Dos siglos, dos reformas.

Lorenzo Meyer
La Comparación.- La revolución de 1910 fue un cambio político que se inició de manera inesperada, motivado básicamente por la indignación moral que produjo en una parte de la ciudadanía la manipulación sistemática del voto por la vieja maquinaria porfirista. Una de las singularidades de esa revolución --verdadero parteaguas de la historia política mexicana--, es que careció de una teoría política previa que le justificara, orientara su acción y sirviera de marco para la reorganización posterior del país. Sin embargo, antes y después de ese movimiento revolucionario, México experimentó sendos intentos de transformación estructural que sí partieron de un análisis previo, producto de una teoría bastante elaborada y coherente de la naturaleza humana y de las relaciones del individuo con la sociedad, el poder y la economía. Se trata, evidentemente, del liberalismo que buscó rehacer al país a mediados del siglo XIX y del neoliberalismo que intentó lo mismo a finales del siglo XX. Una de las varias formas posibles de comprender la naturaleza y alcance de ambos movimientos, es compararlos entre sí para resaltar sus similitudes y diferencias, después de todo, la comparación está en el inicio mismo del estudio teórico de la política, el que tuvo lugar en la Grecia clásica.
Las Crisis como Puntos de Partida.- En los dos movimientos reformistas, existía un conflicto previo de facciones dentro del grupo en el poder. En el del siglo XIX, la lucha entre federalistas y centralistas o escoceses y yorkinos era abierta y tenía tanto un contenido teórico como de violencia pura; en el segundo, la lucha era soterrada, en los corredores de Palacio, entre los tecnócratas y los varios grupos políticos tradicionales al interior del Partido Revolucionario Institucional (PRI). Sin embargo, en ambos casos el catalizador de la división de la clase gobernante fue una gran crisis.
La catástrofe que en el siglo XIX unió a los distintos tipos de liberales, les dio bandera e impulsó a la acción, fue la desastrosa guerra con Estados Unidos, que significó no sólo la derrota militar y una enorme merma territorial, sino la pérdida momentánea del sentido mismo de nación. Ciento treinta y cinco años más tarde, el catalizador que abrió las puertas del poder al neoliberalismo actual, fue otra crisis, pero esta vez el fracaso no fue militar sino del modelo económico creado a partir de la II Guerra Mundial, basado en un mercado interno protegido pero relativamente pequeño y pobre. Las debilidades del modelo, evidentes ya desde los años sesenta, fueron exacerbadas por los excesos del neopopulismo echeverrista y la petrolización lopezportillista. Para entonces, la revolución de 1910 había perdido sentido y el país parecía ir de nuevo a la deriva. El cambio rápido e impuesto desde arriba por los jóvenes neoliberales para reformar el sistema económico a partir de 1986, aceleró una crisis política que se venía gestando de tiempo atrás. Hasta entonces, la clase gobernante de la postrevolución había podido resistir con éxito todas las presiones para modificar las reglas autoritarias que determinaban el acceso y ejercicio del poder, pero los efectos sociales del cambio económico, terminaron por alterar un equilibrio ya precario y México se vio entonces empujado a la transformación de su economía y de su régimen político.
La Condena del Pasado.- En cada caso, la crisis llevó a los reformadores a justificar su derecho al poder a partir de una condena total de “la autoridad antigua”. Las instituciones centrales de ese pasado fueron presentadas como un obstáculo que debería ser totalmente demolido como condición sine qua non para alcanzar la tan deseada como elusiva, tan posible como retrasada, modernización.
La base teórica de los liberales mexicanos del siglo XIX tenía, en su centro, la elegante teoría de la democracia liberal elaborada en Europa y Estados Unidos: el individualismo, la democracia, la economía política (un “sistema natural de libertad”) de Adam Smith y el utilitarismo de Bentham, a lo que se añadiría posteriormente el positivismo de Comte. Para llevar la teoría a la práctica, los liberales se propusieron desembarazar a México de las corporaciones, los monopolios estatales y las alcabalas, para así liberar a las fuerzas productivas del país.
