Lorenzo Meyer
Paradojas de la Democracia.- Si se tiene disposición e inteligencia, los fracasos pueden ser convertidos en lecciones, de lo contrario pueden quedar como simple acumulación de rencores y frustraciones. Y resulta que en la democracia es posible llevar a cabo una obra de gobierno aceptable pero, al final, perder las elecciones ante el candidato de un partido históricamente antidemocrático y corrupto como resultado de errores que podían haberse evitado. Y justamente esa situación fue el acicate que llevó a Alberto Asziz Nassif a escribir: Los ciclos de la democracia. Gobierno y elecciones en Chihuahua, (México: CIESAS, 2000).
En retrospectiva, es claro que la historia política del estado de Chihuahua en los dos últimos decenios puede ser vista como una experiencia local donde se procesaron fenómenos que más tarde se extenderían al resto del país. Las etapas que condujeron al triunfo de la oposición de centro-derecha sobre el desprestigiado monopolio del poder priísta el 2 de julio del 2000, ya estaban prefiguradas antes en la experiencia de Chihuahua. Y justamente por esa peculiaridad, vale la pena retomar toda la experiencia y sacar algunas conclusiones de cara a los procesos políticos actuales y del futuro inmediato. El 2003 o el 2006 parecen hoy fechas lejanas, pero es obvio que desde ahora se están poniendo las piezas conque se van a construir las victorias o derrotas partidistas del primer gobierno del nuevo régimen.
Electoralmente hablando, hay tres coyunturas políticas en que Chihuahua se adelantó al resto del país, y hay una cuarta y última que algunos esperamos que no sea también el adelanto de aquello por venir. Pero veamos, la primera fue la rebelión electoral que en el enorme estado norteño sucedió en 1983, cinco años antes de que ocurriera en el resto del país. La segunda tuvo lugar dos años antes de que tuviera lugar el gran fraude del 88, pues si bien entonces en Chihuahua el “sistema” no “se cayó”, sí ocurrió un fenómeno equivalente y orquestado por quienes después manufacturaron el dudoso triunfo a Carlos Salinas. En el 86 la maquinaria priísta repobló milagrosamente el campo chihuahuense para que un inexistente “voto verde” le diera al PRI los sufragios necesarios para sobreponerse a una mayoría opositora real en las ciudades. La tercera, fue la derrota electoral del viejo partido de Estado, que en Chihuahua tuvo lugar ocho años antes que en el resto del país. Finalmente, la cuarta experiencia está por verse si se extiende o no al plano nacional: tras la primera alternancia, Chihuahua vivió una segunda en 1998, en virtud de la cual y por la vía democrática, el PRI regresó al poder. Para explorar esas y otras cuestiones de importancia muy actual, viene que ni mandado a hacer, el libro ya citado de Alberto Aziz, y que cierra una trilogía que el autor ha dedicado a examinar críticamente la evolución electoral de su estado desde los inesperados triunfos panistas del 83 hasta el inesperado retorno del PRI al gobierno en el 98.
Un Poco de Historia Reciente.- Para sorpresa de los observadores y del PRI, en 1983 y en el contexto de un sistema autoritario muy añejo, el PAN se alzó con la victoria en los centros neurálgicos de Chihuahua, los que concentraban el 65% de su población: la capital y Ciudad Juárez. El inesperado éxito de la oposición conservadora esta ligado a la crisis económica con que José López Portillo cerró en 1982 un sexenio que supuestamente iba a “administrar la abundancia” pero que terminó por poner fin de manera catastrófica a todo un modelo económico. La devaluación del 82 tuvo un efecto muy negativo e inmediato en el nivel de vida de casi toda la sociedad mexicana en la frontera norte, pues la relación de esa población con el mercado norteamericano es cotidiana y directa, sin las intermediaciones que existen en el resto del país. En Chihuahua la devaluación significó una caída inmediata del poder de compra de clases medias, de trabajadores de las plantas maquiladora o de campesinos candelilleros. La coyuntura electoral dio la oportunidad a los ciudadanos de expresar lo mismo su apoyo al PAN que su frustración y rechazo al gobierno.
