Lorenzo Meyer
Un Título Alternativo.- Este artículo también podría titularse “La democracia mexicana por venir y sus múltiples enemigos”, pues aunque no todos los que son hostiles a la naturaleza del régimen político que apenas está naciendo en México son miembros de la nomenklatura, resulta que hoy por hoy esta estructura informal pero muy efectiva, representa uno de los mayores obstáculos y peligros para el conjunto de valores y reglas de conducta cívica que apenas se están formando en México como resultado de la derrota del PRI y el asomo de la democracia.
Pero ¿qué es la nomenklatura?. Nomenclatura no significa otra cosa que nómina o catálogo de nombres. Sin embargo, cuando la “c” se cambia por la “k” el término adquiere una siniestra connotación política: el catálogo de las más altas posiciones del aparato estatal soviético y de sus ocupantes, personajes cuyo curriculum vitae era examinado por los varios comités del Partido Comunista y sólo podían ser removidos del puesto por decisión de esos mismos comités. Se trató, por tanto, de la verdadera clase gobernante soviética --y del resto de los países de la Europa del Este: una clase privilegiada, que usó en su propio beneficio el monopolio político que logró por la vía de la revolución y que terminó por convertirse en una clase alejada del resto de la sociedad, parasitaria y un obstáculo insalvable para el desarrollo material y moral de la sociedad (Michael Voslensky, Nomenklatura. The Soviet Ruling Class, Nueva York: Doubleday, 1984). Pues bien, un priísta distinguido, y que por su experiencia directa debe de saber de lo que habla, Carlos Salinas de Gortari, nos acaba de confirmar en su libro México. Un paso difícil a la modernidad (p.1177) algo que ya sabíamos: que también hay una nomenklatura mexicana, sólo que en vez de ser producto de un partido comunista lo fue del PRI, por lo tanto, menos estructurada aunque no menos rapaz. Según Salinas, esos priístas “clásicos” (otra manera de definir al grupo) se unieron a los “neoliberales” o tecnócratas del presidente Ernesto Zedillo para atacarle a él y a su creación: el “liberalismo social”, ese que vivió –y murió-- exclusivamente en el discurso salinista.
Pero dejemos a un lado a Carlos Salinas, que ya es historia sin futuro, para concentrarnos en el problema que representa la herencia del PRI a nuestro siglo XXI: la nomenklatura, que debiendo ser también cosa del pasado no puede serlo, pues no hay ningún Dublín, por mencionar un posible lugar de exilio, a donde se le pueda mandar para liberar de su peso al futuro de México. Se trata, de miles de cuadros priístas –el verdadero PRI, ya que los supuestos millones de militantes de base no intervenían en las decisiones de ese, “su” partido— que internalizaron la mentalidad autoritaria del sistema del que formaron parte y del que se beneficiaron. Esos cuadros son ya material inútil para la democracia que apenas se va a formar, pero como no son material inerte sino vivo, muy resentido y que puede mantener posiciones clave, pueden sabotear el futuro político de México.
En nuestro país la forma democrática de gobierno y de relación social, casi no tiene antecedentes, por tanto carece de las defensas que da el paso del tiempo. En contraste, las formas autoritarias tienen una larga historia y la nomenklatura, aunque expulsada del poder al nivel más alto, va a intentar –de hecho lo están intentando ya--, sobrevivir en espacios menores, en nichos acolchados por siglos de cultura antidemocrática y decenios de intereses creados. La mentalidad priísta y los intereses económicos que representa, que son muy diversos y poderosos, ya están cavando sus trincheras, reforzando o construyendo los espacios institucionales en donde va a intentar no sólo resistir y sobrevivir a la ola democratizadora que barrió al país el pasado 2 de julio, sino retornar si el experimento de cambio falla.