La base teórica de los neoliberales actuales es otro sistema igualmente claro, basado en los mismos principios generales del original, pero puesto al día por las escuelas de economía de los Estados Unidos --especialmente la de Chicago-- y la Europa Occidental. En ambos casos la idea dominante es la de facilitar la “acción benéfica” de la iniciativa individual, del capital y del mercado. Para lograrlo, se debe reducir al mínimo los controles, los monopolios, empresas estatales y las barreras arancelarias, en favor de un sistema que aliente la competencia interna e internacional y el trabajo realmente productivo. Como resultado de las premisas básicas y del atraso relativo del país, en los dos casos se asignó a la inversión extranjera un papel central como fuente insustituible de capital y de tecnología.
Los Parásitos.- Para los liberales del XIX, el predominio cualitativo o cuantitativo de las clases “improductoras” --las corporaciones: la Iglesia, el ejército depredador, los gremios y las comunidades indígenas— era la razón básica del retraso material y moral de México. La “empleomanía” --la burocracia estatal improductiva-- también debía de eliminarse. Para los neoliberales del siguiente siglo, el problema central continuó siendo básicamente el mismo: había que desembarazarse de una industria que, por haber crecido a la sombra de la protección estatal, era incapaz de competir con el exterior, de la excesiva interferencia del Estado con el mercado a través de controles administrativos, subsidios, un conjunto de empresas paraestatales ineficientes y corruptas y una burocracia siempre en expansión. En ambos casos, liberales y neoliberales insistieron en que la economía de mercado era la mejor de las fórmulas posibles para asignar los recursos materiales y asegurar la prosperidad colectiva.
La lucha contra la iglesia católica y contra los fueros militares desembocó en una guerra civil en el siglo XIX. Un siglo y cuarto más tarde, el control de los neoliberales sobre una presidencia muy fuerte, les permitió actuar de manera más pacífica y contundente contra el sector paraestatal, contra una parte del grupo de empresas protegidas y contra el ejido. La resistencia a los neoliberales usaría más de las urnas que de las balas, aunque estas últimas no estarían ausentes, como lo mostró, entre otros acontecimientos, el levantamiento neozapatista de Chiapas y el surgimiento de organizaciones clandestinas como el EPR y el ERPI.
El Mismo Modelo.- Los modelos empíricos que sirvieron de inspiración a los liberales decimonónicos mexicanos fueron algunas de las sociedades europeas, pero no España, y, sobre todo, los jóvenes y pujantes Estados Unidos –lo escrito y lo hecho por Lorenzo de Zavala ilustran muy bien esta predilección del liberalismo radical por el país vecino del norte. La guerra del 47 no volvió antiyanquis a los liberales mexicanos, al contrario, les confirmó la superioridad del modelo norteamericano sobre el híbrido y desordenado arreglo que dominaba en México. Para ellos, emular el arreglo institucional norteamericano ayudaría a México a defenderse de Estados Unidos y del resto del mundo.
Para los neoliberales actuales, el modelo europeo es mucho menos importante de lo que fue para los liberales del XIX y, en contraste, el norteamericano se ha vuelto insustituible. En su discurso se mantiene algo del llamado nacionalismo revolucionario, pero en la práctica ya lo enterraron, por obsoleto. El Tratado de Libre Comercio de la América del Norte (TLCAN) de 1994 está resultando ser el sueño que Lorenzo Zavala nunca vio hecho realidad: la integración de México a la economía norteamericana.