El volumen de votos panistas el 4 de julio de 1983 sorprendió a Miguel de la Madrid y a su recién inaugurada administración. La maquinaria electoral priísta apenas estaba cambiando sus mandos y no estaba preparada para defenderse de un voto de castigo (51%). La derrota dejó tocado al gobernador Oscar Ornelas que en 1985 se vio obligado a renunciar para que otro preparara “como se debía” las elecciones estatales de 1986. Cuando llegó el momento, el PRI y la Secretaría de Gobernación estaban listos para recuperar el terreno perdido. El candidato priísta, Fernando Baeza, resultó ser lo más parecido a un panista, y para no correr riesgo alguno, los operadores del gobierno inflaron el voto no urbano y el PRI tuvo una victoria sin credibilidad pero efectiva (el mejor estudio sobre el fraude electoral de 1986 en Chihuahua es de Juan Molinar, “Regreso a Chihuahua”, Nexos, N° 111, marzo de 1987). El estado norteño entró entonces en una etapa que Aziz llamó en su momento de “fatiga electoral”, es decir, de apatía ciudadana consecuencia de la frustración. Pero el espíritu de oposición no se perdió del todo.
El 12 de julio de 1992, cuando el salinismo tuvo que forzar al PRI a volver a perder espacios a favor del PAN para neutralizar a la otra oposición –a la de izquierda, encabezada por el PRD y Cuauhtémoc Cárdenas--, el panista Francisco Barrio pudo llegar finalmente a la gubernatura de Chihuahua. Para entonces el PAN ya gobernaba otra entidad norteña: Baja California, primer estado que la oposición arrancó al monopolio del partido de Estado desde su creación en 1929.
El inicio de un gobierno panista en Chihuahua tuvo lugar dentro de un entorno nacional y local muy difícil, pues el sistema autoritario, aunque debilitado, seguía dominando el nivel federal y el PAN de Chihuahua no contaba con experiencia ni con el respaldo de los intereses corporativos, de los medios de comunicación o de las estructuras que encuadraban a las bases sociales. Al final, el PAN de Chihuahua no pudo refrendar su triunfo y el PRI retornó al palacio de gobierno. Los errores panistas que contribuyeron a ese resultado son el centro de la obra de Alberto Aziz.
Un Buen Gobierno que Pierde.- La lección de Chihuahua en 1998 se puede resumir, según Aziz, de esta manera: “un buen gobierno no es suficiente para ganar una buena elección”. Para sostener su conclusión, el autor debió demostrar primero que el de Barrio fue, en efecto, un buen gobierno.
El mandatario panista hoy miembro del gabinete de Vicente Fox, diseñó en 1992 un plan de gobierno de siete puntos: democratización del gobierno, seguridad pública, desarrollo económico, competitividad internacional, desarrollo urbano armónico, reforma administrativa y mejoría de la calidad de la educación. Ese plan debía llevarse a cabo envuelto por la honestidad y la eficiencia. En la práctica, el tema de la seguridad pública resultó un fracaso, no obstante y según Aziz, en el resto de la agenda se tuvo éxito: aumentó la eficiencia administrativa, la obra pública resultó adecuada, hubo una reforma urbana y otra electoral, la generación de empleo aumentó lo mismo que la cobertura y calidad de la educación. Sin embargo, esos logros no lograron impedir que el PAN perdiera sistemáticamente todas las elecciones del sexenio. La explicación del fenómeno está en que Barrio y su equipo gobernaron Chihuahua con un estilo empresarial y de muy poca cercanía y sensibilidad frente a las capas mayoritarias de la sociedad. “Mucha administración y poca política” pareció un buen lema para Porfirio Díaz pero cien años después no podía serlo para una sociedad urbana y con un sistema electoral competitivo. Honestidad, racionalidad y ordenamiento fueron los ejes alrededor de los cuales giró la administración panista, pero descuidó la construcción de consensos y, sobre todo, la creación de una buena imagen pública en un entorno dominado por medios de difusión hostiles y por organizaciones sociales priístas que atacaban sin cesar.
