Lorenzo Meyer
¿El Eterno Retorno?.- Para los clásicos, la historia era un eterno retorno. Se percataron de que “nadie se puede volver a bañar en el mismo río” --el cambio es lo único que no cambia-- y también que al final no hay final sino un ciclo que se repite: principio, desarrollo, apogeo, decadencia y reinicio. La historia de la banca mexicana bien hubiera podido ser tomada como ilustración de esta concepción de la historia. De casi inexistente al inicio de la vida independiente de México, pasó a ser relativamente rica y central pero bajo el control de los extranjeros. Esos buenos tiempos acabaron con la Revolución Mexicana que primero hundió a los bancos y luego los mexicanizó como parte de su política nacionalista. Con el correr del tiempo se volvieron de nuevo prósperos, pero en sus estertores, esa revolución los expropió, el neoliberalismo los entregó a nuevos dueños que no supieron ya mantenerlos a flote y volvieron a hundirlos para que, finalmente, los recuperara el capital extranjero: europeo, canadiense y hoy, norteamericano. ¡Todo un ciclo!
Viendo el gran arco histórico se puede llegar a una generalización: cuando una revolución social muere es porque antes ya ha sido víctima de una gran traición. Ese fue el caso de la Revolución Mexicana pero también de la francesa o de la soviética, entre otras. La muerte del movimiento que se inició en México en 1910 se puede datar tan temprano como 1940 o tan tarde como 1982, pero en cualquier caso la traición de ese movimiento tuvo lugar al inicio del postcardenismo. Y la afirmación se puede ilustrar con la evolución de las políticas obrera, agraria, social, educativa o, y esto es lo que viene al caso, del nacionalismo económico en general.
De acuerdo a la explicación que en 1911 dio Luis Cabrera, uno de los ideólogos de la Revolución Mexicana, una de las razones del gran estallido que se inició en 1910 fue justamente el rechazo al “extranjerismo” que había caracterizado a la oligarquía porfirista. En muchas de las comunicaciones enviadas a sus cancillerías los diplomáticos acreditados en México entre 1910 y 1040 registraron con desprecio, rabia o asombro, el empeño de la nueva élite dirigente por hacer realidad el lema: “¡México para los mexicanos!”. El punto culminante de la política nacionalista fue la expropiación de la industria petrolera en 1938, pero otra de sus expresiones, si bien menos dramática, fue la política bancaria.
Tras la crisis final en 1982 del proyecto de industrialización con base en el mercado interno –uno de cuyos coletazos fue justamente la estatización del sistema bancario— las defensas del nacionalismo, que ya no eran muchas, se derrumbaron y la élite del poder mexicana decidió que la salvación de nuestro país ya no estaba en resistir a los norteamericanos sino en unir la débil y maltrecha economía mexicana con la muy poderosa de Estados Unidos hasta lograr que la grande asimilara a la pequeña. Y por las últimas noticias –la toma del control de Banamex Accival por el grupo norteamericano Citigroup--, el proceso para lograr que México sea un país con mexicanos pero ya no de los mexicanos, al menos no en el sentido propuesto en 1911 por Luis Cabrera y otros nacionalistas, va tan adelantado que ya parece irreversible. En fin y como lo propusieron los antiguos, en materia de control externo de nuestra economía en general y de los bancos en particular, hemos vuelto al punto de partida, al origen: al inicio del siglo XX. ¿O al inicio del XIX?
El Primer Ciclo.- En materia de crédito financiero, en el principio fue la Iglesia. En efecto, en la época colonial la principal fuente de crédito eran la Iglesia Católica –de ahí la acumulación de bienes raíces en manos de esa institución, fue producto de deudas no saldadas de particulares a lo largo de siglos— y los consulados o asociaciones de grandes comerciantes. A un nivel popular, las cofradías también recibieron ahorros e hicieron préstamos a sus miembros (véase la historia del crédito al final de la colonia y en el primer siglo de vida independiente, en Leonor Ludlow y Carlos Marichal (eds), Banca y poder en México,1800-1925).
Ricardo Delgado, en Las primeras tentativas de fundaciones bancarias en México,(1945) rastreó los orígenes de la banca propiamente dicha en nuestro país. El primer y fallido intento por crear un banco, data de la colonia: el Banco Nacional de San Carlos (1782). Tras la independencia se pueden citar otros once bancos, desde el Banco Nacional en Jalisco en 1822 hasta la Sociedad Aviadora de Artesanos y Labradores Pobres, de Calpulalpan, en 1865. No fue esa una historia de éxitos, pues unos no pasaron del papel y ninguno perduró. Los que entonces prestaron e hicieron grandes negocios fueron los agiotistas, es decir, los dueños de las grandes casas comerciales nacionales y extranjeras: Escandón, los hermanos Martínez del Río, Manning y Mackintosh, Béistegui, Echeverría, Rubio, Mier y Terán, etcétera; eran, a decir de Barbara Tenenbaum, “banqueros sin bancos”.
