Lorenzo Meyer
Oportunidad Mal Usada.- La presentación que hizo el presidente Vicente Fox la semana pasada del Plan Nacional de Desarrollo (PND) resultó una oportunidad escasamente aprovechada. La ocasión debió de haber sido usada para algo más que salir del paso ¡era el momento de presentar un documento para la historia, uno que marcara los linderos entre el viejo y el nuevo régimen político!. En vez de eso, se presentó un documento que sólo será tomado en cuenta por los especialistas para sus análisis teóricos pero que carece de sentido para el ciudadano común, ese que se supone que en la democracia es el centro de atención de la clase política. Confiemos en que el documento sea enriquecido más adelante, como sugirió el presidente, con una combinación de realidad, imaginación y audacia.
Como se sabe, por mandato de ley el presidente debe presentar al inicio del sexenio un documento que contenga las líneas generales que su gobierno se propone seguir en materia de desarrollo. Se trata de una obligación que nunca tuvo gran sentido por al menos dos razones. La primera fue que el sistema autoritario simplemente no permitía que alguien pudiera llamar a cuentas al todopoderoso presidente si éste decidía ignorar o contradecir el documento que él mismo había elaborado según sus fobias y preferencias. La segunda es que la idea de un plan global se introdujo en la constitución como un instrumento más para dar fuerza a otro precepto constitucional de mayor envergadura. El artículo 25 dice terminante: “corresponde al Estado la rectoría del desarrollo nacional”. Sin embargo, el Estado mexicano en la época del neoliberalismo simplemente no tiene capacidad ni voluntad para ejercer esa rectoría; la realidad nos lo dice todos los días. Por ejemplo, disminuye el ritmo de crecimiento de la economía norteamericana y de inmediato se anuncia que el PIB mexicano no crecerá al 7% prometido por la nueva dirigencia sino a un magro 2% o menos. Un enorme banco norteamericano asociado a acciones ilegales en América Latina –Citicorp-- anuncia que se propone adquirir el control del que fuera el banco más grande de México –Banamex-- y el presidente aplaude con entusiasmo; si alguna vez el gobierno tiene que enfrentarse a la banca, simplemente le será imposible. Los exportadores de León le piden al presidente disminuir la sobrevaluación del peso y el gobierno se declara impotente. En suma ¿cuál rectoría? ¿qué planificación es posible con un Estado débil y cuando en el ámbito internacional la idea misma de la planificación ha caído en el descrédito para ser sustituida por otra mucho más vieja y según la cual la asignación más eficiente de los recursos la hacen las fuerzas del mercado, el orden espontáneo.
No obstante la mala fama de la planificación, un equipo político con buen olfato hubiera podido hacer de una necesidad –presentar un PND más-- una gran virtud. Con visión y sentido históricos, el presidente Fox podría haber usado la coyuntura para dejar una marca, un punto de referencia ideológico e incluso filosófico, que explicara tanto las causas sustantivas de la caída del viejo régimen –el antidemocrático-- como la forma concreta como se propone anclar el gran proyecto democrático para el siglo XXI.
Ironías.- No deja de ser irónico que en un país donde han abundado los planes, en la práctica la planeación no haya sido nunca el fuerte del gobierno mexicano. Incluso cuando reinaba la estabilidad política y económica, cuando la planificación no había caído enteramente en el desprestigio y cuando la clase política mexicana mantenía su vocación estatista, los planes no sirvieron de gran cosa. Y quien lo dude no tiene que ir más lejos que al libro de Robert J. Shafer: Mexico. Mutual Adjustment Planning (1966). Sólo el tiempo dirá la última palabra sobre el PND presentado el pasado 29 de mayo, pero a juzgar por su recepción, su destino no pareciera ser promisorio.