¿Porqué Perdió el PAN en Chihuahua?.- Aziz Nassif, siguiendo una formulación expresada por Anthony Downs, concluye que en 1992 el PAN ganó las elecciones con el objetivo de poder desarrollar un paquete de políticas públicas, pero una vez en el poder no supo, no quiso, no pudo o todo junto, hacer políticas públicas para ganar las elecciones y por eso perdió las federales del 94 y las locales del 95 y 98 y en las del 97 apenas si logró un empate. Así, en mayo del 98 las encuestas mostraron que los chihuahuenses consideraban a la inseguridad como un problema más importante que el desempleo o problemas sociales. Sin embargo el PAN se mostró indiferente a ese dato y confió en que sus logros en las otras áreas de gobierno bastarían para darle de nuevo el triunfo. Ese supuesto resultó ser un error fatal. Si en la tauromaquia no basta con ser buen torero sino que también hay que parecerlo, en política no basta con llevar a cabo un buen gobierno, también hay que tomarse el trabajo de convencer al elector de que ese fue el caso.
Una segunda explicación de la derrota del PAN en 1998 residió en la fragmentación de la coalición que llevó a Barrio al poder y en la selección de un candidato poco atractivo. De nuevo, el problema fue la falta de sensibilidad. En febrero de 1998 la convención del partido blanquiazul se decidió por Ramón Galindo –alcalde de Ciudad Juárez--, que resultó un personaje que cuadraba bien con el perfil propio de un panista tradicional pero no con el de un candidato que debía despertar simpatías más allá del estrecho círculo de los militantes y de los ya convencidos. Hacia adentro del PAN, entre los 5,174 delegados a su convención, Galindo convenció, pero eso resultó un dato secundario frente a otro: Galindo no despertó entusiasmo hacia afuera, en el ancho mundo del ciudadano no comprometido con ningún partido. Desde la perspectiva de Aziz Nassif, el secretario de gobierno de Barrio, Eduardo Romero, hubiera sido mucho más atractivo para el elector promedio, pero los ortodoxos --bastante identificados con la derecha, por cierto-- lo rechazaron por ser un panista de militancia reciente.
En contraste, un PRI que ya tenía poco que perder y mucho que ganar, sacó a su candidato por una vía nueva y atractiva: las elecciones primarias, es decir, por consulta directa a la base electoral. Y ese viejo partido encontró en Patricio Martínez --empresario y ex alcalde de la capital del estado pero abiertamente desligado del priísmo histórico-- a su abanderado ideal. El priísta Martínez, a diferencia del panista Galindo, no tuvo empacho en reconocer lo positivo de la acción de Barrio ¡y se declaró él, el priísta, el candidato de la continuidad!.
Ya en campaña, el panista se mostró poco hábil en el debate público y el PRI le apabulló con una campaña negativa --al estilo americano-- bien financiada, donde se mostró la eficacia de sembrar dudas en torno a la honestidad del gobierno saliente sin tener que probar las acusaciones. El objetivo del PRI ya no fue asegurar sus bases tradicionales, sino ganar a ese 6 u 8% de indecisos, en cuyas manos estaba el inclinar la balanza entre dos bloques de “votos duros” que desde el inicio sabían a quien apoyar.
Las Lecciones.- Del caso de Chihuahua se pueden sacar varias lecciones: no basta movilizar para ganar las elecciones, hay que consolidar una base social que acompañe al gobierno a lo largo del sexenio. Las políticas públicas deben considerar desde el inicio que uno de sus objetivos centrales es refrendar la victoria electoral en la siguiente ronda. El método de selección del candidato debe lubricar las fricciones internas y minimizar las posibilidades de fractura de la coalición gobernante. La militancia de partido no tiene porque coincidir con el perfil del buen candidato. En situaciones de polarización el voto realmente a ganar no es el mayoritario sino la pequeña franja de indecisos. Las campañas negativas pueden ser éticamente condenables pero pueden dar altos dividendos. Ningún partido o candidato puede considerar que el ciudadano está obligado de antemano a reconocer su calidad moral y a darle su voto: no hay sustituto a la sensibilidad política; un gobierno objetivamente honesto y eficiente puede ser derrotado por arrogante y por no mantener el oído pegado al suelo social. En Chihuahua, pues, hay lecciones para todos los que quieran verlas, PAN, PRI o PRD.