Si como ha propuesto el profesor Juan Linz, el autoritarismo --ese sistema del que el PRI fue una de sus expresiones más acabadas en el siglo XX--, no tiene ideología sino sólo mentalidad, resulta que la mentalidad priísta sigue viva en muchos, sino es que en todos, los que formaron la nomenklatura mexicana: expresidentes, gobernadores y exgobernadores, secretarios y exsecretarios de Estado, presidentes y expresidentes municipales, alta y mediana burocracia federal y estatal, directores y exdirectores de las empresas e institutos paraestatales, secretarios generales de sindicatos y agrupaciones campesinas, rectores y directores actuales y antiguos de las universidades e instituciones académicas públicas, líderes que fueron o siguen siendo de las grandes organizaciones empresariales, jerarcas de la Iglesia católica, responsables de aquellos medios masivos de información, electrónicos o impresos, que vienen del pasado priísta, y un largo, largísimo, etcétera.
Al concluir la II Guerra Mundial, las potencias que ocuparon a la Alemania derrotada, iniciaron de inmediato un programa de desnazificación para tratar de arrancar de raíz no sólo la ideología nacionalsocialista sino la mentalidad totalitaria que le acompañó. Aún se debate el grado de éxito de ese empeño, especialmente a raíz de los brotes de neonazismo. En cualquier caso, nosotros no estamos en posibilidad de llevar a cabo una campaña oficial de despriízación, pero si podemos imaginar algo equivalente o parecido, no como resultado de una acción oficial, sino de un esfuerzo consciente y de largo plazo, de la sociedad civil. Lo anterior se puede concebir como una acción prolongada y de resultados inciertos, pero que vale la pena, para desmontar todas las prácticas priístas que van a tratar de subsistir en la hermandad de la nomenklatura, refugiada en el amplio entramado institucional, público y privado, y que tan bien conocen por haber sido por mucho tiempo su coto exclusivo.
Los Estados.- De entrada, el caso de Tabasco acaba de probar que la nomenklatura esta viva y actuando con energía –incluso desesperación-- en aquellos espacios geográficos donde el entorno social es particularmente propicio al PRI, y que en buena medida coinciden con las regiones de menor desarrollo relativo. Los priístas niegan la existencia de un “sindicato de gobernadores”, pero los hechos demuestran su existencia En Tabasco, el gobernador saliente y representante del PRI más tradicional y duro, Roberto Madrazo, se ha salido una vez más con la suya, al menos de momento, y hoy busca consolidar el dudoso triunfo electoral de su candidato y sustituto, Manuel Andrade, a pesar de las bien fundadas acusaciones en su contra expuestas por la prensa y por la oposición perredista, panista y la disidencia priísta. Si Madrazo vuelve a lograr su objetivo, como lo ha hecho desde 1994, la nomenklatura tabasqueña podría haber ganado seis años de vida y su líder podría transformarse en el jefe nacional.
En Tabasco, el PRI busca congelar el tiempo político por varias vías. En primer lugar, con el apoyo del gobierno local al partido, que ahí sigue siendo de Estado. Luego mediante el control del Instituto Electoral de Tabasco, que esta conformado mayoritariamente por miembros de la nomenklatura, como lo puede comprobar cualquiera que examine el curriculum vitae de su presidente, de la mayoría de los consejeros, de la secretaria ejecutiva, del director administrativo y del director de organización y capacitación electoral, (Reforma, 20 de octubre). La autoridad electoral tabasqueña se mantiene a años luz de la imparcialidad y profesionalismo de su contraparte federal el IFE. Los medios de comunicación locales –ocho de nueve periódicos y la televisión (canal 7)— actuaron a lo largo de la campaña electoral con total parcialidad en favor del PRI e hicieron imposible la equidad en una zona tan importante para los procesos democráticos como es la información (Proceso, 22 de octubre). Al final de la jornada electoral, el PRD no pudo contar con 78 actas, pero el PRI sí, y justamente con ellas se ampararon diez mil supuestos votos, la mayoría para el partido del gobernador y suficientes para darle al PRI el escaso margen de ventaja de ocho mil votos sobre la oposición, (Proceso, 22 de octubre).
