Lorenzo Meyer
Un Pasado que es un Problema Presente y También del Futuro.- Sí un nuevo régimen político no tiene voluntad para enfrentar y juzgar la parte negra del antiguo --del que acaba de reemplazar--, entonces y aunque no lo quiera, hace suya esa herencia y todas sus consecuencias.
Como candidato, el presidente Vicente Fox se comprometió a dar vida a una comisión ad hoc –la comisión de la verdad— para poner en el banquillo de los acusados al pasado inmediato y obligarle, desde la perspectiva de una democracia duramente ganada, a responder públicamente por unos de sus pasajes más negros: los que implicaron la violación extrema y sistemática de los derechos humanos. Sin embargo, ya en el poder, el foxismo pareciera haber reconsiderado ese compromiso original. Sólo así se explica que el secretario de Gobernación haya declarado que, en su opinión –que, en principio, es la del presidente-- ya no es necesaria la institución que se prometió y que la justicia ordinaria hará hoy lo que nunca ha hecho: investigar y castigar los crímenes del Estado autoritario.
Para mostrar cuan decidida esta ya esa vuelta de 180° respecto del compromiso original, el responsable de Gobernación decidió exponer su posición nada menos que en el “salón presidentes” de la sede del Partido Revolucionario Institucional (PRI). En efecto, en un gesto de extrema deferencia hacia los actuales dirigentes de un partido responsable de más de siete decenios de autoritarismo, corrupción institucional y violación de los derechos humanos, el secretario de Gobernación se presentó ante los miembros del CEN del PRI para asegurarles, entre otras cosas, que el nuevo gobierno no está considerando dar forma a un tipo de comisión para exigirle cuentas al pasado. En la práctica, este gesto parece significar que, para todo propósito práctico, el pasado no va a ser revisado como se prometió.
No hay duda que el PRI es la agrupación política con menos interés en que se lleve a cabo una revisión de un tiempo donde él fue el principal instrumento de un presidencialismo que sistemáticamente ignoró la legalidad y protagonizó una historia llena de abusos, corrupción e irresponsabilidad. Por tanto, lo dicho por el secretario panista en la sede priísta, debió de haber sido muy bien recibido por sus anfitriones, pues equivale a un pasaporte para que, como grupo, permanezcan en su medio natural: en la impunidad.
Por las mismas razones que tan bien debió caer en el PRI, la posición del gobierno de Fox respecto de la investigación de los abusos del pasado no puede ni debe de ser aceptable en otros círculos: los que se sienten agraviados por un autoritarismo que, pese a haber perdido el poder como resultado de una revolución en la cultura cívica mexicana, sigue sin rendir cuentas a la sociedad.
Orwell.- Teniendo en mente a los sistemas antidemocráticos construidos por Hitler y Stalin, en 1949 y un poco antes de morir, el escritor inglés George Orwell advirtió en su célebre novela Mil novecientos ochenta y cuatro, que: “Aquel que controla el pasado controla el futuro: quien controla el presente controla el pasado”. En otras palabras, si el presente donde la democracia esta en control no tiene la voluntad de enfrentar al pasado y controlarlo mostrándolo tal y como fue, entonces estará abdicando de su capacidad y derecho de controlar el futuro.
Bien harían el presidente Vicente Fox y su equipo en reconsiderar como están enfrentado al viejo régimen autoritario, pues todo indica que hoy por hoy los representantes de ese antiguo régimen –la oligarquía del PRI y sus aliados en la empresa privada, los sindicatos, la burocracia, la Iglesia Católica, la academia, los medios de difusión, etcétera— siguen teniendo la fuerza necesaria para evitar que la nueva clase política cumpla su promesa de abrir formal y seriamente los expedientes de los abusos que el otro poder cometió --desde Tlatelolco hasta Acteal-- contra aquellos que lo cuestionaron.
Por su cambio de discurso, pero sobre todo por su falta de acción, el grupo de políticos que desalojó al PRI como resultado de las elecciones de 2 de junio del 2000, coincide hoy con los priístas pero también con empresarios, con la cúpula del PAN y con otros intereses similares, en considerar que lo prudente y recomendable es concentrar la energía política en hacer frente a los muchos problemas del aquí y ahora y olvidar un pasado desagradable donde muchos intereses particulares jugaron el papel de cómplices activos o silenciosos de los responsables políticos que reprimieron y violaron los derechos ciudadanos en nombre de una estabilidad antidemocrática que servía mucho a los pocos y poco a los muchos.
Mientras el nuevo liderazgo no se decida a confrontar abiertamente el pasado y lo enjuicie por lo que realmente fue –una estructura que garantizaba la impunidad de toda una clase política--, la dignidad ciudadana no recibirá la satisfacción histórica a la que tiene derecho ni tampoco el futuro estará a salvo.
Lección Histórica o los Malos Frutos del Arbol de la Contemporización.- Es claro que el gobierno actual está buscando un modus vivendi con lo que queda del PRI para poder contar en el Congreso con una oposición “leal” que le permita sacar adelante iniciativas tan importantes como la reforma fiscal. Quizá supone que, sí hace una docena de años Carlos Salinas pudo forjar un gran acuerdo con el PAN, no hay razón por la cual él no pueda hacer lo mismo con el PRI para llevar en paz la supuesta fiesta de la democracia. Este razonamiento pareciera, si no ético al menos lógico y práctico, pero finalmente no lo es por una gran diferencia: Salinas buscaba prolongar la vida de un régimen inviable y que ya tenía sus días contados. En contraste, se supone que Fox y los suyos presiden una forma de gobierno sobrada de vitalidad y legitimidad, que no está viviendo de tiempo prestado sino que apenas está poniendo los cimientos de un ejercicio de poder con un gran futuro. Se supone también que esta primera etapa del nuevo régimen es el portal de entrada de México al Estado de Derecho, y que por lo mismo no hay necesidad ni razón para negociar la parte central del nuevo proyecto: sus principios éticos.
