Lorenzo Meyer
Afirmación y Definición.- Veintitrés comandantes y el notorio subcomandante Marcos del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), se preparan en Chiapas para emprender una marcha rumbo a la capital del país. Su objetivo inmediato es discutir directamente con el Congreso de la Unión sus muy difundidos puntos de vista sobre una legislación que reconozca explícitamente los derechos y la cultura de lo que aún queda de las comunidades indígenas; comunidades que alguna vez agruparon al grueso de los mexicanos pero donde hoy mal subsisten diez millones de descendientes directos de los pobladores originales de estas tierras. Sin embargo, la meta de mayor aliento del EZLN y en palabras del comandante David, es que “Tiene que haber un cambio que llegue hasta el fondo del país. Son muchos los excluidos, no sólo los indígenas. Tiene que haber un proyecto nuevo, incluyente, que no discrimine a nadie, donde todos podamos vivir como mexicanos y como seres humanos” (La Jornada, 5 de febrero). La decisión de la dirección del EZLN de abandonar las cañadas de Chiapas ha revivido y agudizado contradicciones que dicen más sobre la naturaleza del México no indígena que sobre el EZLN mismo.
Entre quienes se oponen con pasión a que los jefes insurgentes abandonen la zona en que se encuentran cercados por el ejército desde hace cinco años para recorrer medio México en un esfuerzo de movilización de la opinión pública, destaca el gobernador de Querétaro, Ignacio Loyola Vera. Este miembro distinguido –y quizá representativo-- del PAN, declaró tajante que no puede haber en México otro ejército que no sea el federal, y por tanto “Los integrantes del Ejército Zapatista de Liberación Nacional son unos invasores y unos traidores a la patria y por ende merecen la pena de muerte” (Reforma, 30 de enero). En su momento, y con esa misma justificación, Loyola Vera hubiera pedido lo mismo para Hidalgo, Morelos, Juárez, Madero, Carranza, Lucio Cabañas, etcétera. Es claro que una parte del público mexicano no tolera el desafió del EZLN, pero ¿en verdad son los zapatistas invasores y traidores a la patria?.
Si se parte del hecho que Chiapas y Querétaro son parte de la gran patria mexicana, entonces difícilmente se puede calificar de invasores a un puñado de chiapanecos que se proponen cruzar por Querétaro y cuyas razones de rebeldía han sido reconocidas por una ley emitida por el Congreso. Conviene añadir que el grueso de esos chiapanecos que vendrán son descendientes de pobladores que ya llevaban milenios de habitar en México cuando llegaron los primeros Loyola y Vera. Pasemos pues al segundo punto, al de la traición. Traidor es el desleal o infiel a una causa, quien ayuda conscientemente al enemigo, en este caso, al enemigo de la patria. Pero ¿es eso son los miembros del EZLN? ¿son desleales a la causa de México o han prestado auxilio a los enemigos del país?. Es evidente que hoy la patria no está amenazada por ningún “extraño enemigo” que se proponga profanar su suelo en el sentido clásico, es decir, el militar. En realidad, los enemigos más peligrosos de México como sociedad nacional no están ya fuera sino dentro, pero no son los zapatistas --marginados entre los marginados--, sino los numerosos miembros corruptos o indiferentes de la élite del poder.
La esencia de una patria esta en la imaginación y en la voluntad de sus habitantes de permanecer unidos a fin de llevar a cabo una gran empresa: el desarrollo material y moral del conjunto. Para tal efecto, es indispensable la solidaridad objetiva así como la construcción, mejoramiento y defensa de las instituciones que hacen posible la unidad política y económica en condiciones de justicia y equidad, única forma de lograr y mantener la calidad y dignidad de la vida colectiva. Si ese es el caso, entonces, resulta que los verdaderos traidores a la patria mexicana, si los hay, son aquellos individuos y grupos de interés que por corrupción e ineptitud han llevado a que México sea un sitio donde la justicia y la equidad se encuentren en una situación que, de tan lastimosa, resultan fuente de desunión profunda y vergüenza colectiva. Desde esta perspectiva, no hay traición en el surgimiento y desarrollo del EZLN, pues su rebeldía organizada es, en realidad, resultado del fracaso histórico y de la traición de los dirigentes nacionales al concepto mismo de patria, de empresa común.