La primera historia exitosa de la banca mexicana se inicia en 1864 con el establecimiento del Banco de Londres, México y Sud América, de capital británico, y luego, en 1881, surgió el Banco Nacional Mexicano con capital francés, que tres años más tarde, y tras su fusión con el Banco Mercantil Agrícola, se transformó en Banco Nacional de México. Se trató de bancos de emisión y donde, con el correr del tiempo, participaron capitales de origen distinto al inicial. Para 1910 había en México, entre nacionales y locales, y de emisión, hipotecarios y refaccionarios, 31 bancos propiedad de capitalistas extranjeros y sólo secundariamente de nacionales, (entre ellos, la familia Madero). Estas instituciones servían al México moderno –a hacendados, comerciantes, mineros, textileros, etcétera--, para los sectores populares estaban el Monte de Piedad y las numerosas casas de empeño.
La Revolución.- En grados y formas muy distintas, la Revolución Mexicana tocó a todas las actividades económicas. Cuando el golpe militar de 1913 intensificó la guerra civil, los bancos se vieron muy afectados por la inseguridad, la falta de pago de la deuda pública, la emisión masiva de moneda de las diversas facciones en lucha y porque, al calor de una guerra a muerte, los revolucionarios echaron mano de los depósitos en metálico en los grandes bancos. Y fue entonces cuando tuvo lugar la primera intervención del gobierno del sistema bancario en su conjunto y se inició un esfuerzo por someterlo a las necesidades del nuevo régimen.
La mexicanización de toda la estructura bancaria se desarrolló por etapas y varias vías. En contra de la abierta y dura oposición de la banca privada el nuevo régimen creó, el 1°de septiembre de 1925, el banco único de emisión, es decir, el Banco de México y, al lado de ese gran instrumento, el Estado –que ya no pretendía seguir el credo liberal y si el de la intervención directa en la economía-- creó bancos específicos para financiar actividades que eran parte del proyecto político de la nueva élite: el ejido y la agricultura en general, el comercio exterior, la obra pública, el azúcar, el transporte, el cine, el ejército, etcétera. Pero la mexicanización también llegó porque los banqueros extranjeros originales poco a poco se vieron obligados a ceder su lugar a banqueros mexicanos. Así, los banqueros europeos fueron remplazados personajes como el queretano Agustín Legorreta, que empezó a trabajar como empleado del Banco Nacional de México en 1903 y terminó como presidente de su consejo de administración y pudo heredar el puesto a sus descendientes. El veracruzano Aníbal de Iturbide comenzó trabajando para los franceses, pasó al Banco Nacional y desde ahí fue cofundador y director del Banco de Comercio para terminar en el Comercial Mexicano. El poblano Manuel Espinosa Yglesias se asoció con el empresario William Jenkins e ingresó al Banco de Comercio en 1949 y terminó como presidente de la institución. El capitalino Carlos Trouyet se inició como mensajero de un banco y concluyó como presidente del Banco Comercial Mexicano. Antes de que el siglo XX llegara a la mitad del camino, México tenía ya su propia burguesía financiera pública y privada.
Pero los banqueros mexicanos –como la burguesía nacional, en general-- eran débiles y dependientes de su relación con la élite política. En septiembre de 1982, cuando el modelo económico postrevolucionario entró en su crisis final, la clase política --la burguesía burocrática y autoritaria-- decidió arrastrar en su caída a los banqueros y hacerlos chivos expiatorios: los acusaron de atentar contra el interés nacional por haber propiciado la fuga de divisas –“saqueadores”, los llamó José López Portillo— y les expropiaron sus bancos.