El PRD o las Grandes Generalidades.- En si mismas, las ideas o grandes lineamientos presentados por el presidente el 29 de mayo, no pueden ser rechazados a priori casi por nadie. En efecto, ningún ciudadano normal puede negar la bondad del contenido del PND: la conveniencia de pensar la acción del gobierno en función de un desarrollo armónico del ser humano, dar prioridad a la educación, buscar la equidad, igualdad y no discriminación, comprometerse con la honestidad en el ejercicio del poder, intentar armonizar el desarrollo social con la preservación del medio ambiente, posibilitar la competitividad, atacar los desequilibrios regionales, poner fin a la marginación de grupos sociales, abrir al escrutinio público las acciones de la autoridad, dar vigencia al Estado de Derecho, buscar el pluralismo en la acción pública como condición de la gobernabilidad, seguir impulsando el federalismo e insistir en la transparencia y rendición de cuentas como el mejor antídoto contra la corrupción.
El catálogo anterior, como catálogo de tareas a realizar, es bueno, aunque no era indispensable haber repartido diez millones de formas para que los ciudadanos opinaran. Tal y como quedó, bien podría haberlo elaborado cualquier persona con un mínimo de sensibilidad social y conocimiento de la realidad mexicana. Así en abstracto, al PND lo pueden avalar la izquierda, el centro y la derecha, todas las iglesias, las ONG, los gobiernos extranjeros, los grandes empresarios o incluso, en algunos aspectos, los rebeldes zapatistas en Chiapas. Quienes por principios estén en contra de los puntos elegidos por el presidente como las grandes tareas de su gobierno han de ser pocos y, en cualquier caso, no pueden hacer pública su posición, pues se trata de personas o grupos sin legitimidad, como el crimen organizado o no, los corruptos públicos y privados y, en general, todos aquellos que gustan pescar en las aguas de los ríos revueltos y que se han beneficiado del mal estado en que se encuentra la república.
Queda por ver, desde luego, que tan específica resulta la lista de indicadores que el presidente prometió para que el observador externo pueda decir si efectivamente la equidad aumenta o no en el resto del gobierno foxista, si el tan ausente Estado de Derecho sin el cual ninguna democracia es viable empieza a ser realidad o sigue tan lejano como antes, si la educación aumenta o no en cantidad y calidad, etcétera. Aquí el beneficio de la duda es vital, y según las encuestas, más de la mitad de los ciudadanos están dispuestos a dárselo al presidente, aunque quizá más por contraste con sus antecesores priístas que por sus logros mismos.
Excesos.- En México ha habido abundancia de planes, por ello son pocos los que han tenido el privilegio de ser recordados. Allá por 1987, el Senado de la República y El Colegio de México decidieron publicar una colección de once tomos titulada Planes de la Nación Mexicana. El lector interesado encontrará en esa colección centenares de planes de todo tipo y para todos los gustos. Ahí se recogen desde documentos estrictamente utópicos hasta otros que llaman a una insurrección contra “el mal gobierno” de la época; hay abundancia de programas partidistas tanto de izquierda, centro y derecha, y también, como no, en los últimos tiempos, planes de gobiernos bien establecidos con contenido supuestamente económico y administrativo. No sería de extrañar que muchos de esos planes solo los hayan leído sus redactores, un puñado de seguidores y algunos académicos; en cualquier caso, apenas se salvan del justo olvido de la historia unos pocos. Uno de ellos, y a pesar de estar tan lleno de generalidades como el actual PND, ha resultado ser un punto de referencia ideológico del siglo XX: se trata del Plan Sexenal o “programa detallado de acción para el siguiente período” y que sirvió de plataforma política y verdadero plan de acción al general Lázaro Cárdenas entre 1934 y 1940.
