Historias de una coyuntura histórica.

Lorenzo Meyer
Una Situación Inédita.- Siete años después que decidió apoyar con las armas su decisión de decir ¡ya basta¡, un grupo indígena del sureste, encapuchado, en plena Cámara de Diputados, y respaldado por otras organizaciones indígenas, le respondió con guante blanco --gran generosidad, dignidad, sensatez y sentido común— a esa parte de la élite mexicana, que furibunda y rencorosa, intentó negarles la tribuna para actuar de la manera más institucional: apoyar con argumentos lógicos una iniciativa de ley. Como resultado de auspiciar y apoyar esa presencia indígena en el recinto legislativo, y por su empeño por resolver por las buenas un complejo problema social pospuesto por años por gobiernos autoritarios, el presidente, en los hechos, se ha quedado sin partido. Así, ese mismo presidente que llegó al poder por la vía democrática y en hombros de un partido de derecha, tiene hoy que apoyarse a un partido minoritario de izquierda y en una facción del partido antidemocrático al que derrotó. Y todo lo anterior esta ligado a un movimiento clandestino de pobres --y pobremente armado-- pero con una demanda de gran legitimidad histórica, que con decisión e inteligencia aprovechó el cambio de régimen al final del 2000 para salir de la selva, movilizar a la sociedad, apostar por la política normal, y en una jugada brillante, logró imponerse a una derecha sin generosidad. En fin, un viejo partido autoritario y corrupto que siempre se caracterizó por su unanimidad en el voto, permitió por primera vez a sus legisladores votar “ según su conciencia” y con ello le dio la razón a los indígenas rebeldes y dejó sola a la derecha con la que tantas veces votó unido en el pasado. En suma, en la nueva etapa de la vida política mexicana, lo inédito amenaza convertirse habitual.
Ahora, apenas si queda en México el recuerdo de la euforia que produjo en más de la mitad del electorado la derrota del viejo partido de Estado el 2 de julio del 2000. Lo que hoy domina es la conciencia de lo difícil y laborioso que es hacer trabajar al nuevo sistema donde el poder ya no esta concentrado y la negociación debe ser constante. Y el nuevo sistema tiene que funcionar en una sociedad sin antecedentes democráticos, con divisiones sociales brutales, con un Estado de Derecho aún por construirse, y lo pospuesto exige ahora ser atendido sin rodeos.
La discusión abierta y enconada de problemas políticos complejos, esta dando lugar a situaciones no sospechadas apenas unos meses atrás y en virtud de las cuales la famosa “incertidumbre democrática” adquiere su significado pleno.
Una Forma de Aproximación.- Hoy es casi imposible predecir como van a jugar sus fichas los actores políticos mexicano o, incluso, saber cuales son esas fichas o los de nuevos actores que pueden surgir. Sin embargo, hay que hacer un esfuerzo por comprender la naturaleza del presente para sortear las divisiones y obstáculos actuales y del futuro. Y una manera de hacerlo –una entre varias--, consiste en recrear la cadena de causas y efectos que ha desembocado hoy en: a) un movimiento indígena armado que busca negociar mediante un cambio legal su incorporación a la vida institucional en un régimen político que ya es distinto al que había cuando decidió insurreccionarse pero donde se mantiene la estructura de poder de siempre; b) un presidente democráticamente electo que sigue contando con un apoyo mayoritario de la ciudadanía pero que ha sido abandonado por su partido por intentar, en sus propios términos, refrendar su legitimidad personal resolviendo un problema pospuesto por el autoritarismo y hacer un gesto a la izquierda en el área de los derechos indígenas y la insurgencia para luego poder moverse con mayor libertad en otros temas --la reforma fiscal, por ejemplo— donde su proyecto apunta hacia la derecha.
El intento de entender el presente por sus orígenes –las raíces—, debe de tener claros sus límites: que los fenómenos sociales son muy complejos, que sus causas son múltiples, están interrelacionadas y que el analista apenas si puede tratar algunas y sólo tras grandes simplifaciones.