Hoy Tabasco es el reducto del viejo sistema que centra la atención de los reflectores, pero pronto le tocará el turno a Yucatán y al resto de los estados dominados por el “Sindicato de Gobernadores”. La lucha por el sufragio efectivo a nivel de los estados va a ser larga pues la nomenklatura aparece dispuesta a dar todas las batallas de retaguardia donde y cuando le sea posible.
Los Medios de Información.- El periódico nacional Excélsior ha vuelto a ser noticia. Después de 24 años de haber actuado como el instrumento del presidente Luis Echeverría para acabar con la línea editorial independiente construida por Julio Scherer, resulta que Regino Díaz Redondo fue destituido como director de ese diario por un movimiento insurgente gestado dentro de la Cooperativa Excélsior. El final del régimen priísta y el de Díaz Redondo y otros miembros de la nomenklatura en Excélsior no fue una mera coincidencia, sino una relación causal: el sistema de poder que llegaba a su fin ya no pudo o quiso seguir apoyando a un instrumento que ya no le podía servir y que adeuda a Hacienda cientos de millones de pesos.
La crisis del viejo régimen puso un fin muy puntual al Excélsior que Echeverría y sus sucesores moldearon según sus necesidades e intereses, y quizá otros medios le sigan los pasos, pero no necesariamente ese va a ser el destino de todos los que le sirvieron de caja de resonancia al viejo sistema. Las grandes cadenas televisoras y una buena parte de las estaciones de radio que por mucho tiempo formaron los eslabones de la gran cadena de control oficial de la información, están tratando hoy y con resultados muy desiguales, de cambiar su imagen, de ponerse al día, de dar la impresión de ser auténticos conversos a la democracia, pero la verdad es que en su seno abundan los miembros de la nomenklatura y todo indica que ahí se van a quedar, sobre todo en aquellos estados donde el PRI aún conserva el poder, tratando de adaptarse al nuevo ambiente pero con pocas o ninguna posibilidad de un cambio real.
El Sindicalismo.- Desde muy temprano, con la CROM de Luis Napoleón Morones, más tarde con la CTM de Vicente Lombardo Toledano y sus sucesores y con la CNC de Graciano Sánchez y sus herederos, las organizaciones de trabajadores y campesinos quedaron sólidamente unidas al PRI y, por esa vía, a la voluntad del presidente en turno. Hoy, tras el terrible embate del neoliberalismo, la organización campesina esta casi muerta y los sindicatos de los trabajadores urbanos de corte oficialista están en plena decadencia y en Leonardo Rodríguez Alcaine y su obsoleta CTM están los símbolos de esa decadencia. Sin embargo, el nuevo sindicalismo, el propio del nuevo régimen y que a dado lugar, por ejemplo, a Alejandra Barrales de la Asociación Sindical de Sobrecargo de Aviación o a la Unión Nacional de Trabajadores, va a tener que convivir y luchar por un buen tiempo con lo viejo que es, casi en su totalidad un espacio de la nomenklatura.
Las Torres de Marfil que no son Tales.- Apenas si es necesario decir que las universidad públicas e instituciones equiparables, aunque formalmente autónomas, desde hace medio siglo o más ya eran, en la realidad, piezas relativamente importantes del complejo corporativo priísta. Es verdad que en sus aulas y cubículos se ha gestado parte del discurso y de la acción de la oposición, pero es igualmente cierto que sus cuerpos administrativos han estado saturados de miembros de la nomenklatura. Examinando la composición y evolución de la Junta de Gobierno de la UNAM, Imanol Ordorika ha mostrado en un estudio sobre ese cuerpo que, a fin de cuentas, ha sido un instrumento muy funcional para que la presidencia ponga a los suyos al frente de la casa de estudios y sin que la autonomía haya sido un obstáculo insalvable (“Power, Politics and Change in Higher Education”, tesis doctoral, Universidad de Stanford, Departamento de Educación, 1999). Y si ese es el caso de la UNAM, lo son aún más las universidades de los estados y las otras instituciones que conforman el sistema de educación pública superior.