El Plan que Anunció el Cambio en la Naturaleza del Proyecto de la Revolución Mexicana.- El plan cardenista, es verdad, nació en una época en que los planes estatales no habían caído en desuso, los había desde el plan quinquenal soviético hasta el New Deal norteamericano, con muchos otros en el medio. La idea original se fraguó en la mente de quien no era ya presidente pero que controlaba todo el proceso macropolítico en México: Plutarco Elías Calles, padre del PRI y “Jefe Máximo de la Revolución Mexicana”. Sin embargo, la manufactura del plan quedó encomendada en 1933 a dos comisiones, una de las cuales la presidió el propio general Cárdenas –el líder que no dejó en manos de segundos el diseño de lo que sería una revolución en la revolución— y luego entraron un puñado de legisladores que representaban “el sentimiento vivo de las clases populares” para finalmente intervenir el ala izquierdista del PNR. Al concluir el trabajo, el documento no se parecía en nada a lo que tenía en mente un “Jefe Máximo” cada día más conservador. Cárdenas resultó un político de pocas palabras y grandes acciones.
La síntesis más apretada y mejor de la atmósfera en que se redactó el Plan Sexenal 1934-1940, se encuentra en Luis González, Historia de la Revolución Mexicana. Período 1934-1940. Los artífices del cardenismo, (El Colegio de México, 1979), pp. 170-176. Como bien señalara el historiador michoacano, el plan de 1933 como el del 2001, no resultó tan científico ni tan técnico como se pretendía pero si bastante claro: el Estado, se dijo, se iba a inmiscuir en la vida económica para hacer justicia a los marginados de siglos: iba a destruir los latifundios para dotar y organizar al grueso de los mexicanos, es decir, a los campesinos y resolver así “el problema de mayos importancia en nuestro país”. Por lo que hace a los trabajadores urbanos, el plan propuso apoyar la sindicalización y la firma de contratos colectivos. Y en relación a los capitales extranjeros, el gobierno por venir se proponía avanzar hasta donde pudiera en la mexicanización de las áreas estratégicas controladas por los intereses foráneos.
Como el PND actual, el de hace 68 años tenía pocos datos concretos, pero los que tenía resultaron esenciales: en la salud física del pueblo, el Estado revolucionario gastaría hasta el 5.5% del presupuesto federal y en su bienestar intelectual, es decir, en la educación, ¡el 15%!. Educar, sanar, repartir la principal riqueza entre la mayoría –la tierra-- e irrigarla hasta donde los recursos permitieran, apoyar a la parte débil de los factores de la producción –a los obreros—y devolver a manos nacionales las actividades extractivas.
El Plan Sexenal fue un documento que se empezó a poner en práctica aún antes de que Cárdenas llegara a la presidencia. Y cuando Calles y el ala reaccionaria del partido en el poder se dieron cuenta que el proyecto cardenista –la revolución en la revolución-- iba en serio, intentaron frenarlo. Sin embargo, el joven presidente se jugó el todo por el todo, se apoyó en el ejército y en las organizaciones de masas existentes y expulsó a Calles del país, tomó sin miramientos el control de su partido, se deshizo de manera casi incruenta de los caciques más conservadores e hizo realidad no todo pero sí la parte sustantiva del Plan Sexenal. No se necesitan indicadores especiales para confirmar lo anterior: ahí están los millones de hectáreas expropiadas y entregados a los campesinos, el crecimiento de las fuerza de trabajo sindicalizada, las escuelas públicas construidas –desde humildes primarias rurales hasta el Politécnico Nacional o El Colegio de México— y, desde luego, la expropiación y nacionalización de las empresas petroleras angloholandesas y norteamericanas, lo que le dio sentido al concepto de soberanía nacional.
El PND del 2001 tuvo la posibilidad, por medios distintos desde luego --más democráticos--, de ser otro parte aguas. Quizá no en la economía, pues el grupo foxista es tan neoliberal como el que más, pero si en materia de legalidad y de Estado de Derecho, de compromiso efectivo con las minorías más desamparadas –las indígenas--, de educación, castigo a los grandes corruptos del pasado, de una reforma fiscal no tan brutalmente regresiva como la que se ha propuesto, de una reforma administrativa de gran fondo. En fin, a seis meses de iniciado el nuevo régimen el presidente mantiene un alto grado de aceptación, ¿pero en que lo ha empleado?. A estas mismas alturas del sexenio, Lázaro Cárdenas ya había puestos los cimientos del gran cambio. ¿Y Fox, cuando?