El Presidente y su Partido.- Vicente Fox no es un panista que haya nacido o se haya formado dentro de ese partido de clase media, católico y urbano. Fox llegó al panismo cuando ya había recorrido mucho camino como funcionario de una gran transnacional --la Coca Cola-- y se había formado en una atmósfera ligada menos a una ideología y a los libros o a la práctica del derecho --como es el caso de los panistas de rancio abolengo--, y más a su rancho de Guanajuato y al éxito de la acción práctica.
Fox es un neopanista reclutado, como el mismo admite, en un momento de crisis por otro neopanista, Manuel Clouthier, cuyas relaciones empresariales y estilo de hacer política, directo, llano, tuvieron un gran eco en 1988, y que el actual presidente recogió y perfeccionó. El estilo del presidente también se formó al enfrentar directamente al PRI y al presidencialismo autoritario en Guanajuato, sin las concertacesiones y los meandros de la clase panista tradicional, y finalmente, también incluye prometer a todos todo, sin preocuparse de las contradicciones y, menos aún, de los puntos “doctrinales”.
Parte central de la disputa de hoy de Vicente Fox con la cúpula del PAN, es la lucha de la partidocracia con un presidente que, si los guardianes se descuidan, puede quitarles las riendas de esa organización a pesar de no conocer al revés y al derecho el ideario de Manuel Gómez Morín. La dirigencia panista se dice escandalizada porque el presidente no se escandalizó por el hecho de que un grupo de indígenas rebeldes, encapuchados y seguros de ellos mismos, pero desarmados y jugando con reglas de la política normal, fueran admitidos y oídos por el Congreso. Pero es difícil suponer que esa es la verdadera razón del choque PAN-presidente, pues en el 88 esa misma dirigencia panista no se mostró particularmente escandalizada por el fraude electoral que entonces tuvo lugar y no tuvo empacho en entrar una y otra vez a Los Pinos para llegar a arreglos con un presidente de moralidad dudosa. No, definitivamente la pugna Fox-PAN no tiene que ver con principios y si con una disputa por el control del partido y de la acción del gobierno.
Todo partido político queda marcado de manera indeleble por las circunstancias de su nacimiento; nunca se pierde el sello de origen. El Partido Acción Nacional surgió hace más de sesenta años como una organización que no pretendía tomar y ejercer el poder, sino influir en las ideas que la sociedad –sus élites-- tenía de si misma y contrarrestar el populismo y el izquierdismo del régimen postrevolucionario. Para inicio de los años noventa y frente al presidente, el PAN era quizá más influyente que el propio PRI . Había, pues, logrado su meta. En 1994, como Fox lo notó en su libro autobiográfico, el PAN y su candidato presidencial, Diego Fernández, hicieron lo necesario para no alcanzar directamente el poder pero si para influir decisivamente en un proceso político que de todas formas caminaba hacia la derecha. A inicios del 2000, la dirigencia panista no se entusiasmo con una posible victoria de su candidato presidencial y por ello alejó la posibilidad de que se formara una coalición opositora amplia. Pese a su partido, Fox triunfó y hoy el objetivo del PAN es asegurar que ese primer presidente electo por la vía democrática no intente usar una legitimidad inédita para actuar de manera independiente. En esa situación, la coyuntura creada por el EZLN y Marcos pareciera haber sido aprovechada por la directiva panista para forzar la confrontación con el presidente y marcarle sus límites. Sin embargo, y apenas por diez votos, Fox se salvó de una derrota humillante frente a la dirigencia panista.
Y aquí una nota al margen. Es imposible no notar que la idea de la política del PAN de 1939 y de los años siguientes, tiene algo de común con la del EZLN de hoy, que asegura que tampoco busca tomar el poder y que ni siquiera desea organizarse como partido, sino mantenerse como una fuerza moral que circule por las venas de la sociedad.
En resumen, la distancia que hoy se nota entre el presidente y su partido que finalmente no lo es, es la misma que hay entre una derecha dúctil y muy dispuesta a ejercer directamente el poder y representada por el presidente, y una oligarquía partidista doctrinaria que no sólo es de derecha sino reaccionaria, y que tiene menos interés en ejercer directamente la responsabilidad de gobierno y más en hacerlo a través de una presidencia domada. Y la doma de esa presidencia esta siendo intentada a la vista de todos.