La lista de posibles trincheras, nichos o refugios de la clase política derrotada puede seguir, pero el espacio falta. En cualquier caso, queda claro que se van a tener que dar muchas batallas para hacer de México una sociedad de cultura democrática. La lucha será larga y frustrante pero no hay opción.
Pero ¿qué es la nomenklatura?. Nomenclatura no significa otra cosa que nómina o catálogo de nombres. Sin embargo, cuando la “c” se cambia por la “k” el término adquiere una siniestra connotación política: el catálogo de las más altas posiciones del aparato estatal soviético y de sus ocupantes, personajes cuyo curriculum vitae era examinado por los varios comités del Partido Comunista y sólo podían ser removidos del puesto por decisión de esos mismos comités. Se trató, por tanto, de la verdadera clase gobernante soviética --y del resto de los países de la Europa del Este: una clase privilegiada, que usó en su propio beneficio el monopolio político que logró por la vía de la revolución y que terminó por convertirse en una clase alejada del resto de la sociedad, parasitaria y un obstáculo insalvable para el desarrollo material y moral de la sociedad (Michael Voslensky, Nomenklatura. The Soviet Ruling Class, Nueva York: Doubleday, 1984). Pues bien, un priísta distinguido, y que por su experiencia directa debe de saber de lo que habla, Carlos Salinas de Gortari, nos acaba de confirmar en su libro México. Un paso difícil a la modernidad (p.1177) algo que ya sabíamos: que también hay una nomenklatura mexicana, sólo que en vez de ser producto de un partido comunista lo fue del PRI, por lo tanto, menos estructurada aunque no menos rapaz. Según Salinas, esos priístas “clásicos” (otra manera de definir al grupo) se unieron a los “neoliberales” o tecnócratas del presidente Ernesto Zedillo para atacarle a él y a su creación: el “liberalismo social”, ese que vivió –y murió-- exclusivamente en el discurso salinista.
Pero dejemos a un lado a Carlos Salinas, que ya es historia sin futuro, para concentrarnos en el problema que representa la herencia del PRI a nuestro siglo XXI: la nomenklatura, que debiendo ser también cosa del pasado no puede serlo, pues no hay ningún Dublín, por mencionar un posible lugar de exilio, a donde se le pueda mandar para liberar de su peso al futuro de México. Se trata, de miles de cuadros priístas –el verdadero PRI, ya que los supuestos millones de militantes de base no intervenían en las decisiones de ese, “su” partido— que internalizaron la mentalidad autoritaria del sistema del que formaron parte y del que se beneficiaron. Esos cuadros son ya material inútil para la democracia que apenas se va a formar, pero como no son material inerte sino vivo, muy resentido y que puede mantener posiciones clave, pueden sabotear el futuro político de México.
En nuestro país la forma democrática de gobierno y de relación social, casi no tiene antecedentes, por tanto carece de las defensas que da el paso del tiempo. En contraste, las formas autoritarias tienen una larga historia y la nomenklatura, aunque expulsada del poder al nivel más alto, va a intentar –de hecho lo están intentando ya--, sobrevivir en espacios menores, en nichos acolchados por siglos de cultura antidemocrática y decenios de intereses creados. La mentalidad priísta y los intereses económicos que representa, que son muy diversos y poderosos, ya están cavando sus trincheras, reforzando o construyendo los espacios institucionales en donde va a intentar no sólo resistir y sobrevivir a la ola democratizadora que barrió al país el pasado 2 de julio, sino retornar si el experimento de cambio falla.
Si como ha propuesto el profesor Juan Linz, el autoritarismo --ese sistema del que el PRI fue una de sus expresiones más acabadas en el siglo XX--, no tiene ideología sino sólo mentalidad, resulta que la mentalidad priísta sigue viva en muchos, sino es que en todos, los que formaron la nomenklatura mexicana: expresidentes, gobernadores y exgobernadores, secretarios y exsecretarios de Estado, presidentes y expresidentes municipales, alta y mediana burocracia federal y estatal, directores y exdirectores de las empresas e institutos paraestatales, secretarios generales de sindicatos y agrupaciones campesinas, rectores y directores actuales y antiguos de las universidades e instituciones académicas públicas, líderes que fueron o siguen siendo de las grandes organizaciones empresariales, jerarcas de la Iglesia católica, responsables de aquellos medios masivos de información, electrónicos o impresos, que vienen del pasado priísta, y un largo, largísimo, etcétera.
