Carlos Salinas y es justo que eso juegue hoy en favor de su imagen entre la clase media. En gran medida, Zedillo sacó adelante su presidencia sacrificando al PRI, lo que fue una decisión acertada desde el punto de vista de la democracia. En realidad, la contribución del presidente accidental a la democratización de México se puede medir más por lo que dejó de hacer --los obstáculos que no puso-- que por lo que efectivamente hizo a favor del cambio de régimen. Por tanto, el papel de un Zedillo que se hizo de la presidencia en una campaña evidentemente inequitativa y con promesas que no cumplió, no se puede equiparar, como lo pretenden quienes respondieron a la encuesta, con el esfuerzo, voluntad, imaginación, terquedad positiva e inteligencia de Vicente Fox y los suyos por despertar la imaginación ciudadana y poner fin sin violencia a siete decenios de priísmo ininterrumpido.
No es justo ni sensato colocar casi como el mejor hombre político del 2000 al presidente que dejó pasar seis años sin resolver el problema de Chiapas. Al economista del equipo de Carlos Salinas, que no supo enfrentar el grave problema creado por el propio equipo de Salinas con el capital especulativo, que desembocó en la depresión del 95, y que a partir de ahí construyó ese monumento a la irresponsabilidad, impunidad e injusticia bancarias, que fue el Fobaproa (que contrasta con los escasos recursos dedicados a la lucha contra la pobreza). Al jefe del Ejecutivo que abrazó a Roberto Madrazo a pesar de que ya se habían hecho públicos los documentos sobre los gastos ilegales e increíbles de su campaña electoral en Tabasco. Al presidente que sistemáticamente uso su poder para evitar que Oscar Espinosa tuviera que responder por sus acciones como encargado de Nafinsa, de los dineros obscuros de la campaña priísta del 94 y de los manejos sospechosos del erario del Departamento del Distrito Federal.
En fin y en suma: la opinión mayoritaria de una minoría –la clase media mexicana— no necesariamente refleja ni sabiduría, ni justicia, ni agradecimiento.

1 comentario:

S dijo...

Soy lectora del Dr. Meyer desde el 2001, y esta columna en particular me gusta mucho, porque fue la primera suya que leí. En ese momento no recordé su nombre, y pasé meses comprando el Reforma, tratando de identificar al autor que tanto me había gustado. Fue una excelente idea poner sus textos en línea, felicidades.