La Persistencia de la Gran Fisura Original.- En la primera gran historia del México independiente, la dirigida y parcialmente escrita por Vicente Riva Palacio, México a través de los siglos (1884-1889), el famoso general y escritor liberal concluía su estudio del virreinato con este alegato: finalmente, los trescientos años de gobierno colonial habían logrado la unidad territorial, administrativa y espiritual necesarias para que en el siglo XIX apareciera por derecho propio la nación mexicana. Ahora bien, desde esa perspectiva, resulta que eran los mestizos y no los indios los que se había convertido ya “en la base sobre que se levantó la unificación de la nueva raza; unificación que era el primer paso para formar una nacionalidad independiente” (T.II, pp.477-478, CGE, 1952). Así, cuando finalmente y tras un largo y violento proceso, los liberales derrotaron a sus enemigos y dieron forma al primer régimen estable del México independiente –el de Juárez, el presidente indio--simplemente desecharon la posibilidad de que los indios no asimilados pudieran ser parte importante y viva de la nueva nación.
Tras la independencia, la élite económica española –lo que quedó de ella tras la expulsión de los peninsulares— y la criolla fueron aceptado a ciertos elementos mestizos y juntos terminaron por dar forma a una oligarquía que maduraría en el Porfiriato y que sería la verdadera y casi única gran beneficiaría de los contradictorios procesos del siglo XIX mexicano. A los indios que siguieron manteniéndose como tales y se mostraron hostiles frente a la autoridad, se les forzó a elegir entre la rendición incondicional o el exterminio, y al resto –a los que resistieron a la asimilación de manera más o menos pacífica-- se les fue arrinconando quitándoles sus propiedades comunales y usándolos como mano de obra barata en extremo, confiando que el tiempo se encargaría de ellos. En cualquier caso, los indios se mantuvieron ajenos a esa supuesta y vigorosa nacionalidad que imaginaran Riva Palacio y los suyos.
En el siguiente siglo, el de la Revolución Mexicana, se repensó la manera de enfrentar la persistente y molesta realidad del indio: la parte más distinta y pobre de la sociedad mexicana. Aunque la política del nuevo régimen decidió tomar como punto de partida la restitución de las tierras comunales de los indígenas, finalmente tenía la misma meta que la clase política del siglo XIX: disolver lo indígena dentro del gran México mestizo con ayuda del tiempo, la educación y el mercado; supuestamente esa era la única forma de superar la secular miseria y desamparo de los descendientes de los mexicanos originales. En fin, que del presente indígena sólo habría que conservar el pasado como parte de los mitos que podrían dar cohesión y fuerza a la sociedad mexicana mestiza de cara a la modernidad y, sobre todo, frente a la agresiva potencia anglosajona del norte.
Lo Indígena, Sólo una División más de un País Fragmentado.- Pese a la voluntad a lo largo de casi dos siglos de los gobiernos y las clases dirigentes por borrarlo, resulta que el México indígena persiste. Y su incómoda presencia transcurre al lado de un México mayoritario, no indígena, pero que esta muy lejos de tener la unidad que le supusieron los padres fundadores de nuestra nacionalidad. De esta manera, el problema indígena se inserta hoy como parte de una problemática de fragmentación y conflicto social mayor, que hoy por hoy es el verdadero obstáculo –el enemigo real— de la nacionalidad mexicana. En efecto, esta nacionalidad sigue sin cuajar como empresa común porque las distancias entre clases y regiones no disminuyen sino que van en aumento. México es una comunidad donde sus componentes tiene muy poco en común.
En un documento redactado por el INEGI titulado Radiografía social del país y sus municipios y que la prensa dio a conocer mediante un extracto la semana pasada, se destaca que la agresiva inserción de México en la economía global no ha servido para cerrar las brechas entre las clases, sino todo lo contrario: a medida que avanzamos en la supuesta modernización, resulta que más nos fragmentamos. A la división entre el México indio, el México mestizo y el México criollo –los tres subsisten— hay que agregarle la creciente concentración de la riqueza. De esta manera, y según el INEGI, si bien es cierto que en el último año del régimen del PRI el Producto Bruto Interno creció como no lo había hecho en muchos años y no lo hará en el futuro inmediato –7% anual—, resulta que también creció la desigualdad social, esa que es el verdadero, el autentico, enemigo de la patria democrática.
