¿A caballo o entre las patas de los caballos?

Lorenzo Meyer
El Tema.- Cuando el nuevo gobierno decidió pedir el apoyo del resto de la comunidad internacional para obtener un puesto en el centro de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) –el Consejo de Seguridad— la idea parecía tener un elemento de riesgo –México tendría que asumir una posición política en todos los complejos asuntos relacionados con la preservación de la paz en el mundo— pero prometedora: sería la entrada de la nueva democracia mexicana por la puerta grande al mundo de la diplomacia activa. La Guerra Fría había quedado ya muy atrás, en el horizonte internacional no se veía un conflicto equivalente y los asuntos de paz o guerra parecían ser regionales –los Balcanes-- y, desde luego, bastante lejanos de nosotros. Pero como apuntó el canciller Jorge Castañeda en el título de uno de sus libros: ¡sorpresas te de la vida!. Y ocurrió que justo cuando México ganó su lugar como miembro no permanente del Consejo de Seguridad, se abrió un inesperado, complicado y violento capítulo de la historia del sistema internacional.
De entrada, el nuevo capítulo, y según la inapelable decisión del miembro más importante del Consejo, Estados Unidos --herido en su esencia de gran potencia mundial por los atentados que sufrió el 11 de septiembre en Nueva York y Washington-- todos los países y actores de la comunidad internacional, incluida la ONU, están obligados a dejar las dudas y medias tintas y definirse claramente: o están con una Norteamérica en pie de guerra o están con el terrorismo. Así pues, la diplomacia mexicana se sacó el tigre de la rifa y va a ser puesta a prueba por el período que dure su presencia en el Consejo. Tlatelolco, para estar a la altura de las circunstancias, tendrá que demostrar que es capaz de entender y jugar el juego de los grandes, con apuestas en serio. Si el gobierno de Vicente Fox sale bien librado de la aventura, podrá invertir la ganancia en prestigio y fuerza para negociar dentro del país y con Estados Unidos afuera, pero si las cosas salen mal no hay duda que se exigirá un chivo expiatorio, como ocurrió en la época de Luis Echeverría, cuando su tercer mundismo frívolo, le obligó a pronunciarse en relación a un tema específico del conflicto árabe-israelí y el costo fue mayor que el esperado.
Las Razones de Fox.- Apenas concluida con éxito la dura e impresionante tarea de derrotar al PRI, Vicente Fox salió al ancho mundo externo montado orgullosamente sobre su “bono democrático”. Desde su perspectiva, la comunidad internacional había aceptado por siete decenios no sólo convivir sino apoyar y legitimar al régimen autoritario priísta, pero después de las elecciones del 2 de julio del 2000 esa comunidad estaba obligada a reconocer lo que siempre había sabido pero no había querido admitir: que el viejo régimen mexicano había sido arbitrario, muy corrupto y antidemocrático. Todo permite suponer que la constante actividad del presidente en el exterior busca crear las condiciones para que aquellos países que ignoraron los esfuerzos de quienes en el pasado buscaron sin éxito democratizar aa México, hoy se comprometan a apoyar al nuevo régimen en su empresa central: la consolidación de la democracia recién ganada.
La nueva legitimidad del sistema político mexicano ha abierto la puerta para intentar algo que los dirigentes del viejo régimen decidieron no tener para evitar que el exterior se metiera con ellos: una política internacional realmente activa, generadora de legitimidad hacia adentro y oportunidades hacia afuera. Parte de ese proyecto incluía lo que se acaba de lograr: un sitio, por tercera vez en nuestra historia, como miembro no permanente del corazón de la más importante de la organizaciones políticas multinacionales: el Consejo de Seguridad de la ONU, donde se es interlocutor privilegiado de las cinco potencias ahí permanente representadas: Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Rusia y China.
La Naturaleza del Juego.- La ONU surgió al calor de la alianza antifascista de la II Guerra Mundial justamente para que “nunca jamás” se volvieran a presentar circunstancias como las que desembocaron en esa matanza generalizada. Se trató de un organismo con vocación universal pero sin ilusiones en torno a la igualdad de sus miembros, por ello su núcleo fueron las grandes potencias vencedoras de El Eje, que institucionalizaron su supremacía en un Consejo de Seguridad cuya misión sería tratar todos los asuntos que afectaran a “la paz y seguridad” del mundo y donde las cinco tendrían un sitio permanente y el derecho de veto. En consideración a los principios democráticos, los cinco grandes aceptaron la presencia en el Consejo de un grupo de países menores (seis en un inicio) designados periódicamente por la Asamblea General, sitio donde todos tendrían el mismo peso. Sin embargo, era evidente que el Consejo sólo podría cumplir su misión en tanto “los cinco grandes” mantuviera su unidad, ya que el resto serían siempre actores secundarios.