La muerte súbita de la burguesía financiera mexicana hizo que algunos ciudadanos cantaran con emoción el himno nacional en fiestas particulares y que otros aseguraran que había concluido en México la historia del capitalismo atrasado y especulativo y se iniciaba la de un capitalismo productivo, moderno ¡y nacional! (véase la crónica de Héctor Aguilar, Cuando los banqueros se van, Océano, 1982). Esas y otras reacciones no duraron mucho, pues casi de inmediato, el navegar contra la corriente globalizadora y antiestatista de José López Portillo fue sustituido por un viraje de 180° de Miguel de la Madrid que metió a México en el centro del cauce de la corriente privatizadora e integradora global. Y lo que finalmente se acabaría no sería el capital especulativo sino el régimen que expropió a los banqueros, pero antes, en febrero de 1991 el presidente Carlos Salinas inició la reprivatización de la banca y al final había recreado a la burguesía financiera pero a su imagen y semejanza. Los neobanqueros volvieron a ser dependientes del régimen, que al negociar el tratado de libre comercio con Estados Unidos, los protegió de la competencia que, en teoría, exigía el neoliberalismo y en cambio les creó un nicho especial. Al final, la economía salinista les falló a los banqueros y a todo México –el error de diciembre de 1994. Acto seguido, y para no desentonar, los banqueros salinistas le fallaron al país. El último gobierno del viejo régimen les contruyó a “sus banqueros” otro nicho para salvarlos de las consecuencias de su propia corrupción y falta de profesionalismo: en diciembre de 1996 se echó a andar el FOBAPROA. El gobierno se hizo cargo de la cartera vencida de los bancos –resultado de sus malos créditos y de los efectos de la crisis de 1994-1995— y echó sobre las espaldas del país una deuda equivalente, según el informe Mackey de 1999, a poco más de 700 mil millones de pesos.
Lo que no le dieron a los neobanqueros su inteligencia e integridad o el auxilio de un gobierno priísta en agonía se lo dieron los extranjeros. Los primeros en hacerse cargo de bancos mexicanos sin futuro –desde 1995 no prestan ni sirven para lo que fueron creados-- fueron los españoles. El BBVA adquirió lo que una vez dirigiera Espinosa Yglesias: Bancomer; el Banco Santander Central Hispano hizo lo propio con Serfin y ahora Citigroup –presente en México desde 1929 y con una negra historia en su relación con las familias Salinas y Hank (ver: Andrés Oppenheimer, Ojos vendados. Estados Unidos y el negocio de la corrupción en América Latina, [2001], pp. 215-300)--, la empresa bancaria más grande de la economía más grande del mundo, con activos por 946 mil millones de dólares, se apropio del viejo Banamex. Se acabó el nacionalismo y se cerró el ciclo.
En Suma.- El sistema financiero privado mexicano hoy sólo es mexicano por estar en México y ofrecer sus servicios –que seguramente serán mejores que antes— a mexicanos, pero su control es extranjero en 83% y quizá pronto aumente. Hoy los “banqueros mexicanos” son importantes por su fortuna personal, pero no por su función pues respecto de los extranjeros son meros dependientes. La historia de Carlos Trouyet, Agustín Legorreta o Aníbal de Iturbide es una que va de servidores secundarios a jefes absolutos; en contraste, la biografía de los actuales banqueros mexicanos corre al revés: de supuestos jefes a meros servidores. ¿Y la soberanía y el nacionalismo?, pues también han seguido a los banqueros; su poder y función histórica ya no es la de antes. Hoy son meros conceptos en busca de contenido.
Viendo el gran arco histórico se puede llegar a una generalización: cuando una revolución social muere es porque antes ya ha sido víctima de una gran traición. Ese fue el caso de la Revolución Mexicana pero también de la francesa o de la soviética, entre otras. La muerte del movimiento que se inició en México en 1910 se puede datar tan temprano como 1940 o tan tarde como 1982, pero en cualquier caso la traición de ese movimiento tuvo lugar al inicio del postcardenismo. Y la afirmación se puede ilustrar con la evolución de las políticas obrera, agraria, social, educativa o, y esto es lo que viene al caso, del nacionalismo económico en general.
De acuerdo a la explicación que en 1911 dio Luis Cabrera, uno de los ideólogos de la Revolución Mexicana, una de las razones del gran estallido que se inició en 1910 fue justamente el rechazo al “extranjerismo” que había caracterizado a la oligarquía porfirista. En muchas de las comunicaciones enviadas a sus cancillerías los diplomáticos acreditados en México entre 1910 y 1040 registraron con desprecio, rabia o asombro, el empeño de la nueva élite dirigente por hacer realidad el lema: “¡México para los mexicanos!”. El punto culminante de la política nacionalista fue la expropiación de la industria petrolera en 1938, pero otra de sus expresiones, si bien menos dramática, fue la política bancaria.