De acuerdo a esas cifras del INEGI reportadas por la prensa, de 1998 a la fecha el grupo de familias que agrupa a los 40.4 millones de mexicanos más pobres perdió un 5.2% dentro del total de la riqueza generada en el país en ese mismo lapso. En contraste, el 10% de las familias que conforman el estrato más alto de la pirámide social mexicana, en ese mismo período tuvo un incremento del 4.1%. La gran oficina de estadísticas e indicadores del gobierno federal, concluyó que a pesar de que el crecimiento económico del país fue muy superior a su crecimiento demográfico, el resultado fue una disminución de los pobres no muy pobres pero un aumento de la población en pobreza extrema, que pasó de 17.6 a 18 millones de personas. Para el área de Análisis Económico de El Financiero (31 de enero), la conclusión es obvia y desmiente la interminable cadena de discursos leídos por los presidentes tecnócratas y autoritario del pasado: el actual modelo económico mexicano --ese en cuyo nombre los gobiernos de Miguel de la Madrid, Carlos Salinas y Ernesto Zedillo, pidieron e impusieron sacrificios al grueso de la población- es simplemente un mecanismo inviable para revertir la pobreza. En realidad, ciertos indicadores sociales mexicanos son similares a lo que eran hace treinta años.
Según lo que encontró el INEGI, la pobreza creciente del México moderno y globalizado se concentra precisamente en la región de donde proceden los neozapatistas y por donde van a pasar en su peregrinar a la capital del país: Chiapas, Guerrero, Oaxaca, Campeche, Tabasco, Veracruz, Hidalgo, Puebla, San Luis Potosí, Guanajuato, Michoacán y Zacatecas, estados donde vive el 20% de la población del país.
En 1799, casi al final del largo período colonial, el obispo de Michoacán, Antonio de San Miguel, escribió al rey de España: “La población de Nueva España se compone de tres clases de hombres: blancos o españoles, indios, y castas o mestizos. Considero que los españoles componen la décima parte de la masa total. Casi todas las propiedades y la riqueza están en sus manos. Los indios y las castas cultivan la tierra, sirven a la gente acomodada, y sólo viven del trabajo de sus brazos. De ello resulta entre los indios y los blancos esta oposición de intereses, este odio recíproco que tan fácilmente nace entre los que lo poseen todo y los que nada tienen” (Citado por Wilbert H. Timmons, Morelos, sacerdote, soldado, estadista, FCE, 1996, p.28). Así pues, el mal de México ya se había diagnosticado desde las vísperas de la independencia, y el obispo sugirió a la Corona una serie de medidas legales y administrativas prácticas para resolver el problema de los indios y “gentes de color”. Sin embargo, España ya no hizo nada y los muchos gobiernos mexicanos que se sucedieron desde entonces tampoco actuaron como debieron. Y es por eso que después de doscientos años el diagnóstico sigue vigente. En efecto, la declaración del gobernador de Querétaro, las del obispo Onésimo Cepeda (si sale Marcos de Chiapas sin permiso, debe ser aprehendido) o de Alberto Fernández Garza, presidente de la Coparmex (el atraso indígena es producto de los indios mismos: alcoholismo, machismo y “pleitos idiotas”), son otras tantas expresiones de un odio viejo... y, ese sí, antipatriota.
Entre quienes se oponen con pasión a que los jefes insurgentes abandonen la zona en que se encuentran cercados por el ejército desde hace cinco años para recorrer medio México en un esfuerzo de movilización de la opinión pública, destaca el gobernador de Querétaro, Ignacio Loyola Vera. Este miembro distinguido –y quizá representativo-- del PAN, declaró tajante que no puede haber en México otro ejército que no sea el federal, y por tanto “Los integrantes del Ejército Zapatista de Liberación Nacional son unos invasores y unos traidores a la patria y por ende merecen la pena de muerte” (Reforma, 30 de enero). En su momento, y con esa misma justificación, Loyola Vera hubiera pedido lo mismo para Hidalgo, Morelos, Juárez, Madero, Carranza, Lucio Cabañas, etcétera. Es claro que una parte del público mexicano no tolera el desafió del EZLN, pero ¿en verdad son los zapatistas invasores y traidores a la patria?.
Si se parte del hecho que Chiapas y Querétaro son parte de la gran patria mexicana, entonces difícilmente se puede calificar de invasores a un puñado de chiapanecos que se proponen cruzar por Querétaro y cuyas razones de rebeldía han sido reconocidas por una ley emitida por el Congreso. Conviene añadir que el grueso de esos chiapanecos que vendrán son descendientes de pobladores que ya llevaban milenios de habitar en México cuando llegaron los primeros Loyola y Vera. Pasemos pues al segundo punto, al de la traición. Traidor es el desleal o infiel a una causa, quien ayuda conscientemente al enemigo, en este caso, al enemigo de la patria. Pero ¿es eso son los miembros del EZLN? ¿son desleales a la causa de México o han prestado auxilio a los enemigos del país?. Es evidente que hoy la patria no está amenazada por ningún “extraño enemigo” que se proponga profanar su suelo en el sentido clásico, es decir, el militar. En realidad, los enemigos más peligrosos de México como sociedad nacional no están ya fuera sino dentro, pero no son los zapatistas --marginados entre los marginados--, sino los numerosos miembros corruptos o indiferentes de la élite del poder.