Como se sabe, por mandato de ley el presidente debe presentar al inicio del sexenio un documento que contenga las líneas generales que su gobierno se propone seguir en materia de desarrollo. Se trata de una obligación que nunca tuvo gran sentido por al menos dos razones. La primera fue que el sistema autoritario simplemente no permitía que alguien pudiera llamar a cuentas al todopoderoso presidente si éste decidía ignorar o contradecir el documento que él mismo había elaborado según sus fobias y preferencias. La segunda es que la idea de un plan global se introdujo en la constitución como un instrumento más para dar fuerza a otro precepto constitucional de mayor envergadura. El artículo 25 dice terminante: “corresponde al Estado la rectoría del desarrollo nacional”. Sin embargo, el Estado mexicano en la época del neoliberalismo simplemente no tiene capacidad ni voluntad para ejercer esa rectoría; la realidad nos lo dice todos los días. Por ejemplo, disminuye el ritmo de crecimiento de la economía norteamericana y de inmediato se anuncia que el PIB mexicano no crecerá al 7% prometido por la nueva dirigencia sino a un magro 2% o menos. Un enorme banco norteamericano asociado a acciones ilegales en América Latina –Citicorp-- anuncia que se propone adquirir el control del que fuera el banco más grande de México –Banamex-- y el presidente aplaude con entusiasmo; si alguna vez el gobierno tiene que enfrentarse a la banca, simplemente le será imposible. Los exportadores de León le piden al presidente disminuir la sobrevaluación del peso y el gobierno se declara impotente. En suma ¿cuál rectoría? ¿qué planificación es posible con un Estado débil y cuando en el ámbito internacional la idea misma de la planificación ha caído en el descrédito para ser sustituida por otra mucho más vieja y según la cual la asignación más eficiente de los recursos la hacen las fuerzas del mercado, el orden espontáneo.
No obstante la mala fama de la planificación, un equipo político con buen olfato hubiera podido hacer de una necesidad –presentar un PND más-- una gran virtud. Con visión y sentido históricos, el presidente Fox podría haber usado la coyuntura para dejar una marca, un punto de referencia ideológico e incluso filosófico, que explicara tanto las causas sustantivas de la caída del viejo régimen –el antidemocrático-- como la forma concreta como se propone anclar el gran proyecto democrático para el siglo XXI.
Ironías.- No deja de ser irónico que en un país donde han abundado los planes, en la práctica la planeación no haya sido nunca el fuerte del gobierno mexicano. Incluso cuando reinaba la estabilidad política y económica, cuando la planificación no había caído enteramente en el desprestigio y cuando la clase política mexicana mantenía su vocación estatista, los planes no sirvieron de gran cosa. Y quien lo dude no tiene que ir más lejos que al libro de Robert J. Shafer: Mexico. Mutual Adjustment Planning (1966). Sólo el tiempo dirá la última palabra sobre el PND presentado el pasado 29 de mayo, pero a juzgar por su recepción, su destino no pareciera ser promisorio.
El PRD o las Grandes Generalidades.- En si mismas, las ideas o grandes lineamientos presentados por el presidente el 29 de mayo, no pueden ser rechazados a priori casi por nadie. En efecto, ningún ciudadano normal puede negar la bondad del contenido del PND: la conveniencia de pensar la acción del gobierno en función de un desarrollo armónico del ser humano, dar prioridad a la educación, buscar la equidad, igualdad y no discriminación, comprometerse con la honestidad en el ejercicio del poder, intentar armonizar el desarrollo social con la preservación del medio ambiente, posibilitar la competitividad, atacar los desequilibrios regionales, poner fin a la marginación de grupos sociales, abrir al escrutinio público las acciones de la autoridad, dar vigencia al Estado de Derecho, buscar el pluralismo en la acción pública como condición de la gobernabilidad, seguir impulsando el federalismo e insistir en la transparencia y rendición de cuentas como el mejor antídoto contra la corrupción.