El EZLN y el Sistema.- A la distancia, resulta claro que el triunfo de Fox no se hubiera dado si no hubiera habido una autoridad electoral fuerte e independiente que impidiera el fraude y la falta de equidad. Pero el Instituto Federal Electoral del 2000 no fue ya un mero instrumento del gobierno y del PRI (como siguen siendo los institutos de Yucatán o Tabasco, por citar ejemplos conspicuos), gracias a que desde 1994 se le otorgaron independencia y recursos. Y la anterior no fue una concesión graciosa; Carlos Salinas se vio obligado a darla porque, entre otras cosas, el surgimiento del EZLN en ese año requería con urgencia que las instituciones electorales generaran un sustituto a la legitimidad que el sistema perdía con la insurrección indígena, los conflictos postelectorales, el asesinato del candidato oficial y una corrupción galopante.
Pero el EZLN no había surgido para hacer posible unas elecciones limpias de las cuales, al cabo de siete años brotara el triunfo de Fox y de un PAN que en realidad no deseaba que su candidato formal ganara. No, la decisión de las comunidades indígenas de las cañadas chiapanecas de prestar oídos a un grupo de activistas radicales y dar vida al EZLN con todos los peligros que ello entrañaba, esta directamente ligad a la desesperación de las comunidades ante el fracaso de sus innumerables acciones por lograr que, por la vía pacífica, se respondiera a sus demandas de ayuda para modificar unas condiciones de vida que son francamente inhumanas, baste recordar lo inútil de la marcha Xi’ Nich de más de mil kilómetros.
Y la falta de sensibilidad y respuesta del entramado institucional creado por el régimen de la Revolución a la situación de las comunidades indígenas de Chiapas se debió a la debilidad y corrupción de las instituciones locales y federales para captar y procesar esas demandas con un mínimo de eficiencia. Tan mal estaba el tejido institucional en Chiapas que pese a que las autoridades federales tuvieron noticia anticipada de que existía una organización guerrillera en la zona, no hicieron nada por enfrentarla a tiempo, antes de la violencia. Esto quiere decir, que el entramado institucional, que incluía desde luego al ejército, había perdido hasta los reflejos más elementales: los del instinto de conservación.
Históricamente es muy difícil que un grupo revolucionario urbano logre penetrar y establecerse en una zona indígena con la aceptación y protección de la población local. Sin embargo, eso fue precisamente lo que lograron los cuadros de las Fuerzas de Liberación (FLN) –entre los que se debe de incluir al subcomandante Marcos-- con mucha voluntad, convicción, trabajo, perseverancia y riesgos. Y esas FLN arraigaron en zona de enorme pobreza donde también ya se encontraba trabajando una Iglesia Católica inspirada en la teología de la liberación. Pero no sólo eso, sino que era una zona donde el estilo de gobernar del presidente Echeverría -- personal, arbitrario e irresponsable-- había despertado el resentimiento de 37 comunidades choles y tzeltales afectadas por un decreto presidencial que otorgó ¡614,321 hectáreas a 66 familias lacandonas!, sin importar los derechos de cuatro mil familias que ya se encontraban ahí. Y sigamos hacia atrás. Quizá los estudiantes norteños que formaron las FLN quizá no hubieran tomado esa decisión en 1969 si el año anterior el movimiento estudiantil que estalló en la Ciudad de México no hubiera sido reprimido de la manera tan brutal como finalmente se hizo el 2 de octubre.
Lo Sustantivo.- Hoy, lo importante en una sociedad tan polarizada como la mexicana, la mejor manera de desactivar el choque directo, violento, radical, como el que originalmente tuvo el EZLN con las estructuras de autoridad, es abrir todos los espacios posibles de diálogo, como acaba de ocurrir en el Congreso y, a la mayor velocidad, crear un auténtico Estado de derecho.

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