En retrospectiva, es claro que la historia política del estado de Chihuahua en los dos últimos decenios puede ser vista como una experiencia local donde se procesaron fenómenos que más tarde se extenderían al resto del país. Las etapas que condujeron al triunfo de la oposición de centro-derecha sobre el desprestigiado monopolio del poder priísta el 2 de julio del 2000, ya estaban prefiguradas antes en la experiencia de Chihuahua. Y justamente por esa peculiaridad, vale la pena retomar toda la experiencia y sacar algunas conclusiones de cara a los procesos políticos actuales y del futuro inmediato. El 2003 o el 2006 parecen hoy fechas lejanas, pero es obvio que desde ahora se están poniendo las piezas conque se van a construir las victorias o derrotas partidistas del primer gobierno del nuevo régimen.
Electoralmente hablando, hay tres coyunturas políticas en que Chihuahua se adelantó al resto del país, y hay una cuarta y última que algunos esperamos que no sea también el adelanto de aquello por venir. Pero veamos, la primera fue la rebelión electoral que en el enorme estado norteño sucedió en 1983, cinco años antes de que ocurriera en el resto del país. La segunda tuvo lugar dos años antes de que tuviera lugar el gran fraude del 88, pues si bien entonces en Chihuahua el “sistema” no “se cayó”, sí ocurrió un fenómeno equivalente y orquestado por quienes después manufacturaron el dudoso triunfo a Carlos Salinas. En el 86 la maquinaria priísta repobló milagrosamente el campo chihuahuense para que un inexistente “voto verde” le diera al PRI los sufragios necesarios para sobreponerse a una mayoría opositora real en las ciudades. La tercera, fue la derrota electoral del viejo partido de Estado, que en Chihuahua tuvo lugar ocho años antes que en el resto del país. Finalmente, la cuarta experiencia está por verse si se extiende o no al plano nacional: tras la primera alternancia, Chihuahua vivió una segunda en 1998, en virtud de la cual y por la vía democrática, el PRI regresó al poder. Para explorar esas y otras cuestiones de importancia muy actual, viene que ni mandado a hacer, el libro ya citado de Alberto Aziz, y que cierra una trilogía que el autor ha dedicado a examinar críticamente la evolución electoral de su estado desde los inesperados triunfos panistas del 83 hasta el inesperado retorno del PRI al gobierno en el 98.
Un Poco de Historia Reciente.- Para sorpresa de los observadores y del PRI, en 1983 y en el contexto de un sistema autoritario muy añejo, el PAN se alzó con la victoria en los centros neurálgicos de Chihuahua, los que concentraban el 65% de su población: la capital y Ciudad Juárez. El inesperado éxito de la oposición conservadora esta ligado a la crisis económica con que José López Portillo cerró en 1982 un sexenio que supuestamente iba a “administrar la abundancia” pero que terminó por poner fin de manera catastrófica a todo un modelo económico. La devaluación del 82 tuvo un efecto muy negativo e inmediato en el nivel de vida de casi toda la sociedad mexicana en la frontera norte, pues la relación de esa población con el mercado norteamericano es cotidiana y directa, sin las intermediaciones que existen en el resto del país. En Chihuahua la devaluación significó una caída inmediata del poder de compra de clases medias, de trabajadores de las plantas maquiladora o de campesinos candelilleros. La coyuntura electoral dio la oportunidad a los ciudadanos de expresar lo mismo su apoyo al PAN que su frustración y rechazo al gobierno.