La esencia de una patria esta en la imaginación y en la voluntad de sus habitantes de permanecer unidos a fin de llevar a cabo una gran empresa: el desarrollo material y moral del conjunto. Para tal efecto, es indispensable la solidaridad objetiva así como la construcción, mejoramiento y defensa de las instituciones que hacen posible la unidad política y económica en condiciones de justicia y equidad, única forma de lograr y mantener la calidad y dignidad de la vida colectiva. Si ese es el caso, entonces, resulta que los verdaderos traidores a la patria mexicana, si los hay, son aquellos individuos y grupos de interés que por corrupción e ineptitud han llevado a que México sea un sitio donde la justicia y la equidad se encuentren en una situación que, de tan lastimosa, resultan fuente de desunión profunda y vergüenza colectiva. Desde esta perspectiva, no hay traición en el surgimiento y desarrollo del EZLN, pues su rebeldía organizada es, en realidad, resultado del fracaso histórico y de la traición de los dirigentes nacionales al concepto mismo de patria, de empresa común.
La Persistencia de la Gran Fisura Original.- En la primera gran historia del México independiente, la dirigida y parcialmente escrita por Vicente Riva Palacio, México a través de los siglos (1884-1889), el famoso general y escritor liberal concluía su estudio del virreinato con este alegato: finalmente, los trescientos años de gobierno colonial habían logrado la unidad territorial, administrativa y espiritual necesarias para que en el siglo XIX apareciera por derecho propio la nación mexicana. Ahora bien, desde esa perspectiva, resulta que eran los mestizos y no los indios los que se había convertido ya “en la base sobre que se levantó la unificación de la nueva raza; unificación que era el primer paso para formar una nacionalidad independiente” (T.II, pp.477-478, CGE, 1952). Así, cuando finalmente y tras un largo y violento proceso, los liberales derrotaron a sus enemigos y dieron forma al primer régimen estable del México independiente –el de Juárez, el presidente indio--simplemente desecharon la posibilidad de que los indios no asimilados pudieran ser parte importante y viva de la nueva nación.
Tras la independencia, la élite económica española –lo que quedó de ella tras la expulsión de los peninsulares— y la criolla fueron aceptado a ciertos elementos mestizos y juntos terminaron por dar forma a una oligarquía que maduraría en el Porfiriato y que sería la verdadera y casi única gran beneficiaría de los contradictorios procesos del siglo XIX mexicano. A los indios que siguieron manteniéndose como tales y se mostraron hostiles frente a la autoridad, se les forzó a elegir entre la rendición incondicional o el exterminio, y al resto –a los que resistieron a la asimilación de manera más o menos pacífica-- se les fue arrinconando quitándoles sus propiedades comunales y usándolos como mano de obra barata en extremo, confiando que el tiempo se encargaría de ellos. En cualquier caso, los indios se mantuvieron ajenos a esa supuesta y vigorosa nacionalidad que imaginaran Riva Palacio y los suyos.
En el siguiente siglo, el de la Revolución Mexicana, se repensó la manera de enfrentar la persistente y molesta realidad del indio: la parte más distinta y pobre de la sociedad mexicana. Aunque la política del nuevo régimen decidió tomar como punto de partida la restitución de las tierras comunales de los indígenas, finalmente tenía la misma meta que la clase política del siglo XIX: disolver lo indígena dentro del gran México mestizo con ayuda del tiempo, la educación y el mercado; supuestamente esa era la única forma de superar la secular miseria y desamparo de los descendientes de los mexicanos originales. En fin, que del presente indígena sólo habría que conservar el pasado como parte de los mitos que podrían dar cohesión y fuerza a la sociedad mexicana mestiza de cara a la modernidad y, sobre todo, frente a la agresiva potencia anglosajona del norte.