Tras la crisis final en 1982 del proyecto de industrialización con base en el mercado interno –uno de cuyos coletazos fue justamente la estatización del sistema bancario— las defensas del nacionalismo, que ya no eran muchas, se derrumbaron y la élite del poder mexicana decidió que la salvación de nuestro país ya no estaba en resistir a los norteamericanos sino en unir la débil y maltrecha economía mexicana con la muy poderosa de Estados Unidos hasta lograr que la grande asimilara a la pequeña. Y por las últimas noticias –la toma del control de Banamex Accival por el grupo norteamericano Citigroup--, el proceso para lograr que México sea un país con mexicanos pero ya no de los mexicanos, al menos no en el sentido propuesto en 1911 por Luis Cabrera y otros nacionalistas, va tan adelantado que ya parece irreversible. En fin y como lo propusieron los antiguos, en materia de control externo de nuestra economía en general y de los bancos en particular, hemos vuelto al punto de partida, al origen: al inicio del siglo XX. ¿O al inicio del XIX?
El Primer Ciclo.- En materia de crédito financiero, en el principio fue la Iglesia. En efecto, en la época colonial la principal fuente de crédito eran la Iglesia Católica –de ahí la acumulación de bienes raíces en manos de esa institución, fue producto de deudas no saldadas de particulares a lo largo de siglos— y los consulados o asociaciones de grandes comerciantes. A un nivel popular, las cofradías también recibieron ahorros e hicieron préstamos a sus miembros (véase la historia del crédito al final de la colonia y en el primer siglo de vida independiente, en Leonor Ludlow y Carlos Marichal (eds), Banca y poder en México,1800-1925).
Ricardo Delgado, en Las primeras tentativas de fundaciones bancarias en México,(1945) rastreó los orígenes de la banca propiamente dicha en nuestro país. El primer y fallido intento por crear un banco, data de la colonia: el Banco Nacional de San Carlos (1782). Tras la independencia se pueden citar otros once bancos, desde el Banco Nacional en Jalisco en 1822 hasta la Sociedad Aviadora de Artesanos y Labradores Pobres, de Calpulalpan, en 1865. No fue esa una historia de éxitos, pues unos no pasaron del papel y ninguno perduró. Los que entonces prestaron e hicieron grandes negocios fueron los agiotistas, es decir, los dueños de las grandes casas comerciales nacionales y extranjeras: Escandón, los hermanos Martínez del Río, Manning y Mackintosh, Béistegui, Echeverría, Rubio, Mier y Terán, etcétera; eran, a decir de Barbara Tenenbaum, “banqueros sin bancos”.
La primera historia exitosa de la banca mexicana se inicia en 1864 con el establecimiento del Banco de Londres, México y Sud América, de capital británico, y luego, en 1881, surgió el Banco Nacional Mexicano con capital francés, que tres años más tarde, y tras su fusión con el Banco Mercantil Agrícola, se transformó en Banco Nacional de México. Se trató de bancos de emisión y donde, con el correr del tiempo, participaron capitales de origen distinto al inicial. Para 1910 había en México, entre nacionales y locales, y de emisión, hipotecarios y refaccionarios, 31 bancos propiedad de capitalistas extranjeros y sólo secundariamente de nacionales, (entre ellos, la familia Madero). Estas instituciones servían al México moderno –a hacendados, comerciantes, mineros, textileros, etcétera--, para los sectores populares estaban el Monte de Piedad y las numerosas casas de empeño.
La Revolución.- En grados y formas muy distintas, la Revolución Mexicana tocó a todas las actividades económicas. Cuando el golpe militar de 1913 intensificó la guerra civil, los bancos se vieron muy afectados por la inseguridad, la falta de pago de la deuda pública, la emisión masiva de moneda de las diversas facciones en lucha y porque, al calor de una guerra a muerte, los revolucionarios echaron mano de los depósitos en metálico en los grandes bancos. Y fue entonces cuando tuvo lugar la primera intervención del gobierno del sistema bancario en su conjunto y se inició un esfuerzo por someterlo a las necesidades del nuevo régimen.
La mexicanización de toda la estructura bancaria se desarrolló por etapas y varias vías. En contra de la abierta y dura oposición de la banca privada el nuevo régimen creó, el 1°de septiembre de 1925, el banco único de emisión, es decir, el Banco de México y, al lado de ese gran instrumento, el Estado –que ya no pretendía seguir el credo liberal y si el de la intervención directa en la economía-- creó bancos específicos para financiar actividades que eran parte del proyecto político de la nueva élite: el ejido y la agricultura en general, el comercio exterior, la obra pública, el azúcar, el transporte, el cine, el ejército, etcétera. Pero la mexicanización también llegó porque los banqueros extranjeros originales poco a poco se vieron obligados a ceder su lugar a banqueros mexicanos. Así, los banqueros europeos fueron remplazados personajes como el queretano Agustín Legorreta, que empezó a trabajar como empleado del Banco Nacional de México en 1903 y terminó como presidente de su consejo de administración y pudo heredar el puesto a sus descendientes. El veracruzano Aníbal de Iturbide comenzó trabajando para los franceses, pasó al Banco Nacional y desde ahí fue cofundador y director del Banco de Comercio para terminar en el Comercial Mexicano. El poblano Manuel Espinosa Yglesias se asoció con el empresario William Jenkins e ingresó al Banco de Comercio en 1949 y terminó como presidente de la institución. El capitalino Carlos Trouyet se inició como mensajero de un banco y concluyó como presidente del Banco Comercial Mexicano. Antes de que el siglo XX llegara a la mitad del camino, México tenía ya su propia burguesía financiera pública y privada.