¿Los Mejores?, ¡El Hombre de Empresa¡. - Uno de los grandes orgullos de los liberales fue acabar con las distinciones legales heredadas de la época colonial. En efecto, para ellos ya no habría indios, castas, criollos y españoles, pues todos serían iguales: ciudadanos mexicanos. Sin embargo, tanto en la teoría como, sobre todo, en la práctica, las viejas distinciones continuaron. Y para los liberales decimonónicos —José María Luis Mora es un buen ejemplo—, existía la idea de que, en la práctica, la clase propietaria era la que poseía las mayores prendas morales y el mejor juicio sobre la cosa pública, por tanto, era ella la que debería dominar sobre las clases populares en los asuntos políticos (Mora, Obras sueltas, México: Porrúa, 1963, p.64). En la práctica del neoliberalismo hoy dominante, aunque no en su teoría, queda claro que son la alta tecnocracia del sector público y el empresario capaz de dominar el arte de la globalización, los grupos que deben de tener el mayor peso en la toma de las decisiones, de ahí la resistencia a una reforma política que pudiera dejar el poder en manos “irresponsables” por el sólo hecho de haber ganado en unas urnas sin tradición.
Contradicciones y Asuntos sin Resolver.- Los temas más nebulosos de la comparación entre los reformismos de dos siglos son varios. En primer lugar, está el concepto de constitución, apego a la ley y democracia.
En principio, constitucionalidad, legalidad y democracia fueron objetivos centrales de los liberales en su época de lucha, pero cuando finalmente lograron el poder, su constitución, la del 57, no se respetó en aspectos sustantivos, y su lugar lo tomó la dictadura personal de Porfirio Díaz. Los neoliberales del XX, siempre han mantenido un discurso de compromiso con la vigencia de la ley y la democracia, pero en la práctica, particularmente bajo el gobierno de Carlos Salinas, recurrieron al fraude electoral y mantuvieron esa especie de “dictadura presidencial” que si bien ya se está resquebrajando, propició un aumento en gran escala de las corrupciones y la decisión discrecional.
En la política social, y pese al “liberalismo social” de Ponciano Arriaga, los liberales originales nunca pudieron resolver, ni en la teoría ni en la práctica, el “problema del indio”. Así, José María Luis Mora, simplemente no consideró que la masa indígena pudiera servir como base de la nacionalidad mexicana, (Mora, México y sus revoluciones, 1986, México: Porrúa, T. I, pp. 65-74). La salida del problema consistía en hacer desaparecer al indio mediante políticas de exterminio –nómadas y rebeldes—, de mezcla con otras razas (facilitar la migración europea) y transformando la propiedad comunal en pequeña propiedad individual. En el neoliberalismo a ningún sector se le pudo negar formalmente un papel dentro del conjunto nacional, pero en la práctica el problema de los indios persistió y, sobre todo, el de los herederos funcionales de los indios: los millones de pobres, la mayoría de los mexicanos. Mientras el tiempo se encarga de ellos, los neoliberales diseñaron soluciones temporales, de emergencia --Solidaridad y Progresa-- pero ello no evitó que la pobreza creciera y el problema quedara sin resolver.
El liberalismo original buscaba hacer prevalecer no la gran propiedad sino la mediana, pero terminó favoreciendo al latifundio. El neoliberalismo no se pronunció contra la pequeña empresa, pero en la práctica apostó por la gran concentración de capital, incluso monopólica y con protección estatal como Teléfonos de México, como la mejor manera de permitir que la empresa mexicana pudiera sobrevivir en el mundo de la globalización dominado por las grandes corporaciones transnacionales.
Finalmente, en los dos casos la modernización a marchas forzadas fue un hecho, como también fue un hecho su gran costo social.
Otra diferencia esta en la relación con la iglesia católica. Mientras los liberales del XIX se enfrentaron a una gran corporación cuya mera existencia amenazaba al Estado mismo, y por ello se convirtieron en anticlericales, los liberales de finales del siglo XX vieron en una iglesia católica relativamente débil y marginada un aliado y diseñaron una política para revitalizarla y convertirla de nuevo en un actor político central.

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