El volumen de votos panistas el 4 de julio de 1983 sorprendió a Miguel de la Madrid y a su recién inaugurada administración. La maquinaria electoral priísta apenas estaba cambiando sus mandos y no estaba preparada para defenderse de un voto de castigo (51%). La derrota dejó tocado al gobernador Oscar Ornelas que en 1985 se vio obligado a renunciar para que otro preparara “como se debía” las elecciones estatales de 1986. Cuando llegó el momento, el PRI y la Secretaría de Gobernación estaban listos para recuperar el terreno perdido. El candidato priísta, Fernando Baeza, resultó ser lo más parecido a un panista, y para no correr riesgo alguno, los operadores del gobierno inflaron el voto no urbano y el PRI tuvo una victoria sin credibilidad pero efectiva (el mejor estudio sobre el fraude electoral de 1986 en Chihuahua es de Juan Molinar, “Regreso a Chihuahua”, Nexos, N° 111, marzo de 1987). El estado norteño entró entonces en una etapa que Aziz llamó en su momento de “fatiga electoral”, es decir, de apatía ciudadana consecuencia de la frustración. Pero el espíritu de oposición no se perdió del todo.
El 12 de julio de 1992, cuando el salinismo tuvo que forzar al PRI a volver a perder espacios a favor del PAN para neutralizar a la otra oposición –a la de izquierda, encabezada por el PRD y Cuauhtémoc Cárdenas--, el panista Francisco Barrio pudo llegar finalmente a la gubernatura de Chihuahua. Para entonces el PAN ya gobernaba otra entidad norteña: Baja California, primer estado que la oposición arrancó al monopolio del partido de Estado desde su creación en 1929.
El inicio de un gobierno panista en Chihuahua tuvo lugar dentro de un entorno nacional y local muy difícil, pues el sistema autoritario, aunque debilitado, seguía dominando el nivel federal y el PAN de Chihuahua no contaba con experiencia ni con el respaldo de los intereses corporativos, de los medios de comunicación o de las estructuras que encuadraban a las bases sociales. Al final, el PAN de Chihuahua no pudo refrendar su triunfo y el PRI retornó al palacio de gobierno. Los errores panistas que contribuyeron a ese resultado son el centro de la obra de Alberto Aziz.
Un Buen Gobierno que Pierde.- La lección de Chihuahua en 1998 se puede resumir, según Aziz, de esta manera: “un buen gobierno no es suficiente para ganar una buena elección”. Para sostener su conclusión, el autor debió demostrar primero que el de Barrio fue, en efecto, un buen gobierno.
El mandatario panista hoy miembro del gabinete de Vicente Fox, diseñó en 1992 un plan de gobierno de siete puntos: democratización del gobierno, seguridad pública, desarrollo económico, competitividad internacional, desarrollo urbano armónico, reforma administrativa y mejoría de la calidad de la educación. Ese plan debía llevarse a cabo envuelto por la honestidad y la eficiencia. En la práctica, el tema de la seguridad pública resultó un fracaso, no obstante y según Aziz, en el resto de la agenda se tuvo éxito: aumentó la eficiencia administrativa, la obra pública resultó adecuada, hubo una reforma urbana y otra electoral, la generación de empleo aumentó lo mismo que la cobertura y calidad de la educación. Sin embargo, esos logros no lograron impedir que el PAN perdiera sistemáticamente todas las elecciones del sexenio. La explicación del fenómeno está en que Barrio y su equipo gobernaron Chihuahua con un estilo empresarial y de muy poca cercanía y sensibilidad frente a las capas mayoritarias de la sociedad. “Mucha administración y poca política” pareció un buen lema para Porfirio Díaz pero cien años después no podía serlo para una sociedad urbana y con un sistema electoral competitivo. Honestidad, racionalidad y ordenamiento fueron los ejes alrededor de los cuales giró la administración panista, pero descuidó la construcción de consensos y, sobre todo, la creación de una buena imagen pública en un entorno dominado por medios de difusión hostiles y por organizaciones sociales priístas que atacaban sin cesar.