Pero los banqueros mexicanos –como la burguesía nacional, en general-- eran débiles y dependientes de su relación con la élite política. En septiembre de 1982, cuando el modelo económico postrevolucionario entró en su crisis final, la clase política --la burguesía burocrática y autoritaria-- decidió arrastrar en su caída a los banqueros y hacerlos chivos expiatorios: los acusaron de atentar contra el interés nacional por haber propiciado la fuga de divisas –“saqueadores”, los llamó José López Portillo— y les expropiaron sus bancos.
La muerte súbita de la burguesía financiera mexicana hizo que algunos ciudadanos cantaran con emoción el himno nacional en fiestas particulares y que otros aseguraran que había concluido en México la historia del capitalismo atrasado y especulativo y se iniciaba la de un capitalismo productivo, moderno ¡y nacional! (véase la crónica de Héctor Aguilar, Cuando los banqueros se van, Océano, 1982). Esas y otras reacciones no duraron mucho, pues casi de inmediato, el navegar contra la corriente globalizadora y antiestatista de José López Portillo fue sustituido por un viraje de 180° de Miguel de la Madrid que metió a México en el centro del cauce de la corriente privatizadora e integradora global. Y lo que finalmente se acabaría no sería el capital especulativo sino el régimen que expropió a los banqueros, pero antes, en febrero de 1991 el presidente Carlos Salinas inició la reprivatización de la banca y al final había recreado a la burguesía financiera pero a su imagen y semejanza. Los neobanqueros volvieron a ser dependientes del régimen, que al negociar el tratado de libre comercio con Estados Unidos, los protegió de la competencia que, en teoría, exigía el neoliberalismo y en cambio les creó un nicho especial. Al final, la economía salinista les falló a los banqueros y a todo México –el error de diciembre de 1994. Acto seguido, y para no desentonar, los banqueros salinistas le fallaron al país. El último gobierno del viejo régimen les contruyó a “sus banqueros” otro nicho para salvarlos de las consecuencias de su propia corrupción y falta de profesionalismo: en diciembre de 1996 se echó a andar el FOBAPROA. El gobierno se hizo cargo de la cartera vencida de los bancos –resultado de sus malos créditos y de los efectos de la crisis de 1994-1995— y echó sobre las espaldas del país una deuda equivalente, según el informe Mackey de 1999, a poco más de 700 mil millones de pesos.
Lo que no le dieron a los neobanqueros su inteligencia e integridad o el auxilio de un gobierno priísta en agonía se lo dieron los extranjeros. Los primeros en hacerse cargo de bancos mexicanos sin futuro –desde 1995 no prestan ni sirven para lo que fueron creados-- fueron los españoles. El BBVA adquirió lo que una vez dirigiera Espinosa Yglesias: Bancomer; el Banco Santander Central Hispano hizo lo propio con Serfin y ahora Citigroup –presente en México desde 1929 y con una negra historia en su relación con las familias Salinas y Hank (ver: Andrés Oppenheimer, Ojos vendados. Estados Unidos y el negocio de la corrupción en América Latina, [2001], pp. 215-300)--, la empresa bancaria más grande de la economía más grande del mundo, con activos por 946 mil millones de dólares, se apropio del viejo Banamex. Se acabó el nacionalismo y se cerró el ciclo.
En Suma.- El sistema financiero privado mexicano hoy sólo es mexicano por estar en México y ofrecer sus servicios –que seguramente serán mejores que antes— a mexicanos, pero su control es extranjero en 83% y quizá pronto aumente. Hoy los “banqueros mexicanos” son importantes por su fortuna personal, pero no por su función pues respecto de los extranjeros son meros dependientes. La historia de Carlos Trouyet, Agustín Legorreta o Aníbal de Iturbide es una que va de servidores secundarios a jefes absolutos; en contraste, la biografía de los actuales banqueros mexicanos corre al revés: de supuestos jefes a meros servidores. ¿Y la soberanía y el nacionalismo?, pues también han seguido a los banqueros; su poder y función histórica ya no es la de antes. Hoy son meros conceptos en busca de contenido.
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