Al concluir la II Guerra Mundial, las potencias que ocuparon a la Alemania derrotada, iniciaron de inmediato un programa de desnazificación para tratar de arrancar de raíz no sólo la ideología nacionalsocialista sino la mentalidad totalitaria que le acompañó. Aún se debate el grado de éxito de ese empeño, especialmente a raíz de los brotes de neonazismo. En cualquier caso, nosotros no estamos en posibilidad de llevar a cabo una campaña oficial de despriízación, pero si podemos imaginar algo equivalente o parecido, no como resultado de una acción oficial, sino de un esfuerzo consciente y de largo plazo, de la sociedad civil. Lo anterior se puede concebir como una acción prolongada y de resultados inciertos, pero que vale la pena, para desmontar todas las prácticas priístas que van a tratar de subsistir en la hermandad de la nomenklatura, refugiada en el amplio entramado institucional, público y privado, y que tan bien conocen por haber sido por mucho tiempo su coto exclusivo.
Los Estados.- De entrada, el caso de Tabasco acaba de probar que la nomenklatura esta viva y actuando con energía –incluso desesperación-- en aquellos espacios geográficos donde el entorno social es particularmente propicio al PRI, y que en buena medida coinciden con las regiones de menor desarrollo relativo. Los priístas niegan la existencia de un “sindicato de gobernadores”, pero los hechos demuestran su existencia En Tabasco, el gobernador saliente y representante del PRI más tradicional y duro, Roberto Madrazo, se ha salido una vez más con la suya, al menos de momento, y hoy busca consolidar el dudoso triunfo electoral de su candidato y sustituto, Manuel Andrade, a pesar de las bien fundadas acusaciones en su contra expuestas por la prensa y por la oposición perredista, panista y la disidencia priísta. Si Madrazo vuelve a lograr su objetivo, como lo ha hecho desde 1994, la nomenklatura tabasqueña podría haber ganado seis años de vida y su líder podría transformarse en el jefe nacional.
En Tabasco, el PRI busca congelar el tiempo político por varias vías. En primer lugar, con el apoyo del gobierno local al partido, que ahí sigue siendo de Estado. Luego mediante el control del Instituto Electoral de Tabasco, que esta conformado mayoritariamente por miembros de la nomenklatura, como lo puede comprobar cualquiera que examine el curriculum vitae de su presidente, de la mayoría de los consejeros, de la secretaria ejecutiva, del director administrativo y del director de organización y capacitación electoral, (Reforma, 20 de octubre). La autoridad electoral tabasqueña se mantiene a años luz de la imparcialidad y profesionalismo de su contraparte federal el IFE. Los medios de comunicación locales –ocho de nueve periódicos y la televisión (canal 7)— actuaron a lo largo de la campaña electoral con total parcialidad en favor del PRI e hicieron imposible la equidad en una zona tan importante para los procesos democráticos como es la información (Proceso, 22 de octubre). Al final de la jornada electoral, el PRD no pudo contar con 78 actas, pero el PRI sí, y justamente con ellas se ampararon diez mil supuestos votos, la mayoría para el partido del gobernador y suficientes para darle al PRI el escaso margen de ventaja de ocho mil votos sobre la oposición, (Proceso, 22 de octubre).
Hoy Tabasco es el reducto del viejo sistema que centra la atención de los reflectores, pero pronto le tocará el turno a Yucatán y al resto de los estados dominados por el “Sindicato de Gobernadores”. La lucha por el sufragio efectivo a nivel de los estados va a ser larga pues la nomenklatura aparece dispuesta a dar todas las batallas de retaguardia donde y cuando le sea posible.