El catálogo anterior, como catálogo de tareas a realizar, es bueno, aunque no era indispensable haber repartido diez millones de formas para que los ciudadanos opinaran. Tal y como quedó, bien podría haberlo elaborado cualquier persona con un mínimo de sensibilidad social y conocimiento de la realidad mexicana. Así en abstracto, al PND lo pueden avalar la izquierda, el centro y la derecha, todas las iglesias, las ONG, los gobiernos extranjeros, los grandes empresarios o incluso, en algunos aspectos, los rebeldes zapatistas en Chiapas. Quienes por principios estén en contra de los puntos elegidos por el presidente como las grandes tareas de su gobierno han de ser pocos y, en cualquier caso, no pueden hacer pública su posición, pues se trata de personas o grupos sin legitimidad, como el crimen organizado o no, los corruptos públicos y privados y, en general, todos aquellos que gustan pescar en las aguas de los ríos revueltos y que se han beneficiado del mal estado en que se encuentra la república.
Queda por ver, desde luego, que tan específica resulta la lista de indicadores que el presidente prometió para que el observador externo pueda decir si efectivamente la equidad aumenta o no en el resto del gobierno foxista, si el tan ausente Estado de Derecho sin el cual ninguna democracia es viable empieza a ser realidad o sigue tan lejano como antes, si la educación aumenta o no en cantidad y calidad, etcétera. Aquí el beneficio de la duda es vital, y según las encuestas, más de la mitad de los ciudadanos están dispuestos a dárselo al presidente, aunque quizá más por contraste con sus antecesores priístas que por sus logros mismos.
Excesos.- En México ha habido abundancia de planes, por ello son pocos los que han tenido el privilegio de ser recordados. Allá por 1987, el Senado de la República y El Colegio de México decidieron publicar una colección de once tomos titulada Planes de la Nación Mexicana. El lector interesado encontrará en esa colección centenares de planes de todo tipo y para todos los gustos. Ahí se recogen desde documentos estrictamente utópicos hasta otros que llaman a una insurrección contra “el mal gobierno” de la época; hay abundancia de programas partidistas tanto de izquierda, centro y derecha, y también, como no, en los últimos tiempos, planes de gobiernos bien establecidos con contenido supuestamente económico y administrativo. No sería de extrañar que muchos de esos planes solo los hayan leído sus redactores, un puñado de seguidores y algunos académicos; en cualquier caso, apenas se salvan del justo olvido de la historia unos pocos. Uno de ellos, y a pesar de estar tan lleno de generalidades como el actual PND, ha resultado ser un punto de referencia ideológico del siglo XX: se trata del Plan Sexenal o “programa detallado de acción para el siguiente período” y que sirvió de plataforma política y verdadero plan de acción al general Lázaro Cárdenas entre 1934 y 1940.
El Plan que Anunció el Cambio en la Naturaleza del Proyecto de la Revolución Mexicana.- El plan cardenista, es verdad, nació en una época en que los planes estatales no habían caído en desuso, los había desde el plan quinquenal soviético hasta el New Deal norteamericano, con muchos otros en el medio. La idea original se fraguó en la mente de quien no era ya presidente pero que controlaba todo el proceso macropolítico en México: Plutarco Elías Calles, padre del PRI y “Jefe Máximo de la Revolución Mexicana”. Sin embargo, la manufactura del plan quedó encomendada en 1933 a dos comisiones, una de las cuales la presidió el propio general Cárdenas –el líder que no dejó en manos de segundos el diseño de lo que sería una revolución en la revolución— y luego entraron un puñado de legisladores que representaban “el sentimiento vivo de las clases populares” para finalmente intervenir el ala izquierdista del PNR. Al concluir el trabajo, el documento no se parecía en nada a lo que tenía en mente un “Jefe Máximo” cada día más conservador. Cárdenas resultó un político de pocas palabras y grandes acciones.