La unidad de las potencias forjada en la lucha contra el Eje se rompií en cuanto faltó el enemigo común. Así, el 19 de enero de 1946 el Consejo de Seguridad recibió su primer caso –una queja de Irán contra la URSS por no retirar sus tropas e interferir en sus asuntos internos— y casi de inmediato los soviéticos echaron mano de su derecho de veto en un asunto que involucraba a las tropas francesas en Siria y Líbano. El cambio revolucionario de régimen en China en 1949 y la huida de lo que quedaba del Kuomintang a Taiwán, hizo que uno de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad perdiera su razón de ser, pues el asiento de China se quedó sin referente real. Inmediatamente después, el conflicto de Corea desembocó en el choque directo de Estados Unidos con la China Popular; y la ausencia de la URSS del Consejo de Seguridad en esos momento por razones fortuitas, le permitió a Estados Unidos aprovechar la coyuntura para colocar a la ONU, incluido su Consejo de Seguridad, como un elemento más de la lucha global contra el comunismo (quince países enviaron contingentes a Corea bajo la bandera de la organización mundial, pero la dirección real de la guerra fue norteamericana).
A partir del choque de los grandes poderes vencedores de Alemania y de la conformación de un sistema internacional bipolar este-oeste, la posibilidad de una tercera guerra mundial aumentó dramáticamente. Y sí finalmente eso no ocurrió, la razón no se encuentra en la ONU y su Consejo de Seguridad, sino en la capacidad de mutua destrucción nuclear de Estados Unidos y la URSS. En cualquier caso, la segunda mitad del siglo XX estuvo punteada por decenas de conflictos locales que siempre se resolvieron en función de la lógica de la Guerra Fría y no de la carta de las Naciones Unidas. Tal fue el caso de la invasión aglo-francesa de Egipto, la invasión de Hungría por los soviéticos o la posterior de Checoslovaquia, la crisis del Congo, la acción de India en Goa, la crisis de los misiles en Cuba, la crisis de Chipre, la guerra de los seis días entre Israel y sus vecinos árabes, la invasión norteamericana de Panamá, etcétera. En conflictos tan brutales como los que se desarrollaron en Vietnam y Cambodia, la ONU simplemente no tuvo ningún papel, pues las potencias no le abrieron ningún espacio. Sin embargo, en asuntos que no llegaron a tocar los intereses vitales de las superpotencias o donde fue posible algún tipo de acuerdo entre ellas, la presencia de los “cascos azules” de la organización mundial desempeñó un papel secundario pero positivo en la limitación de la violencia, aunque incluso en esas condiciones tuvo fracasos rotundos y sonados, como fue el caso de las masacres en Ruanda o en las luchas étnicas que siguieron a la disolución de la antigua Yugoslavia, por mencionar sólo dos casos recientes.
La Política del Viejo Régimen.- Durante los más de cuarenta años que duró la Guerra Fría, la seguridad mexicana fue una variable dependiente de la política de seguridad norteamericana. En esas condiciones, la dirigencia mexicana simplemente no tuvo que pensar su política exterior en términos militares. Gracias a ello pudo cobijarse bien con el principio de no intervención y el “nacionalismo revolucionario” y cerrar políticamente las fronteras a cualquier escrutinio o juicio externo y dedicarse a los asuntos internos. Sólo excepcionalmente, y en buena medida con acciones simbólicas –votos en las organizaciones multilaterales, declaraciones oficiales, visitas de Estado, tratados inocuos u ofertas de mediación-- se aventuró en la arena internacional. La idea de México como “potencia media”, producto de efímera bonanza petrolera (aunada a la inagotable energía del representante de México en la ONU, Porfirio Muñoz Ledo) llevaron a que al inicio de los ochenta del siglo pasado, México se arriesgara a ingresar por segunda vez, e incluso presidir, al Consejo de Seguridad, pero ese activismo fue mas la excepción que la regla, y no se inscribió en una política exterior de mayor aliento. Al contrario, poco después Méxicvo usaría al llamado “Grupo Contadora” para empezar un discreto repliegue de su política centroamericana, donde el costo de chocar de frente con Estados Unidos estaba resultando muy alto para un país con una crisis económica mayúscula. Para los años siguientes, la política económica sería el tambor que marcaría el paso del resto de la política mexicana y la relación con el exterior se centró en renegociar la enorme deuda externa, el Tratado de Libre de Comercio de la América del Norte (TLCAN) y los otros aspectos de la apertura económica de México, lo demás resultó lo de menos.
¿Y Ahora?.- En principio, no es mala idea intentar establecer un “círculo virtuoso” política interna ---> política externa ---> política interna. Se trata de traducir la recién adquirida legitimidad democrática interna en capital para invertirse en el exterior para luego traducir esas ganancias que se puedan lograr por una buena y activa política exterior en legitimidad interna. Se trata de un refuerzo mutuo, pero no será fácil.
El nuevo régimen hereda una serie de principios que se forjaron al calor de las necesidades de defensa de la Revolución Mexicana, un movimiento relativamente asediado por el exterior. Se trató de principios no para actuar en el exterior sino para que el exterior no actuara en México: no intervención de un país en los asuntos internos de otro, no uso del reconocimiento diplomático como instrumento de presión, igualdad jurídica de los estados, igualdad jurídica de extranjeros y nacionales, exclusión del capital externo de ciertas áreas de la economía, solución pacífica de las controversias, rechazo al boicot económico y otras similares.

Conclusión. En el Consejo de Seguridad, y en todas las arenas internacionales donde se presente, el presidente Fox va a tener que estar bien montado, inteligentemente montado, sobre su prestigio democrático pero también sobre la historia política de México, pues de lo contrario en vez de marchar a caballo al encuentro del futuro, corre el peligro de terminar entre las patas de los caballos, en particular, de las del caballo norteamericano.

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