Los Medios de Información.- El periódico nacional Excélsior ha vuelto a ser noticia. Después de 24 años de haber actuado como el instrumento del presidente Luis Echeverría para acabar con la línea editorial independiente construida por Julio Scherer, resulta que Regino Díaz Redondo fue destituido como director de ese diario por un movimiento insurgente gestado dentro de la Cooperativa Excélsior. El final del régimen priísta y el de Díaz Redondo y otros miembros de la nomenklatura en Excélsior no fue una mera coincidencia, sino una relación causal: el sistema de poder que llegaba a su fin ya no pudo o quiso seguir apoyando a un instrumento que ya no le podía servir y que adeuda a Hacienda cientos de millones de pesos.
La crisis del viejo régimen puso un fin muy puntual al Excélsior que Echeverría y sus sucesores moldearon según sus necesidades e intereses, y quizá otros medios le sigan los pasos, pero no necesariamente ese va a ser el destino de todos los que le sirvieron de caja de resonancia al viejo sistema. Las grandes cadenas televisoras y una buena parte de las estaciones de radio que por mucho tiempo formaron los eslabones de la gran cadena de control oficial de la información, están tratando hoy y con resultados muy desiguales, de cambiar su imagen, de ponerse al día, de dar la impresión de ser auténticos conversos a la democracia, pero la verdad es que en su seno abundan los miembros de la nomenklatura y todo indica que ahí se van a quedar, sobre todo en aquellos estados donde el PRI aún conserva el poder, tratando de adaptarse al nuevo ambiente pero con pocas o ninguna posibilidad de un cambio real.
El Sindicalismo.- Desde muy temprano, con la CROM de Luis Napoleón Morones, más tarde con la CTM de Vicente Lombardo Toledano y sus sucesores y con la CNC de Graciano Sánchez y sus herederos, las organizaciones de trabajadores y campesinos quedaron sólidamente unidas al PRI y, por esa vía, a la voluntad del presidente en turno. Hoy, tras el terrible embate del neoliberalismo, la organización campesina esta casi muerta y los sindicatos de los trabajadores urbanos de corte oficialista están en plena decadencia y en Leonardo Rodríguez Alcaine y su obsoleta CTM están los símbolos de esa decadencia. Sin embargo, el nuevo sindicalismo, el propio del nuevo régimen y que a dado lugar, por ejemplo, a Alejandra Barrales de la Asociación Sindical de Sobrecargo de Aviación o a la Unión Nacional de Trabajadores, va a tener que convivir y luchar por un buen tiempo con lo viejo que es, casi en su totalidad un espacio de la nomenklatura.
Las Torres de Marfil que no son Tales.- Apenas si es necesario decir que las universidad públicas e instituciones equiparables, aunque formalmente autónomas, desde hace medio siglo o más ya eran, en la realidad, piezas relativamente importantes del complejo corporativo priísta. Es verdad que en sus aulas y cubículos se ha gestado parte del discurso y de la acción de la oposición, pero es igualmente cierto que sus cuerpos administrativos han estado saturados de miembros de la nomenklatura. Examinando la composición y evolución de la Junta de Gobierno de la UNAM, Imanol Ordorika ha mostrado en un estudio sobre ese cuerpo que, a fin de cuentas, ha sido un instrumento muy funcional para que la presidencia ponga a los suyos al frente de la casa de estudios y sin que la autonomía haya sido un obstáculo insalvable (“Power, Politics and Change in Higher Education”, tesis doctoral, Universidad de Stanford, Departamento de Educación, 1999). Y si ese es el caso de la UNAM, lo son aún más las universidades de los estados y las otras instituciones que conforman el sistema de educación pública superior.
La lista de posibles trincheras, nichos o refugios de la clase política derrotada puede seguir, pero el espacio falta. En cualquier caso, queda claro que se van a tener que dar muchas batallas para hacer de México una sociedad de cultura democrática. La lucha será larga y frustrante pero no hay opción.
No hay comentarios:
Publicar un comentario