La síntesis más apretada y mejor de la atmósfera en que se redactó el Plan Sexenal 1934-1940, se encuentra en Luis González, Historia de la Revolución Mexicana. Período 1934-1940. Los artífices del cardenismo, (El Colegio de México, 1979), pp. 170-176. Como bien señalara el historiador michoacano, el plan de 1933 como el del 2001, no resultó tan científico ni tan técnico como se pretendía pero si bastante claro: el Estado, se dijo, se iba a inmiscuir en la vida económica para hacer justicia a los marginados de siglos: iba a destruir los latifundios para dotar y organizar al grueso de los mexicanos, es decir, a los campesinos y resolver así “el problema de mayos importancia en nuestro país”. Por lo que hace a los trabajadores urbanos, el plan propuso apoyar la sindicalización y la firma de contratos colectivos. Y en relación a los capitales extranjeros, el gobierno por venir se proponía avanzar hasta donde pudiera en la mexicanización de las áreas estratégicas controladas por los intereses foráneos.
Como el PND actual, el de hace 68 años tenía pocos datos concretos, pero los que tenía resultaron esenciales: en la salud física del pueblo, el Estado revolucionario gastaría hasta el 5.5% del presupuesto federal y en su bienestar intelectual, es decir, en la educación, ¡el 15%!. Educar, sanar, repartir la principal riqueza entre la mayoría –la tierra-- e irrigarla hasta donde los recursos permitieran, apoyar a la parte débil de los factores de la producción –a los obreros—y devolver a manos nacionales las actividades extractivas.
El Plan Sexenal fue un documento que se empezó a poner en práctica aún antes de que Cárdenas llegara a la presidencia. Y cuando Calles y el ala reaccionaria del partido en el poder se dieron cuenta que el proyecto cardenista –la revolución en la revolución-- iba en serio, intentaron frenarlo. Sin embargo, el joven presidente se jugó el todo por el todo, se apoyó en el ejército y en las organizaciones de masas existentes y expulsó a Calles del país, tomó sin miramientos el control de su partido, se deshizo de manera casi incruenta de los caciques más conservadores e hizo realidad no todo pero sí la parte sustantiva del Plan Sexenal. No se necesitan indicadores especiales para confirmar lo anterior: ahí están los millones de hectáreas expropiadas y entregados a los campesinos, el crecimiento de las fuerza de trabajo sindicalizada, las escuelas públicas construidas –desde humildes primarias rurales hasta el Politécnico Nacional o El Colegio de México— y, desde luego, la expropiación y nacionalización de las empresas petroleras angloholandesas y norteamericanas, lo que le dio sentido al concepto de soberanía nacional.
El PND del 2001 tuvo la posibilidad, por medios distintos desde luego --más democráticos--, de ser otro parte aguas. Quizá no en la economía, pues el grupo foxista es tan neoliberal como el que más, pero si en materia de legalidad y de Estado de Derecho, de compromiso efectivo con las minorías más desamparadas –las indígenas--, de educación, castigo a los grandes corruptos del pasado, de una reforma fiscal no tan brutalmente regresiva como la que se ha propuesto, de una reforma administrativa de gran fondo. En fin, a seis meses de iniciado el nuevo régimen el presidente mantiene un alto grado de aceptación, ¿pero en que lo ha empleado?. A estas mismas alturas del sexenio, Lázaro Cárdenas ya había puestos los cimientos del gran cambio. ¿Y Fox, cuando?
No hay comentarios:
Publicar un comentario