Lo Indígena, Sólo una División más de un País Fragmentado.- Pese a la voluntad a lo largo de casi dos siglos de los gobiernos y las clases dirigentes por borrarlo, resulta que el México indígena persiste. Y su incómoda presencia transcurre al lado de un México mayoritario, no indígena, pero que esta muy lejos de tener la unidad que le supusieron los padres fundadores de nuestra nacionalidad. De esta manera, el problema indígena se inserta hoy como parte de una problemática de fragmentación y conflicto social mayor, que hoy por hoy es el verdadero obstáculo –el enemigo real— de la nacionalidad mexicana. En efecto, esta nacionalidad sigue sin cuajar como empresa común porque las distancias entre clases y regiones no disminuyen sino que van en aumento. México es una comunidad donde sus componentes tiene muy poco en común.
En un documento redactado por el INEGI titulado Radiografía social del país y sus municipios y que la prensa dio a conocer mediante un extracto la semana pasada, se destaca que la agresiva inserción de México en la economía global no ha servido para cerrar las brechas entre las clases, sino todo lo contrario: a medida que avanzamos en la supuesta modernización, resulta que más nos fragmentamos. A la división entre el México indio, el México mestizo y el México criollo –los tres subsisten— hay que agregarle la creciente concentración de la riqueza. De esta manera, y según el INEGI, si bien es cierto que en el último año del régimen del PRI el Producto Bruto Interno creció como no lo había hecho en muchos años y no lo hará en el futuro inmediato –7% anual—, resulta que también creció la desigualdad social, esa que es el verdadero, el autentico, enemigo de la patria democrática.
De acuerdo a esas cifras del INEGI reportadas por la prensa, de 1998 a la fecha el grupo de familias que agrupa a los 40.4 millones de mexicanos más pobres perdió un 5.2% dentro del total de la riqueza generada en el país en ese mismo lapso. En contraste, el 10% de las familias que conforman el estrato más alto de la pirámide social mexicana, en ese mismo período tuvo un incremento del 4.1%. La gran oficina de estadísticas e indicadores del gobierno federal, concluyó que a pesar de que el crecimiento económico del país fue muy superior a su crecimiento demográfico, el resultado fue una disminución de los pobres no muy pobres pero un aumento de la población en pobreza extrema, que pasó de 17.6 a 18 millones de personas. Para el área de Análisis Económico de El Financiero (31 de enero), la conclusión es obvia y desmiente la interminable cadena de discursos leídos por los presidentes tecnócratas y autoritario del pasado: el actual modelo económico mexicano --ese en cuyo nombre los gobiernos de Miguel de la Madrid, Carlos Salinas y Ernesto Zedillo, pidieron e impusieron sacrificios al grueso de la población- es simplemente un mecanismo inviable para revertir la pobreza. En realidad, ciertos indicadores sociales mexicanos son similares a lo que eran hace treinta años.
Según lo que encontró el INEGI, la pobreza creciente del México moderno y globalizado se concentra precisamente en la región de donde proceden los neozapatistas y por donde van a pasar en su peregrinar a la capital del país: Chiapas, Guerrero, Oaxaca, Campeche, Tabasco, Veracruz, Hidalgo, Puebla, San Luis Potosí, Guanajuato, Michoacán y Zacatecas, estados donde vive el 20% de la población del país.
En 1799, casi al final del largo período colonial, el obispo de Michoacán, Antonio de San Miguel, escribió al rey de España: “La población de Nueva España se compone de tres clases de hombres: blancos o españoles, indios, y castas o mestizos. Considero que los españoles componen la décima parte de la masa total. Casi todas las propiedades y la riqueza están en sus manos. Los indios y las castas cultivan la tierra, sirven a la gente acomodada, y sólo viven del trabajo de sus brazos. De ello resulta entre los indios y los blancos esta oposición de intereses, este odio recíproco que tan fácilmente nace entre los que lo poseen todo y los que nada tienen” (Citado por Wilbert H. Timmons, Morelos, sacerdote, soldado, estadista, FCE, 1996, p.28). Así pues, el mal de México ya se había diagnosticado desde las vísperas de la independencia, y el obispo sugirió a la Corona una serie de medidas legales y administrativas prácticas para resolver el problema de los indios y “gentes de color”. Sin embargo, España ya no hizo nada y los muchos gobiernos mexicanos que se sucedieron desde entonces tampoco actuaron como debieron. Y es por eso que después de doscientos años el diagnóstico sigue vigente. En efecto, la declaración del gobernador de Querétaro, las del obispo Onésimo Cepeda (si sale Marcos de Chiapas sin permiso, debe ser aprehendido) o de Alberto Fernández Garza, presidente de la Coparmex (el atraso indígena es producto de los indios mismos: alcoholismo, machismo y “pleitos idiotas”), son otras tantas expresiones de un odio viejo... y, ese sí, antipatriota.
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