¿Porqué Perdió el PAN en Chihuahua?.- Aziz Nassif, siguiendo una formulación expresada por Anthony Downs, concluye que en 1992 el PAN ganó las elecciones con el objetivo de poder desarrollar un paquete de políticas públicas, pero una vez en el poder no supo, no quiso, no pudo o todo junto, hacer políticas públicas para ganar las elecciones y por eso perdió las federales del 94 y las locales del 95 y 98 y en las del 97 apenas si logró un empate. Así, en mayo del 98 las encuestas mostraron que los chihuahuenses consideraban a la inseguridad como un problema más importante que el desempleo o problemas sociales. Sin embargo el PAN se mostró indiferente a ese dato y confió en que sus logros en las otras áreas de gobierno bastarían para darle de nuevo el triunfo. Ese supuesto resultó ser un error fatal. Si en la tauromaquia no basta con ser buen torero sino que también hay que parecerlo, en política no basta con llevar a cabo un buen gobierno, también hay que tomarse el trabajo de convencer al elector de que ese fue el caso.
Una segunda explicación de la derrota del PAN en 1998 residió en la fragmentación de la coalición que llevó a Barrio al poder y en la selección de un candidato poco atractivo. De nuevo, el problema fue la falta de sensibilidad. En febrero de 1998 la convención del partido blanquiazul se decidió por Ramón Galindo –alcalde de Ciudad Juárez--, que resultó un personaje que cuadraba bien con el perfil propio de un panista tradicional pero no con el de un candidato que debía despertar simpatías más allá del estrecho círculo de los militantes y de los ya convencidos. Hacia adentro del PAN, entre los 5,174 delegados a su convención, Galindo convenció, pero eso resultó un dato secundario frente a otro: Galindo no despertó entusiasmo hacia afuera, en el ancho mundo del ciudadano no comprometido con ningún partido. Desde la perspectiva de Aziz Nassif, el secretario de gobierno de Barrio, Eduardo Romero, hubiera sido mucho más atractivo para el elector promedio, pero los ortodoxos --bastante identificados con la derecha, por cierto-- lo rechazaron por ser un panista de militancia reciente.
En contraste, un PRI que ya tenía poco que perder y mucho que ganar, sacó a su candidato por una vía nueva y atractiva: las elecciones primarias, es decir, por consulta directa a la base electoral. Y ese viejo partido encontró en Patricio Martínez --empresario y ex alcalde de la capital del estado pero abiertamente desligado del priísmo histórico-- a su abanderado ideal. El priísta Martínez, a diferencia del panista Galindo, no tuvo empacho en reconocer lo positivo de la acción de Barrio ¡y se declaró él, el priísta, el candidato de la continuidad!.
Ya en campaña, el panista se mostró poco hábil en el debate público y el PRI le apabulló con una campaña negativa --al estilo americano-- bien financiada, donde se mostró la eficacia de sembrar dudas en torno a la honestidad del gobierno saliente sin tener que probar las acusaciones. El objetivo del PRI ya no fue asegurar sus bases tradicionales, sino ganar a ese 6 u 8% de indecisos, en cuyas manos estaba el inclinar la balanza entre dos bloques de “votos duros” que desde el inicio sabían a quien apoyar.
Las Lecciones.- Del caso de Chihuahua se pueden sacar varias lecciones: no basta movilizar para ganar las elecciones, hay que consolidar una base social que acompañe al gobierno a lo largo del sexenio. Las políticas públicas deben considerar desde el inicio que uno de sus objetivos centrales es refrendar la victoria electoral en la siguiente ronda. El método de selección del candidato debe lubricar las fricciones internas y minimizar las posibilidades de fractura de la coalición gobernante. La militancia de partido no tiene porque coincidir con el perfil del buen candidato. En situaciones de polarización el voto realmente a ganar no es el mayoritario sino la pequeña franja de indecisos. Las campañas negativas pueden ser éticamente condenables pero pueden dar altos dividendos. Ningún partido o candidato puede considerar que el ciudadano está obligado de antemano a reconocer su calidad moral y a darle su voto: no hay sustituto a la sensibilidad política; un gobierno objetivamente honesto y eficiente puede ser derrotado por arrogante y por no mantener el oído pegado al suelo social. En Chihuahua, pues, hay lecciones para todos los que quieran verlas, PAN, PRI o PRD.
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