El último cambio de régimen político en México antes del actual, fue en 1911. En ese cambio de hace noventa años, Francisco I. Madero, un personaje lleno de buena voluntad, buscó negociar la introducción de la democracia a México con los intereses que habían apoyado a la dictadura porfirista. En efecto, desde el inicio, Madero hizo lo posible por evitar el choque armado y cuando finalmente se dio, buscó concluirlo a la brevedad. Así, al inicio de 1911, el líder atirreeleccionista intentó llegar a un arreglo con sus adversarios para darle una salida digna a Porfirio Díaz, sólo que las tropas revolucionarias –comandadas por líderes populares como Pascual Orozco y Francisco Villa— no aceptaron la idea y desobedecieron a su jefe. Fue en contra de los deseos y planes de Madero que los orozquistas y villistas derrotaran en toda la línea a las fuerzas federales en Ciudad Juárez e hicieron caer a la dictadura de manera incondicional.
Ni como rebelde ni como presidente, Madero quiso poner al porfirismo en el banquillo de los acusados, sólo buscó neutralizarlo para echar a andar la nueva democracia mexicana. El vencedor de Díaz nunca cuestionó ni deseó poner en situación incómoda a la oligarquía que controlaba a México –oligarquía a la que él mismo pertenecía-- y desde luego no alentó la idea de exigirle cuentas a la vieja clase política por sus incontables abusos de poder. Desde la perspectiva del maderismo moderado, lo deseable se confundió con lo posible: suponer que los intereses creados en el Porfiriato se comportarían como lo que nunca habían sido: como demócratas.
Cuando los generales Félix Díaz o Bernardo Reyes intentaron derrocar a Madero y fracasaron, el presidente decidió, en aras de una reconciliación cada vez más difícil, no aplicarles “todo el rigor de la ley” –la pena capital a que les habían condenado sendos consejos de guerra— y les conmutó la pena de muerte por la de prisión. El resultado final lo conocemos bien: los beneficiados con ese gesto no respondieron con la misma moneda e iniciaron un nuevo movimiento subversivo que desembocó en el asesinato del presidente, la destrucción de su proyecto político y el establecimiento de una dictadura militar que resultó breve pero cruenta.
Es claro que las circunstancias actuales son muy diferentes a las de hace noventa años enfrentó el entonces nuevo régimen. Sin embargo, la lección que el maderismo envía desde el pasado no es irrelevante: contemporizar con los intereses corruptos del viejo régimen, esperando que éstos dejen de ser lo que siempre fueron, es esperar demasiado y arriesgar mucho.
Las Verdades del Obispo.- En la introducción al Informe de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación de Sudáfrica, su redactor, el obispo Desmond Tutu, hace, entre otras, afirmaciones que con todas las diferencias que se quieran poner entre Sudáfrica y México, no son irrelevantes para nuestra situación:
“No pudimos emprender el viaje desde un pasado marcado por el conflicto, la injusticia, la opresión y la explotación hacia una dispensación democrática caracterizada por una cultura del respeto a los derechos humanos sin enfrentarnos cara a cara con nuestra historia reciente [...]
Hubo otros que insistían en que el pasado debía ser olvidado –declaraban con desenvoltura que debíamos dejar ‘el pasado en el pasado’--. Esta opción fue debidamente rechazada porque tal amnesia sólo lastimaría más a las víctimas al negar su terrible experiencia [...]
La otra razón por la que la amnesia no es una solución es porque el pasado se rehusa a permanecer silencioso. Tiene el extraño hábito de hacer apariciones. ’Aquellos que olvidan el pasado están condenados a repetirlo’ son las palabras que decoran la entrada de un museo en lo que fuera el campo de concentración de Dachau [...] Esto no es obsesionarse con el pasado. Es cuidar que la historia se maneje de manera correcta por la seguridad del futuro [...]
Debemos comprender el pasado para establecer una cultura de respeto de los derechos humanos. Sólo al responder sobre el pasado podemos hacernos responsables del futuro”.
La posición del obispo Tutu en relación a la comisión de la verdad en Sudáfrica, se resume así: “No puede haber curación [de los males sufridos en el pasado] sin verdad”. Y justifica la creación de una comisión especial y no dejar el problema en manos de los tribunales ordinarios por que estos deben basarse sólo en pruebas igualmente ordinarias y “[n]o hay incentivos para que los perpetradores digan la verdad, y a menudo la Corte debe decidir entre la palabra de una víctima contra las pruebas de muchos perpetradores”, por tanto “el sistema penal de justicia no es la mejor manera de llegar a la verdad”.Finalmente ¿para qué empeñarse en buscar la verdad de algo que ya es historia? La respuesta de Tutu es rotunda: “Habiendo visto a la bestia del pasado a los ojos, habiendo pedido y otorgado el perdón y habiendo compensado, cerremos la puerta al pasado –no para olvidarlo sino para impedirle aprisionarnos—“ (tomado de Istor, Año II, N° 5, verano del 2001, pp. 7-24). Tomemos nota de lo dicho por el clérigo sudafricano pues nosotros aún no podemos ver a los ojos a nuestra bestia, ni nadie ha pedido perdón a sus víctimas ni a la sociedad en su conjunto.
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